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lunes, 15 de agosto de 2016

BREVE RESEÑA HISTÓRICA LA BANDERA NACIONAL



El Día de la Bandera, desde el 30 de julio de 1924, se celebra el 17 de agosto en conmemoración del aniversario de creación de la primera bandera boliviana, el año 1825, y fue instituida durante el gobierno de Manuel Isidoro Belzu.

La bandera nacional de Bolivia conocida como “la Tricolor”, es el principal símbolo de nuestro país, consta de tres franjas horizontales de la misma anchura y dimensiones. Las tres franjas horizontales, con el rojo en la parte superior de la misma ocupando un tercio parte del ancho de la bandera, amarillo en el medio ocupando igual de ancho y verde abajo, ocupando el último tercio.

LA PRIMERA BANDERA DE BOLIVIA
La primera bandera de Bolivia se creó a los 11 días -17 de agosto- después de la declaración de la independencia, el 6 de agosto en 1825. Según una ley de la asamblea de la nueva República de Bolívar, esta bandera tenía la siguiente descripción: La bandera nacional será bicolor, verde y punzó; el campo principal será punzó, y a uno y otro costado irán colocadas dos fajas verdes del ancho de un pie; sobre el campo punzó se colocarán óvalos verdes, formados de ramas de olivo y laurel, uno en el medio y cuatro en los costados, y dentro de cada uno de estos óvalos se colocará una estrella de color de oro

LA SEGUNDA BANDERA DE BOLIVIA
La segunda bandera fue creada el 25 de julio de 1826 durante la presidencia del mariscal Antonio José de Sucre, mediante una ley dispuso su cambio; a través del único artículo se exponía lo siguiente:
La bandera nacional será la misma que designó la Asamblea General en la Ley de 17 de agosto, poniéndose en lugar de las cinco estrellas de oro, una faja amarilla superior, y las armas de la República al centro, dentro de dos ramas de olivo y laurel.

LA BANDERA ACTUAL
En 1851, el entonces presidente de Bolivia Manuel Isidoro Belzu, viajaba a caballo desde la ciudad de La Paz hacia Oruro para asistir al Congreso Nacional convocado por él, para analizar el concordato con la Santa Sede negociado por el mariscal Andrés de Santa Cruz. En las cercanías de la comunidad de Pasto Grande, Belzu divisó un arco iris que resplandecía bajo el cielo cuyos colores predominantes eran el rojo, amarillo y verde.
La franja roja debía ir en la parte superior, al centro la amarilla (color oro) y la verde en la parte inferior, oficializando así el diseño y los colores de la bandera.


domingo, 14 de agosto de 2016

La Capitulación de Eustaquio Méndez




«Cuando yo creía, pues, que mis sacrificios por la patria, fuesen el descanso de mi edad mayor, antes de llegar a ella, veo mi buen nombre anublado; mi persona rebajada, y retozar a mis enemigos sobre mis méritos».
(Eustaquio Méndez).

