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sábado, 9 de julio de 2022

El Chaco - Consideraciones finales

Los estudios arqueológicos y etnohistóricos de las Tierras Bajas de Bolivia nos revelan paisajes de bosques, selvas y llanuras habitados por grandes poblaciones multiétnicas y plurilingües. Desde tiempos milenarios estos grupos se diferenciaron económicamente y desarrollaron una especialización adaptativa de acuerdo al medio ecológico y geográfico que ocuparon.

En algunas regiones se comenzó tempranamente a domesticar algunas especies de plantas, en otras se aprovecharon los recursos naturales que brindaban los ríos o las planicies aluviales. Con el pasar de los años, se implementaron economías complementarias basadas en la agricultura, el aprovechamiento de plantas silvestres, la caza y la pesca.

A inicios de nuestra era, se confirma en el registro arqueológico de las Tierras Bajas que sociedades sedentarias sufren cambios sociales y políticos importantes. Posiblemente un aumento demográfico origina que las aldeas de varias poblaciones adquieran en algunos casos una estructura casi urbana. Diferentes grupos culturales construyeron grandes edificios, plazas, caminos y fortificaciones a lo largo de 1000 años. A estas obras se suman las construcciones dedicadas a la intensificación agrícola, que influyen de manera decisiva en la modificación del paisaje a gran escala.

Evidencias arqueológicas de estas sociedades fueron encontradas hasta ahora únicamente en los Llanos de Mojos, pero cruzando las fronteras de Bolivia, hacia al Norte (Acre), al Este (Rondonia y Mato Groso) y al Sur (Chaco Argentino), observamos que similares obras prehispánicas están siendo actualmente estudiadas. Tales hallazgos nos demuestran que en Pando, Santa Cruz y Tarija, cientos de sitios arqueológicos, correspondientes a diferentes períodos de tiempo y culturas prehispánicas, están todavía esperando contar su historia.

El Chaco - Entre la historia y la arqueología: la frontera incaica con el Chaco

Desde la perspectiva histórica, las fuentes escritas que existen sobre el Chaco nos remiten, en el mejor de los casos, al momento inmediatamente anterior al contacto hispano-indígena. La mayoría de ellas proviene de la periferia noroccidental, que mantuvo contacto directo con el Tawantinsuyu y después con los españoles de Charcas, es decir, de la cordillera Chiriguana. Los estudios arqueológicos, por su parte, también se han enfocado en la frontera incaica con el Chaco y las relaciones que los cusqueños mantuvieron con grupos guaraní de Tierras Bajas en los confines del Imperio. De tiempos anteriores pocos son los aportes y éstos se limitan a fechados aislados, principalmente relacionados a la penetración tupi-guaraní en territorio boliviano.

A diferencia de la periferia chaqueña, prácticamente nada se sabe sobre el recóndito interior. Aun cuando se ha conjeturado el posible origen pampeano de las poblaciones “típicamente chaqueñas” a partir de la evidencia material, lingüística y etnográfica (Nordenskiold, 2002 [1912]; Boman, 1908), hay un vacío total hasta el momento de la conquista, cuando los adelantados Juan de Ayolas y Domingo de Irala recogieron unos pocos testimonios del Chaco-adentro en su paso hacia a Charcas (Combès, 2009b).

Como vemos, los vacíos históricos en el Chaco no sólo son temporales sino también espaciales. Sobre este punto, es preciso insistir que los supuestos relacionados a la dependencia de los grupos del interior respecto de los de la periferia y el establecimiento de jerarquías étnicas a lo largo del tiempo se apoyan sobre breves constataciones. Hemos decidido, sin embargo, incluirlos como parte de este ensayo general sobre la región para que el lector comprenda mejor la complejidad de las interacciones entre los diferentes grupos chaqueños a lo largo del tiempo, y que a nuestro entender pueden ser dilucidadas en una lógica de oposición de grupos de cazadores-recolectores frente a sociedades agrícolas sedentarias.

A mediados del siglo XV, cuando el Inca Pachacuti gobernaba en el Cusco, las tropas incaicas entraron en el Collasuyo conquistando a las poblaciones del altiplano así como a los grupos vallunos de la frontera, lo que parece haber “endurecido” las relaciones entre el Imperio y los chiriguanos de las Tierras Bajas. Esto, al menos, es lo que se desprende de las informaciones etnohistóricas, que descubren una interacción predominantemente hostil entre incas y los habitantes del piedemonte con la intermitente invasión de los “salvajes y bárbaros” a los confines imperiales (Garcilaso, [1609]). Aunque virtualmente nada se sabe sobre estas poblaciones enfrentadas, los estudios arqueológicos realizados en los valles fronterizos de Chuquisaca (Nordenskiöld, 1917; Pärssinem, 1992; Alconini, 2002; Pärssinem y Siiriäinen, 2003) han reportado la presencia de recintos destinados a actividades militares en los complejos fronterizos de Oroncota y Cuzcotuyo, que parecería confirmar lo que las fuentes históricas indican. Los mismos estudios son los que también han reportado la presencia de alfarería “chiriguana” en recintos vecinos de carácter festivo y ceremonial, lo que sugiere que las fortalezas actuaron no sólo como guarniciones fronterizas de defensa sino también como núcleos de intercambio entre el Imperio y los grupos del piedemonte, quienes incluso parecen haber tomado parte en ceremonias de carácter ritual patrocinadas por los mismos cusqueños como una forma de diplomacia incaica (Alconini, 2002).

