miércoles, 22 de septiembre de 2021

Historia prehispánica: Tiwanaku

 Tiwanaku surgieron a través de los años. Las explicaciones más tempranas se perdieron en el tiempo y solamente fue posible conocerlas a través de los mitos e historias que registraron los primeros cronistas españoles en el siglo XVI (Cieza de León, Betanzos, Sarmiento de Gamboa, Acosta, Anello Oliva, Cobo y otros).

Ellos recogieron mitos que identificaban a Tiwanaku como el lugar de origen de la humanidad y consideraron que allí se encontraban las raíces de la civilización sudamericana más conocida en la época, los incas. Fue entonces que Tiwanaku quedó consolidado en el pensamiento de la época como uno de los sitios más importantes del mundo prehispánico.

Durante el siglo XIX varios diplomáticos, viajeros y científicos europeos visitaron Tiwanaku, hicieron descripciones sobre el sitio arqueológico y ensayaron algunas interpretaciones tanto de su antigüedad como de su identidad. En 1864 George Squier, diplomático Norteamericano, hizo planos de Tiwanaku y fotografió el sitio; años después el austriaco-francés Charles Wiener fotografió Tiwanaku e hizo algunas interpretaciones sobre los restos arqueológicos. En 1877 el francés Theodore Ber postuló que Tiwanaku debió haber tenido dos épocas diferentes y que ambas eran anteriores a los incas. Encontró que los muros de las edificaciones estaban orientados de acuerdo a los puntos cardinales (Albarracín, 1999). El sitio arqueológico de Tiwanaku atrajo también a investigadores europeos, como el Conde de Castelnau, el Marqués de Nadaillac, el científico Alcides D’Orbigny y el arqueólogo y etnógrafo suizo-estadounidense Adolphe Bandelier.

Los arqueólogos alemanes Alphons Stübel y Wilhelm Reiss llegaron a Tiwanaku atraídos por las narraciones de D’Orbigny. Años más tarde, Stübel trabajó con Max Uhle, arqueólogo alemán considerado el padre de la arqueología peruana, y en 1891-1892 publicaron el libro Las ruinas de Tiahuanaco en las tierras altas del Antiguo Perú, con fotografías de B.von Grumbkow. Más tarde Uhle propuso una secuencia para las culturas de los Andes. En este libro Stübel y Uhle asociaron Tiwanaku con los aymaras y señalaron que la distribución de la lengua aymara coincide con las áreas de expansión de Tiwanaku (Albarracín, 1999).

Las excavaciones e investigaciones científicas y sistemáticas comenzaron en el siglo XX. El gobierno de Pando otorgó permiso a la misión francesa de Crèqui de Montfort para excavar en Tiwanaku con la condición de que las piezas encontradas pasaran a formar parte del Museo Arqueológico, cuyo director era Manuel Vicente Ballivián (Laguna Meave, 1986). Uno de los arqueólogos del equipo, Georges Courty, encontró algunos monolitos, una escalinata y cerámica (Albarracín, 1999).

En 1903 llegó a Bolivia el ingeniero austriaco Arthur Posnansky, quien trabajaría sobre este tema durante décadas. Con los resultados de sus estudios publicó los cuatro volúmenes bilingües español/inglés de Tiahuanacu, la Cuna del Hombre Americano. Posnansky hizo un trabajo muy importante de registro en Tiwanaku, aunque muchas de sus hipótesis carecen de bases científicas y son consideradas por algunos sectores académicos como “arqueología fantástica y mítica” (Browman, 2007). Creó la Sociedad Arqueológica de Bolivia, un grupo de estudio con matices esotéricos, que se propuso la tarea de lograr la protección estatal al sitio arqueológico de Tiwanaku. Este grupo estuvo conformado por importantes hombres públicos bolivianos, especialmente de la ciudad de La Paz, en un contexto de políticas liberales y, posiblemente, con influencia masónica (Barnadas, 2002).

