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martes, 18 de julio de 2017

Se cumplen cien años del “crimen del siglo” por el que fue fusilado un inocente


Frente al pelotón de fusilamiento, Alfredo Jáuregui aprieta un crucifico en su diestra y repite en silencio el Padre Nuestro, mientras un pelotón de fusilamiento enfila sus armas para atravesarle el pecho.

Es el sábado 5 de noviembre de 1927 y unas 6.000 personas han llegado a la polvorienta planicie del Polígono de la Escuela Militar de Aviación en los Altos de La Paz para ver el macabro espectáculo.
El pelotón ya ha cumplido dos órdenes de su comandante —“preparen, apunten”— y aguardan la tercera y definitiva: ¡Fuego¡
12 horas antes de la ejecución
Alfredo Jáuregui, de 27 años, permanece en la oscura Celda de la Muerte. En la pequeña habitación tiene su cama y una silla de madera. Encima de ella hay un candelabro con un cirio apagado y el libro con tapa roja de Los Miserables.
Desea ver a su madre, que tiene, para este momento, un nombre poético: Dolores.
“Hoy este hombre ya no nos pertenece”, escribía El Diario. El País, más generoso, pedía “piedad para el hombre que vivió 10 años con la angustia de todos los días, de todos los segundos”.
Y La Razón preguntaba: ¿Fusilarlo, para qué, hay algún remedio en esto, un escarmiento, un afán de corregir o enmendar?

6 horas antes de la ejecución
A las tres de la madrugada se le permitió confesarse con el canónigo Teodosio Sáenz en la capilla del penal.
—Mamita, exclamó al ingresar al templo, cayendo de rodillas ante la imagen a quien clama: “Tú sabes que soy inocente, ayúdame, Mamita”.
Al fondo dos cirios iluminan amargamente el lugar. A la izquierda hay una mesa y encima de ella un vaso con agua. A la derecha se abre una puertecita que conduce a la sacristía. En uno de los muros cuelga un Cristo crucificado que las llamas de las velas deforman e iluminan de cuando en cuando.
Desde el altar mayor, la Virgen extiende sus brazos. El canónigo Sáenz ha puesto entre las manos de Alfredo un crucifijo. Él lo ha besado con fervor y ha dicho en voz alta: “Señor, tú sabes que soy inocente”.
Sáenz, que permanecerá con él hasta que expire su vida, le pregunta:
—¿Algo que quieras confesar, Alfredo?
En unas horas lo llevarán a los Altos de La Paz, en el recorrido pasará por el Cementerio General, donde más tarde habrán de enterrarlo inerte y ensangrentado. Hay varios escapularios en su pecho que atravesarán las balas de la muerte.
—¿Cree usted, padre Teodosio, que diez años de prisión no son bastantes para quebrar cualquier resistencia? Si supiera algo, ya lo habría dicho.