El establecimiento del denominado “arco fronterizo” al Este del Collasuyo tiene mucho que ver con la presencia incaica en los valles. Es en esta trama de reconfiguración espacial y social que la frontera imperial con el Chaco adquiere características peculiares respecto a otras regiones del Tawantinsuyu, puesto que los incas confrontaron a grupos semi nómadas con una “personalidad” guerrera que contribuyó a una frontera altamente volátil con continuos ciclos de alianzas seguidos de conflictos, así como su tenaz resistencia a ser incorporados como tributarios del Inca (Alconini, 2002). Se puede decir que la frontera incaica con el Chaco fue una de las más disputadas entre las sociedades centralizadas de las tierras altas y las poblaciones sin estado de Tierras Bajas (Combès y Saignes, 1995).

Este espacio de transición ecológica y simbólica resultó socialmente en una frontera donde convergieron poblaciones de las tierras altas -mitimaes trasplantados por el Inca y expertos metalúrgicos, vallunos oriundos y grupos provenientes del piedemonte (chanés que comerciaban con el metal)- y una suerte de área de simbiosis socio-cultural (Saignes, 1986) en cuyo seno se produjeron intercambios de distinta índole marcados por ciclos de violencia. Subiendo en una curva que va del Pilcomayo hasta el río Grande, pasando por Samaipata, el dominio incaico se materializó en la fortificación de una frontera; más precisamente, en la edificación de asentamientos multiétnicos de colonización fronteriza sometidos a la amenaza de las intermitentes incursiones de los pueblos tupi-guaraníes provenientes del este (Combès y Saignes, 1995).

Naturalmente, los mecanismos de control y dominación empleados por los incas para mantener el “equilibrio” en un espacio donde confluían diversa gente y ambientes variaron localmente. Al Sureste, en los valles sureños de Tarija y Chuquisaca contiguos al Pilcomayo, los incas establecieron una alianza política con grupos vallunos locales, como yamparas, churumatas o chichas, quienes permitieron la presencia de las mitimaes sobre sus dominios (Malpass y Alconini, 2010). Más al Norte, hacia la cuenca del río Grande, al Suroeste de Santa Cruz de la Sierra (en pleno territorio chiriguano), se ha confirmado la presencia de los incas y sus probables mitimaes labradores del metal que explotaban las minas de Saypurú junto a sus vasallos chané de los llanos.

En la región de los valles de Cinti y Tarija, la anexión incaica habría tenido un efecto multiplicador de las hostilidades con los tupi-guaraní (Pärssinem, 1996). Aunque este sector de la frontera ha sido calificado como genéricamente militar, restos en las fortalezas de Oroncota y Cuzcotuyo dejan ver una compleja interacción social, con los incas haciendo esfuerzos para incorporar a los grupos chiriguanos a través de intermediarios fronterizos locales, yamparas y chichas, que se desempeñaron como activos agentes en la ejecución de la agenda imperial.

Los arqueólogos han propuesto que al Sureste la frontera tomó la forma de un cerco militar tenue: un contorno incaico parcialmente militarizado, compuesto de un cordón de instalaciones que, a su vez, sirvió como punto de avanzada a la expansión imperial (Pärssinen, 1992). Como los ataques chiriguanos tomaban la forma de incursiones relámpago y saqueos intermitentes, con seguridad en algún momento debió haberse abierto la posibilidad de negociar ciertos privilegios con los cusqueños, en un juego de alianzas sumamente versátiles que devinieron períodos de relativa paz y encuentros de acercamiento con los incas. El objetivo de las fortalezas fue precisamente asegurar la dominación en los confines del Imperio e intentar avanzar sobre los chiriguanos utilizando mecanismos parcialmente pacíficos, para convertirse así en núcleos de intercambio entre los diferentes conjuntos sociales.

Más al Norte, siguiendo la cadena fronteriza hasta llegar a los alrededores de Santa Cruz de la Sierra, en plena cordillera Chiriguana, historiadores y arqueólogos han venido discutiendo un capítulo olvidado de la historia incaica: la presencia imperial en las minas de Saypurú, al Sur de Samaipata, que es mencionada por cronistas, como Diego de Alcaya y Rui de Guzmán. Por largo tiempo las informaciones de estos cronistas fueron pasadas por alto entre los diferentes autores que dejaron de lado el tema, entre otras cosas, al no haberse encontrado la presencia de metales en la cordillera Chiriguana.

Aunque los datos etnohistóricos son endebles y aislados, algunos autores, como Combès, opinan que sin duda hubo una presencia incaica en la región de Saypurú, probablemente relacionada a la explotación o comercialización de metales (Combès, 2009a). Recientes prospecciones arqueológicas parecen apuntalar a lo mismo, aunque en todo caso son necesarios más estudios interdisciplinarios que evalúen el impacto que el estado Incaico ejerció sobre los sistemas políticos sometidos en la cordillera y los medios a través de los cuales se incorporó en el estado a entidades políticas de Tierras Bajas.

Apoyándose en los testimonios de Alcaya y Rui Díaz de Guzmán, algunos autores indican que durante el reinado de Huayna Capac los incas se dedicaron a levantar las principales fortalezas a lo largo de la frontera con la cordillera. El Inca Guacané se habría establecido en Samaipata logrando someter al jefe chané-tomacoci Grigotá y a sus vasallos Goligoli, Tendi y Vitupue (Pifarré, 1989; Combés, 2012). Posteriormente Guacané habría descubierto el cerro de Saypurú, ubicado más al Sur, donde su hermano Condori empezó a labrar oro y plata con ayuda de algunos indios chané labradores de los llanos y comerciantes del metal, así como andinos de las tierras altas, posiblemente mitimaes caracara.