El arqueólogo Norteamericano Wendell Bennett (1930) propuso una cronología de la cultura tiwanaku y también hizo una síntesis de la arqueología de Bolivia que sirvió de guía para trabajos posteriores (Rivera y Stecker, 2005). Bennett afirmó que el estilo de la arquitectura de Tiwanaku tuvo una distribución extensa y que la fase clásica tuvo variantes en las Tierras Bajas (Albarracín, 1999). El arqueólogo sueco Stig Ryden hizo excavaciones en la zona del Titicaca y también aportó con estudios sobre cerámica del valle de Mizque (Cochabamba).

El gobierno del MNR, instaurado en 1952, buscó elementos para la construcción del nacionalismo estatal e íconos que lo emblematizaran. Tiwanaku fue clave para este propósito. En esta época se dio un nuevo impulso a la investigación arqueológica desde el Estado; en 1958 se creó el Centro de Investigaciones Arqueológicas de Tiwanaku (CIAT) y más tarde, en 1975, el Instituto Nacional de Arqueología (INAR). La arqueología nacionalista intentó unir la ideología política propugnada desde el gobierno con un pasado remoto y glorioso; se hizo un intenso trabajo de excavaciones, pero se difundieron y publicaron pocos trabajos con los resultados. Portugal Zamora y Gregorio Cordero realizaron extensas excavaciones entre las décadas de 1950 y 1960. La reconstrucción del Kalasasaya en la década de 1970 posiblemente tuvo el propósito de mostrar la monumentalidad de Tiwanaku. La investigación arqueológica estuvo liderizada por Ponce Sanginés y tuvo la intención de resaltar los logros de este Estado, llegó incluso a adjudicarle calidad imperial, expansión en un amplio espacio geográfico, monumentalidad de su ciudad principal y un enorme número de habitantes. Desde mediados de la década de 1950 hasta los años 70, el trabajo arqueológico en Bolivia estuvo centrado en el trabajo de arqueólogos bolivianos, en especial de Ponce Sanginés, que fue la figura principal de la arqueología de esta época y del enfoque político del Estado.

A fines de los años 80 equipos de investigación de universidades extranjeras realizaron trabajos de excavación en el sitio de Tiwanaku. El proyecto Wila Jawira dio un nuevo impulso a excavaciones, análisis, estudios e hipótesis. El Norteamericano Alan Kolata mostró a Tiwanaku como centro urbano y ceremonial y también expuso el complejo sistema agrícola en la zona. Gray Graffam estudió los sukakollos y Marc Bermann trabajó uno de los sitios incorporados a Tiwanaku, Lukurmata. Charles Ortloff y Alan Kolata estudiaron la tecnología e ingeniería hidráulica desarrollada en Pajchiri y Lukurmata.

En la década de 1990, nuevas investigaciones completaron el panorama de Tiwanaku como centro urbano y como Estado. Para ello aportaron las excavaciones realizadas por Linda Manzanilla y Maria René Baudoin, que dieron mayor información sobre Akapana, los trabajos de Juan Albarracín y Claudia Rivera, que mostraron un panorama más completo sobre Tiwanaku. En este contexto, las nuevas lecturas, a partir de la década de 1980, buscaron también allí temas como la identidad y la etnicidad, y encontraron que este Estado estuvo formado por diferentes grupos étnicos y sociales. Este interés no estuvo centrado solamente en el centro urbano de Tiwanaku, sino también en otras regiones. En algunos casos, los estudios buscaron la vinculación de culturas locales con Tiwanaku (Anderson y Céspedes, 1998). 

A principios del siglo XXI un nuevo descubrimiento arqueológico en la isla de Pariti hecho por el equipo del proyecto finlandés (Sagárnaga y Korpisaari, 2005) el año 2004, abrió la posibilidad de estudiar una cerámica exquisita y plenamente realista hasta entonces desconocida, permitiendo ampliar la perspectiva de lo que fue Tiwanaku. Los trabajos recientes de Vranish, Isbell, Stanish, Vinning, Couture y otros escritos durante los últimos años son un aporte que seguramente generará nuevas investigaciones a futuro.

