El Parlamento Boliviano (hoy Asamblea Plurinacional) inició sus labores por primera vez el 10 de julio de 1825, con la denominación “Asamblea de Representan-tes del Alto Perú”, a fin de deliberar la suerte de las tierras del Alto Perú. La primera sesión presidió el doctor José Mariano Serrano, acompañaban en la Directiva el Vicepresidente José María Mendizabal y los Secretarios Ángel Moscoso y José Ignacio Sanjinés.
La Asamblea debía reunirse en la ciudad de Oruro el 10 de abril de 1825, por mandato del decreto que emitió el Mariscal Sucre. La referida Asamblea no pudo tener lugar en esta ciudad ante la falta de “quórum” en la fecha indicada, y ante nueva convocatoria se instaló en Chuquisaca el 10 de julio de 1825. En tal encuentro formaron parte de la Asamblea personajes muy notables de la categoría de José Miguel Lanza, Casimiro Olañeta, Eusebio Gutiérrez, Gregorio Zabaleta, Leandro López y otros.
Entre los representantes altoperuanos iba ganando terreno la idea de constituir un esta-do autónomo y analizar aspectos de procedimiento y régimen interno, antes de aprobar la independencia de la flamante República.
Ante el entusiasmo de los representantes, el 6 de agosto de 1825, día magno, la Cámara llegaba a su duodécima sesión y los asambleístas proclamaron la independencia en virtud de las leyes sucesivas del 9, 11 y 13 de agosto, constituyéndose la República de Bolívar bajo la forma unitaria de gobierno y se fijaron los símbolos y moneda. No se olvidó el constituir una legación ante el Libertador Bolívar a fin de obtener la ratificación del nuevo estado.
Proclamada la independencia, el Diputado Secretario Ángel Mariano Moscoso ocupó la tribuna para dar lectura al Acta de Independencia, redactada por el ilustre asambleísta José Mariano Serrano.
Así se fundó la República, hoy Estado Plurinacional y nació el Parlamento boliviano.
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martes, 2 de agosto de 2016
Destacado pianista de la música boliviana Fidel Torricos Cors
Fidel Torricos Cors nació en Sucre el 31 de diciembre de 1917. Desde muy niño vivió entre músicos pianistas, sus maestros fueron Don Filomeno Rivero y el Prof. Mario Estenssoro. Estudió primaria en la escuela Daniel Sánchez Bustamante, ubicada en la calle Olañeta de la misma ciudad, y secundaria en el colegio Nacional Junín, ya de joven estudió la carrera de Farmacia y Bioquímica, siendo un excelente profesional. El Dr. Fidel Torricos, fue un distinguido y meritorio socio del Instituto Médico de “Sucre”, desempeñando por más de 20 años las funciones de tesorero, y tomando en cuenta su dedicación y honestidad fue designado Tesorero Vitalicio y Custodio de la Institución.
Pero su legado más importante fue en el campo de la música, con interpretaciones maravillosas en el piano, de cuecas, bailecitos y kaluyos, grabando varios discos en Discolandia desde 1971, que son verdaderas joyas musicales, “no tocaba difícil pero tocaba bonito”, con un estilo propio y una técnica pianística elegante, desgranaba notas que desde el primer acorde uno siente el placer de escucharlo, investigó y difundió la música popular chuquisaqueña, Interpretando composiciones de Simeón Roncal, Miguel Ángel Valda, José Lavadenz, Matilde Casasola, Jorge Luna, Gilberto Rojas, Alberto Ruiz, Teófilo Vargas, Humberto Caballero, Nicolás Ortiz y otros compositores anónimos.
Temas para deleitarse como ejemplo las cuecas: “Caminito”, “destacamento 111”, “Te amaré”, “Gacela”, “Sed de amor”, “Pretenciosa”, “Tu orgullo”; los bailecitos: “A unos ojos”, “Clavelina”, “Honda pena”, “En el Prado”, “A Sucre”; Kaluyos: “Cintita celestita”, “Amapo-lita”, “Amaguras”. Fue acreedor a varios re-conocimientos de autoridades e instituciones de La Paz, Sucre, Potosí y de otras ciudades
La empresa Discolandia le otorgó el Disco de Platino en 1992, como un justo reconocimiento a su aporte de la música boliviana.
Sin duda, este meritorio músico se ha con-vertido en un investigador del folklore nacional, llegando a poseer una colección de más de 180 bailecitos, alrededor de 120 cuecas y algo más de cien kaluyos y géneros diversos de la música nacional, de los más representativos y autores interpretados en piano
Como en este mundo todo tiene un comienzo y un final y nada es para siempre, el Maestro Fidel Torricos Cors, luego de una enfermedad que le aquejaba falleció a los 86 años el 25 de junio del 2002.
Pero su legado más importante fue en el campo de la música, con interpretaciones maravillosas en el piano, de cuecas, bailecitos y kaluyos, grabando varios discos en Discolandia desde 1971, que son verdaderas joyas musicales, “no tocaba difícil pero tocaba bonito”, con un estilo propio y una técnica pianística elegante, desgranaba notas que desde el primer acorde uno siente el placer de escucharlo, investigó y difundió la música popular chuquisaqueña, Interpretando composiciones de Simeón Roncal, Miguel Ángel Valda, José Lavadenz, Matilde Casasola, Jorge Luna, Gilberto Rojas, Alberto Ruiz, Teófilo Vargas, Humberto Caballero, Nicolás Ortiz y otros compositores anónimos.
Temas para deleitarse como ejemplo las cuecas: “Caminito”, “destacamento 111”, “Te amaré”, “Gacela”, “Sed de amor”, “Pretenciosa”, “Tu orgullo”; los bailecitos: “A unos ojos”, “Clavelina”, “Honda pena”, “En el Prado”, “A Sucre”; Kaluyos: “Cintita celestita”, “Amapo-lita”, “Amaguras”. Fue acreedor a varios re-conocimientos de autoridades e instituciones de La Paz, Sucre, Potosí y de otras ciudades
La empresa Discolandia le otorgó el Disco de Platino en 1992, como un justo reconocimiento a su aporte de la música boliviana.
Sin duda, este meritorio músico se ha con-vertido en un investigador del folklore nacional, llegando a poseer una colección de más de 180 bailecitos, alrededor de 120 cuecas y algo más de cien kaluyos y géneros diversos de la música nacional, de los más representativos y autores interpretados en piano
Como en este mundo todo tiene un comienzo y un final y nada es para siempre, el Maestro Fidel Torricos Cors, luego de una enfermedad que le aquejaba falleció a los 86 años el 25 de junio del 2002.
Perú, 9 de diciembre de 1824 - Batalla de Ayacucho
La batalla de Ayacucho, fue el último enfrentamiento armado que sostuvieron los ejércitos españoles y patriotas, en el largo camino hacia la independencia del Perú. Fue librada entre las tropas del libertador Simón Bolívar al mando de Antonio José de Sucre, y las fuerzas españolas al mando del virrey José de la Serna. Se desarrolló en la Pampa de la Quinua en el departamento de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824; la victoria de los independentistas, selló la independencia del Perú y de América del Sur. Los españoles tenían 9 mil hombres, los patriotas 5 mil. Los principales jefes realistas son Canterac, Valdés, Monet y Villalobos. En el lado de los patriotas, destacan, además de Sucre, La Mar, Córdova y Miller. Después de casi tres horas de duro combate, el virrey La Serna, herido es tomado prisionero. Por la tarde, Canterac y otros jefes realistas capitulan. Con esta batalla se pone fin a la dominación española en la América continental. Fue precedida de un movimiento político y militar que, entre 1808 y 1826 afectó a la casi totalidad de los territorios de la América hispana, y que condujo al nacimiento de un grupo de repúblicas independientes, entre ellas el Alto Perú. En tanto, los jefes vencidos se embarcan hacia España.
Federico Diez de Medina Historia de un gran diplomático boliviano
A inicios de 1900, fue enviado como Ministro Plenipotenciario de Chile en Bolivia Abraham König, con el objetivo de suscribir un Tratado definitivo de Paz, Amistad y Límites. Sin embargo, al no alcanzar la citada finalidad trató de convencer “mediante amenazas a Bolivia, a que renuncie a su derecho de poseer una costa en el Pacífico” 1. Es en ese sentido, que en una nota oficial fechada el 13 de agosto de dicho año, expresó al Canciller Eliodoro Villazón:
“…Es un error muy esparcido y que se repite diariamente en la prensa y en la calle, en opinar que Bolivia tiene derecho de exigir un puerto en compensación de su litoral.
No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se apoderado de él con el mismo título con que Alemania anexó al imperio de Alsacia y la Lorena, con el mismo título con que los Estados Unidos de América del Norte han tomado a Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones.
Que el litoral es rico y que vale muchos millones, eso ya los sabíamos. Lo guardamos porque vale; que sí nada valiera, no habría interés en su conservación.
Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el litoral.