No fue sino hasta poco antes de la entrada de Ayolas en Charcas, que atraídos por la fama de las minas de Saypurú grupos tupi-guaraníes que iban llegando a la cordillera tomaron suficientes fuerzas para combatir a Guacané y su gente hasta expulsarlos definitivamente y afianzar su poder sometiendo a los antiguos vasallos chané. Sobre este punto, Isabelle Combès cree que sí hubo elementos que motivaron a los adelantados paraguayos (acompañados de miles de guaraníes aliados) a internarse en Charcas. Todos estos ingresos se basaron en el conocimiento de una presencia andina en la región vinculada a los metales (Combès, 2012). Esto negaría la tradicional imagen de una frontera inca oriental exclusivamente dirigida a la guerra (Combès, 2012).

La presencia incaica en Samaipata está ampliamente comprobada y los arqueólogos concuerdan que la fortificación fue un centro administrativo provincial más que una guarnición guerrera (Pärssinen, 1992). El área minera de Saypurú habría sido administrada desde Samaipata y poblada por expertos metalúrgicos andinos que sellaron su poder con los chané, comerciantes del metal (Pärssinem y Siiriainen, 2003; Combès, 2010). De ser cierto este postulado, los incas habrían utilizado medios pacíficos de alianza con los chané eventualmente basados en el trueque, para asegurar de este modo el avance imperial en la cordillera Chiriguana. Recientes prospecciones arqueológicas llevadas a cabo en los alrededores de Charagua (localidad contigua a Saypurú) registraron cerámicas incas y restos de actividades metalúrgicas (Cruz 2010, citado en Combès) lo que parecería confirmar la presencia incaica en el Chaco relacionada a la fundición y comercio de metales.

Podemos decir, a partir del análisis de estos dos casos, que la frontera incaica con en el Chaco operó como un espacio de “amortiguación” entre las sociedades andinas y las sociedades de Tierras Bajas, y también como un espacio de colonización multiétnico donde se dieron relaciones de diversa índole entre los diferentes grupos favorecidas –con seguridad– por experiencias previas de contactos. Las nuevas investigaciones sugieren que la frontera Sureste del Tawantinsuyo actuó como un espacio multiétnico parcialmente militarizado, donde los diferentes actores coexistían implementando diversas fórmulas. Mitimaes andinos actuando como agentes del poder estatal

El Chaco - Dependenciasocio-periferia: influencias y aportes de regiones externas al interior

El Chaco Boreal es una zona que permaneció aislada y a la vez interconectada con regiones vecinas de las que absorbió las influencias y aportes externos filtrados a través de las periferias. Estos contactos –acaso milenarios– han sido explicados apartirdelconceptode dependenciasocio-periférica, (Susnik, 1980; Villar, 2001; Richard, 2008 y Combès, 2009b). Dicha noción permite explicar aquellos contactos de las poblaciones chaqueñas con grupos de su contorno occidental, oriental y septentrional, y que sobrellevaron una dependencia de los grupos cazadores-recolectores del interior –a menudo considerados “típicamente chaqueños”– respecto a los agricultores de las orillas y que generaron intercambios de diversa índole (Combès, 2009b).

La permeabilidad de los contornos chaqueños y su influencia sobre la vasta planicie interna pueden ser ejemplificadas a partir del trabajo de Combès (2009b), quien reivindica la importancia de los contactos entre los grupos de habla zamuca de “la tierra adentro” y grupos de agricultores chiquitos ubicados al Norte, a los que califica como socio-periféricos. Apoyándose en las parcas informaciones tempranas sobre el interior, Combès constata cierta dependencia de los grupos zamuco con los chiquitos de habla arawak, con quienes mantuvieron relaciones en calidad de subordinados (por ejemplo, como de mano de obra eventual), aunque integrados luego mediante alianza matrimonial. Asimismo –y a partir de la misma lógica– no descarta lejanas influencias de grupos, como los bororós-otuquis procedentes de la región conocida hoy como Pantanal.

Más allá de escribir una historia propiamente dicha sobre el interior chaqueño en tiempos remotos, las pocas pero significativas constataciones de Combès permiten pesquisar de forma parcial el surgimiento de identidades y jerarquías grupales. Dichas identidades y jerarquías fueron moldeándose a través de contactos (y/o ausencia de ellos) entre los nómadas del interior con los asentamientos de agricultores de los márgenes, y que en última instancia contribuyeron a la imposición de nombres a cada entidad.

El Chaco - El recóndito interior chaqueño

Penetrando hacia el Sur y el este de la cordillera Chiriguana, entre el río Bermejo y el río Paraguay hasta llegar a Asunción, cruza el interior del Chaco Boreal, una vasta planicie desértica habitada por numerosas naciones, la mayoría de ellas desconocidas para los europeos en el siglo XVI. Este desconocimiento bien puede explicarse no sólo por la inaccesibilidad del territorio chaqueño, a la que ya nos hemos referido, sino también por las permanentes contiendas que los diferentes grupos de las orillas Oeste y este mantuvieron con los españoles, negándoles el acceso a los parajes más alejados.

La agresividad del medio ambiente en el Chaco interior se ve en cierto modo compensada por la relativa abundancia de peces y animales de caza a orillas de los ríos y por la presencia de bosques abundantes en frutos secos comestibles (Nordenskiöld, 2002 [1912]). Esto es lo que ha permitido la supervivencia de los diferentes conjuntos indígenas: todos nómadas, por lo general poco numerosos, moradores de aldeas relativamente pequeñas y practicantes de una agricultura que se limitaba a su subsistencia. Los indígenas del Chaco adentro debían realizar continuas migraciones estacionales moviéndose de una fuente de agua a otra para abastecerse de frutos y agua potable (Langer, 1996), por lo que a menudo han sido incluidos en la categoría de grupos “cazadores y recolectores” por los diferentes autores.