Además de la arqueología y la etnohistoria, los estudios sobre Tiwanaku se han enriquecido con el aporte de otras disciplinas. En la década de 1970, varios estudiosos (Torero, Cerrón Palomino y otros) generaron desde la lingüística nuevas hipótesis sobre Tiwanaku y la identidad de los grupos que lo conformaron. En los últimos años se han incorporado estudios médicos y biológicos a partir del análisis del ADN de restos óseos de enterramientos rituales, con el propósito de encontrar el origen biológico de sus habitantes. Estos estudios abren un campo enorme para la determinación de importantes características de la composición de la población de Tiwanaku, tanto en el sitio como en los diferentes lugares bajo su hegemonía.

En cuanto al trabajo arqueológico, se ha añadido recientemente a las tradicionales excavaciones, las posibilidades que brindan la exploración con magnetómetro y con radar que permiten localizar lugares donde probablemente existen estructuras y contextos arqueológicos, técnicas que ya han sido aplicadas en Tiwanaku desde 2007 (Williams, Couture and Blom, 2007). No obstante apenas se ha excavado menos del 20% la ciudad de Tiwanaku y mucho menos aún en otros sitios. A pesar los avances y del enorme potencial cultural de Tiwanaku hoy son lamentables las condiciones en que se conservan las ruinas más notables del pasado prehispánico de Bolivia, incluso el ícono de esta cultura como es el monolito Bennett está perdiendo ante nuestros ojos los símbolos esculpidos en su cuerpo. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Historia prehispánica: El Formativo

 El Formativo (2000/2200 a.C. - 400/500 d.C.) es uno de los períodos de transición más importantes en el desarrollo socio-político de las poblaciones prehispánicas. Su temporalidad está marcada por el surgimiento de la agricultura como un eje productivo, el cual propende a la sedentarización de los pueblos de cazadoresrecolectores que existían previamente. Otros aspectos que marcan este período son la aparición de la alfarería, la construcción de villas o poblados permanentes y –de acuerdo a cada región– el surgimiento de tradiciones religiosas y rituales que marcaron posteriormente la identidad de los pueblos andinos.

Siendo un período que transcurre alrededor de 2000 años en distintas partes de los Andes, se establecen diferentes fases de desarrollo. Por ejemplo, en sus fases iniciales en la cuenca del Titicaca los procesos socio-políticos todavía eran simples y ligados al proceso de la sedentarización y la sobrevivencia. En una fase posterior se observa el desarrollo de tradiciones religiosas y de edificación que luego fueron consolidadas y dieron paso al surgimiento de desarrollos políticos más complejos que compitieron por la hegemonía regional y que luego derivaron en la formación del Estado (Hastorf et al., 1999). En otras regiones este proceso fue distinto, se pasó de desarrollos políticos de villas y aldeas con niveles de jefaturas simples, a otros que presentaban niveles políticos complejos (Bermann, 1995; McAndrews, 1996; Rose, 2002). Sin embargo, los datos también muestran que este panorama estuvo ligado a la potencialidad productiva de las diferentes regiones, así como al contacto interregional.

Al ser el Formativo uno de los períodos más largos del desarrollo cronológico prehispánico, sus implicancias fueron determinantes para los procesos subsecuentes. Por un lado, derivó en la formación del Estado de Tiwanaku y, por otro, determinó la complejidad y diversidad de otros pueblos que se encontraban fuera del área de influencia de este Estado. Un aspecto recurrente de este período es su influencia sobre las distintas tradiciones y estilos que marcaron la producción cultural de su época (More, 1984), tanto a nivel de la cerámica, como de la arquitectura y las representaciones simbólicas que fueron mantenidas hasta tiempos tardíos. Por estas razones, su estudio y análisis tiene mucha importancia en la cronología andina y permite explicar parte de la diversidad observada en períodos posteriores.