Esta entrega es indefinida, por tiempo indefinido, así lo dice el Pacto de Tregua: fue una entrega absoluta, incondicional, perpetua. En consecuencia, Chile no debe nada, no está obligado a nada, mucho menos a la cesión de una zona de terreno y de un puerto.
En consecuencia, también, las bases de paz propuestas y aceptadas por mi país y que importan grandes concesiones a Bolivia, deben ser consideradas no sólo como equitativas, sino como generosas…” 2.
Sin duda, por intermedio de la citada nota el Ministro de Chile irradió “la airada violencia de los primeros conquistadores, dueños de bienes y de vidas” 3 que resucitaba en los gobiernos de La Moneda desde 1842 y que tuvo como resultado la ocupación del rico litoral marítimo boliviano bajo la lógica de ceder o sucumbir.
Pero aunque el Canciller Villazón pudo devolver la inmoderada nota, le respondió de manera prudente, el 15 de octubre del citado año pero en tono altivo. Unos meses después, el Canciller Federico Diez de Me-dina, emitió el 25 de enero de 1901, la ‘Circular a las Legaciones de Bolivia en el Extranjero’, donde expuso de modo irrebatible los derechos marítimos de Bolivia, además, describió aspectos y acontecimientos que no se habían considerado en la respuesta a König.
Sobre este gran diplomático, es necesario indicar, que nació en la ciudad de La Paz, en 1839, fueron sus padres Manuel Diez de Medina y Fabiana de los Ríos y León de la Ba-rra. Nuestro biografiado desde muy joven se distinguió por su talento y su dedicación.
Realizó los estudios secundarios en un liceo en su ciudad natal y más adelante se graduó como abogado en la Universidad Mayor de San Andrés, en 1864. Sin embargo, “aún no había terminado su carrera, cuando se le llamó á suplir el profesorado de 4° año de Derecho, que comprendía los importantes ramos de los derechos público e internacional y la economía política” 4, describió Juan Mas.
Dos años después, se vinculó a la prensa publicando artículos en el periódico ‘La Época’, de La Paz. Consecutivamente, en 1868, fue elegido Diputado, como tal junto a otros representantes sancionó la Constitución Política promulgada dicho año. Luego fue profesor del 2° curso de la Facultad de Derecho.
Un año después, publicó la obra magna: ‘Nociones de Derecho Internacional Moderno’, sobre este libro es necesario mencionar que desde la cuarta edición contiene una nota de elogio del célebre jurista francés Paul Pradier-Fodéré. Por otro lado, muchas Universidades de América latina lo adopta-ron como lectura de estudio hasta mediados de 1970.
En 1870, Diez de Medina fue elegido por segunda vez Diputado por La Paz. Al siguiente año, por su destacado trabajo fue elegido nuevamente representante y junto a otros asambleístas como Lucas Mendoza de la Tapia debatieron el centralismo boliviano y propusieron el federalismo. Sobre este te-ma, Federico a inicios de 1871, publicó el folleto: ‘Breves reflexiones acerca del principio federativo y sobre el orijen de nuestras guerras civiles’.
Consecutivamente, fue redactor del periódico ‘La República’. Luego trabajó en el mismo puesto, en 1873, en el diario ‘El Nacional’. En ambas publicaciones auspició la candidatura presidencial de Adolfo Ballivián.
Un año después, Diez de Medina se retiró a Lima (Perú), donde dictó conferencias. Como resultado de esta labor académica imprimió el librillo: ‘Real Existencia y progreso del Derecho Internacional’, tema que expuso el 1° de junio de 1874, ante la Sociedad Literaria de la citada capital.
A su regreso al país, en 1875, editó el periódico ‘La Democracia’, en esta publicación sostuvo la candidatura del general Hila-rión Daza para la presidencia constitucional.
Consecutivamente, dos años después, ejerció el cargo de Prefecto del departamento La Paz y Alcalde de la ciudad del mismo nom-bre. Paralelamente, en el campo de la educación fue miembro del Consejo Universitario, Vicecancelario y en 1878, fue nombrado Cancelario de la Universidad Mayor de San Andrés. Por otro lado, publicó el folleto po-lítico: ‘Las Minorías en Bolivia’.
Considerado como gran orador fue elegido Diputado nuevamente en 1878. Sobre este momento es necesario mencionar, que tuvo una destaca participación en la Asamblea Constituyente de dicho año. Consecutivamente fue elegido “diputado suplente por el partido liberal al Congreso de 1881” 5.
El 30 de enero de 1883, Diez de Medina fue acreditado como Ministro Residente en el Perú, de esta manera inició su vida diplomática. A su regreso al país, publicó la obra: ‘El Sistema Electoral’, en 1885. Más adelante, imprimió una profunda investigación histórica-jurídica sobre las fronteras que comparten Bolivia y la República Argentina, intitulado: ‘Límites de Bolivia con la República Argentina’ y ‘El Uti Posidettis de 1810’. En este contexto, también publicó el análisis ‘Breves observaciones á los trata-dos sancionados por el Congreso internacional sud-americano’, en 1889.
Posteriormente, nuestro biografiado fue designado Enviado Extra-ordinario y Ministro Plenipotenciario en el Brasil por el Presidente Mariano Baptista Caserta. En esta misión negoció y suscribió en la ciudad de Río de Janeiro, los si-guientes Instrumentos Internacionales: ‘Protocolo para continuar Demarcando los Territorios de Frontera’ 6, del 19 de febrero de 1895; ‘Protocolo fijando itinerario de las Comisiones Demarcadoras’, del 10 de mayo de 1895; el ‘Protocolo aclaratorio para continuar demarcando los Territorios de Frontera’, del 14 de junio de1895; ‘Proto-colo que establece la servidumbre Aduanera en el lugar del Tamarineiro’, del 13 de marzo de 1896; ‘Tratado de Asilo y Extra-dición de Criminales entre Bolivia y el Brasil’, del 21 de julio de 1896; ‘Tratado de Amistad, Comercio y Navegación’, del 31 de julio de 1896 y la ‘Convención para el ejercicio de Profesionales Liberales’, del 14 de noviembre de 1896.
Durante el gobierno del Presidente Severo Fernández Alonso, fue designado Ministro de Relaciones Exteriores, cargo que ejerció desde noviembre de 1898 a octubre de 1899. Sin em-bargo, el escritor Pío Cáceres Bilbao, detalló: “que no tuvo lugar a desempeñarla, a causa de la revolución paceña que echó abajo aquel gobierno” 7.
Por otro lado, en el campo académico publi-có la obra: ‘Nociones de Derecho Público Político’. Consecutivamente, Federico, fue ele-gido Diputado por La Paz, en 1899 y un año después, fue Senador por el departamento de La Paz.
Seguidamente, el sagaz internacionalista Diez de Medina fue nombrado Ministro de Re-laciones Exteriores por el Presidente José Ma-nuel Pando, a fines de 1900. Desde este cargo presentó la citada Circular. En este escrito, nuestro biografiado citó muchos documentos oficiales de la administración colonial que tes-timonian que la Real Audiencia de Charcas (hoy Bolivia) limitó: “…con el mar del Sud y con Chile, claro es, que algún territorio litoral había de tener, y ese no era ni podía ser otro, que el comprendido entre el grado 25, por lo menos, límite Norte de Chile y el 14°05’43’’ límite Sud del Perú…” 8, escribió Federico. Sobre este tema también apuntó: “…estaba pues Chile obligado á respetar los límites asignados á otras gobernaciones, no pudiendo propasar de modo alguno, los que á ella le fueron determinadamente asignados. Después de esas fechas, mantúvose inalterable el límite entre las gobernaciones de Charcas y de Chile, permaneciendo el territorio de Atacama invariablemente unido á la provincia de Potosí…” 9. Luego en dicho documento, describió los actos de posesión pacifica que fueron realiza-dos por Bolivia desde 1825 hasta 1842 cuando despertó la ambición chilena, sobre ello subra-yó: “…Chile nada dijo entonces: todos esos actos de dominio, de jurisdicción y de perfecta posesión, fueron realizados sin la menor resi-stencia, ni reclamación de parte de su gobier-no…” 10.
Con relación al impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado, emitido por el go-bierno de Daza, en 1878, nuestro biografiado, puntualizó: “…y nótese bien en este punto, que el ponderado gravamen, establecido por esa aprobación, fue de diez centavos, por los cua-les elevó la Compañía su queja al Gobierno Chileno: y éste, muy poco después, cuando llegó á ocupar ese territorio elevó el impuesto á 1 peso 50 centavos, este es quince veces más; sin que entonces la Compañía hiciera objeción, ni reclamación alguna…” 11. Conse-cutivamente, describió la misión de Abraham König en nuestro país y concluyó: “…al dar termino á esta Circular, dejar cumplido el ine-ludible deber de levantar los cargos que, sin justicia alguna se quisiera hacer pasar sobre Bolivia, debo hacer constar, á usted, señor Mi-nistro, para los fines consiguientes, que nues-tro Gobierno abriga el perseverante propósito de procurar la conclusión de un amistoso y equitativo arreglo, que tanto tiempo há vienen persiguiendo ambos pueblos. No dudo que en esa labor ha de contarse con el concurso de la buena voluntad de los hombres pensadores é ilustrados de los dos países, á fin de alcanzar la paz que, como bien ha dicho el mismo señor Errázuriz Urmeneta, es el supremo bien de las Naciones…” 12.