Bolillo de la muerte, lunes 25 de octubre de 1927
La justicia ha emitido el fallo inapelable en el largo juicio contra los procesados por la muerte del general José Manuel Pando. La máxima condena por asesinato es diez años de prisión y los hermanos Juan y Alfredo Jáuregui, Néstor Villegas y Simón Choque ya la han cumplido. Aguardan ser liberados.
Se decide, sin embargo, que se les someta a un sorteo público para que a uno de ellos se le fusile y a los otros se les destierre.
El Diario informa que hoy, 25 de octubre de 1927, “la mano del destino extraerá de un ánfora el macabro bolillo con el nombre de un condenado a muerte”.
El Norte anticipa que “una multitud conocerá el nombre del infortunado”.
Miles de personas se han volcado al edifico de los juzgados y calles adyacentes; la escalinata, los pasillos y la sala de audiencias del caso Pando están repletas de curiosos y la Policía impone el orden al caos y manda callar a la bulliciosa masa.
Damas de la caridad y amigos se acercan a Juan y Alfredo Jáuregui, a Néstor Villegas y Simón Choque para expresarles su apoyo y solidaridad.
La prensa se preocupa, en cambio, de recoger las voces de los condenados.
Simón Choque, con una barba canosa, aclara que no pide gracia de la justicia y que nada sabe del crimen.
Juan Jáuregui, pálido y delgado, informa que ha presentado un recurso legal para que el proceso termine.
Néstor Villegas es el de mayor edad del grupo. Se ve tranquilo y sereno.
Alfredo Jáuregui sonríe melancólicamente, pero siente un mal augurio.
—Me parece que las personas que me buscaron antes del sorteo hablaron con lágrimas en los ojos, como si en mi rostro descubrieran el anuncio fatal.
La audiencia se inicia. El piso de madera cruje, las puertas rechinan y algunos vidrios se rompen. El juez Benedicto Tamayo agita la campanilla. Se leen los últimos requerimientos y el auto definitivo.
El juez Tamayo pide a un representante de la prensa que llene en un papel el nombre de los acusados, lo fraccione y que la suerte se encargue del orden para escoger los bolillos de la muerte.
Y la suerte decide el fatal orden: Juan Jáuregui, Néstor Villegas, Simón Choque y Alfredo Jáuregui. El fiscal Uría muestra los cuatro bolillos y pide que se compruebe su igualdad: son del mismo tamaño, tres blancos y uno negro.
Juan Jáuregui extrae el primer bolillo, lo aprieta en su mano derecha, gira la cabeza, ignora al público y se retira. El fiscal le ordena que muestre a la multitud el bolillo y así lo hace: es blanco.
Néstor avanza torpemente hacia el ánfora. Saca el bolillo y lo muestra: blanco.
El público aplaude
Simón choque, firme, introduce la mano en la caja negra y extrae el bolillo, no está preocupado. Levanta el brazo y lo muestra:
—“Blanco, blanco”, exclama la gente.
Se sabe ya quién es el condenado a muerte.
Por unos instantes reina la completa indecisión. El secretario no sabe si llamar al cuarto reo. Alfredo se ve, en último término, obligado a completar el trámite. Un profundo silencio se impone en la sala cuando se levanta de su asiento. Se dirige hacia el ánfora y con una sonrisa triste extrae el fatídico bolo negro. Lo muestra y regresa a ocupar su puesto en el banquillo.
En medio del escándalo, se da por concluido el trámite judicial.
Al día siguiente El Diario informa: “La bolilla negra —dolorosa paradoja— ha correspondido al más joven, al que demostró ser verdaderamente inocente, al más bueno, como decía el público angustiado por la extraña fatalidad del caso”.

Sábado 16 de junio de 1917
Es media tarde y Francisca Quispe entrega a la Policía un fino caballo blanco correctamente ensillado, con alforjas y una manta nueva de lana dentro.
La joven campesina encontró al animal vagando en los altos de La Paz, y pide una gratificación. La Policía ve inscrita en la montura las iniciales J.P., conforma una comisión y comprueba la versión de Francisca concluyendo que nada sabe del caso.
El lunes el rastrillaje se extiende a Achocalla y El Kenko. En este caserío unos vecinos declaran que un caballero, con un animal blanco, pasó por la tienda de Dolores Jáuregui y dijo que había cabalgado desde Luribay.
Un telegrama enviado por la Policía a ese pueblo despeja las dudas: se trata del general José Manuel Pando.
Pando, expresidente de la República, fundador y jefe del Partido Liberal, mayor general del Ejército boliviano y general de división del Ejército del Perú, una figura popular de la nación, vivía en su hacienda Catavi, a un día de camino de La Paz.
Se dedicaba allí a la agricultura, elaboraba vinos y producía aguardientes. Partió de su fundo el jueves 14 de junio de 1917 para celebrar en la ciudad la boda de unos parientes.
Dos familiares suyos, residentes en La Paz, declaran que tanto el caballo como la montura pertenecen al expresidente.
La Policía organiza una gran expedición. Tras una angustiosa búsqueda, un gendarme detecta al fondo de un barranco, sobre Achocalla, un “zapato ensangrentado”.
El descenso se extendió por cuatro horas y, según El Tiempo, “cuando intentaron levantar el zapato descubierto se encontraron que él aprisionaba un pie y que junto con el pie estaba todo un cuerpo humano. Y entonces se supo la verdad: era el general Pando”.
El jueves 21 de junio de 1927 El Tiempo, a ocho columnas en portada y una fotografía del héroe, informa de la “trágica” muerte del mayor general José Manuel Pando y demanda: “…que se establezca la verdad de lo ocurrido mediante la prolija averiguación por las autoridades judiciales”.
La muerte de Pando, fallecido a la edad de 68 años, arremolina a cientos de personas delante de las imprentas para conocer más detalles del caso.
La Policía interroga a Juan Jáuregui, hijo de Dolores Jáuregui, en cuya tienda estuvo el general Pando la noche del viernes 15 de junio de 1917.
En la requisa a la tienda se halló supuestamente un madero ensangrentado. Un aguayo, escondido en una lata de la cocina, estaba también tinto en sangre. Se cree que Pando murió allí y que fue transportado su cadáver hasta la cañada de Achocalla, para simular el embarrancamiento.
Los hermanos Juan y Alfredo Jáuregui son detenidos. A ellos se suma Néstor Villegas, dueño de la casa donde funcionaba la tienda de abasto de Dolores Jáuregui, y Simón Choque, guardavía y telegrafista del ferrocarril.
El día en el que murió Pando, Alfredo estaba muy lejos de los fatales sucesos.