Hasta la Guerra del Chaco el incógnito interior preservó un complejo mosaico de grupos que hablaban diversos idiomas de los troncos lingüísticos mataco, guaycurú y zamuco, aunque las fuentes señalan que entre los moradores también estaban grupos vinculados a los incas, como orejones y churumatas. Sobre este punto, se sabe que los incas enviaron orejones chichas e indios churumatas a poblar varias partes de la zona del Gran Chaco; sin embargo, no se puede afirmar que la cartografía guarde correspondencia con los etnónimos del siglo XVI, ya que el impacto de las reducciones misionales dieron lugar a una serie de ajustes, recomposiciones, procesos y evoluciones que no deben ser pasados por alto.

Los cronistas señalan que las naciones del Chaco eran comedoras de carne humana y en general se distinguían poco en sus irracionales costumbres. A diferencia de los chiriguanos y chanés de la periferia occidental, cuyos antepasados penetraron desde zonas tropicales del este y el Norte, hay elementos que permiten conjeturar que los grupos “típicamente chaqueños” (toba, wichí, mataco, guaycurú, etc.) pudieron haber sido empujados desde el Sur del continente e ingresado al Chaco a través de las pampas argentinas (Nordenskiöld, 2002 [1912]; Boman, 1908). Otros grupos internos, como los de habla zamuca asentados al Noreste (a menudo considerados como grupos chaqueños “atípicos” por su organización social en clanes), cuyo origen se desconoce completamente , es posible que en algún momento hayan recibido alguna influencia de grupos de la Chiquitania, e incluso de grupos bororós y otuquis de la región hoy conocida como el Pantanal, inclusive hasta llegar a mestizarse con ellos (Combès, 2009b).

La convivencia en un entorno hostil como el chaqueño a menudo desataba conflictos entre los diferentes grupos por el dominio del río y la pesca, lo que habría dado lugar a que grupos más fuertes se apoderasen de las fuentes de alimentos y empujaran a los más débiles a las regiones más apartadas. Todavía en el siglo XIX, Nordenskiöld observaba que ningún grupo se atrevía a penetrar en territorios de recolección de otro, lo que muestra con seguridad que en algún momento se produjeron verdaderas guerras de conquista, en las cuales uno de los grupos terminaba sometiendo al otro o lo desplazaba a zonas más alejadas, para modificar así las zonas de dominio de los grupos y a la vez establecer una lógica de graduaciones jerárquicas entre las diferentes entidades sociales y étnicas.

Se puede decir, desde esta perspectiva, que el destierro de los grupos nómadas más “primitivos” al recóndito interior y el afianzamiento de sociedades agrícolas como chanés o chiriguanos en las zonas más fértiles de la periferia bien pueden explicarse por el antagonismo entre sociedades agrícolas y sociedades de cazadores-recolectores, que por lo general ha conducido a la extinción o, en este caso, al empuje de estas últimas hacia las zonas más remotas del Chaco Boreal y engendrar en su seno relaciones de todo tipo entre las diferentes jerarquías étnicas.

viernes, 8 de julio de 2022

El Chaco - Los “bárbaros” chiriguanos de la periferia noroccidental

Son “advenedizos” señalaba el oidor Juan de Matienzo de los chiriguanos, enfatizando de este modo su condición de forasteros usurpadores que irrumpieron en los llanos sometiendo a los “naturales”. Ciertamente Matienzo no dramatizaba al considerar a los chiriguanos una amenaza a los intereses de expansión coloniales al Río de La Plata, puesto que a partir del segundo tercio del siglo XVI su poder en la cordillera había conseguido afianzarse y fortalecerse, favorecido en buena medida por las entradas de conquista de las que tomaron parte en calidad de aliados los españoles (Combés, 2012).

Por lo menos hasta el siglo XVII, la imagen perversa proyectada sobre los chiriguanos parece haber tenido un sentido más bien genérico heredado de los incas para los “salvajes bárbaros” de las Tierras Bajas del Antisuyo (en un primer momento el término incluía indistintamente a “chiriguanos”, “chunchos”, etc.). Sobre este punto es preciso insistir que no todos los “chiriguanaes” de las crónicas andinas corresponden necesariamente a los “chiriguanaes” llegados al Chaco, puesto que las fuentes paraguayas señalan unánimemente que el término “Chiriguanaes” viene del Perú, pues en el Paraguay eran conocidos como guaraníes (Rasquin, citado en Combés). El término chiriguano en el Chaco, por lo tanto, no es más que un sinónimo de “guaraní hablante”, lo que explicaría que grupos como los chiriguanos itatines, ubicados más al Norte, a menudo fueran incluidos en esta categoría (Langer, 2010; Olivetto, 2010; Combés, 2012).

En relación a su condición de “advenedizos”, es muy posible que los antepasados de los chiriguanos, o al menos de algunos de ellos, hayan sido los guaraní cario del litoral atlántico, que fueron “tupinizados” por sus vecinos del litoral atlántico; esta hipótesis parecería alinearse con la evidencia de cerámica corrugada brasileña asociada a estos movimientos poblacionales y su aparición en las vertientes andinas (Pärssinem y Siiriäinen, 2003). Son necesarios, desde luego, más estudios interdisciplinarios que apoyen esta hipótesis.