Dos eran los bandos que se formaron en 1825 para definir la pertenencia de Tarija a las Provincias Unidas del Río de La Plata o a la naciente República de Bolivia. En pro de la causa boliviana, los coroneles Bernardo Trigo y Eustaquio Méndez fueron las figuras centrales en aquel momento crítico que tuvo como epílogo la incorporación de Tarija a Bolivia; pero que, con esta acción, se ganaban desde entonces la antipatía de algún sector de la historiografía que suele de vez en cuando aflorar derramando lodo sobre los méritos de ambos combatientes de la guerra por la independencia.
Cuando en 1980 vio la luz pública el tomo V de aquella valiosa obra que bajo el rubro: Güemes documentado, fuera impresa en Buenos Aires, entre las págs. 419-421 se reproducía la carta que La Serna dirigió a Pezuela en nov. 3 de 1818, y por la que su editor, Luis Güemes, no pierde la ocasión para calificar la conducta de Méndez como de traición. Haciendo eco de aquel desliz, no faltan quienes aún, como el coro de las tragedias griegas, repiten hasta el cansancio que Méndez traicionó a la patria, sin importar los sacrificios que padeció a través de la guerra y que la muerte, como una sombra, lo acechara persistentemente. Nada cuenta, pues, para ellos, que fueran sus bienes saqueados y su casa incendiada; tampoco que sus padres vivieran ocultos en una cueva y mucho menos que un sobrino perdiera la vida; claro está, porque en la hora postrera de la lucha emancipadora fuera el alma de la incorporación de Tarija a Bolivia, para mal de quienes no ven la historia tarijeña sino desde una perspectiva pro-argentina.
Pero a decir verdad Méndez no fue un traidor. Tampoco la carta de La Serna es prueba irrefutable de aquella aseveración.
Es un hecho que Méndez abandonó la guerra en 1818 y que La Serna lo tentó entonces para que formara parte de su ejército, ya que, tras mencionar la entrega de armas y el retiro de su gente a las haciendas, dice: «En vista, pues, de esto y de las ventajas que son de esperar en favor de las armas del rey, he concedido al referido Méndez a nombre de S. M. el empleo de teniente coronel de milicias con sueldo de ochenta pesos mensuales…». Y si dice que a sus sobrinos, los Segovia, les concedió treinta pesos mensuales, también aclara: «Para ello tengo dadas mis órdenes al coronel Vigil, gobernador de Tarija…». En ningún caso consta que fueran aceptadas las ofertas, de otro modo no diría La Serna: «…de este modo será más fácil se decidan con entusiasmo a defender con las armas en las manos la justa causa del rey». De haber aceptado el empleo de teniente coronel y el sueldo respectivo, resultaría incongruente que en vez de ser destinado para combatir a los patriotas, fuera despachado a su hacienda para cultivar la tierra, cuando todavía faltaba buen tiempo para finalizar la guerra.
Por la información que nos ofrece la carta, resulta más coherente hablar de capitulación que de traición; lo que se ajusta, entre otras fuentes, a la que el propio Méndez dirigió al Teniente Gobernador Político Militar de Tarija, jun. 8 de 1826, en la que al rememorar sus acciones de guerra dice que capituló.
Ya desde aquel fatídico 1816, cuando La Serna se encontró en Tarija con su ejército, pudo constatar los innumerables aprietos ocasionados por Méndez a los realistas, por lo que no omitió desde entonces ningún esfuerzo para lograr su adhesión: «Desde que a fin del año [1]816 estuve en la provincia de Tarija, me propuse no omitir medio alguno para atraer a la justa causa que defendemos al caudillo Méndez, que por su influencia con los habitantes de aquella provincia, sostenía con vigor y con fuerza armada el sistema de la rebelión». Aunque no se conoce ninguna comunicación intercambiada entre ambos, con toda probabilidad La Serna le dirigió una carta en términos similares que a la de Uriondo, más sin lograr persuadirlo. Lo que sí consta es que poco después Méndez le tendió un cerco, del que no logró salir sin antes haber comprometido su palabra para dejar sin efecto los tributos que pagaban los naturales de Tarija. Los pormenores del hecho son conocidos por el relato de Francisco Burdett O’Connor:
En la época de la guerra tuvo sitiados en la ciudad de Tarija al Virrey La Serna y todos los Jefes y tropa del Ejército realista, capitulados después en Ayacucho. No les dejaba entrar ganado ni comestible alguno de las inmediaciones; en el punto llamado Las Barrancas entre Tarija y San Lorenzo, quitaba los contingentes que venían de Tupiza para las tropas realistas, escoltados siempre por una compañía de Cazadores. El General José Miguel de Velasco, que fue capitán de una de esas compañías, y más tarde Presidente de Bolivia, me refirió toda esa historia y esas proezas y la manera como el Coronel Méndez le quitó en una ocasión a él y a su compañía todo el contingente que traía, en aquellas célebres Barrancas de Tarija.
El Virrey, viéndose ya sumamente estrechado por este valiente e infatigable guerrillero patriota, le llamó un día y le dijo que pidiese la gracia que quisiera, a cambio de que levantase el sitio de la plaza y le dejase entrar víveres. “Muy bien, señor Virrey, si es así, le respondió el heroico Méndez, yo no pido otra cosa sino que se digne suspender el tributo que paga el paisanaje de mi tierra, y yo suspendo el sitio y dejo entrar todo lo que guste”.
Es desde ese día, que se suspendió el tributo en Tarija, lo que se debió pura y exclusivamente a Méndez.
La Serna por fin abandonó Tarija en el 17 de diciembre, encontrándose dos días más tarde en Tupiza, su cuartel general, desde donde pasó a Salta.
Entre tanto, Araoz de La Madrid se introdujo en territorio de Charcas y el 15 de abril de 1817, derrotaba a los realistas, apoderándose de Tarija. No obstante, las fuerzas realistas recuperaron esta plaza poco después y desde entonces combatieron sistemáticamente a los patriotas tarijeños, derrotándolos.
En junio 19 de 1818, La Serna informaba al presidente interino del Cuzco:
Los caudillos Rojas, Uriondo y Méndez, reunidos en las Salinas y puntos inmediatos, han sido batidos y derrotados completamente en repetidos encuentros por el coronel Vigil, siendo sus resultados el haberles cogido diecisiete prisioneros, entre ellos dos oficiales, una bandera, una carga de municiones, dos cargas de equipajes, veinte cabalgaduras ensilladas y quinientas cabezas de ganado vacuno. Sin más perdida de nuestra parte que la de cuatro heridos.
Estas y otras incursiones desarrolladas contra los patriotas permitieron a los españoles controlar el territorio de Tarija. Méndez recordaría más tarde la situación difícil por la que atravesaba entonces, y por la que capituló: «…que Méndez viéndose gravemente herido, con una bala en el pecho; sin armas, sin municiones, sin auxilio, sin recurso y a la barba del enemigo, capituló con el señor General La Serna. ¿Pero qué capitulaciones? Las más honrosas a la Patria y al partido de su comando» (jun. 8, 1826).
La Serna, para llegar a un acuerdo con Méndez, dio una serie de instrucciones al coronel Vigil, quién empleó «…para tan importante objeto su conocido celo y acreditada actividad y prudencia cumpliendo a satisfacción mía cuantas órdenes y prevenciones le había hecho para la ejecución de la empresa». Se contó además con la mediación del Pbro. Joseph Francisco de los Reyes, muy amigo del héroe. Éste sacerdote es un personaje poco conocido, pero que sin embargo desempeñó un papel muy importante durante la guerra por la emancipación, colaborando a los patriotas desde su curato de San Lorenzo.
La noticia de la capitulación también llegó a Belgrano, pues dice éste en una carta dirigida a Juan Martín de Pueyrredón, Supremo Director de las Provincias Unidas de Sud América, en ene. 10 de 1819:
Este [Méndez] es un individuo que ha servido a la Patria con honor y heroicidad con gente armada en persecución del tirano, y, aunque hoy ha capitulado con él por motivos que ha creído justos y prudentes, puede sernos, sin embargo, de gran utilidad posteriormente…
La ausencia de Méndez en los años posteriores, es una consecuencia de su capitulación.