Los diversos estudios fueron promovidos en Bolivia en tres grandes regiones: 1) La cuenca del Titicaca, ligada a la cultura chiripa; 2) Oruro y los valles de Cochabamba relacionados con el desarrollo de Wankarani y 3) Santa Cruz. Más escasos son los datos de la Amazonía, Mojos y el Chaco. En la cuenca circunlacustre, el sitio epónimo del Formativo es Chiripa, que ha merecido el interés de los investigadores desde los años 40 del siglo pasado, con trabajos como los de Maks Portugal Zamora (1988) y Alfred Kidder (1943). En adelante su investigación estuvo a cargo del INAR y posteriormente por David Browman (1981). Pero es a inicios de los años 90 cuando se realizan los aportes más relevantes en el tema con el ingreso del equipo de investigación de la Universidad de Berkeley, a la cabeza de Christtine Hastorf. Posteriormente, varios de sus estudiantes y algunos investigadores bolivianos desarrollaron tesis doctorales e investigaciones especializadas para datar y entender la dinámica regional. Entre ellos se puede citar a MatthewBandy (2001), William Whitehead, Lee Steadman y José Luis Paz (2001), Andrew Rodick (2008) y Eduardo Machicado (2009).

El área de Wankarani fue estudiada inicialmente por la presencia de montículos artificiales y cabezas líticas de camélidos. Estos rasgos llamaron el interés de investigadores como John Wasson, Luis Gutierrez Guerra y Ramiro Condarco desde la década de 1950. Posteriormente las excavaciones del montículo de Wankarani, realizadas por Carlos Ponce Sanginés, terminaron dando el nombre a ese desarrollo del Formativo orureño que se conoce como cultura Wankarani. En la década de 1990, el equipo de la Universidad de Pittsburgh empezó a desarrollar investigaciones intensivas en diferentes montículos, sobre todo de la región de La Joya.

En la región de los valles de Cochabamba y Santa Cruz, las investigaciones fueron promovidas por investigadores del Museo Arqueológico de Cochabamba, quienes desde los años 40, a la cabeza de Ibarra Grasso y Geraldine Byrne de Caballero, realizaron los primeros reportes. Posteriormente investigadores como D. Pereira, R. Céspedes, Ramón Sanzetenea, Javier Gonzáles y María de los Angeles Muñoz desarrollaron estudios más sistemáticos. A este equipo se unieron investigadores como Donald Brockington, Marianne Vetters, Olga Gabelmann, Christoph Dollerer, Timothy McAndrews y Claudia Rivera, quienes lograron también importantes aportes.

Estos aportes fueron extendidos a los valles del Sur con los trabajos de Rivera en Cinti y los importantes fechados que Pereira y su equipo publicaron sobre el Formativo en Santa Cruz, que muestran ocupaciones muy tempranas que hacen ver que la historia cultural del Oriente boliviano todavía es desconocida.

El Formativo en las Tierras Bajas no ha sido muy investigado, lo que no quiere decir que no exista. Un buen ejemplo constituye el sitio arqueológico Grigotá ubicado entre el segundo y tercer anillo de la ciudad de Santa Cruz. Este sitio fue excavado en 1976 por Bustos Santelices (1976, 1977) y posteriormente por Heiko Prumers (2000) del Instituto Alemán de Arqueología. Aquí se documentaron poblaciones sedentarias que practicaron la agricultura y se establecieron, según fechados radiocarbónicos, entre el 400 a. C. y 100 d. C.

Si bien en la frontera entre Brasil y Bolivia se tienen evidencias de las primeras ocupaciones sedentarias (ca. 2500 a. C.), son muy escasos los sitios formativos que han sido encontrados en la región amazónica. Esto no solamente se debe a la falta de investigación, sino posiblemente a que los sitios correspondientes a este periodo, se encuentren cubiertos por sedimentos aluviales debido a un proceso de cambio climático, el cual todavía está siendo estudiado y que estaría asociado a un aumento de las temperaturas y de la pluviosidad en toda la Amazonía (Neves, 2007).



lunes, 13 de septiembre de 2021

Historia prehispánica: El origen de la población y Poblaciones más tempranas

 El origen de la población 

La pregunta sobre del origen de la población americana fue una interrogante constante desde que la existencia de este continente fue conocida en Europa. Las respuestas que se intentaron reflejan los conocimientos, la mentalidad y los imaginarios de cada época, desde explicaciones que recurrían al Antiguo Testamento para ubicar a los habitantes de América dentro del contexto de relatos bíblicos, hasta teorías sobre el origen de la población en continentes desaparecidos. Debido al persistente interés en el asunto, en el siglo XVIII se realizaron varias expediciones científicas que permitieron profundizar el conocimiento de la población americana.