Sin embargo, tres años después el gobierno de Chile cumplió con su cometido y mediante la presión, la extorsión, el dolo y el sitio eco-nómico a nuestro país, el diplomático Alberto Gutiérrez suscribió a nombre de Bolivia, en Santiago, el 20 de octubre de 1904, el ‘Tratado de Paz, Amistad y Comercio’, que no es cum-plido actualmente por los gobiernos de Chile.
Retomando la biografía de Federico Diez de Medina, es necesario mencionar, que durante su gestión negoció y suscribió a nombre de nuestro país muchos Instrumentos Internacio-nales como la: ‘Convención sobre encomien-das postales’ y el ‘Acuerdo Diplomático para suscribir una nueva Convención sobre enco-miendas Postales’, ambos firmados con los Estados Unidos de América, el 30 noviembre de 1901 y con la República del Perú: ‘Tratado de Arbitraje entre Bolivia y el Perú’, del 21 de noviembre de 1901; ‘Protocolo sobre Recla-maciones de Indígenas Bolivianos y Perua-nos de Patascachi y Orurillo’, del 11 de no-viembre de 1901 y la ‘Convención sobre Can-je de Publicaciones Oficiales’, del 24 de febrero de 1902.
Consecutivamente, en 1903, publicó el folle-to titulado: ‘Ferrocarril a Yungas: breve in-forme que como presidente de la Sociedad de Propietarios de Yungas dió en 1889 a las capitalistas extranjeros’. Una faceta poco co-nocida de este personaje fue que era músico y como tal, el citado Urquidi, describió que “tie-ne publicadas algunas bellas composiciones musicales del género clásico” 13.
Por otro lado, Diez de Medina, fue designado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipoten-ciario en el Perú por el Presidente Pando, cargo que ejerció por muy po-co tiempo. A su regresó al país, Federico desem-peñó las funciones de Senador y Vocal del Consejo Consultivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Lamentable-mente, falleció el 13 de ju-nio de 1904.
“…Es un error muy esparcido y que se repite diariamente en la prensa y en la calle, en opinar que Bolivia tiene derecho de exigir un puerto en compensación de su litoral.
No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se apoderado de él con el mismo título con que Alemania anexó al imperio de Alsacia y la Lorena, con el mismo título con que los Estados Unidos de América del Norte han tomado a Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones.
Que el litoral es rico y que vale muchos millones, eso ya los sabíamos. Lo guardamos porque vale; que sí nada valiera, no habría interés en su conservación.
Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el litoral.
Esta entrega es indefinida, por tiempo indefinido, así lo dice el Pacto de Tregua: fue una entrega absoluta, incondicional, perpetua. En consecuencia, Chile no debe nada, no está obligado a nada, mucho menos a la cesión de una zona de terreno y de un puerto.
En consecuencia, también, las bases de paz propuestas y aceptadas por mi país y que importan grandes concesiones a Bolivia, deben ser consideradas no sólo como equitativas, sino como generosas…” 2.
Sin duda, por intermedio de la citada nota el Ministro de Chile irradió “la airada violencia de los primeros conquistadores, dueños de bienes y de vidas” 3 que resucitaba en los gobiernos de La Moneda desde 1842 y que tuvo como resultado la ocupación del rico litoral marítimo boliviano bajo la lógica de ceder o sucumbir.
Pero aunque el Canciller Villazón pudo devolver la inmoderada nota, le respondió de manera prudente, el 15 de octubre del citado año pero en tono altivo. Unos meses después, el Canciller Federico Diez de Me-dina, emitió el 25 de enero de 1901, la ‘Circular a las Legaciones de Bolivia en el Extranjero’, donde expuso de modo irrebatible los derechos marítimos de Bolivia, además, describió aspectos y acontecimientos que no se habían considerado en la respuesta a König.
Sobre este gran diplomático, es necesario indicar, que nació en la ciudad de La Paz, en 1839, fueron sus padres Manuel Diez de Medina y Fabiana de los Ríos y León de la Ba-rra. Nuestro biografiado desde muy joven se distinguió por su talento y su dedicación.
Realizó los estudios secundarios en un liceo en su ciudad natal y más adelante se graduó como abogado en la Universidad Mayor de San Andrés, en 1864. Sin embargo, “aún no había terminado su carrera, cuando se le llamó á suplir el profesorado de 4° año de Derecho, que comprendía los importantes ramos de los derechos público e internacional y la economía política” 4, describió Juan Mas.
Dos años después, se vinculó a la prensa publicando artículos en el periódico ‘La Época’, de La Paz. Consecutivamente, en 1868, fue elegido Diputado, como tal junto a otros representantes sancionó la Constitución Política promulgada dicho año. Luego fue profesor del 2° curso de la Facultad de Derecho.
Un año después, publicó la obra magna: ‘Nociones de Derecho Internacional Moderno’, sobre este libro es necesario mencionar que desde la cuarta edición contiene una nota de elogio del célebre jurista francés Paul Pradier-Fodéré. Por otro lado, muchas Universidades de América latina lo adopta-ron como lectura de estudio hasta mediados de 1970.
En 1870, Diez de Medina fue elegido por segunda vez Diputado por La Paz. Al siguiente año, por su destacado trabajo fue elegido nuevamente representante y junto a otros asambleístas como Lucas Mendoza de la Tapia debatieron el centralismo boliviano y propusieron el federalismo. Sobre este te-ma, Federico a inicios de 1871, publicó el folleto: ‘Breves reflexiones acerca del principio federativo y sobre el orijen de nuestras guerras civiles’.
Consecutivamente, fue redactor del periódico ‘La República’. Luego trabajó en el mismo puesto, en 1873, en el diario ‘El Nacional’. En ambas publicaciones auspició la candidatura presidencial de Adolfo Ballivián.
Un año después, Diez de Medina se retiró a Lima (Perú), donde dictó conferencias. Como resultado de esta labor académica imprimió el librillo: ‘Real Existencia y progreso del Derecho Internacional’, tema que expuso el 1° de junio de 1874, ante la Sociedad Literaria de la citada capital.
A su regreso al país, en 1875, editó el periódico ‘La Democracia’, en esta publicación sostuvo la candidatura del general Hila-rión Daza para la presidencia constitucional.
Consecutivamente, dos años después, ejerció el cargo de Prefecto del departamento La Paz y Alcalde de la ciudad del mismo nom-bre. Paralelamente, en el campo de la educación fue miembro del Consejo Universitario, Vicecancelario y en 1878, fue nombrado Cancelario de la Universidad Mayor de San Andrés. Por otro lado, publicó el folleto po-lítico: ‘Las Minorías en Bolivia’.
Considerado como gran orador fue elegido Diputado nuevamente en 1878. Sobre este momento es necesario mencionar, que tuvo una destaca participación en la Asamblea Constituyente de dicho año. Consecutivamente fue elegido “diputado suplente por el partido liberal al Congreso de 1881” 5.
El 30 de enero de 1883, Diez de Medina fue acreditado como Ministro Residente en el Perú, de esta manera inició su vida diplomática. A su regreso al país, publicó la obra: ‘El Sistema Electoral’, en 1885. Más adelante, imprimió una profunda investigación histórica-jurídica sobre las fronteras que comparten Bolivia y la República Argentina, intitulado: ‘Límites de Bolivia con la República Argentina’ y ‘El Uti Posidettis de 1810’. En este contexto, también publicó el análisis ‘Breves observaciones á los trata-dos sancionados por el Congreso internacional sud-americano’, en 1889.
Posteriormente, nuestro biografiado fue designado Enviado Extra-ordinario y Ministro Plenipotenciario en el Brasil por el Presidente Mariano Baptista Caserta. En esta misión negoció y suscribió en la ciudad de Río de Janeiro, los si-guientes Instrumentos Internacionales: ‘Protocolo para continuar Demarcando los Territorios de Frontera’ 6, del 19 de febrero de 1895; ‘Protocolo fijando itinerario de las Comisiones Demarcadoras’, del 10 de mayo de 1895; el ‘Protocolo aclaratorio para continuar demarcando los Territorios de Frontera’, del 14 de junio de1895; ‘Proto-colo que establece la servidumbre Aduanera en el lugar del Tamarineiro’, del 13 de marzo de 1896; ‘Tratado de Asilo y Extra-dición de Criminales entre Bolivia y el Brasil’, del 21 de julio de 1896; ‘Tratado de Amistad, Comercio y Navegación’, del 31 de julio de 1896 y la ‘Convención para el ejercicio de Profesionales Liberales’, del 14 de noviembre de 1896.