Tarija, abril 14 de 2016

sábado, 13 de agosto de 2016

Con pintura y música recordarán fundación de Cochabamba

El Concejo Municipal y la Alcaldía de Cochabamba han preparado para este domingo 14 un programa de actividades culturales para celebrar los 445 años de la fundación de esta ciudad.

Cochabamba fue fundada el 15 de agosto de 1571, con el nombre de Villa de Oropesa, por el capitán español Gerónimo de Osorio.



PROGRAMA La secretaria municipal de Cultura, Ninoska Lazarte, informó que este domingo la plazuela Gerónimo de Osorio será el escenario en el que se celebrará una Feria de Comida Tradicional de la Cochabamba del siglo XIX, desde las 7:00 hasta las 17:00.

También desde las 7:00 de la mañana, la plazuela acogerá una exposición de las pinturas más antiguas que tiene la ciudad. A las 19:00, en el mismo lugar habrá una verbena popular conmemorativa, con la presencia de grupos musicales como Amaru, Voltaje, dijo el presidente del Concejo Municipal de Cochabamba, Édgar Gainza.

Otro de los escenarios para conmemorar la fundación de la ciudad será el teatro al aire libre Ulises Hermosa que, desde las 21:00 del mismo domingo, albergará una serenata con la participación musical de Tambó Tambó, Yuri Ortuño y María Juana, entre otros artistas.

Ya el lunes 15, día del aniversario, se realizará el traslado de los restos de don Gerónimo de Osorio, la ofrenda floral, la sesión especial del Concejo Municipal en conmemoración a los 445 años de la fundación, la Columna de Honor y el paseo de La Alameda.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La otra cara del Libertador

Faceta íntima. La figura de Simón Bolívar se ganó muchos afectos y odios, así como muchos admiradores y detractores; a raíz de su personalidad irreverente y las pasiones que alimentó durante su vida.

“Son los pueblos los que deben escribir sus anales y juzgar a sus grandes hombres. Venga, pues, sobre mí, el juicio del pueblo colombiano; es el que yo quiero, el que apreciaré, el que hará mi gloria”.

Cuando Simón Bolívar pronunció estas palabras, allá por el año 1828 – y que ahora conocemos gracias al Diario de Bucaramanga– ya estaba lidiando con las desventajas de ser una figura pública, tratando de ignorar los picarescos relatos sobre su afición a las mujeres, las quejas por su mal carácter y las calumnias dañinas a su imagen de héroe.

A diferencia de las versiones más difundidas, las que se recopilan aquí buscan mostrar la faceta más personal del Libertador, una que no es necesariamente halagadora, pero que recuerda que Bolívar, además de figura mítica, fue un ser humano con innegables virtudes e inocultables defectos.

DESDE EL HOGAR

En “Historia secreta de Bolívar”, el poeta y escritor colombiano Ismael López, conocido en el mundo literario como Cornelio Hispano, describe a la alta sociedad caraqueña de principios del siglo XIX –en la que Bolívar se crió– como una despreocupada por el decoro.

Inspirados en las demostraciones de afecto q ue desplegaban condes, autoridades y ¡hasta curas! hacia las bellas damas venezolanas, los miembros de la aristocracia hacían circular escandalosos relatos, de los que no se salvaba ni Juan Vicente Bolívar y Ponte, –padre de Simón, a quien no llegó a conocer porque falleció cuando este tenía solo dos años– famoso por sus muchas aventuras extramatrimoniales.

A los nueve, Simón perdió a su madre –atacada por el mismo mal que se llevó a su marido, tuberculosis– tras lo cual su custodia y la de sus tres hermanos pasó varios a parientes a través del tiempo.

Aún con la irregularidad de sus tutores, a través de la lectura de su correspondencia, los historiadores deducen que la infancia y adolescencia de Bolívar fueron periodos tranquilos y felices, con la educación y lujos propios de las familias más adineradas.

LOS PRIMEROS AMORES

En una compilación de Julio García, Thomas Rourke describe una ocasión en la que un jovensísimo Bolívar, conversando con su maestro Simón Rodríguez, parecía poco interesado en los sucesos políticos de la región, ya que “estaba entonces muy absorbido por sus líos de amor con sus hermosas primas, las Aristeguieta”, agregando que el prematuro galán habría “gozado de los favores de todas ellas”, conocidas para la historia como Las Nueve Musas.

Alrededor del año 1798, cuenta Rourke, Bolívar tuvo su primera aventura sexual internacional, a los 15 años y con una mujer que además de ser casada, lo doblaba en edad. Se trataba de “la Güera Rodríguez”, famosa en la ciudad de México por su belleza y sus habilidades amatorias.

Ya en España, adonde se trasladó para continuar sus estudios, el enamoradizo adolescente conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, de quien se enamoró al punto de pedir su mano en matrimonio, con solo 17 años de edad. Prudentemente, el padre de la novia les pidió esperar al menos hasta que Simón alcanzara la mayoría de edad (ella ya tenía 19).

Así, en mayo de 1802, Bolívar pudo finalmente unirse a su amada, descrita como una persona dulce y suave.

“La esposa del Libertador, sin ser bella, dice O’Leary, atraía por la dulzura de su carácter y su esmerada educación. Contaba con algunos años más que Bolívar, quien, vehemente en todos sus afectos, fue amante tan apasionado como amigo cariñoso, y veía en Teresa, según sus propias palabras, una joya sin tacha, de inestimable valor”, rescata Cornelio Hispano en su obra mencionada.