Más adelante, durante el siglo XIX aparecieron teorías del origen autóctono de las poblaciones americanas, planteadas por el argentino Florentino Ameghino, pero se descubrió que los restos óseos presentados no eran de humanos. En 1925 el portugués Mendes Correia propuso la idea de que la población de América habría llegado desde Australia. La más aceptada fue la del Norteamericano Alex Hrdlicka (1937) sobre el origen asiático de la población americana y su llegada a través del estrecho de Behring, aunque también se desarrollaron teorías sobre un origen poligenético de la población, que procedería de diferentes continentes y habría llegado de distintas maneras, entre ellas navegando de continente a continente, como planteó el francés Paul Rivet en 1943. Descubrimientos arqueológicos permitieron establecer las pruebas para las teorías, pero también éstas apelaron a la lingüística y a la biología.

Otro de los temas más estudiados y discutidos fue el de la datación de las primeras evidencias de grupos humanos en América, es decir, la antigüedad de los sitios donde aparecieron las primeras evidencias de presencia humana. Descubrimientos arqueológicos al extremo Sur del continente en las últimas décadas del siglo XX pusieron sobre la mesa de las discusiones académicas y científicas nuevos datos que todavía están en discusión. A principios del siglo XXI, el proyecto de investigación científica del genoma humano abrió las posibilidades de estudios genéticos aplicados al análisis de los restos de seres humanos que vivieron hace miles de años y que probablemente estuvieron entre los primeros pobladores del continente. Sin duda, los descubrimientos futuros y el estudio de las evidencias encontradas permitirán aclarar más el panorama de la historia temprana de la población del continente americano.

Poblaciones más tempranas

La época conocida como Arcaico se desarrolló aproximadamente entre 11000 y 4000 años antes del presente (9000 y 2000 a.C.). Las investigaciones sobre estas etapas son las menos numerosas dentro del campo arqueológico y de otras disciplinas en Sudamérica y son más escasas aún en Bolivia. Las instituciones estatales no promovieron trabajos arqueológicos que se enfocaran en este período y los esfuerzos y hallazgos realizados hasta ahora proceden de iniciativas de investigadores como Dick Edgard Ibarra Grasso (1986), Jorge Arellano (1981), Eduardo Berberian (1981) y otros. La Universidad Mayor de San Simón tuvo un papel importante con el trabajo de Ricardo Céspedes y David Pereira (2005). La colección de objetos de esta etapa histórica excavados por Ibarra Grasso, Céspedes y Pereira forma hoy parte de los fondos del Museo Arqueológico de la Universidad Mayor de San Simón de Cochabamba.

En 1903 el estudioso francés Georges Courty localizó un yacimiento paleolítico en Sur Lípez. En 1954 el investigador argentino Ibarra Grasso descubrió el sitio de Viscachani, considerado actualmente un campamento al aire libre. La existencia de una enorme cantidad de instrumentos y herramientas líticas en este sitio hizo que durante décadas Viscachani fuera considerado el lugar más importante del período Arcaico, y que una de sus fases tuviera la reputación de ser la más antigua evidencia de presencia humana en Bolivia; sin embargo, descubrimientos más recientes cambian este panorama.

El inglés William Barfield realizó excavaciones en Laguna Hedionda, Lípez, al Suroeste del país, en 1958. En 1978 E. Berberian y J. Arellano encontraron y estudiaron otros sitios en Lípez con restos de herramientas líticas, y en 1982 Ibarra Grasso y Querejazu Lewis hallaron restos arqueológicos de esta etapa en San Pablo de Lípez. A partir de 1980 continuaron las excavaciones en el altiplano y en la zona de Lípez y también excavaciones en las Tierras Bajas del Chaco, al sureste de Bolivia, donde en el sitio de Ñuapua se encontraron restos humanos que fueron datados con una antigüedad de 6000 años y considerados como los más antiguos encontrados hasta entonces. También por esa misma década se realizaron excavaciones e investigaciones en Cochabamba.