Durante el gobierno del Presidente Severo Fernández Alonso, fue designado Ministro de Relaciones Exteriores, cargo que ejerció desde noviembre de 1898 a octubre de 1899. Sin em-bargo, el escritor Pío Cáceres Bilbao, detalló: “que no tuvo lugar a desempeñarla, a causa de la revolución paceña que echó abajo aquel gobierno” 7.
Por otro lado, en el campo académico publi-có la obra: ‘Nociones de Derecho Público Político’. Consecutivamente, Federico, fue ele-gido Diputado por La Paz, en 1899 y un año después, fue Senador por el departamento de La Paz.
Seguidamente, el sagaz internacionalista Diez de Medina fue nombrado Ministro de Re-laciones Exteriores por el Presidente José Ma-nuel Pando, a fines de 1900. Desde este cargo presentó la citada Circular. En este escrito, nuestro biografiado citó muchos documentos oficiales de la administración colonial que tes-timonian que la Real Audiencia de Charcas (hoy Bolivia) limitó: “…con el mar del Sud y con Chile, claro es, que algún territorio litoral había de tener, y ese no era ni podía ser otro, que el comprendido entre el grado 25, por lo menos, límite Norte de Chile y el 14°05’43’’ límite Sud del Perú…” 8, escribió Federico. Sobre este tema también apuntó: “…estaba pues Chile obligado á respetar los límites asignados á otras gobernaciones, no pudiendo propasar de modo alguno, los que á ella le fueron determinadamente asignados. Después de esas fechas, mantúvose inalterable el límite entre las gobernaciones de Charcas y de Chile, permaneciendo el territorio de Atacama invariablemente unido á la provincia de Potosí…” 9. Luego en dicho documento, describió los actos de posesión pacifica que fueron realiza-dos por Bolivia desde 1825 hasta 1842 cuando despertó la ambición chilena, sobre ello subra-yó: “…Chile nada dijo entonces: todos esos actos de dominio, de jurisdicción y de perfecta posesión, fueron realizados sin la menor resi-stencia, ni reclamación de parte de su gobier-no…” 10.
Con relación al impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado, emitido por el go-bierno de Daza, en 1878, nuestro biografiado, puntualizó: “…y nótese bien en este punto, que el ponderado gravamen, establecido por esa aprobación, fue de diez centavos, por los cua-les elevó la Compañía su queja al Gobierno Chileno: y éste, muy poco después, cuando llegó á ocupar ese territorio elevó el impuesto á 1 peso 50 centavos, este es quince veces más; sin que entonces la Compañía hiciera objeción, ni reclamación alguna…” 11. Conse-cutivamente, describió la misión de Abraham König en nuestro país y concluyó: “…al dar termino á esta Circular, dejar cumplido el ine-ludible deber de levantar los cargos que, sin justicia alguna se quisiera hacer pasar sobre Bolivia, debo hacer constar, á usted, señor Mi-nistro, para los fines consiguientes, que nues-tro Gobierno abriga el perseverante propósito de procurar la conclusión de un amistoso y equitativo arreglo, que tanto tiempo há vienen persiguiendo ambos pueblos. No dudo que en esa labor ha de contarse con el concurso de la buena voluntad de los hombres pensadores é ilustrados de los dos países, á fin de alcanzar la paz que, como bien ha dicho el mismo señor Errázuriz Urmeneta, es el supremo bien de las Naciones…” 12.
Sin embargo, tres años después el gobierno de Chile cumplió con su cometido y mediante la presión, la extorsión, el dolo y el sitio eco-nómico a nuestro país, el diplomático Alberto Gutiérrez suscribió a nombre de Bolivia, en Santiago, el 20 de octubre de 1904, el ‘Tratado de Paz, Amistad y Comercio’, que no es cum-plido actualmente por los gobiernos de Chile.
Retomando la biografía de Federico Diez de Medina, es necesario mencionar, que durante su gestión negoció y suscribió a nombre de nuestro país muchos Instrumentos Internacio-nales como la: ‘Convención sobre encomien-das postales’ y el ‘Acuerdo Diplomático para suscribir una nueva Convención sobre enco-miendas Postales’, ambos firmados con los Estados Unidos de América, el 30 noviembre de 1901 y con la República del Perú: ‘Tratado de Arbitraje entre Bolivia y el Perú’, del 21 de noviembre de 1901; ‘Protocolo sobre Recla-maciones de Indígenas Bolivianos y Perua-nos de Patascachi y Orurillo’, del 11 de no-viembre de 1901 y la ‘Convención sobre Can-je de Publicaciones Oficiales’, del 24 de febrero de 1902.
Consecutivamente, en 1903, publicó el folle-to titulado: ‘Ferrocarril a Yungas: breve in-forme que como presidente de la Sociedad de Propietarios de Yungas dió en 1889 a las capitalistas extranjeros’. Una faceta poco co-nocida de este personaje fue que era músico y como tal, el citado Urquidi, describió que “tie-ne publicadas algunas bellas composiciones musicales del género clásico” 13.
Por otro lado, Diez de Medina, fue designado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipoten-ciario en el Perú por el Presidente Pando, cargo que ejerció por muy po-co tiempo. A su regresó al país, Federico desem-peñó las funciones de Senador y Vocal del Consejo Consultivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Lamentable-mente, falleció el 13 de ju-nio de 1904.
lunes, 1 de agosto de 2016
Melchor Florían, el mulato cruceño
La esclavitud de negros llegó hasta América durante la conquista y la colonia mediante tres sistemas: De las licencias, entre 1493 a 1595; de los asientos, entre 1595 a 1789; y de libre tráfico, desde 1789 hasta 1812 y luego hasta 1825.
El primero consistió en permisos otorgados por el Rey aisladamente. El segundo, entregó la trata a una compañía que ejerció el monopolio del suministro de esclavos. El tercero, permitió que cualquiera ejerciese dicho comercio y otorgaba libertad ante Juez o por carta en que constatase esa voluntad.
Esas modalidades también llegaron a Nueva Toledo o territorio de la Real Audiencia de Charcas, a lo que se llamó Alto Perú. Según el censo realizado en el Virreinato del Perú el año 1795, de 1.075.122 habitantes, 40.336 eran esclavos.
Para la vigencia del régimen de esclavitud se creó un aparato jurídico que amparaba el comercio y trata, a través del cual llegaban a América barcos negreros con las bodegas llenas de mercancía humana.
Según el sistema jurídico, fueron las siete partidas --famosa codificación castellana del siglo XIII– las que regían la vida de esclavos blancos y negros, transferidas a América después de la conquista, pero nuevos problemas obligaron a la elaboración de Reales Cédulas que obedecían a los conflictos que se iban generando, como por ejemplo, el cimarronismo, sobre el negro huido rebelde, llamado cimarrón.
Rebelión de esclavos
En Hispanoamérica, la rebelión de negros comenzó en 1537 en México y se agravó durante los siglos XVII y XVIII. Los esclavos fugitivos se refugiaban en las zonas más salvajes e inexploradas, donde se agrupaban y se armaban para combatir a sus opresores. Esos lugares se llamaban “palenques” en Centroamérica, “cumbes” en Venezuela y “quilombos” en Brasil, donde lograron tener estabilidad social y elegir a sus autoridades o coronaban a su rey, organizaban cultos religiosos, realizaban fiestas y rescataban y practicaban sus costumbres y cultura ancestrales africanas.
Esclavitud en Santa Cruz
En lo que respecta a la ciudad de Santa Cruz, hubo esclavos que vivían en domicilios de criollos ricos o en las haciendas de terratenientes, producto del comercio que entraba por el Perú y Buenos Aires o procedía de las colonias portuguesas del Brasil.
Se sabe que ya en 1804 hubo una sublevación de la cual sólo se tienen datos dispersos. Según el diario El Deber, en 1809 se produjo una sublevación protagonizada por los negros libertos que vivían en Santa Cruz, en la zona de Brígida, apoyando a los negros esclavos que buscaban su libertad. La rebelión empezó la noche del 15 de agosto de 1809 aprovechando la procesión de la virgen de la Asunta que salía de la Catedral, pero fueron aprehendidos.
El mulato liberto alzado
La historia que encontré en los archivos de la Gobernación de Cochabamba se refiere a los negros que fueron sofocados y encarcelados por haber participado en un intento de sublevación, específicamente al líder de la rebelión, Melchor Florían, que consigue huir con otros negros presos e intentan, en su fuga, un nuevo levantamiento, sumando otros negros e indios naturales de Santa Cruz.
Este episodio cursa en un expediente colonial que se encuentra en el Archivo Histórico de documentos coloniales de la Gobernación de Cochabamba, que en su carátula lleva el rótulo: “Volumen Nº 31 Expediente Nº 6 años 1809–1810. En este superior despacho sobre las causas de los negros que en esta ciudad de Santa Cruz hicieron alborotos en 25 de octubre de 1809”.