Sin embargo, la felicidad no duró; presa de la fiebre amarilla, María Teresa falleció el 22 de enero de 1803, dejando a Bolívar viudo a los 19 años de edad.

Se cree que fue en este doloroso duelo que el Libertador juró no volver a casarse, cosa que cumplió, aunque más de una vez se lo prometió a una dama.

POSIBLES ERRORES

Una vez oficial de su ejército, pero depuesto por traición, José de la Riva Agüero publicó en 1855 un libro que, según el análisis de Juan Carlos Vela en su blog, presentó a Bolívar como un ser despreciable y a sí mismo como una “víctima” del proceso emancipatorio por lo que conviene leer con recelo sus apreciaciones sobre el Libertador.

Entre otras cosas, Riva acusa a Bolívar de adherirse a la causa de la independencia para evadir el pago de una deuda a la real hacienda, de robar riquezas a Perú y de disponer de todos los recursos bajo su responsabilidad, para adular a amantes y premiar a seguidores.

Con detalle, relata también una desagradable reunión en la que Bolívar habría alabado en voz alta las cualidades que la esposa de un general le había demostrado la noche anterior, y cuando este apareció en el salón, el Libertador le entregó, a la vista de todos los invitados, el collar que la mujer había dejado en su habitación tras el affaire.

EL CONQUISTADOR

Si hay algo en lo que concuerdan todas las biografías y relatos sobre el Libertador es en su gran afición a las mujeres. “Bolívar ardió por las dos cosas más bellas del mundo: la Gloria y el Amor”, señala Hispano, poéticamente.

Este rasgo de su personalidad, celebrado por algunos, causó mucha impopularidad entre otros, que condenaban la ligereza que Bolívar demostraba en algunas decisiones estratégicas en el campo de batalla, situaciones descritas con detalle por el General Villaume, uno de sus más férreos críticos.

Con el mismo fervor con el que lideró la lucha por la emancipación de los países latinoamericanos, se entregó al incontable número de mujeres que compartieron su lecho, de las cuales algunas destacaron, por diversos motivos.

Teresa de Jesús, la “dulce Teresa”, identificada a veces como Fanny du Villars, fue la confidente y amiga que Bolívar necesitó para no perderse en los excesos de París. Se cuenta que se aficionó tanto a las mesas de juego que una vez, junto a su suegro, Don Fernando Toro, perdieron una suma tan fuerte que Fanny tuvo que pedir ayuda a su esposo.

Josefina Madrid, más conocida como Pepita Machado, fue la influencia negativa en los nombramientos arbitrarios para puestos en instituciones y el ejército; por lo que no es recordada con agrado por los historiadores.

Cómo no mencionar a Manuelita Madroño, la hermosa adolescente de Huaylas (Perú) que encandiló a Bolívar por seis meses; y de quien se dice que, ya anciana, sin haber querido a nadie más, cuando los jóvenes del pueblo le preguntaban “¿cómo está la vieja de Bolívar?”, ella, con una pícara sonrisa contestaba “como cuando era la moza”.

Pero ninguna mujer marcó y amó tanto al Libertador como Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador como le decía él mismo, y como es reconocida en la actualidad. Brillante, independiente, autodeterminada, atractiva y valiente como pocas, Manuela no solo fue compañera sentimental de Bolívar, sino que acompañó activamente la lucha libertaria, al punto de pedirle que, a la manera de tener una hija de ambos, diera la independencia a nuestro país.

Opacada su figura por el escándalo de amar a Simón estando casada –con un inglés que la adoraba, pero a quien no correspondía, por ser “un hombre que reía sin reír y respiraba sin vivir”, al punto de sugerirle que se casaran en el cielo, porque en la tierra ella sería de Bolívar– y sus modales “poco femeninos”, Manuela ha sido de a poco reivindicada en la historia.

Por sus extravagantes, polémicas y fuertes personalidades, tanto Manuelita Sáenz como Simón Bolívar generaron amores y odios que, con el paso del tiempo y las dinámicas propias de la historia oral, nos han legado relatos y chismes que no podemos ignorar, pero sí leer a la luz del intelecto y el discernimiento que tantos siglos de evolución nos han tenido que enseñar.

El pasado prehistórico desconocido de Bolivia



Bolivia es el resultado de una fusión de culturas.

El territorio que hoy ocupa nuestro país fue el escenario para el surgimiento, desarrollo y desaparición de grupos humanos o sociedades que, en determinados casos y épocas, llegaron al rango de civilizaciones.

Durante siglos, el conocimiento sobre esas culturas estuvo opacado —y quizás hasta oculto— por un historicismo cuya finalidad era mantener un orden que, por una parte, se basaba en el acatamiento de las normas religiosas y, por otra, en la obediencia al monarca. La historiografía, entonces, se armaba sobre la base de la fe en Dios, como supremo creador del Universo, y un estilo fuertemente influenciado por los autores homéricos. Los cronistas que recogieron la información oral sobre los pueblos que habitaban o habitaron esta parte del continente antes de la llegada de los españoles tenían una visión fuertemente influenciada por la sociedad conquistadora quizás debido a que esta llegó de la mano de la evangelización.

Aunque de origen indio, el cronista Phelipe Guamán Poma de Ayala no pudo sustraerse a esa influencia ni siquiera cuando le escribió una carta al rey de España de su tiempo, Felipe III, quejándose por los excesos de sus funcionarios y proponiéndole instaurar en las colonias un modelo administrativo basado en el Tawantinsuyo. La carta viene a ser una especie de conclusión del “Primer nueva corónica i buen gobierno” (Su título original es así: corónica en vez de crónica), un libro manuscrito de casi 1.190 páginas y 398 ilustraciones que fue descubierto en 1908 en la Biblioteca Real de Copenhague.

