Una casa ubicada en el centro histórico de Potosí ha sido recuperada para cumplir las funciones que tenía en el periodo colonial.
Era conocida como “La Casa de la Zapatera” y hasta hace poco solo existían referencias orales sobre su existencia. Su recuperación permitió conocer que la historia de ese antiguo inmueble está vinculada a dos de los cuadros más famosos de la Villa Imperial.
MINERO Y COMERCIANTE
El salón principal de la Casa de Moneda está coronado por dos cuadros que retratan de cuerpo entero a dos famosos personajes de la colonia. En el de la izquierda está un jinete que viste calzón largo blanco, un jubón rojo sobre el que está un cuello de encaje que se extiende por los hombros. Usa un sombrero blanco de alas anchas en el que se puede ver una joya con cuatro rubíes y un diamante al centro.
No hace falta que ningún guía nos diga su nombre porque a la izquierda del cuadro, en un óvalo dorado se lee claramente la inscripción “El Mre de Cpo Don Antº Lopes de Quiroga. Año de 1660”. Se trata, entonces, de Antonio López de Quiroga, uno de los hombres más ricos que vivieron en Potosí y que, a cambio de una suma desconocida suma de dinero, compró el título nobiliario de maestre de campo.
Su fortuna era incalculable. Aunque se lo vincula con la minería, debido a que en el mismo cuadro aparece un ingenio de beneficio de minerales, los autores que se ocuparon de él encontraron suficientes indicios que permiten determinar que su primera ocupación fue el comercio. El cronista mayor de Potosí, Bartolomé Arsanz de Orsúa y Vela, refiere que, al llegar a la Villa Imperial de su natal España, López de Quiroga estableció una tienda de mercancías en la calle de los mercaderes (hoy Linares). Peter Bakewell apunta que “por ‘mercancías’ se debe entender mercaderías importadas, principalmente tejidos, y otras cosas como especias, tocas, pasamanos, papel, zapatos, medias, e incluso hierro y acero”.
Prosperó rápidamente e hizo buenas migas con otro maestre de campo, Lorenzo de Bóveda, un mercader de plata de gran fortuna que tenía una hija, doña Felipa de Bóveda y Saravia. Si algo se le reconoce a López de Quiroga es su sentido de la oportunidad y este se puso de manifiesto cuando, aprovechando su amistad con Lorenzo, se casó con su hija y se convirtió en el heredero de su fortuna.
Hasta ahí su vida parece más bien común pero dos circunstancias lo proyectan hacia la historia, aunque con luces prestadas.
Allá por mediados del siglo XVII, el antiguo templo y convento de San Francisco necesitaba una refacción integral. Por razones desconocidas, los franciscanos acudieron a López de Quiroga quien, contrariamente a su costumbre, aceptó financiar la obra. Pero no lo hizo gratis. Asumió para sí el rótulo de “fundador de la iglesia y convento de San Francisco de Potosí”, aunque esa infraestructura data de 1547, y se hizo pintar un retrato que rinda fe de su “generosidad”. Ese cuadro es el que permaneció en San Francisco durante varios años y luego fue donado a la pinacoteca de la Casa de Moneda.
El otro hecho que le dio fama es el parecido de su nombre con un famoso azoguero de la colonia, José de Quirós, a quien Soraya Aramayo describe como “dueño de ingenios y minas en el Cerro Rico (…) criollo, vecino de la Villa Imperial, capitán, casado con Doña María Sebastiana de Moncada”.
A diferencia de López de Quiroga, quien no tenía la virtud de la caridad, José de Quirós era un hombre excesivamente generoso que repartía limosna a los pobres diariamente y realizaba múltiples donaciones. Aramayo apunta que, entre otras cosas, “costeó dos ricas vestiduras doradas para la imagen de San Francisco de Padua e instituyó la fiesta principal el día de la Asunción”.
La generosidad de don José fue, literalmente, proverbial. Por él se acuñó el dicho “Después de Dios, Quirós” que significa que solo el Creador era más caritativo que él.
Debido a que López de Quiroga y Quirós existieron en la misma época y sus apellidos se parecen, muchos los confunden y creen que se trata de una misma persona. No obstante, el primero falleció en enero de 1699 mientras que el segundo seguía vivo en 1707, cuando estableció una capellanía perpetua para unas casas que compró en la calle delante de la iglesia mayor.
ARZOBISPO Y VIRREY
Otro de los personajes que pasó a formar parte de la iconografía potosina es el décimo arzobispo de Lima y vigesimoséptimo virrey del Perú, Diego Morcillo Rubio de Auñón.
Morcillo no vivió en Potosí sino que visitó la villa durante unos días, 30 si nos atenemos al relato de Arsánz, pero pasó a la historia no solo por los fastos que se desataron por su llegada sino porque esta quedó testimoniada en dos grandes documentos coloniales: la “Historia de la Villa Imperial de Potosí” y el cuadro pintado por Melchor Pérez de Holguín que se atesora en el Museo de América, en Madrid.
La pintura es grande pues mide 2,40 de alto por 5,70 de alto. Es un óleo sobre lienzo cuyo valor no solo radica en graficar un episodio histórico con una fidelidad solo comparable a la fotografía sino también en el hecho de que su autor, Pérez de Holguín, se incluye en el cuadro y, así, nos revela su apariencia.
Bartolomé Arsanz de Orsúa y Vela describe así su llegada: “Fuéronle a visitar y dar la bienvenida los curas, prelados de las religiones y demás estado eclesiástico, la nobleza secular y ministros de su majestad y el señor don Francisco Pimentel, presidente de La Plata, que había días que se hallaba en esta Villa”.
El relato prosigue señalando que “A las 4 de la tarde hizo su entrada saliéndole a recibir toda la Villa, que no cabían por los campos y calles la multitud de sus moradores y fue cosa que no se vio en otras entradas de principales eclesiásticos. Todas las calles por donde pasó se adornaron con ricas colgaduras y arcos de plata labrada, y en la esquina llamada de Las Lechugas (que es una de las que desembocan así en la plaza del Regocijo como en la del Gato) se le hizo un arco triunfal, de los buenos y ricos que se vieron para otras entradas semejantes…”
El motivo para tanto boato era doble: Morcillo, que primero había sido obispo de León (hoy Nicaragua) y después de La Paz, había sido nombrado arzobispo de La Plata (hoy Sucre) y, además, se le había encargado reemplazar temporalmente a Diego Ladrón de Guevara como Virrey del Perú.
Y, aunque los potosinos sabían que el cargo no tenía carácter permanente, lo agasajaron con el fin de conseguir favores del ilustre visitante. “Dijo que en ninguna parte le habían beneficiado sino en esta Imperial Villa con tanta grandeza”, apunta el cronista.
El virrey devolvería gentilezas a Potosí en su segundo virreinato, ya con carácter titular, cuando ordenó la reparación del puente Pilcomayo que unía a La Plata con la Villa Imperial.
LA ZAPATERA
Quien une a ambos personajes y establece vínculos entre los dos cuadros es doña María Joaquina Fuentes, una mujer “exageradamente hermosa” que, según asegura Mirtha Guzmán, fue amante de Antonio López de Quiroga.
Si se cruza los datos de Guzmán con los de Peter Bakewell, López tuvo que haber conocido a María Joaquina cuando ella todavía era muy joven y él ya tenía dos hijas con su esposa, doña Felipa de Bóveda y Saravia.
Antonio debió haber querido mucho a su amante, tanto que le compró una casa en la calle que partía de la plaza del Regocijo y subía hacia las afueras de la ciudad, donde se habían establecido los indios lupacas.
El amor por María Joaquina habría motivado que López de Quiroga iniciara trámites ante la Iglesia Católica para obtener su divorcio y pudo haber sido la razón por la que aceptó costear las refacciones en San Francisco. Guzmán dice que los franciscanos le ofrecieron ayudarle con el trámite ante el Vaticano.
Pero la muerte pudo más que la burocracia eclesiástica y doña Felipa falleció antes que se consume el divorcio. Al quedar viudo, López de Quiroga no habría tenido ningún impedimento para irse a vivir con María Joaquina quien le habría cuidado hasta su fallecimiento.
A la muerte del acaudalado estallaron pugnas por sus bienes. La mayoría de sus propiedades, que incluían grandes extensiones de tierras en áreas rurales, estaban registradas a su nombre o al de sus hijas pero la casa en la que murió no aparecía por ninguna parte. Esa figuraba a nombre de María Joaquina Fuentes así que las hijas poco pudieron hacer para quitársela.
Pero, aunque conservó la casa, la amante ya no tenía la protección económica de su rico enamorado así que debió extremar recursos para mantenerse.
Lo primero que hizo fue convertir su casa en una hospedería para los viajeros que llegaban de los puertos peruanos donde, además de dar cobijo, ofrecía también comida. Como muchos de sus huéspedes cubrían buena parte de su trayecto a pie, sus zapatos estaban arruinados así que María Joaquina se los arreglaba. Fue por eso que la gente de Potosí dejó de verla como la amante de Antonio López de Quiroga y empezó a llamarla “la zapatera”.
En tiempos coloniales, las calles potosinas no tenían nombre y era el pueblo el que las bautizaba tomando como referencia los oficios de sus habitantes. La calle que subía hacia el campamento lupaca fue denominada “de la zapatera” en atención a uno de los oficios de María Joaquina.
Guzmán es profesional en turismo y, basándose en tradiciones y referencias de Julio Lucas Jaimes, asegura que el virrey Morcillo se alojó en la casa de la zapatera el tiempo que permaneció en Potosí y pudo disfrutar de su comida, particularmente de una sopa con carne asada que solo ella sabía preparar.
