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martes, 7 de marzo de 2017
El sistema de cargos religiosos en la fiesta andina
Si alguna institución tiene gran importancia en la reproducción cíclica de las fiestas, esa es el sistema andino de cargos religiosos. Fiestas y cargos son dos expresiones inseparables de un mismo fenómeno. Conocidos actualmente como “pasantes” o “prestes”, estos cargos se forjaron a lo largo de la historia colonial a partir del entrecruzamiento de las instituciones hispanas y autóctonas, llegando a arraigarse profundamente en la realidad rural y urbana de los Andes. No cabe duda que la difusión de la “doctrina cristiana” en las comunidades locales tuvo un papel determinante en este proceso, ya que sobre las imágenes católicas se construyó el calendario festivo. Sin embargo, cada una de las fiestas del complejo calendario ritual fue reinterpretada a su modo por la población indígena. De la misma manera, la organización de los cargos religiosos se fundamentó en criterios típicamente andinos tales como el turno y la rotación.
En los ayllus de Tapacarí, situados entre los valles fluviales y las alturas de Cochabamba, el calendario de fiestas estaba relacionado fundamentalmente con el ciclo agrícola. Durante la segunda mitad del siglo XVIII las celebraciones de los santos y santas, advocaciones marianas o pasajes de la vida de Cristo estaban articulados a momentos importantes de la producción agraria. Así, entre las labores de siembra y cosecha, se realizaban siete “fiestas principales” y 23 “fiestas de devoción” tanto en el pueblo principal como en sus anexos. Por regla general cada imagen o representación religiosa tenía una cofradía compuesta por uno o dos alféreces, dos mayordomos y un prioste. Los alféreces eran quienes auspiciaban económicamente las fiestas, mientras que los mayordomos se encargaban del cuidado y culto de las imágenes católicas en tanto que los priostes administraban los ingresos monetarios de las cofradías.
La celebración anual de cualquier fiesta se organizaba en función a turnos rotativos o mit’as. Los miembros de los ayllus estaban obligados a ejercer diferentes cargos religiosos en forma ascendente, empezando por los de menor relevancia hasta alcanzar gradualmente los cargos simbólica y socialmente más importantes.
Esta escalera de cargos formaba parte de las obligaciones comunitarias que garantizaban el derecho a la tierra y conllevaba aspectos de reconocimiento y prestigio. Del mismo modo que la mit’a minera y el tributo, los cargos religiosos eran concebidos como obligaciones que permitían legitimar los derechos comunales.
Basados en estos criterios, los cargos religiosos llegaron a tener una estructura jerarquizada. El alferazgo de las “fiestas principales” ocupaba la cumbre de la carrera de cargos pero solo podía ser asumido por los indígenas “principales”, es decir, por quienes tenían la categoría de “originarios” (y por lo tanto gozaban de asignaciones de tierras) y cumplían con otras responsabilidades comunales. Otros indígenas como los “agregados” o “forasteros”, indígenas sin tierras pero que residían en los ayllus junto con los “originarios”, asumían los alferazgos de las “fiestas de devoción”, las mayordomías y los priostazgos. Por eso se puede afirmar que la jerarquización del sistema de cargos religiosos se correspondía de manera directa con las diferencias sociales que existían al interior de los ayllus.
A nivel general, el sistema de cargos religiosos también se relacionaba con criterios de segmentación territorial. Al igual que muchas comunidades andinas, Tapacarí estaba conformada por dos parcialidades complementarias (anansaya y urinsaya) cada una de las cuales tenía un número variado de ayllus. Siguiendo criterios de alternancia, ambas compartían responsabilidades en el auspicio de las fiestas. Así, por ejemplo, de los 14 mayordomos y mayordomas que tenían las “fiestas principales” la mitad correspondían a la parcialidad de arriba o anansaya y la otra mitad a la parcialidad de abajo o urinsaya. Este era el marco que sustentaba la carrera personal de los miembros de los ayllus respecto al ejercicio de cargos de forma ascendente.