Las investigaciones más recientes sobre el Arcaico fueron realizadas en 2012 por José Capriles y Juan Albarracín en el sitio de Cueva Bautista de San Cristóbal (Lípez, Potosí); los resultados permiten confirmar allí presencia humana de 10.900 años de antigüedad (c. 8900 a.C.), lo que hace que éste sea el sitio con presencia humana más antigua en territorio de la actual Bolivia.

Las investigaciones arqueológicas en Bolivia tomaron nuevos rumbos en el siglo XXI. La arqueología, centrada anteriormente en Tiwanaku, cedió paso a nuevas excavaciones que se dirigen más bien a buscar información sobre las historias de otras regiones. En el caso de las Tierras Bajas se debe mencionar que un equipo multidisciplinario (Lombardo, et al. 2013) confirmó recientemente, que algunas de las islas de bosque en los Llanos de Mojos, son en realidad acumulaciones de desechos alimenticios, principalmente de caracoles, restos de fauna y material orgánico por grupos de cazadores y recolectores que vivieron hace por lo menos 10000 años. 

viernes, 10 de septiembre de 2021

Historia prehispánica: Reflexiones y debates

El tomo I De los orígenes a la construcción de los Estados Preshispánicos es un esfuerzo por dar una
mirada de conjunto al pasado más remoto de lo que hoy es Bolivia. Dividimos este extenso período
siguiendo la manera cronológica tradicional. Incluimos una línea del tiempo que sirve como orientación didáctica de la sucesión de culturas, su elaboración implicó una serie de decisiones respecto de lo que consideramos lo más relevante en cada etapa. Sin embargo, es preciso aclarar que si bien la sucesión de culturas en el tiempo ordena la información y le da un sentido, la historia no es un proceso lineal hacia una suerte de destino superior preestablecido, es más bien un proceso complejo, expresión de la variedad de opciones asumidas por los seres humanos.

Nos planteamos tres ejes temáticos y de análisis que, de acuerdo a sus peculiaridades, son desarrollados y problematizados de distintas formas en cada capítulo. El primero de los ejes se refiere a la multiculturalidad, presente en todas las etapas aunque no siempre con la misma visibilidad. Su estudio permite conocer cómo se dieron las relaciones entre culturas y sus cambios en el tiempo. Podemos afirmar que la presencia de múltiples expresiones culturales es una de las realidades que se evidencia con mayor claridad. En el altiplano y valles encontramos una diversidad de pueblos en forma cohesionada, mientras que en las Tierras Bajas existe una atomización más marcada. A partir del supuesto de que los procesos identitarios no son sólo consecuencia de la relación entre distintos grupos sino que en gran medida están condicionados por las relaciones de poder, el segundo eje tiene que ver con la tensión entre esta multiculturalidad y la presencia o ausencia del Estado. El tercer eje que guía
nuestras preocupaciones es la relación sociedadmedioambiente pues el período prehispánico es de aprendizaje del control y aprovechamiento de la naturaleza que se expresa en las distintas soluciones culturales de los pueblos.

Fuera de los ejes planteados, quisiéramos resaltar algunos de los problemas generales que encontramos al realizar el trabajo. Uno de ellos se refiere al espacio que debería cubrir el período prehispánico. Sabemos que por entonces los límites geográficos no eran los actuales, pero a veces en los estudios sobre esta etapa no se asume de esta manera. Los límites o las fronteras políticas pueden interferir en las miradas hacia este pasado, enfatizando o minimizando la información según los intereses nacionales,
pues la construcción de la memoria nacional en cada uno de estos países tiene una de sus bases en los logros de este periodo. En Bolivia, por ejemplo, la búsqueda por dar sustento al nacionalismo de los años 50, hizo que se magnificara Tiwanaku y se minimizara a los incas. En cambio en el Perú, los incas representan el punto culminante de su pasado. El énfasis que se hace en cada uno de los países podría distorsionar la cultura de los hechos del pasado.