Los cronistas señalan que estos “Chiriguanaes oriundos de la cordillera” se adentraron en el Chaco y el pie de monte andino provenientes del este y haciéndoles guerra en su travesía a los indios de los llanos, a quienes llegaron a esclavizar e incluso a guaranizar (Crónica Anónima, 1944 [c. 1600], citada en Combés). Apoyado en Rui Díaz de Guzmán, el padre Lozano señala que los “chiriguanás” fueron indios de la nación guaraní que acompañaron a Alejo García en su travesía de Brasil al Perú, a cuyos confines llegaron antes de la conquista para establecerse entre Tarija, Paspaya, Pilaya, Tomina, Mizque y Santa Cruz de la Sierra, donde se multiplicaron sujetando a las naciones circunvecinas. Estas informaciones parecerían sugerir un progresivo y lento proceso de mestizaje que acompaña al avance tupi-guaraní sobre el Chaco, el cual continuó e, incluso, se intensificó a partir de la expedición de García; de hecho, para el siglo XVI chiriguanos y chané ya eran considerados una sola etnia.

Al llegar al piedemonte, los recién llegados habrían empezado a dominar a los indígenas de la zona, chanés de lengua arawak en su mayoría, convirtiéndolos en esclavos, tributarios o víctimas del rito caníbal. Esta era, en todo caso, la situación general que se conocía en la segunda mitad del siglo XVI. Muchos cronistas indican además que los chiriguanaes enrolaron a estos «naturales» en sus propias tropas (Combés, 2012).

Para la segunda mitad del siglo XVI los diferentes asentamientos chiriguanos estaban fundamentalmente esparcidos sobre las planicies orientales andinas que ingresan al Chaco por la parte del Perú, conocidas por los españoles como “cordillera Chiriguana”. Como espacio histórico, la Chiriguanía se ha caracterizado por los permanentes altercados entre los diferentes grupos de origen tupi-guaraní (ava) y otros grupos asentados en el Chaco (tobas, chanés), con triunfo de los chiriguanos sobre los otros debido, en gran medida, a la afinidad lingüística y cultural común a todos los grupos.

En contraste a esta semejanza lingüística y cultural, la autonomía política de cada grupo ava a menudo creaba conflictos entre los diferentes conjuntos. Si bien en tiempos de guerra decenas aldeas podían confederarse en contra de un enemigo común, bastaba el más mínimo inconveniente para reavivar antiguas rivalidades y luchas. De hecho, si los españoles fracasaron en sus intentos de hacerles guerra fue en gran medida porque no entendieron los alcances de su sistema político y su táctica de alianzas siempre oscilantes.

Con seguridad en algún momento los chiriguanos intentaron adentrarse al Oeste de la cordillera, atraídos por las noticias que los indios del Chaco les proporcionaron acerca de una tierra abundante en metales y cuya fama habría trascendido. Los fuertes construidos en el Sureste andino por los Señoríos regionales después del ocaso de Tiwanaku sugieren la antigua amenaza de los pueblos tupi-guaraní sobre los valles contiguos (Saignes y Combés, 1995), incluso es posible suponer que la presión chiriguana sobre los grupos vallunos pudo haber modificado las identidades previas, pues algunos de ellos comparten características comunes y estereotipos de las Tierras Bajas (Barragán, 1994).

No cabe duda de que la irrupción incaica en el Collasuyo marcó un punto de inflexión en las relaciones con las Tierras Bajas. Aun cuando es difícil precisar el alcance de los enfrentamientos en la frontera en el siglo XV, lo cierto es que ante la imposibilidad de desarrollar una estrategia de movilización para internarse en la cordillera la táctica imperial adoptada por el Tawantinsuyo se haya volcado más bien en la defensa: emplazar fortalezas en puntos estratégicos de la frontera a manera de cerco, que servían para repeler ataques enemigos y como núcleos de apoyo al avance conquistador cusqueño (Pärssinem, 1992:119).

¿Qué explica la tenaz resistencia chiriguana al avance incaico sobre su territorio? ¿Por qué no se sujetaron con la misma rapidez que los grupos de las alturas? Este tipo de interrogantes han sido explicadas por los autores en términos de organización política (ya sea por influencia tupi-guaraní o arawak) como un mecanismo que explica la marcada noción de independencia de los diferentes grupos ava frente a grupos externos (Saignes; Combès, 2005). Si bien no es nuestra intención detenernos a explicar el componente político como una estrategia indígena de autonomía, no deja de ser evidente el contraste entre sociedades centralizadas, como las del altiplano, frente a sociedades de Tierras Bajas, carentes de grandes asentamientos humanos, muy autónomas entre sí y con un sistema de alianzas sumamente inestables que resultaba disfuncional a los intereses del Tawantinsuyu. Si Tupac Yupanqui no tuvo éxito en penetrar la cordillera (y por ende el interior del Chaco), es factible pensar que la estrategia implementada por Huayna Capac (1493-1525), de cercar parcialmente la frontera, se haya debido a la poca garantía que la conquista eminentemente militar de estos grupos tan dispares ofrecía al bienestar del Imperio, al menos en un mediano plazo.

jueves, 7 de julio de 2022

El Chaco - Migraciones guaraníes y la búsqueda de Candire

Desde que el adelantado Juan Díaz de Solís se adentrara por primera vez en el continente sudamericano siguiendo el curso del Río de la Plata entre 1515 y 1516, los españoles recogieron noticia de la existencia de oro y plata tierra adentro (Relación anónima [c. 1545] 2005, citada en Combès). A partir de entonces, los europeos procedentes de la costa atlántica, al igual que aquellos provenientes del Pacífico por el oeste, se lanzan a la aventura colonizadora internándose en el territorio de Charcas, todos en busca de las codiciadas fuentes de metal.