El documento indica que en Santa Cruz hubo una sublevación de esclavos negros, mulatos e indios, muchos de los cuales fueron apresados, entre ellos el cabecilla Melchor Florían, un mulato liberto, que junto a otros logran huir, de lo cual se informó al Capitán de la Guardia de la Tercera Compañía del batallón de Milicias, don José Manuel Rodríguez,
El mulato liberto se había llevado consigo un fusil, en franca beligerancia contra el orden establecido, por lo cual el Juez Real y Subdelegado envió cartas a los curas de las misiones y a los puestos militares. En uno de sus partes, un Capitán de la Guardia informó que Melchor Florían estando preso “blasfemaba, amenazaba y vociferaba frente a la guardia con estas palabras: para que vean quien soy yo, lograré tomar la plaza. Otro informe decía: “los negros mulatos e indios cimarrones y apóstatas en contra los vecinos de Santa Cruz, entre sus amenazas tenían la determinación de degollar a todos los españoles de la región y de llevarse a las señoras, pegar fuego a los hogares y robar en las haciendas”.
Con esas consignas y en gran tropel huyeron de la cárcel, haciéndose de algunas armas como unos pocos fusiles y lanzas. Por ello, el subdelegado de Santa Cruz de la Sierra ordenó la constante guardia de la ciudad, destacando dos compañías para defenderla, despachando, además, otras compañías en busca de los fugitivos, de quienes se sabía que habían llegado a distancia de cuatro leguas hacia Porongo, Bibosi, Buena Vista, San Carlos, Santa Rosa y Tocomochi. Se sabía que los fugitivos habían asaltado varias haciendas e incitado a los negros esclavos e indios a unírseles, logrando que los indios de la Misión de Porongo se sumen a este levantamiento, armados de arcos y flechas y acompañados de sus mujeres y niños, junto con otros indios de las zonas aledañas.
Enfrentamiento con reales
Los alzados se enfrentaron contra las fuerzas del Teniente Rudecindo Ortíz en un paraje llamado Chuchio, de la provincia Cordillera, huyendo hacia la banda brasileña del río Grande, donde se les unieron otros esclavos negros prófugos del Brasil portugués.
Después de sucesivos enfrentamientos se encontraron con las milicias del subdelegado de Santa Cruz, coronel Antonio Seoane de los Santos, quien fallece repentinamente y es sustituido en el mando por don Lorenzo Chávez, quien en sucesivas batallas va derrotando paulatinamente a los rebeldes, persiguiéndoles hasta el Matto Grosso, colindante con la frontera brasileña.
Finalmente, un lluvioso día de fines de 1809, el mulato Melchor Florían fue acorralado y se le intimó rendición, a la cual se negó. Habiéndosele acabado las municiones atacó al soldado más próximo y le quitó su arma. No obstante, otro soldado le disparó causándole la muerte, según algunas versiones. Otras, indican que fue capturado herido y llevado a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, donde su cuerpo fue colgado en una horca situada en medio de la plaza pública.
Así murió Melchor Florían, un héroe desconocido y un auténtico luchador por su raza y por la libertad de los esclavos y libertos, negros cimarrones e indios apóstatas, cruceños y huidos del Brasil. Muchos de los rebeldes nunca fueron aprehendidos, continuaron su vida y dieron origen a un nuevo mestizaje camba, chané y afrocruceño, cuyos rasgos ya muy diluidos se perciben aún hoy en varios estratos sociales, tanto en el lado brasileño, como en el cruceño y del Río Grande.
“Para la vigencia del régimen de esclavitud se creó un aparato jurídico que amparaba el comercio y trata a través del cual llegaban a América barcos negreros con las bodegas llenas de mercancía humana.”
“En Hispano-américa, la rebelión de negros comenzó en 1537 en México y se agravó durante los siglos XVII y XVIII. Los esclavos fugitivos se refugiaban en las zonas más salvajes e inexploradas, donde se agrupaban y se armaban para combatir a sus opresores. Esos lugares se llamaban ‘palenques’ en Centroamérica, ‘cumbes’ en Venezuela y ‘quilombos’ en Brasil.”
(*) El autor es historiador.
Francis Burdett O´Connor, el “fundador de Bolivia”
Gracias a las Memorias del General Francis Burdett O´Connor, Jefe de Estado Mayor del Ejército Libertador, podemos saber de buena tinta muchos entretelones de los hechos que se sucedieron para hacer del Alto Perú colonial la República de Bolivia. Uno de los más singulares tal vez, es que O´Connor haya sido proclamado por Antonio José de Sucre y sus generales, “Fundador de la nueva República”. Pero, ¿cuáles fueron las razones que impulsaron a los libertadores dar a un irlandés tan alto y singular homenaje?
Luego del triunfo en Ayacucho, el grueso del ejército libertador se trasladó a Cuzco, donde O´Connor recibió la instrucción del general Sucre de acompañarlo a proseguir la campaña libertaria, ahora en el Alto Perú, en enero de 1825. Al salir de Cuzco recibieron la inesperada visita del doctor chuquisaqueño Casimiro Olañeta, quien había desertado de las filas de su tío, el general Pedro Antonio Olañeta, último jefe militar español que resistía en el Alto Perú y que el 4 de enero acusó al derrotado virrey La Serna de traición e incapacidad, por haber capitulado en Ayacucho.
El personaje no era desconocido para Sucre, de quien había recibido dos cartas; en la primera le expresaba sus más altos sentimientos patrióticos y su ansiedad de reunirse con el vencedor de Ayacucho. La segunda misiva, que Olañeta la marcó como “confidencial”, muestra al hábil e inescrupuloso político que demostró ser, pues en ella afirma que fue él quien convenció a su tío para que se no se pusiese a órdenes del Virrey antes de Ayacucho, debilitando así al ejército realista; luego, describe las debilidades de su ejército, incitando a Sucre a cruzar el Desaguadero, pues la resistencia esperada sería débil. El Mariscal de Ayacucho quedó muy impresionado con Olañeta, por la capacidad verbal y simpatía que desplegaba, haciendo caso omiso de las prevenciones que contra él le hicieron llegar los generales Alvarado y Lanza. Recién tres años después, y en circunstancias muy dolorosas, que le costaron la presidencia de Bolivia y casi la vida, se daría cuenta de su error de apreciación.
Aún antes de Ayacucho, Casimiro Olañeta buscaba hacer del Alto Perú una República independiente y en la que él tendría un rol de primera importancia, tanto en su gestación como en su posterior administración. Para ello jugó sus cartas con suma habilidad, enfrentando a los dos personajes que más podían influir para tomar la decisión que le convenía. Por un lado, escribió al general Arenales, Gobernador de Salta, ofreciéndose a trabajar porque se imponga la hegemonía de la Argentina en detrimento de la Bolivariana; por otro lado, decía a Sucre lo contrario. El hecho de presentarse ante este último demuestra que intuía cuál habría de imponerse.
El 9 de febrero, dos días después de su ingreso triunfal en La Paz, Sucre emitió el famoso decreto que aclaraba que la llegada del ejército libertador tenía como propósito liberar a las provincias de la Audiencia de Charcas del dominio español, pero no interferir en sus asuntos internos, por lo que la autoridad de su ejército se extendería sólo hasta que una asamblea legalmente elegida refrendara lo que las provincias quisieran, destacando, empero, que cualquier resolución debería basarse en entendimientos con los Gobiernos del Bajo Perú y de las Provincias Unidas. Catorce años después, Casimiro Olañeta afirmaba que al cruzar el Desaguadero “…yo inspiré al gran filósofo y mariscal Sucre, la idea de la independencia de las provincias del Alto Perú y la fundación de una nueva República, la cual debería ser llamada Boliviana por la Asamblea Deliberante”. A pesar del criterio contrario de muchos historiadores, nuevos hallazgos documentales desmienten esta afirmación, dando a Sucre la paternidad única del decreto.
En La Paz, Casimiro Olañeta siguió intrigando, tanto para debilitar a su tío como para crear conciencia entre las personalidades más representativas para que proclamen el deseo altoperuano de ser República independiente. Cuando salen de La Paz el 12 de marzo, Sucre y O´Connor saben que la posición del general Olañeta se ha debilitado a raíz de varias deserciones, por lo que debe presentársele batalla, así la asamblea convocada podría deliberar sin temor a un ejército español aún activo.
El 18 de marzo, el ejército libertador se encontraba en Challapata, donde Sucre y Olañeta dejan a O´Connor con la labor de integrar a nuevas unidades altoperuanas, para luego encontrarse dos días después en Condocondo, donde se decidiría la mejor forma de enfrentar al ejército realista. Camino a Condocondo, Olañeta y Sucre tienen una seria conversación sobre el futuro de la Audiencia de Charcas; el doctor chuquisaqueño insiste que era deseo de sus habitantes ser República independiente, instando al Mariscal de Ayacucho que interviniera personalmente en la futura asamblea y pusiera su prestigio al servicio de esta aspiración, incluso usando al ejército libertador para oponerse a los alegatos del Bajo Perú y de la Argentina. Sucre se mantuvo en lo expresado en su decreto, dejando preocupado a Olañeta, pues sabía que otros intereses, contrarios a los suyos, podrían prevalecer con apoyo de recursos venidos de afuera.