En el marco de su visión religiosa, fue él quien refirió que los primeros habitantes de estas tierras eran descendientes de Noé o quizás del mismo Adán:

"Mandó Dios salir desta tierra, derramar y multiplicar por todo el mundo. De los hijos de Noé, destos dichos hijos de Noé, uno de ellos trajo Dios a las Yndias; otros dizen que salió del mismo Adán. Multiplicaron los dicho[s] yndios, que todo lo saue Dios y, como poderoso, lo puede tener aparte esta gente de yndios".

Ese tipo de creencias se equipara perfectamente con las versiones sobre la creación del mundo que manejan otros cronistas como Juan de Betanzos, citado por el boliviano Roy Querejazu Lewis, en “Bolivia prehispánica”, quien señala que “en los tiempos antiguos, dicen ser la tierra y provincia del Perú oscura y que en ella no había lumbre ni día. Que había en este tiempo cierta gente en ella, la cual gente tenía cierto Señor que le mandaba y a quien ella era sujeta. Del nombre de esta gente y del señor que la mandaba no se acuerdan. Y en estos tiempos que esta tierra era toda noche, dicen que salió de una laguna que es en esta tierra del Perú en la provincia que dicen de Collasuyo, un señor que llamaron Con Ticci Viracocha, el cual dicen haber sacado consigo cierto número de gentes del cual número no se acuerdan. Y como este hubiese salido de esta laguna, fuese de allí a un sitio que es junto a esta laguna, que están donde hoy día es un pueblo que llaman Tiahuanacu, en esta provincia ya dicha del Collao; y como allí fuese él y los suyos, luego allí de improviso, dicen que se hizo el sol y el día, y que al sol mandó que anduviese por el curso que anda; y luego dicen que hizo las estrellas y la luna”. Aunque admite su carácter fantasioso, Querejazu cierra el capítulo sobre los mitos andinos afirmando que “lo más importante de todo ello es la insistente mención que se hace del Collasuyo, de la isla del sol en el Lago Titicaca y de Tiahuanaco. Pese a la falsificación de su historia, a partir de Pachacutec Inca Yupanqui, los Incas no pudieron ocultar del todo que su origen era incuestionablemente colla”.

Esa última afirmación podría ser válida para la sociedad inca, cuya antigüedad ya ha sido cuestionada, pero no para las demás culturas que habitaron el territorio que hoy es Bolivia.

Independientemente de su origen, la mayoría de los cronistas refiere la existencia de pueblos anteriores a incas y collas de cuya existencia supieron por relatos de los ancianos. Así, Pedro Cieza de León afirma que “yo tengo que ha muchos tiempos y años que hay gentes en estas Yndias, según lo demuestran sus antigüedades y tierras tan anchas y grandes como han poblado” y el ya mentado Guamán Poma de Ayala incluso menciona a los wari wiracocha runa como “primer generación de yndios del multiplico de los dichos españoles que trajo Dios a este rreyno de las Yndias, los que salieron de la arca de Noé, deluuio (del diluvio)”.

La excesiva relación de su prehistoria incaica con la Biblia ha sido una de las razones de los ataques a la “Corónica” pero, ya con las luces de nuestro tiempo, Guamán no sólo es disculpado sino que ya se entiende mejor la visión que tenía cuando escribió tan monumental obra. Ramiro Condarco, por ejemplo, dice que “Guamán Poma confirma así que los primeros habitantes de los Andes Centrales fueron hijos de una época diluvial, no por influencia del credo católico, sino por hallarse conforme a la tradición de sus mayores”. Sin ser indio, Cieza de León también hace referencia al diluvio: “cuentan esas naciones que antiguamente, muchos años antes [que hubiese incas] estando las tierras muy p[obladas de gentes, que vino] tan gran diluvio y tormenta que, [saliendo la mar de sus límites] y curso natural, henchió [toda la tierra de agua de] tal manera que toda la gente [pereció, porque allegaron] las aguas hasta los más alt[os montes de toda la se]rranía”.

Por tanto, mal se puede hablar de las culturas prehispánicas bolivianas limitándose a aquellas que existían o subsistían en el momento de la llegada de los españoles.

Lo que corresponde, quizá, es determinar su antigüedad para tener un punto de partida que es necesario en cualquier investigación histórica.

Comunicólogos como Luis Ramiro Beltrán, Karina Herrera, Esperanza Pinto y Erick Torrico advierten que “no hay consenso respecto del origen y antigüedad de las primeras civilizaciones que ocuparon lo que hoy es Sudamérica” y las diferentes dataciones, así sea estimativas, de los historiadores respaldan esa afirmación. Así mientras Teresa Gisbert dice que “la antigüedad del hombre en América se estima en más de 40.000 años”, Querejazu cree que la primera cultura suramericana “tendría más de 30.000 años de antigüedad”.

En lo que sí parece existir consenso es en aceptar la teoría inmigracionista como la más válida para explicar el origen del hombre americano. Desde Guamán Poma de Ayala (destos dichos hijos de Noé, uno de ellos trajo Dios a las Yndias) hasta Mesa y Gisbert “se admite que fueron diversas migraciones las que poblaron el continente americano, señalándose para ello dos vías: a) el estrecho de Behring, que une Asia con Alaska, y que fue por donde pasaron los primeros cazadores y recolectores después de la última glaciación; y b) la migración marítima a través del Océano Pacífico…”.