Como prueba de su afirmación muestra una fotografía del cuadro de Melchor Pérez de Holguín en el que se ve al arzobispo y virrey ingresar a la ciudad precisamente por la calle de la zapatera, hoy calle Hoyos, que es fácilmente identificable por el templo de San Martín, que fue construido a partir de 1592 para los indios lupacas.
En el cuadro se puede ver una casa en la que cinco mujeres y un niño aparecen en la planta alta, de donde cuelgan tres telas; tres de las mujeres son sirvientas y dos tienen la apariencia de ser señoras principales. Quizás una es María Joaquina. Guzmán afirma que fue la manera en la que Holguín identificó a la casa de la zapatera, dando a entender que allí se alojó el virrey Morcillo.
Y la casa permanece. Hasta hace poco, era usada para la distribución del singani Casa Real en una coincidencia notable ya que Antonio López de Quiroga adquirió, entre muchas otras propiedades rurales, la viña y hacienda de San Pedro Mártir de Cinti donde comenzó a producirse el vino que, con los años, pasó a llamarse Casa Real.
Mirtha Guzmán y su esposo, Antonio Flores, compraron la casa con el fin de devolverle la función que tenía en tiempos coloniales: establecimiento de hospedaje.
Ahora, “La Casa de la Zapatera” es el hostal Tuko’s Casa Real, ubicado en el número 29 de la calle Hoyos, y reivindica su pasado colonial. Al ingreso está una gigantografía del cuadro de Pérez de Holguín y en los interiores hay réplicas de los arcángeles arcabuceros. Se recuperó parte de su apariencia original, incluida la campana que llamaba a comer. Mirtha asegura que también se rescató la receta de la sopa de la zapatera y, por tanto, solo puede servirse allí en la casa que un día cobijó a Antonio López de Quiroga y otro al virrey Morcillo.
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lunes, 7 de diciembre de 2015
Lawreano Machaca y la República Aymara de 1956
Nadie sabe dónde están sus restos desde el día en que lo emboscaron, torturaron y casi repitieron aquel ritual de muerte que sufrió Túpac Katari.
Sus asesinos lograron que nada de él quedara, pero, al mismo tiempo, que sea uno de los caudillos más recordados del mundo aymara. Colaboraron tanto al mito que hasta lo inmolaron en el mismo lugar donde siglos antes había sido victimado Makuri, el invencible rey kolla. Posiblemente sabían lo que sucedería porque, en el sangriento frenesí y siguiendo un macabro sortilegio, algunos devoraron parte de sus brazos y sus piernas.
Y no se trata de ninguna leyenda. Testimonio por testimonio, documento por documento, un historiador, Pedro Callisaya, va reconstruyendo —en un trabajo de tesis universitaria— la vida de Lawreano Machaca (1928-1956). Desde hace casi cuatro años confirma o refuta todo lo que se ha dicho sobre quien se proclamó primer Presidente de la República Aymara.
Así suman desde los escritos de las actas judiciales hasta los relatos de la propia viuda de Machaca o de sus contemporáneos. Esos que vieron, por ejemplo, cómo Lawreano, tras vivir durante más de un lustro en La Paz, volvió convertido en brigadier militar.
Vaya sorpresa, Machaca había podido ingresar en una de las instituciones que más selectivamente han discriminado a indios y a pobres. Llegó al Colegio Militar de Ejército (Colmil) nada menos que entre 1946 y 1948, tiempos en que la milicia era exclusividad de jovenzuelos oligarcas. Para ello, debieron sumarse los tres ingredientes que casi siempre lo caracterizaron: audacia, fortuna y preparación.
Ya de niño se había hecho eficiente postillón del oficial que tuvo a su cargo durante varios años el puesto militar aduanero de Waycho (hoy Puerto Acosta). La familia del uniformado llegó a apreciar en gran manera los servicios y habilidades de Machaca. Sin embargo, llegó el tiempo en que el oficial recibió la orden del cambio de destino y tuvo que trasladarse a la sede de gobierno.
Pasaron algunos meses, y un día, en La Paz, Lawreano apareció sorpresivamente en la puerta de la casa y, claro, fue bienvenido. Llegaba además como uno de los iniciales frutos de la primera escuela adventista: Cañamuri, una especie de rebalse de un proyecto peruano. El establecimiento de dicho centro educativo influyó profundamente en la región pues fue la base para la formación de bachilleres e incluso docentes rurales.
Pero además, muy dentro de sí, Machaca guardaba variadas lecciones de otra escuela también importada de tierras vecinas: el indigenismo de Gamaliel Churata, José Mariátegui y Luis Valcárcel.
La investigación de Callisaya aún no ha podido precisar cuáles fueron las razones para que los empleadores de Lawreano Machaca patrocinasen su ingreso en el Colmil.
Pero, como sucedió en algunos casos de entonces, bien pudo ser para que protegiera a otro cadete. Otra posibilidad es que Lawreano haya reemplazado a un postulante de la familia del militar en aquellos tiempos prerrevolucionarios y especialmente violentos. La tradición de esa época hacía que toda familia se ufanara de tener un representante en las Fuerzas Armadas y se avergonzara de lo contrario.
La contextura física y una tez más clara de lo habitual entre los aymaras hacían de Lawreano una opción importante.Lo cierto es que un día del año 46 ó 47 Lawreano Machaca K’hota (laguna, en aymara), convertido en el mostrenco Aureliano Machicado Laguna, inició su carrera militar.
De acuerdo con los testimonios orales recopilados en Waycho, el “brigadier Machicado” regresó a su pueblo pocos meses antes de la Revolución de 1952. Le habían comunicado que tras su próximo egreso como subteniente sería destinado al oriente boliviano. Fue a despedirse de la familia y a visitar la comunidad, tal vez previendo dejarla por muchos años. Pero la ida al hogar le cambió todos sus planes.
Lawreano renuncia a las FFAA
Por aquellos tiempos, para los altiplánicos, el traslado a los confines del oriente era sinónimo de paludismo, muertes violentas y desapariciones. La presión familiar se hizo intensa y, pasados unos días, Lawreano se reintegró a K’hupi, su ayllu natal, dentro de la comunidad de Majalaya de la provincia Camacho del departamento paceño.
El retorno coincidió con una acentuada actividad sindical que preludiaba los días de la Revolución Nacional. Al cabo de unos meses se casó con Dominga Pajarito y, como jefe de familia, asumió propiedad y perfil de liderazgo. Su formación empezó a hacerse sentir en el ayllu, su voz de mando se convirtió en voz dirigencial.
Cuando estalló la asonada de abril, Machaca había escalado en los niveles de dirección campesina más allá de Majalaya. “Se hizo un líder casi automáticamente, y sus compañeros lograron que sea elegido principal representante de la provincia Camacho”, señala uno de los testimonios. Poco después sus conocimientos castrenses proyectaron más aún su influencia.
Con el Ejército virtualmente eliminado, el nuevo Gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) emprendió la organización de milicias obreras y campesinas. Se inició la conformación de los comandos de la Revolución, algunos tan célebres como el del cercano Achacachi, pero posiblemente ninguno tan profesional como el de Waycho.
Lawreano Machaca potenció lo que primero fue simplemente su comando emenerrista con un importante arsenal. Contaba con tres fuentes de aprovisionamiento: las armas que repartía el Gobierno “para la defensa de la revolución”, las de los ex combatientes del Chaco y las del contrabando peruano. Empezaron a repartirse los fusiles Brno (“Máuser”), algunos Garant y un número menor de armas automáticas.
Lawreano, quien decidió organizar los ayllus a manera de compañías, guardó para sí una pistola-ametralladora Brno AG27 (pistán) mientras vestía botas y capa militares. Ése fue su traje de guerra y prácticamente su mortaja.
Así, el hombre de la capa militar empezó a hacer sentir su presencia entre hacendados y autoridades de la región. Pero sus temidos recorridos no sólo eran de acentuada vigilancia, sino de organización. Su viuda hoy recuerda que en varias oportunidades se sintió abandonada, pues Lawreano desaparecía semanas enteras en sus visitas a los pueblos del entorno. Paralelamente, enviaba emisarios a Ambaná, Escoma, Italaque e incluso a los pueblos de los valles.
El historiador Callisaya explica que, pese al creciente poder que Machaca alcanzaba, en lo íntimo no se identificaba con el MNR. El Gobierno de Paz Estenssoro era copado por autoridades mestizas y blancoides mientras las masas indígenas que lo habían encumbrado quedaban relegadas. Según los relatos de los ancianos waycheños, Lawreano dijo entonces a los demás: “Así como nos han utilizado, ahora nosotros los tenemos que usar”.
A principios de 1956, el caudillo había organizado una fuerza de alrededor de 4.000 hombres armados. Los dispuso en tres regimientos a los que los lugareños llaman los “tres ejércitos de Lawreano Machaca”. De entre sus hombres más entrenados formó una temible guardia personal y, paralelamente, lugartenientes que cobraron notoriedad en la región. Inició su prédica política —semanal primero, diaria después— a cada ayllu en un descampado llamado Pijchari; su proyecto estaba en marcha.
Hacia julio, las escuadrillas del líder aymara comenzaron a acentuar las tensiones. Por ejemplo, un extraño sacerdote católico alemán, de apellido Mönsen, quien solía andar armado con un fusil y administraba tierras, perdió sus privilegios. Un día se vio forzado a huir desesperado hacia la vecina Escoma. Los comerciantes que trasladaban cargas por la zona hacia o desde Perú tuvieron encontrones con los virtuales soldados de Machaca.
Autoridades y algunos hacendados tolerados por el MNR decidieron enviar emisarios a La Paz con alarmantes denuncias sobre Machaca y sus subordinados. Las comisiones gubernamentales no tardaron en llegar a reclamar cuentas a Lawreano. Pero se llevaron una agradable sorpresa. Los indígenas y su fornido y vivaz jefe de comando les recibieron con agasajos, comida y vítores a la Revolución y sus reformas. Sin embargo, poco después, más comisiones se verían forzadas a viajar a Waycho.