Apenas terminó de escuchar al Mariscal, Olañeta tomó una audaz decisión. Volvió grupas, se encaminó hacia Challapata y dio alcance a O´Connor, refiriéndole lo conversado con Sucre, para luego pedirle su opinión sobre si convendría más unirse al Bajo Perú o a la República Argentina. O´Connor, sin sospechar las verdaderas intenciones de su interlocutor, le respondió que él se había preocupado de informarse de su historia y recursos geográficos, afirmando enfáticamente: “Si este país del Alto Perú ofrece tantos recursos más adelante…como se encuentra desde el abra de Santa Rosa, que entiendo ser su verdadera demarcación por el norte, yo no veo por qué razón tenga necesidad de agregarse ni al Bajo Perú ni a la República Argentina”.
La reacción de su interlocutor dejó sorprendido a O´Connor: “El Doctor Olañeta no me dio tiempo de explicarle más; picó su caballo y se fue a galope tendido en alcance del general Sucre. Por la noche llegué a Condocondo, acuartelé los cuerpos de mi división y luego me dirigí al alojamiento del general Sucre a darle parte de la llegada sin novedad de la división. Entré, pero antes de hablarle, todos los que allí se encontraban, se levantaron de sus asientos y se dirigieron a abrazarme, llamándome a una voz: Fundador de la Nueva República”.
Si bien O´Connor no tomó demasiado en serio esa expresión, para Olañeta fue un triunfo, pues demostró que tenía la capacidad de influir sobre quienes rodeaban a Sucre y, así hacerle pensar que si personajes de su confianza, que no tenían ningún interés particular por el futuro del Alto Perú, creían honradamente en que lo mejor sería hacer de este territorio una República independiente, esta idea debería ser tomada muy en serio.
El primero de abril moría el general Pedro Olañeta en la batalla de Tumusla, acabando así la presencia militar española en Sudamérica. La asamblea constituyente se instaló finalmente el 10 de julio en Chuquisaca (días antes y para demostrar que no quería influir en sus decisiones, Sucre y su ejército se replegaron a Cochabamba), proclamando la independencia del Alto Perú el 6 de agosto, luego de intensos debates, en su abrumadora mayoría a favor de esta postura y con decisivas intervenciones de Casimiro Olañeta.
En años posteriores, O´Connor sirvió con desinterés y distinción al ejército en diversas oportunidades, retirándose de él a la caída de Andrés de Santa Cruz (1839), contrariado por la traición que sufrió éste por parte de varios políticos bolivianos, inducidos por Olañeta.
Durante su actuación pública y aún en su retiro, nunca O´Connor pretendió ser llamado el inspirador y menos “fundador” de Bolivia. Sobre ese suceso, en sus Memorias afirma: “Ahora yo no sé, francamente, si ésta fue en realidad la primera vez que se pensaba en formar de las provincias del Alto Perú una República independiente y soberana. No hago aquí más que referir simplemente mi conversación de aquel día con Olañeta y el incidente de esa noche en Condocondo”.
Luego del triunfo en Ayacucho, el grueso del ejército libertador se trasladó a Cuzco, donde O´Connor recibió la instrucción del general Sucre de acompañarlo a proseguir la campaña libertaria, ahora en el Alto Perú, en enero de 1825. Al salir de Cuzco recibieron la inesperada visita del doctor chuquisaqueño Casimiro Olañeta, quien había desertado de las filas de su tío, el general Pedro Antonio Olañeta, último jefe militar español que resistía en el Alto Perú y que el 4 de enero acusó al derrotado virrey La Serna de traición e incapacidad, por haber capitulado en Ayacucho.
El personaje no era desconocido para Sucre, de quien había recibido dos cartas; en la primera le expresaba sus más altos sentimientos patrióticos y su ansiedad de reunirse con el vencedor de Ayacucho. La segunda misiva, que Olañeta la marcó como “confidencial”, muestra al hábil e inescrupuloso político que demostró ser, pues en ella afirma que fue él quien convenció a su tío para que se no se pusiese a órdenes del Virrey antes de Ayacucho, debilitando así al ejército realista; luego, describe las debilidades de su ejército, incitando a Sucre a cruzar el Desaguadero, pues la resistencia esperada sería débil. El Mariscal de Ayacucho quedó muy impresionado con Olañeta, por la capacidad verbal y simpatía que desplegaba, haciendo caso omiso de las prevenciones que contra él le hicieron llegar los generales Alvarado y Lanza. Recién tres años después, y en circunstancias muy dolorosas, que le costaron la presidencia de Bolivia y casi la vida, se daría cuenta de su error de apreciación.
Aún antes de Ayacucho, Casimiro Olañeta buscaba hacer del Alto Perú una República independiente y en la que él tendría un rol de primera importancia, tanto en su gestación como en su posterior administración. Para ello jugó sus cartas con suma habilidad, enfrentando a los dos personajes que más podían influir para tomar la decisión que le convenía. Por un lado, escribió al general Arenales, Gobernador de Salta, ofreciéndose a trabajar porque se imponga la hegemonía de la Argentina en detrimento de la Bolivariana; por otro lado, decía a Sucre lo contrario. El hecho de presentarse ante este último demuestra que intuía cuál habría de imponerse.
El 9 de febrero, dos días después de su ingreso triunfal en La Paz, Sucre emitió el famoso decreto que aclaraba que la llegada del ejército libertador tenía como propósito liberar a las provincias de la Audiencia de Charcas del dominio español, pero no interferir en sus asuntos internos, por lo que la autoridad de su ejército se extendería sólo hasta que una asamblea legalmente elegida refrendara lo que las provincias quisieran, destacando, empero, que cualquier resolución debería basarse en entendimientos con los Gobiernos del Bajo Perú y de las Provincias Unidas. Catorce años después, Casimiro Olañeta afirmaba que al cruzar el Desaguadero “…yo inspiré al gran filósofo y mariscal Sucre, la idea de la independencia de las provincias del Alto Perú y la fundación de una nueva República, la cual debería ser llamada Boliviana por la Asamblea Deliberante”. A pesar del criterio contrario de muchos historiadores, nuevos hallazgos documentales desmienten esta afirmación, dando a Sucre la paternidad única del decreto.
En La Paz, Casimiro Olañeta siguió intrigando, tanto para debilitar a su tío como para crear conciencia entre las personalidades más representativas para que proclamen el deseo altoperuano de ser República independiente. Cuando salen de La Paz el 12 de marzo, Sucre y O´Connor saben que la posición del general Olañeta se ha debilitado a raíz de varias deserciones, por lo que debe presentársele batalla, así la asamblea convocada podría deliberar sin temor a un ejército español aún activo.
El 18 de marzo, el ejército libertador se encontraba en Challapata, donde Sucre y Olañeta dejan a O´Connor con la labor de integrar a nuevas unidades altoperuanas, para luego encontrarse dos días después en Condocondo, donde se decidiría la mejor forma de enfrentar al ejército realista. Camino a Condocondo, Olañeta y Sucre tienen una seria conversación sobre el futuro de la Audiencia de Charcas; el doctor chuquisaqueño insiste que era deseo de sus habitantes ser República independiente, instando al Mariscal de Ayacucho que interviniera personalmente en la futura asamblea y pusiera su prestigio al servicio de esta aspiración, incluso usando al ejército libertador para oponerse a los alegatos del Bajo Perú y de la Argentina. Sucre se mantuvo en lo expresado en su decreto, dejando preocupado a Olañeta, pues sabía que otros intereses, contrarios a los suyos, podrían prevalecer con apoyo de recursos venidos de afuera.
Apenas terminó de escuchar al Mariscal, Olañeta tomó una audaz decisión. Volvió grupas, se encaminó hacia Challapata y dio alcance a O´Connor, refiriéndole lo conversado con Sucre, para luego pedirle su opinión sobre si convendría más unirse al Bajo Perú o a la República Argentina. O´Connor, sin sospechar las verdaderas intenciones de su interlocutor, le respondió que él se había preocupado de informarse de su historia y recursos geográficos, afirmando enfáticamente: “Si este país del Alto Perú ofrece tantos recursos más adelante…como se encuentra desde el abra de Santa Rosa, que entiendo ser su verdadera demarcación por el norte, yo no veo por qué razón tenga necesidad de agregarse ni al Bajo Perú ni a la República Argentina”.
La reacción de su interlocutor dejó sorprendido a O´Connor: “El Doctor Olañeta no me dio tiempo de explicarle más; picó su caballo y se fue a galope tendido en alcance del general Sucre. Por la noche llegué a Condocondo, acuartelé los cuerpos de mi división y luego me dirigí al alojamiento del general Sucre a darle parte de la llegada sin novedad de la división. Entré, pero antes de hablarle, todos los que allí se encontraban, se levantaron de sus asientos y se dirigieron a abrazarme, llamándome a una voz: Fundador de la Nueva República”.
Si bien O´Connor no tomó demasiado en serio esa expresión, para Olañeta fue un triunfo, pues demostró que tenía la capacidad de influir sobre quienes rodeaban a Sucre y, así hacerle pensar que si personajes de su confianza, que no tenían ningún interés particular por el futuro del Alto Perú, creían honradamente en que lo mejor sería hacer de este territorio una República independiente, esta idea debería ser tomada muy en serio.