Como las fiestas formaban parte fundamental de la experiencia comunal, su organización recaía en las autoridades tradicionales. Caciques, “segundas personas”, alcaldes y jilaqatas se encargaban de la elección o nombramiento de los indígenas que debían asumir los cargos festivos. Las autoridades étnicas de más importancia, junto con sus “segundas”, regulaban los turnos rotativos en el pueblo principal mientras que esa tarea les correspondía en los anexos a los miembros del cabildo indígena (alcaldes) y a los representantes de los ayllus (jilaqatas).
Esas eran las características generales del sistema de cargos que organizaba el ciclo de fiestas en Tapacarí en la segunda mitad del siglo XVIII. Si bien su funcionamiento era relativamente equilibrado, fenómenos como la crisis del cacicazgo, la fragmentación social y la creciente exigencia de derechos parroquiales hicieron progresivamente de las mit’as religiosas espacios de conflicto. En esas circunstancias, los indígenas debieron afrontar reclamos judiciales cuyos documentos permiten reconstruir esa parte del pasado andino.
martes, 2 de abril de 2013
La firma del Tratado de Piquiza
Piquiza, 6 de julio de 1828.- En esta fecha se firmó un tratado in-ternacional entre Perú y Bolivia, que viene a dar solución jurídica al conflicto iniciado con el motín de Chuquisaca del 18 de abril pasado.
En él se estipula la salida de todos los extranjeros que estaban en territorio boliviano; la salida de las tropas colombianas por la ruta que hasta Arica que señalara Agustín Gamarra, una reunión del Congreso en Chuquisaca para admitir la renuncia del Mariscal Sucre y para nombrar el Gobierno Provisional; una reunión posterior de una Asamblea Nacional para elegir un Presidente definitivo, dar la nueva Constitución y determinar la fecha en que comen-zaría la retirada del ejército peruano; la ocupación de Potosí por dicho ejército hasta que se reuniera la Asamblea; el mantenimiento del mismo a costa de Bolivia y que ninguno de los gobiernos firmantes trabe relaciones con el Imperio del Brasil mientras no se concerte una paz definitiva con Buenos Aires.
Un allegado al gobierno de Sucre comentó amargamente “más que un tratado, lo de Piquiza significa una capitulación”, ya que tras el motín se produjo la esperada invasión peruana a territorio boliviano y se libraron recios combates hasta la celebración de este tratado.
Desde un comienzo Gamarra intentó justificar la invasión oficiando al Gobierno de Chuquisaca algunas líneas como la si-guiente: “habiéndose atacado al gobierno actual y a la persona de su Presidente, el país quedará a merced de las facciones y de la anarquía. Por lo tanto los invito a una reconciliación general bajo las garantías del ejército peruano”.
Fuentes allegadas a Sucre calificaron de “sumamente irónicas las misivas de Gamarra, quien es el verdadero artífice del motín de Chuquisaca”.
Sucre le respondió con no menos altivez y dignidad que “prefería mil muertos antes de que por mí se introdujese en América el ominoso derecho del más fuerte. Que ningún pueblo americano dé el abominable ejemplo de intervención y mucho menos de hacer irrupciones tártaras. Medite usted cuán fatal es la lección que ha dado”.
Sin embargo la invasión se produjo, y la forma en que se fueron desarrollando las batallas, así como las diversas conspiraciones internas contra el Presidente, desembocaron en el Tratado firmado en esta fecha.
La campaña del ejército peruano fue relativamente fácil. El coronel Pedro Blanco en Potosí, con el mejor cuerpo del ejército boliviano, se puso a favor del invasor. Sólo el general Braun con la caballería realizó audaces maniobras para hostilizarlos.
Así, el mayor número de las fuerzas peruanas, el cansancio reinante por la presencia de los colombianos, las deserciones y conspiraciones (sobre todo la de Casimiro Olañeta) en el campamento boliviano, precipitaron la firma de este tratado de Piquiza, que deberá ratificarse en 24 horas, so pena de continuarse las hostilidades. Tomado de EL CHASQUI.
En él se estipula la salida de todos los extranjeros que estaban en territorio boliviano; la salida de las tropas colombianas por la ruta que hasta Arica que señalara Agustín Gamarra, una reunión del Congreso en Chuquisaca para admitir la renuncia del Mariscal Sucre y para nombrar el Gobierno Provisional; una reunión posterior de una Asamblea Nacional para elegir un Presidente definitivo, dar la nueva Constitución y determinar la fecha en que comen-zaría la retirada del ejército peruano; la ocupación de Potosí por dicho ejército hasta que se reuniera la Asamblea; el mantenimiento del mismo a costa de Bolivia y que ninguno de los gobiernos firmantes trabe relaciones con el Imperio del Brasil mientras no se concerte una paz definitiva con Buenos Aires.