Tal cual relatan Policarpio Rojas y Alfonsina Paredes, alrededor del 15 de julio de 1956, las reparticiones oficiales de Puerto Acosta fueron tomadas por asalto. De esa forma, Machaca instauró su propio Gobierno en toda la región, pero sin modificar la estructura ya establecida. El Alcalde, el Subprefecto, los jefes policiales y aduaneros, el Intendente y todas las autoridades fueron destituidas y en su lugar juraron indígenas. Los guardias de la insurgencia se desplazaron a los límites de Waycho y nadie podía salir o entrar sin la autorización de Lawreano.
Documentos judiciales de ese tiempo identifican a diversas familias de mestizos que se dedicaban al contrabando o tenían propiedades en la zona. Jiménez, Consuetas, Pintos y Mantillas, entre varios otros, fueron los más afectados. El paso de ganado vacuno, azúcar, pan, manteca y lana hacia Perú empezó a ser controlado en la propia casa de Machaca, convertida en tranca. Los registros citan también a algunos de los miembros del Estado Mayor del líder indígena: Gabino Choquemisa, Zacarías Guachalla, Dionisio Guachalla, Sotelo Villca, Jacinto Nina y Marcelino Yanarico ejecutaban el plan en marcha.
El nuevo orden empezó a hacerse sentir. Machaca impuso su autoridad —según relata Callisaya— incluso afectando las propiedades y ganado de algunos de sus lugartenientes, como Eliseo Acho y los hermanos Surco. Sin embargo, todos se sometieron, unos por miedo, otros por admiración, y no faltaron quienes huyeron del pueblo. No pasaron muchos días para que el caudillo protagonizara una de las jornadas más recordadas aun hoy en Puerto Acosta.
En la cúspide del poder
En agosto de 1956, Lawreano Machaca K’hota, considerado ya por muchos una especie de mesías y predestinado, resumió su doctrina en una masiva concentración. Recordó la contradicción que implicaba que un país de millones de indios estuviese gobernado por grupos de blancos. Reflexionó sobre la posibilidad de que, organizados y preparados, los aymaras podrían conquistar el poder. Se proclamó Presidente de esa República Aymara en formación y extendida rumbo a La Paz.
A la sede de gobierno llegaron las versiones alarmadas de la proclama. El mandato de Paz Estenssoro envió otra comisión, esta vez de mayor nivel y encabezada por el líder sindical Juan Lechín Oquendo. La recepción fue nuevamente cordial. Machaca explicó a Lechín que cumplía las prioridades de la Revolución enfrentándose con los falangistas y cuidando la provisión de alimentos al pueblo. Es más, le presentó a sus tres regimientos. Le explicó que los habían nombrado “Víctor Paz”, “Hernán Siles” y “Juan Lechín”, respectivamente.
Al parecer, supo mostrarse como un formidable aliado, especialmente del ala lechinista. Aproximadamente un año más tarde Juan Lechín volvería a Waycho con un donativo para la viuda de Lawreano.
En los siguientes dos meses la prédica de Machaca se concentró en la estrategia militar. Preveía tomas y alianzas sucesivas ya pactadas con grupos de aliados en cada población hasta llegar a Viacha y El Alto. Según sus cálculos, cien mil indios tomarían la base aérea, previamente saboteada por reclutas indígenas, antes de rodear la sede de gobierno. El primer avance fue fijado hacia la cercana población de Escoma, para el 21 de octubre.
El plan no carecía de oportunidad. En La Paz, el Gobierno afrontaba una gravísima crisis económica y política producto del bloqueo estadounidense. Se vivía además una violenta campaña preelectoral entre el MNR y la ultraderechista Falange Socialista Boliviana. La movilización indígena poco podía ser comprendida. Pero los potenciales afectados de Escoma encontraron valiosos aliados.
Dos días antes de que los ejércitos de Machaca marcharan hacia Escoma, sus lugartenientes Eliseo Acho y los hermanos Surco le llevaron “buenas noticias”. Le explicaron que la población vecina había resuelto proclamarlo como su Presidente y que le preparaba una fiesta de bienvenida. Le aconsejaron que sólo llevase algunas decenas de representantes waycheños y su escolta. En efecto, en Escoma había un ambiente de fiesta, pero algo extraño.
Hacendados y contrabandistas habían abierto la tarde del 20 de octubre sus almacenes a la población. Repartieron con prodigalidad alcohol y comida en las calles y plazas. Ya entrada la tarde empezaron a pregonar que Machaca y su gente venían de Waycho a expropiarlo todo. Paralelamente, habían organizado a decenas de peones armados.
Mientras tanto, en Puerto Acosta, los Surco y Acho no se separaron de Lawreano y sorpresivamente lograron hacer que bebiera alcohol durante la noche. La partida a Escoma fue de madrugada. La viuda recuerda que Machaca y algunas decenas de acompañantes partieron en un camión rojo. La idea de la proclamación victoriosa se esfumó cuando llegaron al puente de entrada a Escoma, sobre el río Suches.
Incesantes cargas de balas recayeron sobre el camión desde los costados del puente. Al desatarse el combate, el vehículo logró retroceder al camino sin detenerse y su chofer llamó a los emboscados.
Machaca no alcanzó a asirse del motorizado y empezó a huir corriendo. La pistan se encasquilló, la fuga se hizo desesperada y fue capturado en una loma llamada Llokallata, a casi dos kilómetros de Escoma.
Los relatos luego aseguran que se desató el ritual de sangre en medio de una multitud ebria y enfurecida. Semidesnudo, con apenas calzoncillos y polera verdes, se le cortó la lengua. Sus captores procedieron a comérsela, conforme a la creencia en que esa acción hace que el crimen nunca sea denunciado. Luego algunas versiones aseguran que se procedió a enterrar vivo al caudillo, pero éste sacó sus manos.
Entonces lo desmembraron y devoraron sus carnes, en el lugar llamado Tiwanaku, la tumba del rey Makuri.
Una breve referencia a los hechos sangrientos es citada en la edición de El Diario del 24 de octubre de aquel año. Días después, una comisión gubernamental llegó a frenar un creciente desborde de violencia. Pero sólo se convirtió en la mecha que detonó enfrentamientos recurrentes hasta marzo de l957.
Al final, nunca pudieron hallarse los restos de Lawreano Machaca. Pese a lo notable de su campaña, murió con apenas 28 años. Su único legado fueron una hija —ya fallecida— y dos hijos. Todos ellos esquivaron su identidad ante la serie de riesgos que les implicaba. Uno de los varones, al parecer, vive en el extranjero, el otro bien puede estar consagrado a una carrera, quién sabe política, quién sabe sindical, quién sabe militar.
Conferencia: Ocupación inca en Chuquisaca
La relación entre los espacios geográficos y las dinámicas sociales que se pueden colegir acerca de los vestigios arqueológicos del imperio incaico en Chuquisaca, serán analizadas por Edmundo Salinas, en su conferencia "Estrategia Geopolítica de la ocupación Inca en Chuquisaca". La exposición es abierta a todo el público y se desarrollará hoy, en la Sala Gunnar Mendoza del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, desde las 18:30.
Esta actividad se lleva a cabo como parte del calendario de actividades académicas anuales que presenta la Fundación ASUR, la Universidad de Todos los Saberes.
Salinas es investigador y Director del Instituto de Investigación Antropológica y Arqueológica de la Universidad San Francisco Xavier.
Esta actividad se lleva a cabo como parte del calendario de actividades académicas anuales que presenta la Fundación ASUR, la Universidad de Todos los Saberes.
Salinas es investigador y Director del Instituto de Investigación Antropológica y Arqueológica de la Universidad San Francisco Xavier.
jueves, 3 de diciembre de 2015
Killi Killi, el cuartel de Túpac Katari
El lugar es considerado uno de los atractivos de la ciudad de La Paz porque desde su cima se admira la caprichosa topografía de la urbe donde sus pobladores desafían la ley de la gravedad construyendo viviendas que "cuelgan” de los cerros. Pero esa no es su única cualidad: la historia lo señala como el cuartel del legendario Túpac Katari, el indígena que en 1781 organizó un cerco a la ciudad rechazando el dominio español. Desde el mirador, que se encuentra en la zona de Villa Pabón (en esos años parte del campo de Soqueri, actual cerro de Santa Bárbara), Katari dirigió el sitio a La Paz.
La historia cuenta que después de haber proclamando la insurrección contra la colonia española, Katari reunió a sus tropas en los poblados de Sica Sica y Pacajes e inició una gran marcha hacia La Paz. El 13 de marzo, los paceños vieron aterrados cómo, al son de los pututus y gritos de guerra, las tropas indígenas descendían a paso apresurado por la cumbre de El Alto, hoy conocida como la ciudad de El Alto. Poco a poco fueron copando los caminos que venían desde el altiplano hasta la urbe, rodeándola completamente.
Cuando tuvo información de que el cerco estaba instalado, Katari se dirigió hacia el mirador de Killi Killi para dominar desde allí el cerco. Desde el lugar, su mirada podía controlar todo lo que pasaba en la ciudad, que entonces tenía como uno de sus límites el río Choqueyapu. Esta cualidad estratégica le valió para instalar en el cerro su cuartel general.
Cañonazos desde el mirador
Durante el cerco a la ciudad de La Paz los kataristas se habían apoderado de cuatro cañones pequeños, de los cuales dos fueron llevados hasta Killi Killi, desde donde -sin éxito- intentaron algunos disparos. Como no sabían manejar el armamento, capturaron a un soldado español de nombre Mariano Murillo, a quien obligaron a manipular los cañones. Así, aproximadamente a la medianoche, la ciudad se estremeció completa por un cañonazo que venía desde el Killi Killi. Había sido disparado por el rehén Murillo, que tenía la orden de fallar el tiro, pues sólo se trataba de una de las dos señales que los kataristas esperaban para comenzar a quemar algunas casas y derribar muros para tomar la ciudad. Esa noche, la lucha fue intensa. Se escucharon tantos disparos de cañón que La Paz y sus habitantes sitiados entraron en pánico.