Desde el frente colonizador andino, las fuentes tempranas señalan que el objetivo era alcanzar el mítico Paitití. Los documentos paraguayos del siglo XVI, por su parte, hablan de la tierra de los “candires” vinculada a los incas y de los “carcaraes” dueños del metal”, que parecería designar a los qaraqara, cuyo territorio albergaba las minas de Potosí (Julien, 1997; Combès, 1995). Cuando en 1540 los conquistadores del Paraguay se adentraron en territorio de Charcas y entraron en contacto con sus semejantes provenientes de la sierra andina comprendieron que las ricas tierras soñadas ya habían sido alcanzadas por otros españoles, en consecuencia desplazaron geográficamente su objetivo conquistador hacia el Norte, en la actual Amazonía boliviana ( Tyuleneva, 2004; Combès, 2006).

Es posible pensar que el desplazamiento geográfico de las míticas riquezas incaicas al Norte amazónico haya dado lugar a una nueva versión del mito del Paitití, esta vez asociado a la tierra de los “candires”. El padre Giannecchini, de hecho, sostiene que el término Candire, presente en los testimonios de los cronistas, se referiría a un héroe guaraní identificado también como la tierra de oro en una dimensión incaica, y que la presencia del dios civilizador Tamoi en las tierras nororientales de los guarayos (contiguas a Mojos, en la actual Amazonia boliviana) es seguramente la prueba del nexo entre el mito de Candire con el del Paitití. Al respecto, Combès ha sugerido que la inserción de Candire en un complejo de creencias religiosas sólo podría ser evidenciada entre los chiriguano itatín (antepasados de los guarayos) (Combès, 2006).

Esta suerte de fusión mítica con destellos religiosos fue engendrada durante los primeros años de conquista y no tenía otro objetivo que reafirmar la virtual presencia de metales en alguna parte, tal vez al oeste, lo que a su vez habría creado corredores de contactos a partir de los testimonios de indígenas, quienes desde sus primeros contactos con los europeos se desenvolvieron como informantes de las viejas rutas que conducían a las riquezas (Giannecchini, [c. 1898] 2006). Alcaya señala que Juan de Ayolas se enteró de la presencia de metales al Oeste a través de los indios guaraníes del Paraguay que mantenían contacto con los chiriguanaes de occidente. Es muy probable que se trate de los “chiriguanaes” itatín y otros grupos vecinos y parientes asentados en los alrededores de la primera Santa Cruz de la Sierra, claramente diferenciados por los españoles de los “chiriguanos de la cordillera”, asentados más al Sur. Es posible pensar que estos guaraníes del Paraguay mantuvieron contactos con estos chiriguanos itatín de la Amazonía durante la época prehispánica, puesto que en el siglo XVI son los itatín, y no los chiriguanos de la cordillera, los únicos que relacionan el pueblo de los candires y el dios Candire a las riquezas ubicadas al Oeste (Combès, 2006).

En todo caso, lo esencial es preguntarse si al igual que para los europeos el motor que condujo las migraciones tupi-guaraní a occidente fue la búsqueda de las riquezas asociadas a Candire, ya sea en un sentido religioso o más bien ligada a los incas. El tema ha sido discutido y abordado por diferentes autores desde una perspectiva principalmente religiosa, en la que Kandire aparece como la búsqueda profética de una tierra sin mal que los tupi- guaraní del Paraguay ubicaron al Oeste (Metraux; Pifarré, 1989; Combès y Saignes, 1995). Para otros, Candire va más bien asociado a la presencia de metales y puede haber sido una representación del Imperio Inca así como también de los llanos amazónicos de Mojos (Nordenskiöld). Consideramos aquí que lo fundamental de ambas interpretaciones es que al igual que los europeos, que se adentraron en territorios desconocidos en busca de riquezas metálicas, las incursiones tupi-guaraní obedecieron en cierto modo al mismo objetivo, aunque esto no significa de ningún modo desconocer otros aspectos –incluido el religioso– que provocaron durante generaciones este éxodo de gente hacia el oeste.

Uno de los rasgos fundamentales de las sociedades tupi-guaraní es la actividad bélica, siempre acompañada por ritos de canibalismo en un círculo sin fin movido por la venganza (yeepi); de hecho, guaraní no quiere decir otra cosa que “guerrero” (Combès, 1986; Langer, 1996). Si bien todo parece indicar que al momento de la llegada de los españoles estos grupos tupi-guaraníes intentaban asegurar su poder en la cordillera, las sucesivas oleadas migratorias a lo largo de varios siglos, lejos estuvieron de estar exentas de obstáculos y penosas travesías de las que poco o nada se sabe (Saignes, 1995).

Hélène Clastres sugiere que las migraciones respondieron a una situación de crisis política en contra del surgimiento de un “Estado”, con las consecuentes disputas entre líderes religiosos y jefes; interpretación seguida por Pifarré, quien además señala que el crecimiento demográfico y las limitaciones productivas pudieron haber jugado un rol importante. Otros autores descartan esta visión predominantemente política y señalan que es probable que cada migración haya respondido a una serie de motivos en particular, y con seguridad debieron haber variado según los grupos y las épocas (Bossert y Villar, 2001, citados en Combés). Por lo tanto, desacuerdos políticos e incluso tensiones religiosas originados de las constantes contiendas bélicas entre los diferentes grupos tupi-guaraníes pudieron haber sido de principio las causas de las sucesivas oleadas migratorias hacia occidente en busca de nuevas tierras a través de varios siglos.