Este tomo, aunque se concentra en el territorio de la actual Bolivia, intentará superar las miradas nacionalistas.Tiwanaku, por dar un ejemplo, tiene elementos de la cultura chavín, ubicada en el actual Perú, y, si bien su centro estaba al Sur del Titicaca, en Bolivia, tuvo núcleos importantes en Historia prehispánica: Reflexiones y debates Moquegua o Atacama en las actuales repúblicas del Perú y Chile. Lo propio en el período de los Señoríos: un bloque importante de pueblos de lengua  reponderantemente aymara se ubicaba alrededor del Titicaca, lago que, como se sabe, comparten Perú y Bolivia. También en el sur, los carangas abarcaban Arica y el valle de Azapa, actualmente Chile. Por otra parte, los desarrollos de las Tierras Bajas tuvieron migraciones desde el Atlántico que atravesaron el Brasil, Argentina y Paraguay para instalarse en tierras bolivianas. La familia lingüística arawak tiene representantes por lo menos desde Venezuela.

El estudio del pasado prehispánico también encuentra algunas dificultades en la relación entre disciplinas. Tradicionalmente se considera que su estudio corresponde a la arqueología, sin embargo, a partir de documentos de la colonia temprana, tradición oral, documentos visuales, como textiles, cuadros y, por supuesto, crónicas, es posible obtener información desde la etnohistoria, entendida ésta como una especialidad de la historia que ha desarrollado métodos de acercamiento a las fuentes para la interpretación de los períodos prehispánicos más tardíos. Usamos la etnohistoria para subrayar los esfuerzos que se hicieron para superar la falta de registros escritos e incorporamos métodos de interpretación que no están relacionados con la lectura de restos arqueológicos. Si bien ambas disciplinas son complementarias, sus enfoques y sus conclusiones no siempre coinciden, lo que genera líneas de discusión que en muchos casos enriquecen las perspectivas tanto de la etnohistoria como de la arqueología.

Es común que los aportes de la arqueología, con estudios de caso y con la urgencia de encontrar evidencias materiales, sean más puntuales. La etnohistoria, en cambio, suele tener el problema
de dar saltos en el tiempo, del siglo XVI al XX, por ejemplo. Estas perspectivas un tanto diferentes se
hacen evidentes en ciertos momentos, por ejemplo en las hipótesis acerca de la desintegración de Tiwanaku. A pesar de ello, creemos que estas aparentes discrepancias en realidad enriquecen nuestras preguntas y posibles interpretaciones, por ello el presente volumen es precisamente el intento de conjugar los aportes de ambas –y otras– disciplinas para avanzar en nuestra comprensión de este pasado.

Dentro del panorama académico existe un desequilibrio; por una parte entre las investigaciones
arqueológicas de los países vecinos que cuentan con mayor cantidad de investigación que en Bolivia, y, por otra, entre los conocimientos sobre el oriente y el occidente de Bolivia. De este modo los estudios, excavaciones, dataciones y otros aportes que se hacen e hicieron en Perú, Chile, Argentina y Brasil sirven para completar el panorama propio.

En cuanto a Bolivia misma, es más lo que se sabe sobre las tierras altas, altiplano y valles, que sobre la Amazonia, Chiquitanía y Chaco. Aunque la región de los Llanos de Mojos ha recibido una atención privilegiada desde principios del siglo pasado (Denevan, 1966; Erickson, 2006, 2010; Jaimes Betancourt, 2012; Lombardo et al., 2012, 2013; Nordenskiöld, 1913; Prümers, 2012, 2013; Walker, 2004 ) y hay recopilación de información etnohistórica sobre la Chiquitania y Chaco (Combes, 2002-2008), todavía existe un desequilibrio de información que podría dar una impresión equivocada del pasado de ambas regiones. Las organizaciones políticas más centralizadas y la impronta estatal determinan una centralidad más contundente en las tierras altas y sobre todo en la región circuntiticaca. En ese entendido, hemos hecho también el esfuerzo por incorporar de manera coherente los últimos aportes sobre las Tierras Bajas intentando, además, tomar en cuenta su propia lógica. Sin embargo, es indispensable tener presente que “lo andino” es en realidad una articulación de diversas ecologías ubicadas en diferentes altitudes y que ríos que nacen en la cordillera de los Andes y desembocan en afluentes del río Amazonas, funcionan como corredores de comunicación entre los Andes y la Amazonía, conectando las historias de los bosques amazónicos subandinos con aquellas desarrolladas en los bosques de llanuras aluviales y tropicales.