La toma del Killi Killi
Desde el mirador, Túpac Katari vigiló días tras días que su estrategia no flaqueara en ningún momento, hasta que el 1 de julio de 1871, después de 109 días de cerco, los españoles lograron vencer el sitio. Entre los que lograron retomar el control de la ciudad estaba el comandante Ignacio Flores, quien, como primera acción, se dirigió a la fortaleza del indígena para tomar el control del lugar.
Pero ese control duró sólo 40 días, porque apenas las tropas de Flores abandonaron La Paz, los indígenas de Katari volvieron a cercar la ciudad. Como lo habían hecho en marzo de ese año, aparecieron nuevamente por el Calvario y por el campo de Soqueri (Santa Bárbara), al son de pututos, lanzado blasfemias e insultos y disparando piedras con sus ondas y algunos fusiles. Su líder apareció por los Yungas y volvió a tomar el control de su fortaleza: el mirador de Killi Killi.
La nueva situación de cerco se prolongó 64 días hasta que en agosto llegaron a la ciudad las tropas del teniente coronel José Reseguín, que rompieron el segundo sitio y dieron fin a la rebelión. Reseguín despojó de las alturas del Killi Killi a los sitiadores.
Una partida de 2.000 españoles apareció por las regiones de los Yungas, amenazando la retaguardia aymara, que tuvo que salir huyendo. La mayoría regresó a sus comarcas originarias. Algunos se reunieron con el grupo de Katari.
Para vencer el cerco indígena habían llegado tropas españolas de La Plata y de Salta, las que rebasaron la presencia indígena en el cerro de Santa Bárbara, en Poto Poto (hoy Miraflores), y llegaron hasta el campamento de Katari, en Killi Killi. A su paso dejaron una matanza y tomaron cuanto prisionero pudieron.
Katari huyó por Alto Pampahasi, pero finalmente fue capturado y ejecutado en el centro de la plaza de Peñas, donde pereció por los brutales tirones de cuatro caballos que jalaron de sus piernas y brazos hasta desmembrarlo. Su cabeza fue cercenada por el verdugo y llevada a la ciudad de La Paz, donde fue exhibida en una picota colocada en la plaza Murillo, y después llevada al cerro del Killi Killi.
Después de varios días sus demás miembros fueron reunidos, quemados y arrojados al viento.
* El autor es historiador.
Lugar dedicado a la historia
El asedio de Túpac Katari a la ciudad de La Paz en 1781 ha quedado registrado para la memoria histórica en la pintura de Mariano Florentino Olivares, quien, como el legendario indígena, miró La Paz desde el Killi Killi para dibujar la ciudad y hacer una reminiscencia del cerco indígena. La obra se encuentra en el Museo Municipal Casa de Murillo.
Y para mantener físicamente el histórico mirador, la Alcaldía de La Paz expropió todas las propiedades que, hasta 1970, se habían elevado en el lugar de manera clandestina y, tiempo después, emitió una ordenanza municipal a través de la cual prohibió extraer greda o tierra arcillosa del lugar y sus alrededores.
En el mirador llama la atención la portada tallada en piedra que ocupa el lugar central del espacio, destinado hoy a la visita de turistas nacionales y extranjeros que quieren admirar La Paz. Se trata de una obra trabajada por el escultor Agustín Callizaya a principios de 1920, para la vivienda de Humberto Cuenca, que estaba ubicada frente a la plaza Isabel la Católica.
La casona fue derrumbada en 1976 para elevar sobre su terreno el edificio Torre de las Américas, pero la portada fue desmontada de la casa de Cuenca y entregada al municipio paceño para que dispusiera su reubicación y acondicionamiento en algún espacio público.
El portón fue enviado primero a la avenida Naciones Unidas, donde dio el nombre a la zona del lugar, La Portada, pero en 1991 fue llevada al mirador Killi Killi, para adornar la imponencia del lugar.
La historia cuenta que después de haber proclamando la insurrección contra la colonia española, Katari reunió a sus tropas en los poblados de Sica Sica y Pacajes e inició una gran marcha hacia La Paz. El 13 de marzo, los paceños vieron aterrados cómo, al son de los pututus y gritos de guerra, las tropas indígenas descendían a paso apresurado por la cumbre de El Alto, hoy conocida como la ciudad de El Alto. Poco a poco fueron copando los caminos que venían desde el altiplano hasta la urbe, rodeándola completamente.
Cuando tuvo información de que el cerco estaba instalado, Katari se dirigió hacia el mirador de Killi Killi para dominar desde allí el cerco. Desde el lugar, su mirada podía controlar todo lo que pasaba en la ciudad, que entonces tenía como uno de sus límites el río Choqueyapu. Esta cualidad estratégica le valió para instalar en el cerro su cuartel general.
Cañonazos desde el mirador
Durante el cerco a la ciudad de La Paz los kataristas se habían apoderado de cuatro cañones pequeños, de los cuales dos fueron llevados hasta Killi Killi, desde donde -sin éxito- intentaron algunos disparos. Como no sabían manejar el armamento, capturaron a un soldado español de nombre Mariano Murillo, a quien obligaron a manipular los cañones. Así, aproximadamente a la medianoche, la ciudad se estremeció completa por un cañonazo que venía desde el Killi Killi. Había sido disparado por el rehén Murillo, que tenía la orden de fallar el tiro, pues sólo se trataba de una de las dos señales que los kataristas esperaban para comenzar a quemar algunas casas y derribar muros para tomar la ciudad. Esa noche, la lucha fue intensa. Se escucharon tantos disparos de cañón que La Paz y sus habitantes sitiados entraron en pánico.
La toma del Killi Killi
Desde el mirador, Túpac Katari vigiló días tras días que su estrategia no flaqueara en ningún momento, hasta que el 1 de julio de 1871, después de 109 días de cerco, los españoles lograron vencer el sitio. Entre los que lograron retomar el control de la ciudad estaba el comandante Ignacio Flores, quien, como primera acción, se dirigió a la fortaleza del indígena para tomar el control del lugar.
Pero ese control duró sólo 40 días, porque apenas las tropas de Flores abandonaron La Paz, los indígenas de Katari volvieron a cercar la ciudad. Como lo habían hecho en marzo de ese año, aparecieron nuevamente por el Calvario y por el campo de Soqueri (Santa Bárbara), al son de pututos, lanzado blasfemias e insultos y disparando piedras con sus ondas y algunos fusiles. Su líder apareció por los Yungas y volvió a tomar el control de su fortaleza: el mirador de Killi Killi.
La nueva situación de cerco se prolongó 64 días hasta que en agosto llegaron a la ciudad las tropas del teniente coronel José Reseguín, que rompieron el segundo sitio y dieron fin a la rebelión. Reseguín despojó de las alturas del Killi Killi a los sitiadores.
Una partida de 2.000 españoles apareció por las regiones de los Yungas, amenazando la retaguardia aymara, que tuvo que salir huyendo. La mayoría regresó a sus comarcas originarias. Algunos se reunieron con el grupo de Katari.
Para vencer el cerco indígena habían llegado tropas españolas de La Plata y de Salta, las que rebasaron la presencia indígena en el cerro de Santa Bárbara, en Poto Poto (hoy Miraflores), y llegaron hasta el campamento de Katari, en Killi Killi. A su paso dejaron una matanza y tomaron cuanto prisionero pudieron.
Katari huyó por Alto Pampahasi, pero finalmente fue capturado y ejecutado en el centro de la plaza de Peñas, donde pereció por los brutales tirones de cuatro caballos que jalaron de sus piernas y brazos hasta desmembrarlo. Su cabeza fue cercenada por el verdugo y llevada a la ciudad de La Paz, donde fue exhibida en una picota colocada en la plaza Murillo, y después llevada al cerro del Killi Killi.
Después de varios días sus demás miembros fueron reunidos, quemados y arrojados al viento.
* El autor es historiador.
Lugar dedicado a la historia
El asedio de Túpac Katari a la ciudad de La Paz en 1781 ha quedado registrado para la memoria histórica en la pintura de Mariano Florentino Olivares, quien, como el legendario indígena, miró La Paz desde el Killi Killi para dibujar la ciudad y hacer una reminiscencia del cerco indígena. La obra se encuentra en el Museo Municipal Casa de Murillo.
Y para mantener físicamente el histórico mirador, la Alcaldía de La Paz expropió todas las propiedades que, hasta 1970, se habían elevado en el lugar de manera clandestina y, tiempo después, emitió una ordenanza municipal a través de la cual prohibió extraer greda o tierra arcillosa del lugar y sus alrededores.
En el mirador llama la atención la portada tallada en piedra que ocupa el lugar central del espacio, destinado hoy a la visita de turistas nacionales y extranjeros que quieren admirar La Paz. Se trata de una obra trabajada por el escultor Agustín Callizaya a principios de 1920, para la vivienda de Humberto Cuenca, que estaba ubicada frente a la plaza Isabel la Católica.
La casona fue derrumbada en 1976 para elevar sobre su terreno el edificio Torre de las Américas, pero la portada fue desmontada de la casa de Cuenca y entregada al municipio paceño para que dispusiera su reubicación y acondicionamiento en algún espacio público.
El portón fue enviado primero a la avenida Naciones Unidas, donde dio el nombre a la zona del lugar, La Portada, pero en 1991 fue llevada al mirador Killi Killi, para adornar la imponencia del lugar.