La ruta al Norte, que va del Paraná al Pilcomayo, la del Noroeste, desde el Alto Paraguay al Guapay, y la ruta central, a través de los llanos del Chaco con procedencia de Asunción, fueron los itinerarios utilizados, esto al menos en las entradas del siglo XVI. Los arqueólogos apuntan a fechados mucho más tempranos y sugieren que las migraciones tupi-guaraníes penetraron en el actual territorio boliviano a través del Chaco provenientes de la costa atlántica del Brasil y el Paraguay hacia el 400 d. C., es decir mil años antes de lo que las fuentes históricas señalan.

A partir de fechados asociados al estilo cerámico denominado corrugado y con marcas de uñas, relacionado a estos movimientos poblacionales, Pärssinem y Siiriäinen (2003) sugieren que el mismo bien pudo haber aparecido en las serranías andinas incluso antes que en el Perú, Uruguay y Argentina. Si bien nada de esto ha sido confirmado, los resultados preliminares de excavaciones realizadas en el área fronteriza incaica de Oroncota (Chuquisaca) parecerían probar la correspondencia entre el estilo cerámico corrugado y la evidencia lingüística e histórica de los asentamientos tupi-guaraní del siglo XVI en un arco que se extiende desde la cuenca amazónica hasta el Pilcomayo, así como una tradición de las Tierras Bajas en algunos complejos funerarios. Aunque por el momento la evidencia está lejos de ser concluyente, la cronología radiocarbónica permite conjeturar que la difusión de este estilo cerámico se habría producido de forma paralela a la expansión de la lengua guaraní en los valles interandinos al menos un milenio antes de lo que las fuentes históricas señalan (Pärssinem y Siiriäinen, 2003).

La llegada de los portugueses y españoles provenientes de la costa atlántica no hizo más que intensificar la migración de varios miles de guaraníes que tenían objetivos y recorridos distintos, y vieron en los conquistadores un poderoso aliado para atravesar territorios hostiles y alcanzar las riquezas codiciadas, a lo mejor atraídos por los enclaves mineros contiguos a Samaipata (Combés, 2012). Díaz de Guzmán señala que miles de guaraníes en busca de metales habrían acompañado al conquistador Alejo García en calidad de aliados entre 1522 y 1526, hasta llegar a las serranías andinas e intentar sacar el mayor provecho del viaje y obtener riquezas en asaltos o intercambiándolas a los españoles por armas o esclavos. Podemos concluir, en resumen, que desde la perspectiva indígena todo parece indicar que la migración fue la solución política al estado de crisis que vivían los diferentes grupos tupi-guaraníes envueltos en permanentes contiendas bélicas, y aunque no lleguemos a conocer la verdadera magnitud y alcances de estos desplazamientos, los aspectos fundamentales que establecieron estos itinerarios del Candire se circunscriben, por un lado, en un abastecimiento de metal (esto incluye armas y herramientas), ya sea por el intercambio pacífico o por la fuerza y, por el otro, la búsqueda de refugio en un viaje sin retorno.

lunes, 4 de julio de 2022

El Chaco - Registros materiales y escritos para una etnohistoria chaqueña

Al indagar en la complejidad del poblamiento étnico del Chaco, el panorama general que nos ofrecen las fuentes materiales y escritas deja grandes lagunas para la época prehispánica. En efecto, es tal la fragmentación social y étnica de los diferentes grupos a lo largo del tiempo que la profusión de etnónimos en la documentación ha generado gran confusión entre los autores, quienes a menudo han buscado signos de equivalencia del presente con el pasado para explicar las identidades actuales, negándoles así historicidad (Combés, 2009b). A esto se suma la poca precisión con la que usualmente se manejan conceptos, como “grupo étnico”, y se los asocia a secas a una organización socio-política, cuando en realidad no sabemos a ciencia cierta a qué nos remiten (Barragán, 1994).

La escacez de investigación de la arqueología chaqueña en nuestro país, hace que necesariamente acudamos a los estudios realizados en el Chaco argentino, que presentan mayores avances, sobre todo en relación a dataciones y hallazgos de urnas funerarias. A pesar de que los datos no son definitivos, los mismos han permitido conjeturar la presencia de una cultura prehistórica “netamente chaqueña” influenciada por los grupos calchaquíes provenientes del Oeste (Boman, 1908; Nordenskiöld, [1903]; Lima, comunicación personal).

Ante los grandes vacíos derivados de la ausencia de información escrita y estudios arqueológicos pormenorizados, los autores se refuerzan con ayuda de filólogos y lingüistas, que han clasificado a los grupos “típicamente chaqueños” en distintas “familias lingüístias”: Mataco, Guaycurú, Lule-Vilela, Lengua-Maskoi, Zamuco, Arawak y Tupí-Guaraní (este último también hablado en Argentina y Paraguay, aunque el mayor número de hablantes se encuentra en Bolivia).

Aun cuando la mayoría de estas categorizaciones han sido formuladas a partir de fuentes históricas bastante más tardías, no pasa desapercibido el hecho de que en el Chaco nos encontramos ante una pluralidad de troncos lingüísticos; algunos de ellos vinculados a los grupos del Sur, como es el caso de la lengua Lule-Vilela; otros, más bien, a los grupos amazónicos de lengua arawak del Norte. Los chiriguanos vendrían a ser parientes lingüísticos de los grupos guaraní del Brasil, lo que sugiere que en el Chaco convergieron lenguas de regiones vecinas.
Lenguas Chaco Boreal

viernes, 1 de julio de 2022

El Chaco - El Chaco como espacio geográfico y cultural

El confinamiento del Chaco y la débil influencia política que Charcas ejercía sobre éste, pueden corroborarse en las fuentes coloniales tempranas, que hacen referencia a su situación de marginalidad e impenetrabilidad, asociada a menudo al extremo salvajismo de sus moradores. Si bien la situación en la frontera se tornó especialmente violenta poco después de la conquista del Perú, se tienen noticias sobre las tensiones entre incas y chiriguanos al menos desde tiempos de Túpac Yupanqui (1417-93), cuando éste intentó fallidamente ampliar sus dominios desde el Collasuyo; asimismo, es también sabido que al menos desde el siglo XV un ancho arco fronterizo neutral que no pertenecía a nadie, podía ser transitado, separando los dominios territoriales del Tawantinsuyu de la Cordillera Chiriguana (Pifarré, 1989).