Condarco resuelve la controversia de manera directa: “No existe en nuestro continente ningún biotipo humano de antigüedad prehistórica que pueda considerarse genuinamente americano. Esto quiere decir que, en sentido estricto, no es científicamente correcto hablar del hombre americano como característico poblador y portador de todas las diversas regiones del continente, puesto que aquí encontramos los más diferentes biotipos en posesión de las más distintas culturas de la antigüedad prehistórica y protohistórica”.

Entonces, los primeros hombres que poblaron América llegaron desde otro continente pero no de uno o algunos lugares sino de varios y, en virtud a ello, desarrollaron diferentes tipos de culturas luego de establecerse en estas tierras.

Diversas culturas
Citando a investigadores como Remy Cottevieille - Giraudet, Paul Rivet y José Imbelloni, Condarco menciona hasta 17 biotipos de los primitivos pobladores americanos pero destaca cuatro como los dominantes en los diferentes estudios: el asiático de tipo mongoloide, el oceánico, el esquímido y el blanco. Acerca de este último aclara que se trata del blanco antes de la conquista española, “el tipo blanco de origen nativo, ya que existen diversas pruebas de carácter histórico, como el testimonio registrado por Pedro Pizarro de acuerdo con el cual existían entre los inkas personajes tan ‘blancos, que de blancos no se veían’”.

Debido a ello, es fácil entender que en el territorio que hoy es Bolivia existió una variedad de biotipos que, a su vez, se tradujo en una diversidad de sociedades humanas. “En realidad, el antiguo territorio de la vieja Charcas, hoy Bolivia, presentó, a lo largo de la llamada edad de piedra, en lo que a filiación antropofísica concierne, el carácter de un mosaico étnico, o racial si se quiere, y en lo que concierne a la naturaleza histórico-cultural de sus poblaciones prehistóricas, el igualmente progresivo aspecto pluricultural que caracterizó su permanencia hasta el arribo de la historia escrita impuesta por la conquista hispánica en los Andes Centrales”, sentencia Condarco.

Sobre esa base, el punto de partida para cualquier investigación historiográfica parece ser el viscachanense, nombre que se utiliza para designar a los hombres que vivieron en el que Gisbert denomina “período pre-cerámico y pre-agrícola (que) corresponde (a) la industria lítica de Viscachani, y a la que los investigadores adjudican una antigüedad de varios milenios”.

Pero esos varios milenios no están del todo determinados.

Mientras Querejazu divide las culturas sudamericanas en cuatro, ubicando al viscachanense I en la segunda, Condarco prefiere utilizar la clásica división lítica; es decir, la establecida por la manufactura de herramientas de piedra. En ese sentido, este último coloca al viscachanense I en el paleolítico inferior, al viscachanense II en el paleolítico medio y a otra cultura, el ayampitinense, en el paleolítico superior.

Querejazu no se limita a clasificar a esos pueblos por su producción lítica sino que también describe sus características culturales. Así, refiere que el viscachanense I contaba de dos en dos mientras que el ayampitinense de Viscachani, que vivía en casitas redondas, tenía un conteo predecimal y hacía “combinaciones varias antes de llegar a diez”.

Sobre la base de Viscachani, Gisbert ofrece un cuadro cronológico de la época prehispánica que le da a esa cultura una antigüedad de entre 10.000 a 8.000 años a. de C. pese a que Querejazu afirmó antes, citando análisis de carbono 14, que la viscachanense II podía ubicarse entre 16.000 a 14.000 años antes de nuestra era.

En el cuadro no están los ayampitinenses y la primera referencia a una cultura oriental es la del Montículo Velarde, entre 700 y 1000 d. de C. pero, por lo demás, está tan bien hecho que basta darle una mirada para tener una idea de cómo fue la época prehispánica en Bolivia (ver cuadro No. 1).
Un cuadro igualmente didáctico es el que Javier Escalante ofrece en las primeras páginas de su “Guía arqueológica de Bolivia” que, si bien no incluye a urus ni ayampitinenses, por lo menos pone a una genérica cultura amazónica con una antigüedad similar a la de Viscachani.

Los urus, que aparecen a lo largo de todos los períodos en el cuadro de Gisbert, constituyen una cultura fascinante no sólo por su antigüedad sino porque subsiste hasta nuestros días. Querejazu ubica cronológicamente su origen en la cuarta cultura sudamericana, la misma del ayampitinense de Viscachani, con un nivel cultural equiparable al mesolítico oriental del Viejo Mundo. “Una vez llegados a Sud América ocuparon las regiones lacustres del Altiplano Andino, dando origen del denominativo de ‘hombres de agua’ con que también se los conoce”, dice.

Además de ellos, muchos otros pueblos vivieron en la Bolivia prehispánica y dejaron evidencias materiales de su paso por la historia.

Ahí están, por ejemplo, las culturas Wankarani, Chiripa y Tiwanaku a las que el arqueólogo Carlos Ponce Sanjinés ubica en períodos más bien próximos y hasta las relaciona entre sí. “Cronológicamente, la cultura Wankarani se inicia en 1210 antes de nuestra era. Su antigüedad media, de conformidad a la datación radiocarbónica otorga 484 AC. Se cuenta para el efecto con 7 fechados a través del isótopo Carbono 14”, afirma.