Camargo lanza celebración del Bicentenario del héroe
La Municipalidad de Camargo lanzó oficialmente la conmemoración del Bicentenario de la muerte de Vicente Camargo, que se recordará el 3 de abril de 2016. Hasta esa fecha y durante ese año se realizarán varias actividades conmemorativas.
La presidenta del Concejo Municipal de Camargo, Julia Mancilla, informó que el lanzamiento oficial se realizó en la plaza 6 de Agosto con un acto cívico-militar.
Vicente Camargo comandó el movimiento independentista en el partido de Pilaya y Paspaya, hoy provincias Nor y Sud Cinti, entre los años 1814 y 1816. Cuando se creó la nueva República de Bolivia, en homenaje al guerrillero, se decidió llamar Camargo a la capital de Pilaya y Paspaya, que hasta ese entonces era Cinti, mientras que a la provincia se la llamó Cinti.
Mancilla contó que asistieron al lanzamiento autoridades nacionales, departamentales, militares de las Fuerzas Armadas, Aviación y Naval, entre ellos oficiales nacidos en la tierra cinteña, a quienes se les hizo un reconocimiento por ocupar cargos de importancia en sus instituciones.
Asimismo, se hizo la presentación oficial del libro del Bicentenario que cuenta las acciones de lucha que desplegó Vicente Camargo en la región de los Cintis y quedó claramente establecido que Vicente Camargo nunca se llamó José Vicente como se lo mencionaba hasta ahora.
La Presidenta del Concejo Municipal de Camargo también dijo que la ocasión fue motivo para presentar el afiche del Bicentenario y el tríptico que narra pasajes de la historia de Vicente Camargo.
MÁS PRESENTACIONES
Por otra parte, aclaró que habrá más lanzamientos de la conmemoración en otros municipios de la región y en la Capital del Estado. En esa línea, mañana 4 de diciembre, se hará la presentación en Villa Charcas en ocasión de la celebración de su aniversario de creación.
Mancilla también sostuvo que el lanzamiento en Sucre será la próxima semana y que para ello contarán con la colaboración de la Municipalidad.
La presidenta del Concejo Municipal de Camargo, Julia Mancilla, informó que el lanzamiento oficial se realizó en la plaza 6 de Agosto con un acto cívico-militar.
Vicente Camargo comandó el movimiento independentista en el partido de Pilaya y Paspaya, hoy provincias Nor y Sud Cinti, entre los años 1814 y 1816. Cuando se creó la nueva República de Bolivia, en homenaje al guerrillero, se decidió llamar Camargo a la capital de Pilaya y Paspaya, que hasta ese entonces era Cinti, mientras que a la provincia se la llamó Cinti.
Mancilla contó que asistieron al lanzamiento autoridades nacionales, departamentales, militares de las Fuerzas Armadas, Aviación y Naval, entre ellos oficiales nacidos en la tierra cinteña, a quienes se les hizo un reconocimiento por ocupar cargos de importancia en sus instituciones.
Asimismo, se hizo la presentación oficial del libro del Bicentenario que cuenta las acciones de lucha que desplegó Vicente Camargo en la región de los Cintis y quedó claramente establecido que Vicente Camargo nunca se llamó José Vicente como se lo mencionaba hasta ahora.
La Presidenta del Concejo Municipal de Camargo también dijo que la ocasión fue motivo para presentar el afiche del Bicentenario y el tríptico que narra pasajes de la historia de Vicente Camargo.
MÁS PRESENTACIONES
Por otra parte, aclaró que habrá más lanzamientos de la conmemoración en otros municipios de la región y en la Capital del Estado. En esa línea, mañana 4 de diciembre, se hará la presentación en Villa Charcas en ocasión de la celebración de su aniversario de creación.
Mancilla también sostuvo que el lanzamiento en Sucre será la próxima semana y que para ello contarán con la colaboración de la Municipalidad.
martes, 1 de diciembre de 2015
1 de diciembre de 1661 Antonio Gallardo y el primer levantamiento contra los españoles
Las notables diferencia que, en todo sentido, existieron entre españoles y sus hijos americanos, los criollos, fueron causales de más de un conflicto social. El criollo –condenado a cumplir funciones inferiores, a ocupar cargos secundarios en la administración colonial, a convertirse, como afirma un cronista, en “criado de lujo” de los españoles– sumó un profundo resentimiento y fue protagonista de las más importantes revueltas que agitaron la aparente tranquila vida de los españoles en América. Sumado a este antagonismo la imposición de eleva-das contribuciones a los indígenas empadronados era también aplicada contra un sector de criollos artesanos establecidos en las ciudades. Estos impuestos que se cobraban para incremento de las Cajas Reales, sufrían continuas alzas que más beneficiaban a las autoridades y recaudadores en desmedro de las clases más desposeídas de la sociedad colonial.
La actitud de los criollos y naturales frente a estas determinaciones al principio fueron pacíficas, es decir, muchos se sometían a estas contribuciones de manera resignada, pero más tarde respondieron con enérgicas voces de protesta que culminaron en sangrientas sublevaciones.
En 1661, el corregidor de la provincia de La Paz, Cristóbal Canedo –cuya tarea era administrar justicia y encargarse, en términos generales, del gobierno local– dispuso un aumento excesivo de contribuciones e impuestos, que cayeron las mismas sobre la clase artesanal, compuesta por criollos y mestizos, quienes consideraron la medida como una verdadera extorsión, avivándose en seguida el descontento y el rechazo a estas medidas. Como los reclamos y peticiones ante las autoridades no daban resultado fueron pasando al terreno de la conspiración.
Los artesanos al considerar que habían ingresado en una verdadera tiranía, la cual, a medida que transcurría el tiempo se hacía insoportable, al finalizar el mes de noviembre decidieron acabar con el gobierno opresor y se fijó para el 1 de diciembre de 1661 la fecha del alza-miento a la cabeza de Antonio Gallardo, alias el “philinco”, un carpintero perteneciente al gremio de artesanos de la ciu-dad de La Paz.
A partir de la una de la tarde del día fijado, los artesanos se fueron concen-trando en la Plaza de Armas, reunida la gente se dispuso tomar la Casa de Go-bierno, donde el corregidor Canedo dis-frutaba de su acostumbrada siesta. Do-minado los guardias se introdujeron en el edificio, los sublevados: Antonio Ga-llardo, Juan de Amaya, Antonio de Ordu-ña, Alonso de la Fuente, el sastre Luis de Rojas, y Lino Montealegre penetraron en el dormitorio del corregidor, quien en ese momento estaba en compañía de otros oficiales de servicio y se entabló una batalla campal en el que resultó muerto a puñaladas Canedo.
La noticia de la muerte del corregidor y sus acompañantes corrió rápidamente por la ciudad y los artesanos reunidos en la Plaza ocuparon de inmediato la Casa de Gobierno saqueando sus pertenen-cias, dando mueras al mal gobierno. La ciudad se mantuvo convulsionada por varios días, no había garantía ni para los criollos ni españoles. Durante estos días, Antonio Gallardo líder de la revuelta dis-puso la disolución del Cabildo, el desco-nocimiento del alcalde y del corregidor, luego destituidas ignominiosamente, y sus puestos fueron ocupados por respe-tables ciudadanos de La Paz. Los im-puestos y contribuciones fueron mante-nidos en sus justos límites y así aplacar la ira de los contribuyentes, además se implantó un nuevo orden de cosas ba-sándose en la libertad y los derechos de los individuos.
Por entonces surgió la desacertada idea de atacar Puno y tomar la mina de Ichocota, Gallardo formó un ejército compuesto por 600 hombres y marchó al Perú. Luego de una mar-cha forzada llegó a las afueras de Puno encon-trando a la población pre-parada para rechazar el ataque. Puno ya había sido alertada de esta incursión por algunos viajeros, en-tonces el factor sorpresa que pensaba tener a su favor le fue adverso. Pese a eso, Gallardo ordenó ata-que frontal contra las trin-cheras y fueron recibidos con un nutrido fuego que diezmó las fuerzas invasoras, hallando la muerte el mismo Gallardo, los pocos que lograron salvar la vida volvieron a la ciudad de La Paz, donde no se dejó esperar las con-secuencias de estos actos. En seguida fueron tomados presos por las autorida-des coloniales que habían sido restitui-das en sus cargos. Luego de agobiantes procesos fueron condenados a morir descuartizados y sus cabezas expues-tas en picotas en diversas localidades de La Paz.
El levantamiento del 1 de diciembre de 1661, ocurrido en la ciudad de La Paz, constituye de hecho el primer movimien-to revolucionario que manifestó el recha-zo a las medidas dictatoriales emitidas por el gobierno local impuesto por la Co-rona española en América.
La actitud de los criollos y naturales frente a estas determinaciones al principio fueron pacíficas, es decir, muchos se sometían a estas contribuciones de manera resignada, pero más tarde respondieron con enérgicas voces de protesta que culminaron en sangrientas sublevaciones.
En 1661, el corregidor de la provincia de La Paz, Cristóbal Canedo –cuya tarea era administrar justicia y encargarse, en términos generales, del gobierno local– dispuso un aumento excesivo de contribuciones e impuestos, que cayeron las mismas sobre la clase artesanal, compuesta por criollos y mestizos, quienes consideraron la medida como una verdadera extorsión, avivándose en seguida el descontento y el rechazo a estas medidas. Como los reclamos y peticiones ante las autoridades no daban resultado fueron pasando al terreno de la conspiración.
Los artesanos al considerar que habían ingresado en una verdadera tiranía, la cual, a medida que transcurría el tiempo se hacía insoportable, al finalizar el mes de noviembre decidieron acabar con el gobierno opresor y se fijó para el 1 de diciembre de 1661 la fecha del alza-miento a la cabeza de Antonio Gallardo, alias el “philinco”, un carpintero perteneciente al gremio de artesanos de la ciu-dad de La Paz.