El primero de abril moría el general Pedro Olañeta en la batalla de Tumusla, acabando así la presencia militar española en Sudamérica. La asamblea constituyente se instaló finalmente el 10 de julio en Chuquisaca (días antes y para demostrar que no quería influir en sus decisiones, Sucre y su ejército se replegaron a Cochabamba), proclamando la independencia del Alto Perú el 6 de agosto, luego de intensos debates, en su abrumadora mayoría a favor de esta postura y con decisivas intervenciones de Casimiro Olañeta.
En años posteriores, O´Connor sirvió con desinterés y distinción al ejército en diversas oportunidades, retirándose de él a la caída de Andrés de Santa Cruz (1839), contrariado por la traición que sufrió éste por parte de varios políticos bolivianos, inducidos por Olañeta.
Durante su actuación pública y aún en su retiro, nunca O´Connor pretendió ser llamado el inspirador y menos “fundador” de Bolivia. Sobre ese suceso, en sus Memorias afirma: “Ahora yo no sé, francamente, si ésta fue en realidad la primera vez que se pensaba en formar de las provincias del Alto Perú una República independiente y soberana. No hago aquí más que referir simplemente mi conversación de aquel día con Olañeta y el incidente de esa noche en Condocondo”.
El hijastro de Bolívar
Dicen que aquel que maneja los medios es el dueño de la verdad. Esta premisa parece ser una triste realidad que se propaga, al menos en países como el mío, dejándonos expuestos a un constante martilleo que nos impone no sólo lo que debemos decir sino, además, aquello que debemos creer.
A este respecto se podría trazar un paralelismo con la Historia. Tras dos siglos de emancipación, seguimos siendo esclavos de verdades sesgadas, imparciales, novelescas, cuando no falsas. Y no hablamos solamente de interpretaciones históricas en base a tal o cual hecho, que podrían devenir en encarnizados debates de naftalina, sino de los hechos mismos.
Y es que, increíblemente, los libros de historia latinoamericana se encuentran plagados de datos falsos, fruto de la constante reiteración de "verdades” que no son tales y que nos condenan, por ejemplo, a conmemorar días en los que no pasó nada, a repetir desde nuestra niñez, cual estrofas inamovibles, versos de falacias o, lo que puede ser peor, a no saber.
El avance tecnológico, que podría significar un acceso ilimitado que nos ayude a desempañar la humedad que enturbia el conocimiento, parece ocupar el rol de un nuevo canal para enmohecerlo. Una amplia mayoría de pseudoinvestigadores se han transformado en maestros del "copiar-pegar” y, así, nuevos libros pululan con sus estrategias de marketing por un espacio en nuestra biblioteca, pero en su interior sólo han logrado blanquear las amarillentas páginas de viejas verdades que no son tales.
Y, del otro lado, esos hombres y mujeres que me cruzo en pequeñas bibliotecas olvidadas, en añosas iglesias, aquellos que revuelven archivos y son capaces de gozar hasta la incontinencia cuando, luego de luchar durante horas contra la borroneada historia yacente en húmedas páginas, encuentran aquello que han buscado por días…, o por décadas.
Aunque, a confesión de partes, debo aceptar que este artículo presenta un título demasiado rimbombante, ostentoso, pero con el único fin de atraparlo para que me preste cinco minutos de su existencia que espero no defraudar.
Una historia conocida
Debe ser bien conocida por ustedes la figura de María Joaquina Costas Gandarias, aquella mujer potosina que a la llegada de Simón Bolívar, en 1825, le susurró en sus oídos la advertencia que le salvó la vida.
Trazando un caprichoso paralelismo pseudocientífico, podríamos equiparar su figura con aquel sargento Cabral que en pleno combate interpuso su humanidad para salvar la vida de José de San Martín, ofrendando la suya. Y como la historia oficial necesita de héroes de bronce, en Argentina nos hemos ocupado durante siglos en repetir su hazaña, en cantarle himnos y, en correspondencia a esto, en blanquearle su piel morena. No sea cosa que nuestros hijos sospechen que el Libertador le debió su vida a un pobre negro.
Yendo a lo que nos atañe, María Joaquina Costas Gandarias, la veinteañera amante de Bolívar, la infiel esposa de Hilarión de la Quintana, la madre del Pepe Costas, no era María Joaquina Costas Gandarias, ni era veinteañera y, probablemente, ni siquiera haya sido una infiel esposa.
Hilarión de la Quintana, militar de toda la vida, que supo participar en la defensa ante las invasiones inglesas producidas en Buenos Aires y la Banda Oriental, contribuir en las luchas de la Revolución y ocupar puestos ejecutivos en Salta y Tucumán, tenía una mujer: María del Tránsito Aoiz. Con ella tuvo al menos cinco hijos, cuatro de los cuales formaron familia teniendo descendencia hasta nuestros días. Estando en Tucumán por 1816 es cuando conoció a María Joaquina, que por ese entonces tenía 22 años. Él, nacido en Maldonado, era 20 años mayor.
María Joaquina
María Joaquina nació en Potosí por 1794. Ella fue el fruto de un francés y de una potosina: Pedro Costas Bras y Manuela Morando Almendras. Ellos se casaron en la misma Potosí el 11 de mayo de 1793, donde Pedro (hijo de Claudio Costas y Frian Bras) había llegado hacía un año. Ella era hija de Joseph Morando y Josefa Almendras.
Por ende, María Joaquina Costas Gandarias es, en realidad, María Joaquina Costas Morando y, para 1825, tendría unos 31 años.
Cuando Hilarión de la Quintana se incorporó en 1817 al Ejército de los Andes, María Joaquina estaba con él. Y entre batalla y batalla procrearon un hijo al que llamaron Felipe Hilarión de la Quintana, bautizándolo en la ciudad de Mendoza el 15 de mayo de 1818. El pequeño había nacido dos semanas antes.
Menos de un año después, por marzo de 1819, ya finalizada la campaña libertadora en Chile, el ejército sanmartiniano se encuentra realizando los preparativos para dirigirse al Perú.
Recordemos a esta altura que Hilarión de la Quintana y San Martín eran parientes: el primero era el tío de Remedios de Escalada, la esposa del segundo. Es en aquel tiempo cuando ambos hombres, encontrándose en Mendoza y viendo lo álgido de la empresa que les aguardaba, toman una decisión: San Martín despide a su esposa y a su pequeña Mercedes de tan solo dos años, enviándolas en un carruaje a Buenos Aires. Quintana hace lo mismo con María Joaquina y el pequeño Felipe Hilarión, enviándolos a Charcas, donde se encontraba la familia de ella. Seguramente nunca más volvieron a verse.
Y es por eso que, cuando en 1825 ella tiene su fugaz romance con Simón Bolívar era, lo que llamaríamos en estos tiempos modernos, una mujer libre. Habían pasado seis años desde su partida de Mendoza. Hilarión había regresado por 1820 a Buenos Aires y rehizo su vida.
No hemos encontrado documento alguno donde hiciese mención a su hijo mendocino, ni siquiera a la madre del mismo. Retomó su vida y ya, alejado de los campos de batalla, conoció a una nueva mujer, Encarnación Álvares, con la que tendría dos hijas: Ortensia Estefanía y Sulpicia; ambas contraerán matrimonio conociéndose descendencia de la última.
¿Y qué fue de la vida del niño mendocino? Ocho años mayor que su hermanastro José Costas, seguramente, se habrán conocido. Pero eso es especulación. Si sabemos que Hilarión (obvió su primer nombre, adoptando para sí el de su padre) contrajo matrimonio en Arequipa el 23 de enero de 1843 con Manuela Corzo, una quinceañera nacida allí, hija de Melchor Corzo y Manuela Recabarren.
El matrimonio dio al menos dos hijos, Felipe Florentino Hilarión, nacido en la misma Arequipa el 10 de marzo de 1846 y Julio César, bautizado en la parroquia de San Miguel Arcángel, en Sucre, el 14 de enero de 1851.
¿Qué fue de la vida de ellos? Ignorados, como su padre, por la historia oficial, seguramente esperan que algún soplo avezado de algún amante de la verdad se apreste a desempolvar las páginas de sus vidas.
Todo un descubrimiento
Juan José Toro Montoya
Guillermo Carlos Delgado Jordán es un historiador argentino, egresado del Instituto Superior del Profesorado de Buenos Aires, que, a fuerza de investigar, se ha especializado en genealogía, particularmente la de los ancestros navarros y vascos en el Río de la Plata.
Tuve la suerte de contactarlo mientras investigaba la vida de María Joaquina Costas, la mujer con la que Simón Bolívar tuvo un conocido romance en Potosí, en 1825, y con la que habría tenido un hijo cuyos descendientes se reunieron en la Villa Imperial el 27 de marzo de 2014 con el fin de legalizar su filiación con el Libertador.