5 minutos antes
Desde las primeras horas de la mañana, miles de personas ocupan los alrededores del campo señalado para la ejecución. A las 08.30 ingresan los automóviles con los reos. Descienden todos. Alfredo viste de negro. Tiene en la mano derecha un crucifijo. No cesa de orar el Padre Nuestro.
A dos pasos del patíbulo solicita el uso de la palabra. Extrae de su bolsillo una hoja de papel que ha escrito con la ayuda del cura Sáenz.
—Como quisiera que el espíritu del general Pando se presente en este trágico momento y diga: Retiradlo del patíbulo, porque no es mi asesino.
Pero una fuerte voz manda a callar al acusado.
—¡Basta ya¡ vocifera con furia el fiscal Luis Uría tratando de impedir que continúe con su discurso y ordena: Hemos terminado, señor sacerdote.
Los periodistas y el público protestan y exigen que se deje al reo hablar con libertad. Todos están pendientes de las palabras del condenado.
Y el condenado, con esfuerzo para dominarse y pronunciar con claridad sus palabras, hace escuchar su voz.
—Mi conciencia reposa tranquila, serena, porque nada tengo que me remuerda la conciencia. Dios mío, perdón para mi alma, imploro tu justicia ya que en el mundo no la he encontrado.
Ha concluido la lectura de su carta. Se despoja de su abrigo y las polainas, desabotona su chaleco, desvía hacia un costado la corbata y muestra la blanca pechera de la camisa.
Rodeado de los sacerdotes, Alfredo se sienta en el banquillo. Dos carabineros se acercan a él y le envuelven el cuerpo con las cuerdas que le sujetan al patíbulo. En ese momento se alza la voz de su hermano:
—¿Qué es de la solicitud que he presentado, señor fiscal?
La pregunta queda sin respuesta.
El fiscal Uría se desprende del grupo judicial y a unos metros del condenado pregunta, fuerte y claro:
—Alfredo Jáuregui, el fiscal de la causa, por última vez le pregunta si tiene que hacer alguna declaración del hecho por el que ha sido condenado.
Alfredo, sujeto a su cadalso responde:
—No soy tan infame como el juez Tamayo ni como el fiscal Uría. No tengo nada que revelar a la humanidad. Soy inocente. Soy mártir.
Otra vez se escucha la voz fría y aguda de Juan.
—Hermano, no tienes que humillarte, ni acobardarte. Eterna maldición para los que te condenan.

Un minutos antes
El sentenciado se apoya en el tablón, cruza las piernas, levanta el brazo derecho y pide a Sáenz:
—Esta soga que me quiten, padre.
No hay tiempo para atender la súplica del Alfredo, pero nuevamente Juan se hace escuchar.
—¡Rogaré por ti, hermano!
La columna de carabineros, con las armas apuntando, cumple con disciplina la voz de mando de su comandante que baja la espada y ordena: ¡Fuego¡
Alfredo repite el Padre Nuestro cuando la mortal descarga destroza su pecho.
Un sargento se desprende del pelotón de fusilamiento, y se dispone a disparar el tiro de gracia, pero entonces alguien grita: “No es necesario”.
El padre Franciscano Quiroz llega al patíbulo, despoja al muerto de la venda y le acaricia el rostro y los cabellos. Un carabinero suelta las cuerdas y ayudado por otros deposita el cuerpo en la caja mortuoria. Cuatro personas ayudan a colocar el ataúd sobre un camión y pronto es conducido al cementerio de la ciudad, donde es sepultado en un nicho del cuartel 12.

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