A partir de la una de la tarde del día fijado, los artesanos se fueron concen-trando en la Plaza de Armas, reunida la gente se dispuso tomar la Casa de Go-bierno, donde el corregidor Canedo dis-frutaba de su acostumbrada siesta. Do-minado los guardias se introdujeron en el edificio, los sublevados: Antonio Ga-llardo, Juan de Amaya, Antonio de Ordu-ña, Alonso de la Fuente, el sastre Luis de Rojas, y Lino Montealegre penetraron en el dormitorio del corregidor, quien en ese momento estaba en compañía de otros oficiales de servicio y se entabló una batalla campal en el que resultó muerto a puñaladas Canedo.
La noticia de la muerte del corregidor y sus acompañantes corrió rápidamente por la ciudad y los artesanos reunidos en la Plaza ocuparon de inmediato la Casa de Gobierno saqueando sus pertenen-cias, dando mueras al mal gobierno. La ciudad se mantuvo convulsionada por varios días, no había garantía ni para los criollos ni españoles. Durante estos días, Antonio Gallardo líder de la revuelta dis-puso la disolución del Cabildo, el desco-nocimiento del alcalde y del corregidor, luego destituidas ignominiosamente, y sus puestos fueron ocupados por respe-tables ciudadanos de La Paz. Los im-puestos y contribuciones fueron mante-nidos en sus justos límites y así aplacar la ira de los contribuyentes, además se implantó un nuevo orden de cosas ba-sándose en la libertad y los derechos de los individuos.
Por entonces surgió la desacertada idea de atacar Puno y tomar la mina de Ichocota, Gallardo formó un ejército compuesto por 600 hombres y marchó al Perú. Luego de una mar-cha forzada llegó a las afueras de Puno encon-trando a la población pre-parada para rechazar el ataque. Puno ya había sido alertada de esta incursión por algunos viajeros, en-tonces el factor sorpresa que pensaba tener a su favor le fue adverso. Pese a eso, Gallardo ordenó ata-que frontal contra las trin-cheras y fueron recibidos con un nutrido fuego que diezmó las fuerzas invasoras, hallando la muerte el mismo Gallardo, los pocos que lograron salvar la vida volvieron a la ciudad de La Paz, donde no se dejó esperar las con-secuencias de estos actos. En seguida fueron tomados presos por las autorida-des coloniales que habían sido restitui-das en sus cargos. Luego de agobiantes procesos fueron condenados a morir descuartizados y sus cabezas expues-tas en picotas en diversas localidades de La Paz.
El levantamiento del 1 de diciembre de 1661, ocurrido en la ciudad de La Paz, constituye de hecho el primer movimien-to revolucionario que manifestó el recha-zo a las medidas dictatoriales emitidas por el gobierno local impuesto por la Co-rona española en América.
El perro de los conquistadores españoles que murió combatiendo contra decenas de nativos
Desde primitivos arcabuces que asustaban más que mataban, hasta relucientes morriones que provocaban gritos de asombro entre los nativos americanos. Si por algo son recordados los conquistadores españoles es por llevar consigo hasta el Nuevo Mundo una ingente cantidad de objetos ideados para doblegar a los nativos. Un arsenal que nunca había sido visto por aquellos lares y que, por tanto, causó verdadero terror en los lugareños (los cuales, por cierto, ya se sentían bastante acongojados ante la vista de aquellos “gigantescos dioses” con pelo en la cara). Sin embargo, además de toda esta ingente cantidad de cachivaches -con-seguidos al otro lado del Atlántico a precio de saldo-, los susodichos “barbudos” contaban también con una serie de “armas secretas” mucho más vivas: animales que combatieron a sangre y fuego junto a ellos. Uno de los más utilizados fueron los caballos, cuya “ayuda” es a día de hoy conocida por todos. No obstante, en el fondo de las carabelas y los galeones de los Reyes Católicos y -posteriormente- de Carlos I, también se escondían perros de presa.
Decenas -y de todo tipo de razas (mastines, galgos, sabuesos...)- fueron los canes que, guiados por conquistadores españoles como Juan Ponce de León, arribaron a las desconocidas costas del Nuevo Mundo y sirvieron obedientes a sus dueños en regiones como Florida o Puerto Rico. Con todo, de entre todos ellos hay uno cuyo nombre ha quedado graba-do con letras de oro en la Historia del Imperio Español. Este no fue otro que Becerrillo, un alano español que, además de acompañar a los militares, dejó este mundo en 1514 y se fue al “cielo de los perros” mientras luchaba -dientes mediante- contra decenas de nativos para liberar a su amo, el capitán Sancho de Arango. Curiosamente, y a pesar de que es uno de los animales más famosos de la conquista de América, la historia de este valiente can ha permanecido entre bambalinas hasta ahora. Sin embargo, es de menester referirse a ella después de que, el pasado miércoles, una perrita de las fuerzas de seguridad francesa, “Die-sel”, falleciese durante el asalto de la policía a un piso del municipio de Saint Denis (en las afueras de París).
LOS PERROS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA
A pesar de que la historia de dichos perros es de las más olvidadas de la época, lo cierto es que el destino de es-tos animales estuvo ligado al de los soldados de fortuna que se dirigían hacia en Nuevo Mundo desde que las tres carabelas cruzaron el Atlántico para colonizar la región. “Los canes peninsulares fueron introducidos en las Indias como acompañantes naturales de sus amos desde el segundo viaje de Colón. Les seguían los primeros caballos, cerdos, gallinas y cabras entre otros animales europeos”, explica Ricardo Piqueras Céspedes -Licenciado en Geografía e Historia y Doctor “cum laudem” en His-toria de América- en su dossier “Los perros de la guerra o el ‘canibalismo cani-no’ en la conquista”. Llevados en un principio a la zona con el objetivo de dar algún susto que otro a los nativos, estas “mascotas” no tardaron en demostrar su valía en combate. Con todo, no causa-ban el mismo pavor que podía generar un caballo en estos lugares (animal que desconocían hasta entonces), pues al otro lado del charco también había pe-rros, aunque de un tamaño mayor, más dóciles y menos sanguinarios. Así pues, los europeos acongojaban por su fiere-za.
De hecho, y tal y como afirma el fa-moso adiestrador y experto en historia canina Segio Grodsinsky, una de las pri-meras veces que los perros participaron en la lid en el Nuevo Mundo fue el 24 de marzo de 1495 en la actual Santo Do-mingo. Allí, Bartolomé Colón (el “herma-nísimo” del genovés) empleó 200 hom-bres, 20 caballos y 20 perros para darse de tortas contra los indios caribes. Des-de ese momento, estos animales se con-virtieron en un activo para los conquis-tadores a la hora de enfrentarse a los nativos y repartir espadazos. “Los perros fueron utilizados constantemente en combate durante toda la conquista, for-mando parte de la hueste, ya fuera en vanguardia como tropa de choque, lanzándolos contra las muchedumbres indí-genas para aprovechar el temor y des-concierto inicial o en retaguardia en la- bores defensivas del grupo de conquista a cargo de la guarda del ganado o de los enfermos, que siempre lastaban y retar-daban el avance principal del grupo”, determina, en este caso, el historiador español.
Pero la batalla no fue el único momento en el que se distinguieron estos animalitos de cuatro patas. Y es que, también eran idóneos para realizar lar-gas guardias nocturnas, evitar embos-cadas y “cazar” indígenas escondidos tras los setos. Algo, por otro raro, que no era extraño que hiciesen los lugareños, pues conocían perfectamente el terreno (por algo era su tierra) y aprovechaban cualquier escondrijo para dar un buen susto a los conquistadores. Esta curiosa labor fue detallada ampliamente por el cronista Fray Pedro de Aguado quien afirmó que, en 1534, varios canes salva-ron a un grupo de soldados de ser asesi-nados vilmente. “Llevaba unos perros consigo, los cuales, sintiendo el olor de los lugareños que estaban en la embos-cada, fueron hacia el arcabuco y, sin osar entrar dentro, comenzaron a ladrar y descubrieron la celada”. Allí estaban, agazapados y esperando, los enemigos. Por tanto, su colaboración evitó tener que llenar algún que otro ataúd de más. No en vano Cristóbal Colón señaló que no iría a ninguna parte sin ellos y que cada uno de estos lebreles valía como diez hombres.
Finalmente, los perros de los conquista-dores también eran usados, como no po-día ser de otra forma, para conseguir comi-da. Así lo recoge Bernal Díaz del Castillo, cronista de lo sucedido al otro lado del Atlántico: “Había mucha caza de venados y conejos, (...) matamos diez venados con una lebrela y muchos conejos”. Un objetivo muy válido, pero que, para desgracia de los canes, podía acabar con ellos mismos en la cazuela. Y es que, si no atinaban a atrapar a la carrera a algún animalillo con el que poder hacer caldo, eran ellos los que eran asesinados en momentos de desesperación por los soldados y metidos entre pan y pan (o lo que allí hubiese, va-ya) para alimentarse.
BECERRILLO, EL PERRO CONQUISTADOR
De todos ellos, sin embargo, el principal fue Becerrillo, cuyo origen es algo miste-rioso. Y es que algunos cronistas conside-ran que nació en España y fue llevado posteriormente a las Américas mientras que, por su parte, otros afirman que era “criollo” (descendiente de europeos, pero nacido en suelo nativo). Curiosamente, una de las teorías más extendidas es que fue alumbrado en la Península y fue bauti-zado como “Becerrillo” porque con este término era con el que se conocía a los canes cuya función era cuidar del ganado. Con todo, lo que sí se conoce a la perfec-ción es que era un alano español, un tipo de animal que -según explica la Real So-ciedad Canina de España en su dossier “Alano español”- se ha caracterizado siem-pre por medir hasta 60 centímetros, pesar de media unos 40 kilogramos y tener una considerable fuerza. “Originario de la Pe-nínsula Ibérica, se tienen referencias de su existencia desde el Siglo XIV. Posiblemen-te descienda de los perros de presa traídos por los pueblos bárbaros tras la caída del Imperio romano”, añaden desde la susodi-cha organización. Esto es: un “bicho” de imponentes dimensiones que, entrenado, podía ser letal.