Durante años, la familia Costas intentó establecer la filiación de María Joaquina sin conseguirlo.
Por las referencias históricas creyeron que el apellido materno de su célebre antepasada era Gandarías, ya que su tío, que participó en la conjura para asesinar a Bolívar, llevaba ese nombre.
En sus investigaciones, Delgado logró armar el árbol genealógico de Hilarión Josef de la Quintana Aoiz, el supuesto esposo de María Joaquina, y descubrió no sólo el presunto matrimonio con la potosina, sino la existencia de un hijo en común. Además, logró lo que ningún historiador boliviano: establecer la filiación de la amante del Libertador.
En este artículo, Guillermo resume los resultados de sus investigaciones, que forman parte de un trabajo académico que será entregado a los descendientes de María Joaquina, y expone todas las novedades al respecto. Es, por tanto, esclarecedor y llena varios vacíos de nuestra historia.
A este respecto se podría trazar un paralelismo con la Historia. Tras dos siglos de emancipación, seguimos siendo esclavos de verdades sesgadas, imparciales, novelescas, cuando no falsas. Y no hablamos solamente de interpretaciones históricas en base a tal o cual hecho, que podrían devenir en encarnizados debates de naftalina, sino de los hechos mismos.
Y es que, increíblemente, los libros de historia latinoamericana se encuentran plagados de datos falsos, fruto de la constante reiteración de "verdades” que no son tales y que nos condenan, por ejemplo, a conmemorar días en los que no pasó nada, a repetir desde nuestra niñez, cual estrofas inamovibles, versos de falacias o, lo que puede ser peor, a no saber.
El avance tecnológico, que podría significar un acceso ilimitado que nos ayude a desempañar la humedad que enturbia el conocimiento, parece ocupar el rol de un nuevo canal para enmohecerlo. Una amplia mayoría de pseudoinvestigadores se han transformado en maestros del "copiar-pegar” y, así, nuevos libros pululan con sus estrategias de marketing por un espacio en nuestra biblioteca, pero en su interior sólo han logrado blanquear las amarillentas páginas de viejas verdades que no son tales.
Y, del otro lado, esos hombres y mujeres que me cruzo en pequeñas bibliotecas olvidadas, en añosas iglesias, aquellos que revuelven archivos y son capaces de gozar hasta la incontinencia cuando, luego de luchar durante horas contra la borroneada historia yacente en húmedas páginas, encuentran aquello que han buscado por días…, o por décadas.
Aunque, a confesión de partes, debo aceptar que este artículo presenta un título demasiado rimbombante, ostentoso, pero con el único fin de atraparlo para que me preste cinco minutos de su existencia que espero no defraudar.
Una historia conocida
Debe ser bien conocida por ustedes la figura de María Joaquina Costas Gandarias, aquella mujer potosina que a la llegada de Simón Bolívar, en 1825, le susurró en sus oídos la advertencia que le salvó la vida.
Trazando un caprichoso paralelismo pseudocientífico, podríamos equiparar su figura con aquel sargento Cabral que en pleno combate interpuso su humanidad para salvar la vida de José de San Martín, ofrendando la suya. Y como la historia oficial necesita de héroes de bronce, en Argentina nos hemos ocupado durante siglos en repetir su hazaña, en cantarle himnos y, en correspondencia a esto, en blanquearle su piel morena. No sea cosa que nuestros hijos sospechen que el Libertador le debió su vida a un pobre negro.
Yendo a lo que nos atañe, María Joaquina Costas Gandarias, la veinteañera amante de Bolívar, la infiel esposa de Hilarión de la Quintana, la madre del Pepe Costas, no era María Joaquina Costas Gandarias, ni era veinteañera y, probablemente, ni siquiera haya sido una infiel esposa.
Hilarión de la Quintana, militar de toda la vida, que supo participar en la defensa ante las invasiones inglesas producidas en Buenos Aires y la Banda Oriental, contribuir en las luchas de la Revolución y ocupar puestos ejecutivos en Salta y Tucumán, tenía una mujer: María del Tránsito Aoiz. Con ella tuvo al menos cinco hijos, cuatro de los cuales formaron familia teniendo descendencia hasta nuestros días. Estando en Tucumán por 1816 es cuando conoció a María Joaquina, que por ese entonces tenía 22 años. Él, nacido en Maldonado, era 20 años mayor.
María Joaquina
María Joaquina nació en Potosí por 1794. Ella fue el fruto de un francés y de una potosina: Pedro Costas Bras y Manuela Morando Almendras. Ellos se casaron en la misma Potosí el 11 de mayo de 1793, donde Pedro (hijo de Claudio Costas y Frian Bras) había llegado hacía un año. Ella era hija de Joseph Morando y Josefa Almendras.
Por ende, María Joaquina Costas Gandarias es, en realidad, María Joaquina Costas Morando y, para 1825, tendría unos 31 años.
Cuando Hilarión de la Quintana se incorporó en 1817 al Ejército de los Andes, María Joaquina estaba con él. Y entre batalla y batalla procrearon un hijo al que llamaron Felipe Hilarión de la Quintana, bautizándolo en la ciudad de Mendoza el 15 de mayo de 1818. El pequeño había nacido dos semanas antes.
Menos de un año después, por marzo de 1819, ya finalizada la campaña libertadora en Chile, el ejército sanmartiniano se encuentra realizando los preparativos para dirigirse al Perú.
Recordemos a esta altura que Hilarión de la Quintana y San Martín eran parientes: el primero era el tío de Remedios de Escalada, la esposa del segundo. Es en aquel tiempo cuando ambos hombres, encontrándose en Mendoza y viendo lo álgido de la empresa que les aguardaba, toman una decisión: San Martín despide a su esposa y a su pequeña Mercedes de tan solo dos años, enviándolas en un carruaje a Buenos Aires. Quintana hace lo mismo con María Joaquina y el pequeño Felipe Hilarión, enviándolos a Charcas, donde se encontraba la familia de ella. Seguramente nunca más volvieron a verse.
Y es por eso que, cuando en 1825 ella tiene su fugaz romance con Simón Bolívar era, lo que llamaríamos en estos tiempos modernos, una mujer libre. Habían pasado seis años desde su partida de Mendoza. Hilarión había regresado por 1820 a Buenos Aires y rehizo su vida.
No hemos encontrado documento alguno donde hiciese mención a su hijo mendocino, ni siquiera a la madre del mismo. Retomó su vida y ya, alejado de los campos de batalla, conoció a una nueva mujer, Encarnación Álvares, con la que tendría dos hijas: Ortensia Estefanía y Sulpicia; ambas contraerán matrimonio conociéndose descendencia de la última.
¿Y qué fue de la vida del niño mendocino? Ocho años mayor que su hermanastro José Costas, seguramente, se habrán conocido. Pero eso es especulación. Si sabemos que Hilarión (obvió su primer nombre, adoptando para sí el de su padre) contrajo matrimonio en Arequipa el 23 de enero de 1843 con Manuela Corzo, una quinceañera nacida allí, hija de Melchor Corzo y Manuela Recabarren.
El matrimonio dio al menos dos hijos, Felipe Florentino Hilarión, nacido en la misma Arequipa el 10 de marzo de 1846 y Julio César, bautizado en la parroquia de San Miguel Arcángel, en Sucre, el 14 de enero de 1851.
¿Qué fue de la vida de ellos? Ignorados, como su padre, por la historia oficial, seguramente esperan que algún soplo avezado de algún amante de la verdad se apreste a desempolvar las páginas de sus vidas.
Todo un descubrimiento
Juan José Toro Montoya
Guillermo Carlos Delgado Jordán es un historiador argentino, egresado del Instituto Superior del Profesorado de Buenos Aires, que, a fuerza de investigar, se ha especializado en genealogía, particularmente la de los ancestros navarros y vascos en el Río de la Plata.
Tuve la suerte de contactarlo mientras investigaba la vida de María Joaquina Costas, la mujer con la que Simón Bolívar tuvo un conocido romance en Potosí, en 1825, y con la que habría tenido un hijo cuyos descendientes se reunieron en la Villa Imperial el 27 de marzo de 2014 con el fin de legalizar su filiación con el Libertador.
Durante años, la familia Costas intentó establecer la filiación de María Joaquina sin conseguirlo.
Por las referencias históricas creyeron que el apellido materno de su célebre antepasada era Gandarías, ya que su tío, que participó en la conjura para asesinar a Bolívar, llevaba ese nombre.
En sus investigaciones, Delgado logró armar el árbol genealógico de Hilarión Josef de la Quintana Aoiz, el supuesto esposo de María Joaquina, y descubrió no sólo el presunto matrimonio con la potosina, sino la existencia de un hijo en común. Además, logró lo que ningún historiador boliviano: establecer la filiación de la amante del Libertador.
En este artículo, Guillermo resume los resultados de sus investigaciones, que forman parte de un trabajo académico que será entregado a los descendientes de María Joaquina, y expone todas las novedades al respecto. Es, por tanto, esclarecedor y llena varios vacíos de nuestra historia.
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