El datado radiocarbónico le dio a la cultura Chiripa una antigüedad de 1380 a. de C. y, de acuerdo con Ponce, tanto esta como la Wankarani fueron sometidas por Tiwanaku así que cualquier vestigio sobre sus formas de comunicación y/o transmisión de mensajes fueron absorbidos por esta última. El famoso arqueólogo boliviano también refiere lo que pasó tras el misterioso desplome de Tiawanaku: “el señorío altiplánico quedó dividido en estados o señoríos regionales, todos de habla aymara, entre los que se puede enunciar el kolla al noroeste del Titikaka, el lupaka hacia el occidente, el umasuyu al oriente y el pakasa, karanka y lipi al sur. Cabe añadir al charka en Cochabamba, k’arak’ara al norte de Potosí y Chicha al sur de éste”.

Como se pudo ver en el cuadro de Gisbert, además de Vischachani, Wankarani, Chiripa y Tiwanaku, otras culturas prehispánicas fueron Iskanwayas, Mollos, Callawayas, Pacajes, Collas (en La Paz), Chichas, Qaraqaras, Charcas, Asanaques, Quillacas, Carangas, Sevaruyos, Soras, Incas (Oruro y Potosí), Cuis, Cotas, Mitmas (Cochabamba) y Yamparas (Chuquisaca). La mayoría de estas agrupaban, a su vez, a sociedades menores como por ejemplo, Yura y Huruquilla que formaban parte de los Chichas. Sobre estos últimos, Querejazu detalla que “la ubicación de esta nación se encontraba entre Carancas, Lípez y los chiriguanaes, con quienes comerciaron”.

Con excepción de los chiriguanos (a quienes Gisbert ubica tanto en Chuquisaca como en Santa Cruz), El Palmar (Santa Cruz), Montículo Velarde y Macisito (Beni), todas las culturas antes referidas, y muchas otras, estuvieron o están ubicadas en el occidente de lo que hoy es Bolivia y la mayoría de los estudios dedicados a ellas se olvidaron de que en el oriente y la amazonía también vivieron pueblos de similar antigüedad. La visión andinocéntrica de la historiografía convencional los ignoró casi sistemáticamente con el pobre argumento de que sus rastros culturales fueron devorados por la selva o consumidos por la humedad.

Esa omisión no parece involuntaria sino que más bien respondería a una visión racista que era tan común en la época prehispánica como lo fue en los períodos posteriores. Incluso desde los milenarios urus, que decían no ser hombres, hasta los inkas que se estaban expandiendo cuando llegaron los españoles, siempre existió la tendencia a descalificar al otro. El mismo Querejazu parece confirmarlo: “Durante el incario y posteriormente durante la colonia, el término de ‘chunchos’ englobaba, sin diferenciación alguna, a todos los nativos pertenecientes a las diferentes tribus y etnias de los actuales departamentos de Pando, Beni y Santa Cruz. La palabra Chuncho era usada de una manera despectiva, expresando barbarie, salvajismo e ignorancia”.

Al mirar con desdén a los pueblos de tierras bajas, andinos y vallunos repetían, con espantosa similitud, la visión colonialista del español que consideraba al indio americano un ser salvaje, antropófago y carente de alma. Incluso el cronista mestizo Blas Valera, citado por Inca Garcilaso de la Vega en sus “Comentarios Reales”, señaló que “Los que viven en los Antis comen carne humana, son más fieros que tigres, no tienen dios ni ley, ni saben qué cosa es virtud”.

Como se puede ver, los bárbaros no eran los indios sino quienes creían semejantes barbaridades.

La visión racista subsistió hasta bien entrado el siglo XX, cuando arqueólogos y antropólogos, la mayoría de ellos extranjeros, centraron su atención no sólo en los pueblos andinos sino también en los del oriente y la amazonía de Bolivia.

Querejazu, que es potosino de nacimiento, les dedica dos capítulos en su “Bolivia prehispánica” y hace el siguiente recuento de las culturas de los pueblos bajos que existieron desde antes de la llegada de los españoles:

En resumen, en el Oriente Boliviano, según los autores citados, existían veinte y tres grupos étnicos y en la Amazonía treinta y tres:
Oriente Boliviano: Chiriguanos, Titanes, Chiquitos, Paycanos, Iguapahy, Tomacucis, Tobas, Comoguaque, Nocegue, Guaranís, Chanees, Caribes, Yuracarés, Zimbues, Curiaguanos, Capayjorós, Quieuchicosíes, Tapacuras, Motilones, Torococíes, Guarayos, Pausernas y Sirionós.

Amazonía Boliviana: Pacahuaras, Araonas, Tacanas, Toromonas, Cavinas, Machuis, Tiboitas, Mojos, baures, Mobimas, Etirumas, Tapacuras, Itonamas, Huarayos, Caniciazas, Bolepas, Hericebonos, Rotoroños, Pechuyos, Coticiaras, Meques, Mures, Sapis, Cayubabás, Canacures, Ocoronos, Chumannos, Mayacamas, Nayras, Norris, Pacanabos, Sinabus y Cuyzaras.

Su labor de identificación se extiende también al Chaco, hábitat de los chulupis, matacos y tapietes y, aunque se advierte que su trabajo es exhaustivo, es lógico suponer que no alcanza a abarcar a todas las culturas prehispánicas de las tierras bajas de lo que hoy es Bolivia. Diversos autores se han ocupado de estas pero la mayoría son recientes y su cantidad es exigua si se la compara con los estudios sobre los pueblos andinos. Un libro reciente de Edgar Ortiz Lema, por ejemplo, habla de los mataco noctenes, mataguayos y mataraes y proporciona valiosa información sobre las etnias del Chaco.

Resulta una necedad, entonces, seguir creyendo que Bolivia se formó culturalmente sólo sobre la base de los pueblos andinos y de sus valles ya que, como se puede ver, en sus llanos, selvas y chaco también vivieron pueblos cuya antigüedad y desarrollo cronológico debió llevarlas, por lógica consecuencia, a estados culturales avanzados.