Becerrillo hacía honor a esta descrip-ción, pues -en palabras del historiador del siglo XVI Francisco López de Gómara- era “bermejo, bocinegro y mediano (…) y conocía a los amigos y no les hacía mal, aunque le tocasen”. De una opinión pare-cida era un cronista de la época que, aun-que permanece a día de hoy en el anoni-mato, es citado en el libro “Repertorio de Literatura y variedades” (editado por la imprenta del Repertorio de México): “Era su cuerpo de color castaño, menos el hocico, que era negro hasta los ojos, y su estatura mediana, sin tener nada de gar-bosa ni elegante; pero era vigoroso, audaz y muy inteligente”. Una vez más, existen diferentes opiniones en relación a sus primeros años en las Américas, pues son muchos los que afirman que luchó a las órdenes de Ponce de León. Sin embargo, parece ser que realmente estuvo bajo el cuidado de un conquistador llamado San-cho de Arango, quien se enorgullecía de ser su dueño debido a que era tan valioso que, tras cada contienda, recibía una bue-na paga: “Su entendimiento y denuedo le permitían ganar un sueldo para su amo de parte y media, la correspondiente a un ba-llestero. Su prestigio y eficacia tranquiliza-ban y daban ánimos en combate a quié-nes le acompañaban”, señala, en este caso, Céspedes.
En sus primeros años en las Américas, Becerrillo luchó contra los indios en el le-vantamiento que estos protagonizaron en Borinquén (actual Puerto Rico) demos-trando un gran valor. Por entonces, a su vez, ya sabía distinguir a las “indias” gua-pas de aquellas que no eran demasiado agraciadas. Así lo afirma, al menos, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, quien señala en su obra que “se quedaba estático contemplando a una india bella y le ladraba a las feas”. Un perro de los que se puede uno fiar, que se podría decir. No en vano López de Gómara decía de él que tenía la capacidad de distinguir entre las diferentes “razas” de indígenas, que hacía las veces de centinela como ningún otro soldado hispano y que no dudaba a la ho-ra de hacer, con su poderosa dentadura, que un combatiente de la Península vol-viese a su puesto si desertaba.
Además de ser bravo en batalla como el que más, las crónicas también dicen que Becerrillo era ecuánime y sabía distinguir perfectamente el bien del mal. Así lo de-mostró un famoso episodio sucedido des-pués de que la revuelta de dos famosos caciques locales de Puerto Rico fuese aplastada por los españoles. Concreta-mente, se cuenta que los conquistadores andaban por la región acompañados de este fiel can cuando encontraron a una anciana escondida tras unos matorrales. Lejos de acabar con su vida, el oficial al mando decidió entregarle una carta y le solicitó que se la llevara en mano a un líder local. Cuando se hallaba a distancia “de un disparo de ballesta” soltó a nuestro prota-gonista de sus ataduras. En creencia de que la prisionera se escapaba, el animal salió tras ella como alma que lleva el diablo hasta que la atrapó. Todo ello, jaleado por los hombres tras de sí, que le invitaban a acabar con su vida. La fuerza con la que la golpeó fue tal que la tiró al suelo. Sin em-bargo, cuando la mujer pensaba que iba a ser aniquilada entre sus fauces, le dijo: “Señor perro. Yo voy a llevar esta carta al señor. No me hagas mal, señor perro”. En contra de todo pronóstico, el can la olfateó brevemente y, casi entendiendo que tenía una misión ordenada por el oficial español, se “meó” sobre ella y volvió junto a sus dueños tranquilamente sin hacerle absolu-tamente nada.
LA MUERTE DE UN HÉROE
Sus últimos años, Becerrillo los pasó al lado del capitán Sancho de Arango. “Era este un castellano de los de pelo en pecho, arrojado y decidido. Hidalgo de buena ce-pa, que quería a su perro como querían los caballeros de espadón, con ferviente ido-latría”, determina el historiador del siglo XIX Cayetano Coll y Toste en su obra “Colección de leyendas de Puerto Rico”. El can le devolvía ese amor incondicional cuidando de él, como bien explica este fallecido experto en su obra: “No sabía una vez de su casa don Sancho de Arango, que Becerrillo no fuese delante del corcel en observación, como adalid que husmea el peligro, a la par que brincando y ladran-do de alegría”. Por descontado, y como ya había hecho anteriormente, el animal se mantenía alerta toda la noche por si algún desaprensivo se decidía a meterle un acero por donde molesta una berenjena a su dueño. Algo no muy recomendable si se quiere seguir con vida.
Al parecer, aquellos tiempos fueron feli-ces para nuestro protagonista. No obstan-te, todavía le quedaba luchar una última batalla. La misma que acabó con su vida. Esta se sucedió en 1514, año en que un grupo de nativos comandados por un caci-que local llamado Yaureybo asaltó la costa de Puerto Rico, cerca del poblado en el que vivían Arango y su mascota. El com-bate fue tan sangriento, y las defensas cristianas tan precarias, que el capitán decidió vestirse de guerra y acudir a la lu-cha junto a su perro al grito de “¡Santiago! ¡Santiago!”. No era para menos, pues sabía que la siguiente parada de los ene-migos sería la región en la que él vivía. En esa jornada, ambos, hombre y bestia, se batieron como auténticos leones. “Los ca-ribes eran numerosos y aguerridos y, aun-que don Sancho hacía hondas brechas entre ellos, fue herido en el muslo de dos violentos flechazos, a pesar de que pasó de parte a parte a su agresor”, añade Coll y Toste en su texto.
Becerrillo, al ver que su amo sangraba, no lo dudó y sacó fuerzas de flaqueza para salvarle, pues estaba rodeado de enemi-gos y no era sino cuestión de tiempo que se lo llevaran preso para hacer Dios sabe qué con él. “Mordió a diestro y siniestro, furiosamente. Parecía un dragón mitológico, más terrible que Cerbero, el guardador de las puertas del infierno y del palacio de Plutón”, añade el escritor. Aunque finalmente logró que Arango no fuese raptado, lo pagó caro, pues una flecha llena de veneno le impactó en el costado y acabó con su vida. Con la vida de un héroe perru-no que, según se dice, acudía a la batalla con una curiosa ar-madura de algodón elaborada para este tipo de animales. El capitán cayó con él. Sin embargo, la leyenda de este perro no acabó aquí, pues se cuenta que tuvo un hijo llamado Leon-cico que, hasta el final de su vi-da, fue propiedad de Vasco Nú-ñez de Balboa.
Manuel P. Villatoro - ABC_Historia
ABC - CIENCIA
Decenas -y de todo tipo de razas (mastines, galgos, sabuesos...)- fueron los canes que, guiados por conquistadores españoles como Juan Ponce de León, arribaron a las desconocidas costas del Nuevo Mundo y sirvieron obedientes a sus dueños en regiones como Florida o Puerto Rico. Con todo, de entre todos ellos hay uno cuyo nombre ha quedado graba-do con letras de oro en la Historia del Imperio Español. Este no fue otro que Becerrillo, un alano español que, además de acompañar a los militares, dejó este mundo en 1514 y se fue al “cielo de los perros” mientras luchaba -dientes mediante- contra decenas de nativos para liberar a su amo, el capitán Sancho de Arango. Curiosamente, y a pesar de que es uno de los animales más famosos de la conquista de América, la historia de este valiente can ha permanecido entre bambalinas hasta ahora. Sin embargo, es de menester referirse a ella después de que, el pasado miércoles, una perrita de las fuerzas de seguridad francesa, “Die-sel”, falleciese durante el asalto de la policía a un piso del municipio de Saint Denis (en las afueras de París).
LOS PERROS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA
A pesar de que la historia de dichos perros es de las más olvidadas de la época, lo cierto es que el destino de es-tos animales estuvo ligado al de los soldados de fortuna que se dirigían hacia en Nuevo Mundo desde que las tres carabelas cruzaron el Atlántico para colonizar la región. “Los canes peninsulares fueron introducidos en las Indias como acompañantes naturales de sus amos desde el segundo viaje de Colón. Les seguían los primeros caballos, cerdos, gallinas y cabras entre otros animales europeos”, explica Ricardo Piqueras Céspedes -Licenciado en Geografía e Historia y Doctor “cum laudem” en His-toria de América- en su dossier “Los perros de la guerra o el ‘canibalismo cani-no’ en la conquista”. Llevados en un principio a la zona con el objetivo de dar algún susto que otro a los nativos, estas “mascotas” no tardaron en demostrar su valía en combate. Con todo, no causa-ban el mismo pavor que podía generar un caballo en estos lugares (animal que desconocían hasta entonces), pues al otro lado del charco también había pe-rros, aunque de un tamaño mayor, más dóciles y menos sanguinarios. Así pues, los europeos acongojaban por su fiere-za.
De hecho, y tal y como afirma el fa-moso adiestrador y experto en historia canina Segio Grodsinsky, una de las pri-meras veces que los perros participaron en la lid en el Nuevo Mundo fue el 24 de marzo de 1495 en la actual Santo Do-mingo. Allí, Bartolomé Colón (el “herma-nísimo” del genovés) empleó 200 hom-bres, 20 caballos y 20 perros para darse de tortas contra los indios caribes. Des-de ese momento, estos animales se con-virtieron en un activo para los conquis-tadores a la hora de enfrentarse a los nativos y repartir espadazos. “Los perros fueron utilizados constantemente en combate durante toda la conquista, for-mando parte de la hueste, ya fuera en vanguardia como tropa de choque, lanzándolos contra las muchedumbres indí-genas para aprovechar el temor y des-concierto inicial o en retaguardia en la- bores defensivas del grupo de conquista a cargo de la guarda del ganado o de los enfermos, que siempre lastaban y retar-daban el avance principal del grupo”, determina, en este caso, el historiador español.