En los últimos años el desarrollo de la ciencia en temas como la identificación del genoma humano y la investigación genética sobre los cromosomas ha abierto nuevos caminos al estudio multidisciplinario de la historia más antigua de los seres humanos, las dinámicas de poblamiento en distintos lugares del planeta, las rutas de desplazamiento y el desarrollo posterior de poblaciones locales. Aunque en Bolivia no se han efectuado estudios específicos de este tipo, centros de investigación en el exterior han realizado recientemente análisis de algunos materiales óseos de enterramientos en sitios como Tiwanaku y otros centros relacionados, y los resultados muestran nuevas y sorprendentes posibilidades que la investigación puede seguir en las siguientes décadas y que añaden nuevas dimensiones al conocimiento a través de una colaboración más estrecha de las ciencias sociales y biológicas.

Antes de hacer un desarrollo de las características de cada período corresponde realizar una breve contextualización sobre la cronología y la periodización que utilizamos, esto con el objetivo de explicar los conceptos básicos presentes a lo largo del libro. El inicio del desarrollo cultural se da a través de sociedades de cazadores-recolectores, proceso que dura varios miles de años y que está conceptualizado en dos grandes períodos. El primero de ellos es el Paleoindio, que implica la relación del hombre con la megafauna extinta en el Holoceno. Pocas evidencias de ese período son registradas en Bolivia, pero la información existente muestra que dicha relación se dio principalmente en el sur. Un período posterior es el Arcaico, que es dividido en tres sub-períodos: temprano, medio y tardío, que señalan los niveles de complejidad de esas poblaciones de cazadores-recolectores, las cuales habían sobrevivido a la última glaciación y a la desaparición de la megafauna.

Un desarrollo posterior corresponde al Formativo, período de sedentarización y de alta complejidad cultural, que es parte del proceso de formación de grandes Estados y/o desarrollos socio-políticos, debido a lo cual recibe ese denominativo. Este período también está dividido en tres sub-fases: temprano, medio y tardío, y presenta particularidades en cada región estudiada.

Para los desarrollos posteriores asumimos la periodización establecida en los Andes centrales por Rowe (1944), quien reconoce horizontes culturales y períodos intermedios. El más importante en Bolivia es el Horizonte Medio, marcado por la presencia de Tiwanaku. Sin embargo, también reconocemos una diversidad de grupos culturales en otras regiones de Bolivia que no fueron influenciados por la complejidad estatal de Tiwanaku y que tienen un desarrollo cultural particular. Existe acuerdo entre los arqueólogos en agrupar a estos pueblos como parte de los Desarrollos Regionales Tempranos.

Un período posterior a Tiwanaku es el conocido como Intermedio Tardío, pues es el antecedente a la presencia inca en Bolivia. Al parecer, existió mucha diversidad étnica y cultural en dicho período en diferentes partes del territorio, por lo cual en las zonas que se encuentran fuera de la influencia del Estado de Tiwanaku se reconocen estos grupos dentro del período de Desarrollos Regionales Tardíos. La secuencia prehispánica culmina con la incursión de los incas en Bolivia, considerado el Horizonte Tardío en los Andes o el período Inca en Bolivia. Esta secuencia resume la periodización prehispánica
utilizada en este libro.

Presentamos a continuación un balance de lo estudiado en cada uno de los períodos elegidos con el que se pretende mostrar el estado actual de las investigaciones y también definir nuestro aporte.