La “barrera chiriguana”, entonces, habría impedido en gran medida la penetración incaica en el Chaco de manera formal, y así contribuir a forjar en el imaginario cusqueño la representación de una tierra lejana y agreste. Esta noción puede encontrarse en las obras de varios cronistas y aparece evidentemente filtrada por un paradigma civilizador incaico, donde el mítico Antisuyo y su gente reproducen la convicción de superioridad de valores de los incas frente a otros grupos y sitúan a los chiriguanos en el estrato más bajo de la jerarquía como indican algunos cronistas (Poma de Ayala, [c. 1615]; Garcilaso, [c.1609] 1943).

jueves, 30 de junio de 2022

El Chaco - Introducción

 Mariela Rodríguez

El Chaco es una extensa y árida región con singulares características históricas y culturales. A menudo mencionado como el mediterráneo de la América Austral por los españoles, el Chaco ha sido tradicionalmente visto como un territorio periférico y marginal, alejado de los centros de poder colonial y nacional. El término “Chaco” proviene del quechua chaku, que en quechua significa “territorio de cacería” (Bertonio, [1612]). Conocido como Gran Chaco Gualamba hasta finales del siglo XIX, esta dilatada región boscosa y espinosa se caracteriza por tener un ecosistema eminentemente seco y sujeto a variaciones térmicas extremas (en invierno las temperaturas pueden descender a 0 °C, mientras que en verano pueden llegar a los 45°C), lo que hace que las condiciones de vida sean difíciles; la subsistencia de quienes allí habitan depende de una constante lucha por la obtención de alimentos y recursos acuíferos.

Como espacio geográfico, se puede decir que la región chaqueña es una vasta planicie semiárida ubicada en el centro de Sudamérica, que tiene alrededor de un millón de kilómetros cuadrados de superficie que se extiende por parte de los territorios de Argentina (al Norte), Bolivia (al Sureste) y Paraguay (al Oeste y Noroeste), entre los ríos Paraguay y Paraná y el altiplano andino. Por el lado boliviano, si se penetra desde los valles subandinos de Tarija y Chuquisaca en dirección al Este, las elevaciones pueden llegar hasta a los 2.000 m.s.n.m. A este ecosistema de transición que es una zona que comparte características físicas y climáticas similares a las de los contrafuertes andinos se lo conoce como pie de monte. A medida que avanzan hacia el este, las estribaciones del pie de monte descienden hasta llegar a los 250 m.s.n.m. y abren paso a la llanura chaqueña, un vasto espacio con una topografía casi plana que solamente se ve interrumpida por dunas estabilizadas por la vegetación y por zonas depresivas conocidas como bañados.

Contrariamente a la visión tradicional de un espacio considerado marginal y aislado, lo cierto es que el Chaco ha sido históricamente una zona de intercambio e influencia recíproca de zonas adyacentes y, a su vez, de contactos entre los diferentes grupos que lo habitaron (incluidos los no indígenas) (Combès, Villar y Lowrey, 2009). Si bien algunas de sus vías fluviales constituyen un vínculo natural entre los enclaves andinos y los ríos amazónicos, los pantanos y arenas movedizas que dejan a su paso dificultan el tránsito humano durante gran parte del año. Esto explicaría por qué el Chaco aparece en las fuentes históricas como una tierra fragosa, mientras que la multitud de naciones que ahí habitaban son calificadas como fieras indómitas salvajes en permanente guerra con los españoles (Lozano, [1733] 1941: 15).

La indiscutible problemática de fondo en el quehacer histórico y etnográfico del Chaco ha sido la diversidad cultural y étnica de sus habitantes, así como las influencias y aportes externos que pudieron haber asimilado de zonas vecinas, como los Andes al oeste, la franja chiquitana al Norte o el Pantanal al Noreste. A la complejidad misma que supone abordar el poblamiento étnico de una región de por sí poco conocida y habitada por numerosas “naciones”, a menudo confundidas por los colonizadores, se suma la parquedad de las informaciones contenidas en las fuentes escritas tempranas, sobre todo para el interior del Chaco, donde son prácticamente nulas y vienen “filtradas” por diferentes intermediarios chiriguanos y chanés asentados en los márgenes chaqueños, y que fueron los que mantuvieron contacto directo primero con los incas y después con los españoles.

A pesar de estas limitaciones y desafíos, durante las dos últimas décadas los chacólogos han venido realizado significativos avances que han permitido indagar desde una especificidad regional cada vez mejor precisada la evolución de los indígenas (incluidos aquellos asentados en las zonas más alejadas) en términos de composición étnica, fusiones, divisiones, mediaciones y contactos, especialmente al prestar atención al impacto misional sobre las diferentes colectividades. En un esfuerzo interdisciplinario conjunto, se ha empezado a considerar las identidades del Chaco como fenómenos cambiantes en el tiempo, resultado de complejos procesos históricos transcurridos en un espacio donde convergieron diversas corrientes culturales de regiones vecinas. 
Mapa Etnico de El Chaco