Un allegado al gobierno de Sucre comentó amargamente “más que un tratado, lo de Piquiza significa una capitulación”, ya que tras el motín se produjo la esperada invasión peruana a territorio boliviano y se libraron recios combates hasta la celebración de este tratado.
Desde un comienzo Gamarra intentó justificar la invasión oficiando al Gobierno de Chuquisaca algunas líneas como la si-guiente: “habiéndose atacado al gobierno actual y a la persona de su Presidente, el país quedará a merced de las facciones y de la anarquía. Por lo tanto los invito a una reconciliación general bajo las garantías del ejército peruano”.
Fuentes allegadas a Sucre calificaron de “sumamente irónicas las misivas de Gamarra, quien es el verdadero artífice del motín de Chuquisaca”.
Sucre le respondió con no menos altivez y dignidad que “prefería mil muertos antes de que por mí se introdujese en América el ominoso derecho del más fuerte. Que ningún pueblo americano dé el abominable ejemplo de intervención y mucho menos de hacer irrupciones tártaras. Medite usted cuán fatal es la lección que ha dado”.
Sin embargo la invasión se produjo, y la forma en que se fueron desarrollando las batallas, así como las diversas conspiraciones internas contra el Presidente, desembocaron en el Tratado firmado en esta fecha.
La campaña del ejército peruano fue relativamente fácil. El coronel Pedro Blanco en Potosí, con el mejor cuerpo del ejército boliviano, se puso a favor del invasor. Sólo el general Braun con la caballería realizó audaces maniobras para hostilizarlos.
Así, el mayor número de las fuerzas peruanas, el cansancio reinante por la presencia de los colombianos, las deserciones y conspiraciones (sobre todo la de Casimiro Olañeta) en el campamento boliviano, precipitaron la firma de este tratado de Piquiza, que deberá ratificarse en 24 horas, so pena de continuarse las hostilidades. Tomado de EL CHASQUI.
martes, 12 de marzo de 2013
Celebración de los 101 años del tratado de amistad entre Colombia y Bolivia
La Paz, Bolivia. Mar-05-13. En la imponente parroquia de Nuestro Señor de la Exaltación (Obrajes), la Embajada de Colombia en Bolivia celebró los 101 Años del Tratado de Amistad entre Colombia y Bolivia (19 de marzo de 1912 – 19 de marzo de 2013), con una Gala de Música Barroca, a cargo del Ensamble de Música Antigua “Música Viva”, dirigido por el reconocido tenor boliviano, Jorge Villarroel Ribera.
Al exitoso concierto asistieron 300 personas, aproximadamente, entre altas autoridades del Estado Plurinacional de Bolivia; Embajadores, Representantes de Organismos Internacionales y miembros del Cuerpo Diplomático; sociedad paceña, colombianos en Bolivia, periodistas y público, en general.
El evento comenzó con las palabras de la Embajadora de Colombia en Bolivia, Martha Cecilia Pinilla Perdomo, mediante las cuales resaltó el pasado común de los colombianos y los bolivianos; el presente lleno de oportunidades y el futuro, eminentemente integracionista.
El repertorio fue seleccionado de los archivos de música de la Catedral Primada de la ciudad de Bogotá y de la Catedral de la ciudad de Sucre, capitales de Colombia y Bolivia, respectivamente.
El ensamble de música antigua “Música Viva” inició hace seis años en Bolivia, con la inquietud de interpretar y difundir fundamentalmente el repertorio musical que se en-cuentra en los diferentes archivos de música barroca en Latinoamérica, particularmente en la ciudad de Sucre, que cuenta con uno de los más valiosos repositorios de manuscritos de todo el continente. Está conformado por músicos profesionales y con experiencia en su instrumento, a saber: Aracelly Nuni (Soprano); Beatrice Peñaranda (Mezzo So-prano); Andre Cusicanqui (Oboe); Oscar Chungara (Ór-gano) y Edsel Mayta (Clave).
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