Pero la batalla no fue el único momento en el que se distinguieron estos animalitos de cuatro patas. Y es que, también eran idóneos para realizar lar-gas guardias nocturnas, evitar embos-cadas y “cazar” indígenas escondidos tras los setos. Algo, por otro raro, que no era extraño que hiciesen los lugareños, pues conocían perfectamente el terreno (por algo era su tierra) y aprovechaban cualquier escondrijo para dar un buen susto a los conquistadores. Esta curiosa labor fue detallada ampliamente por el cronista Fray Pedro de Aguado quien afirmó que, en 1534, varios canes salva-ron a un grupo de soldados de ser asesi-nados vilmente. “Llevaba unos perros consigo, los cuales, sintiendo el olor de los lugareños que estaban en la embos-cada, fueron hacia el arcabuco y, sin osar entrar dentro, comenzaron a ladrar y descubrieron la celada”. Allí estaban, agazapados y esperando, los enemigos. Por tanto, su colaboración evitó tener que llenar algún que otro ataúd de más. No en vano Cristóbal Colón señaló que no iría a ninguna parte sin ellos y que cada uno de estos lebreles valía como diez hombres.
Finalmente, los perros de los conquista-dores también eran usados, como no po-día ser de otra forma, para conseguir comi-da. Así lo recoge Bernal Díaz del Castillo, cronista de lo sucedido al otro lado del Atlántico: “Había mucha caza de venados y conejos, (...) matamos diez venados con una lebrela y muchos conejos”. Un objetivo muy válido, pero que, para desgracia de los canes, podía acabar con ellos mismos en la cazuela. Y es que, si no atinaban a atrapar a la carrera a algún animalillo con el que poder hacer caldo, eran ellos los que eran asesinados en momentos de desesperación por los soldados y metidos entre pan y pan (o lo que allí hubiese, va-ya) para alimentarse.
BECERRILLO, EL PERRO CONQUISTADOR
De todos ellos, sin embargo, el principal fue Becerrillo, cuyo origen es algo miste-rioso. Y es que algunos cronistas conside-ran que nació en España y fue llevado posteriormente a las Américas mientras que, por su parte, otros afirman que era “criollo” (descendiente de europeos, pero nacido en suelo nativo). Curiosamente, una de las teorías más extendidas es que fue alumbrado en la Península y fue bauti-zado como “Becerrillo” porque con este término era con el que se conocía a los canes cuya función era cuidar del ganado. Con todo, lo que sí se conoce a la perfec-ción es que era un alano español, un tipo de animal que -según explica la Real So-ciedad Canina de España en su dossier “Alano español”- se ha caracterizado siem-pre por medir hasta 60 centímetros, pesar de media unos 40 kilogramos y tener una considerable fuerza. “Originario de la Pe-nínsula Ibérica, se tienen referencias de su existencia desde el Siglo XIV. Posiblemen-te descienda de los perros de presa traídos por los pueblos bárbaros tras la caída del Imperio romano”, añaden desde la susodi-cha organización. Esto es: un “bicho” de imponentes dimensiones que, entrenado, podía ser letal.
Becerrillo hacía honor a esta descrip-ción, pues -en palabras del historiador del siglo XVI Francisco López de Gómara- era “bermejo, bocinegro y mediano (…) y conocía a los amigos y no les hacía mal, aunque le tocasen”. De una opinión pare-cida era un cronista de la época que, aun-que permanece a día de hoy en el anoni-mato, es citado en el libro “Repertorio de Literatura y variedades” (editado por la imprenta del Repertorio de México): “Era su cuerpo de color castaño, menos el hocico, que era negro hasta los ojos, y su estatura mediana, sin tener nada de gar-bosa ni elegante; pero era vigoroso, audaz y muy inteligente”. Una vez más, existen diferentes opiniones en relación a sus primeros años en las Américas, pues son muchos los que afirman que luchó a las órdenes de Ponce de León. Sin embargo, parece ser que realmente estuvo bajo el cuidado de un conquistador llamado San-cho de Arango, quien se enorgullecía de ser su dueño debido a que era tan valioso que, tras cada contienda, recibía una bue-na paga: “Su entendimiento y denuedo le permitían ganar un sueldo para su amo de parte y media, la correspondiente a un ba-llestero. Su prestigio y eficacia tranquiliza-ban y daban ánimos en combate a quié-nes le acompañaban”, señala, en este caso, Céspedes.
En sus primeros años en las Américas, Becerrillo luchó contra los indios en el le-vantamiento que estos protagonizaron en Borinquén (actual Puerto Rico) demos-trando un gran valor. Por entonces, a su vez, ya sabía distinguir a las “indias” gua-pas de aquellas que no eran demasiado agraciadas. Así lo afirma, al menos, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, quien señala en su obra que “se quedaba estático contemplando a una india bella y le ladraba a las feas”. Un perro de los que se puede uno fiar, que se podría decir. No en vano López de Gómara decía de él que tenía la capacidad de distinguir entre las diferentes “razas” de indígenas, que hacía las veces de centinela como ningún otro soldado hispano y que no dudaba a la ho-ra de hacer, con su poderosa dentadura, que un combatiente de la Península vol-viese a su puesto si desertaba.
Además de ser bravo en batalla como el que más, las crónicas también dicen que Becerrillo era ecuánime y sabía distinguir perfectamente el bien del mal. Así lo de-mostró un famoso episodio sucedido des-pués de que la revuelta de dos famosos caciques locales de Puerto Rico fuese aplastada por los españoles. Concreta-mente, se cuenta que los conquistadores andaban por la región acompañados de este fiel can cuando encontraron a una anciana escondida tras unos matorrales. Lejos de acabar con su vida, el oficial al mando decidió entregarle una carta y le solicitó que se la llevara en mano a un líder local. Cuando se hallaba a distancia “de un disparo de ballesta” soltó a nuestro prota-gonista de sus ataduras. En creencia de que la prisionera se escapaba, el animal salió tras ella como alma que lleva el diablo hasta que la atrapó. Todo ello, jaleado por los hombres tras de sí, que le invitaban a acabar con su vida. La fuerza con la que la golpeó fue tal que la tiró al suelo. Sin em-bargo, cuando la mujer pensaba que iba a ser aniquilada entre sus fauces, le dijo: “Señor perro. Yo voy a llevar esta carta al señor. No me hagas mal, señor perro”. En contra de todo pronóstico, el can la olfateó brevemente y, casi entendiendo que tenía una misión ordenada por el oficial español, se “meó” sobre ella y volvió junto a sus dueños tranquilamente sin hacerle absolu-tamente nada.
LA MUERTE DE UN HÉROE
Sus últimos años, Becerrillo los pasó al lado del capitán Sancho de Arango. “Era este un castellano de los de pelo en pecho, arrojado y decidido. Hidalgo de buena ce-pa, que quería a su perro como querían los caballeros de espadón, con ferviente ido-latría”, determina el historiador del siglo XIX Cayetano Coll y Toste en su obra “Colección de leyendas de Puerto Rico”. El can le devolvía ese amor incondicional cuidando de él, como bien explica este fallecido experto en su obra: “No sabía una vez de su casa don Sancho de Arango, que Becerrillo no fuese delante del corcel en observación, como adalid que husmea el peligro, a la par que brincando y ladran-do de alegría”. Por descontado, y como ya había hecho anteriormente, el animal se mantenía alerta toda la noche por si algún desaprensivo se decidía a meterle un acero por donde molesta una berenjena a su dueño. Algo no muy recomendable si se quiere seguir con vida.
Al parecer, aquellos tiempos fueron feli-ces para nuestro protagonista. No obstan-te, todavía le quedaba luchar una última batalla. La misma que acabó con su vida. Esta se sucedió en 1514, año en que un grupo de nativos comandados por un caci-que local llamado Yaureybo asaltó la costa de Puerto Rico, cerca del poblado en el que vivían Arango y su mascota. El com-bate fue tan sangriento, y las defensas cristianas tan precarias, que el capitán decidió vestirse de guerra y acudir a la lu-cha junto a su perro al grito de “¡Santiago! ¡Santiago!”. No era para menos, pues sabía que la siguiente parada de los ene-migos sería la región en la que él vivía. En esa jornada, ambos, hombre y bestia, se batieron como auténticos leones. “Los ca-ribes eran numerosos y aguerridos y, aun-que don Sancho hacía hondas brechas entre ellos, fue herido en el muslo de dos violentos flechazos, a pesar de que pasó de parte a parte a su agresor”, añade Coll y Toste en su texto.
Becerrillo, al ver que su amo sangraba, no lo dudó y sacó fuerzas de flaqueza para salvarle, pues estaba rodeado de enemi-gos y no era sino cuestión de tiempo que se lo llevaran preso para hacer Dios sabe qué con él. “Mordió a diestro y siniestro, furiosamente. Parecía un dragón mitológico, más terrible que Cerbero, el guardador de las puertas del infierno y del palacio de Plutón”, añade el escritor. Aunque finalmente logró que Arango no fuese raptado, lo pagó caro, pues una flecha llena de veneno le impactó en el costado y acabó con su vida. Con la vida de un héroe perru-no que, según se dice, acudía a la batalla con una curiosa ar-madura de algodón elaborada para este tipo de animales. El capitán cayó con él. Sin embargo, la leyenda de este perro no acabó aquí, pues se cuenta que tuvo un hijo llamado Leon-cico que, hasta el final de su vi-da, fue propiedad de Vasco Nú-ñez de Balboa.
Manuel P. Villatoro - ABC_Historia
ABC - CIENCIA
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