Querejazu mismo lo advierte al señalar, por ejemplo, que “en la región del Beni (zona poco estudiada hasta el momento) se distinguen, al menos, tres regiones arqueológicas importantes. La primera abarca las orillas del río Mamoré. La segunda comprende las llanuras de Mojos, destacándose en toda esta región una gran cantidad de ‘lomas’, que en realidad son túmulos artificiales, restos de una impresionante civilización que se desarrolló en épocas posteriores a Cristo. Lógicamente que el Beni también fue habitado por otras culturas que ocuparon la zona en épocas muy anteriores a Cristo”.

Entonces, el desafío de los historiadores es sumergirse en esas culturas, explorar su difícil hábitat con el fin de encontrar, en medio de selvas y matorrales, los indicios que permitan armar su pasado.

G. POMA DE AYALA
"Mandó Dios salir desta tierra, derramar y multiplicar por todo el mundo. De los hijos de Noé, destos dichos hijos de Noé, uno de ellos trajo Dios a las Yndias; otros dizen que salió del mismo Adán. Multiplicaron los dicho[s] yndios, que todo lo saue Dios y, como poderoso, lo puede tener aparte esta gente de yndios".

HOMBRE AMERICANO
“No existe en nuestro continente ningún biotipo humano de antigüedad prehistórica que pueda considerarse genuinamente americano. Esto quiere decir que, en sentido estricto, no es científicamente correcto hablar del hombre americano como característico poblador y portador de todas las diversas regiones del continente, puesto que aquí encontramos los más diferentes biotipos en posesión de las más distintas culturas de la antigüedad prehistórica y protohistórica”

MIGRACIÓN
“se admite que fueron diversas migraciones las que poblaron el continente americano, señalándose para ello dos vías: a) el estrecho de Behring, que une Asia con Alaska, y que fue por donde pasaron los primeros cazadores y recolectores después de la última glaciación; y b) la migración marítima a través del Océano Pacífico…”

La Revolución Acreana del 6 de agosto de 1902

El 6 de agosto es también una fecha festiva en el calendario cívico del Estado autónomo acreano, pues marca el día en que Brasil comenzó a anexarse nuestro abandonado Acre liberándolo del dominio neocolonial norteamericano que propiciaba sin ningún escrúpulo nuestro presidente José Manuel Pando.

El 6 de agosto de 1902 los autonomistas acreanos tomaron la Intendencia de Bolivia en Xapurí, donde un contingente del ejército boliviano celebró la víspera del Día de la Patria hasta desfallecer de placer. Las “hormonas amazónicas” de nuestros soldados habían pasado la noche del 5 de agosto en muy buena compañía —con niñas que llegaban de Manaos según Haroldo Zaine Sarkis— y cuando, a primeras horas del 6 de agosto Plácido de Castro tocó la puerta para hacerlos prisioneros, abrió un militar boliviano despabilándose del “ch´aki” con enfado y le increpó al acreano con estas palabras: “Es muy temprano para la fiesta cívica”, y el autonomista le respondió hablando en típico “portuñol”: “Mi comandante, esta no es una fiesta, es una Revolución”. Por eso el 6 de agosto es una importante fecha en el calenderio de efemérides del Estado do Acre (en la capital Rio Branco —ciudad que cuando perteneció a Bolivia era conocida como “Vuelta Empresa”— el barrio más antiguo y populoso se llama “6 de agosto”) pues este día marca el inicio triunfal de la Revolución Acreana.
Haroldo Zaine (polera negra), con Heribert Mota y otros funcionarios de la Casa de la Cultura en el municipio de Xapurí. | Foto Sol de Pando

Haroldo Zaine (polera negra), con Heriberto Mota y otros funcionarios de la Casa de la Cultura en el municipio de Xapurí. | Foto Sol de Pando

Lo de las niñas de Manaos sale del imaginario popular en Xapurí. Aún no hallé pruebas documentadas al respecto en esta ciudad. La Casa Branca es el lugar donde según la historia funcionó la Intendencia de Bolivia antes de la rebelión de los acreanos lusohablantes, pero no habría sido un cuartel militar sino un hotel transitorio con su nidito de palomas negras, como esas del Café Cantante en Cochabamba por la misma época o algo así como la casa de “Tía Isabel” en la Cobija de nuestros días. Haroldo Zaine afirma tener evidencias que indican al actual hospital municipal de Xapurí, un hermoso edificio que data de comienzos del siglo XX un par de cuadras más al este de la Casa Branca, como el verdadero lugar donde se aposentaba la Intendencia de Bolivia; solo que la noche de la víspera del 6 de agosto la tropa que custodiaba este territorio que se nos iba de las manos inexorablemente, habría salido de visita a las niñas de Manaos desconociendo que los autonomistas organizados por Plácido de Castro estaban poniendo en marcha su plan revolucionario para proclamar la República del Acre independiente de Bolivia y de Brasil.

El incidente del 6 de agosto en la Casa Branca de Xapurí, que también fue el inicio de la Guerra del Acre en la versión boliviana, tampoco ofrece muchos detalles esclarecedores en la historiografia de nuestro país.

Independientemente del derecho humano que asiste a todo soldado bajo bandera para usar sus horas de franco buscando paz y amor en brazos de una bella mujer, más si es una amazona, es necesario que alguien en Bolivia confirme o desmienta la versión que se maneja en Xapurí y en todo el Acre brasileño. Más allá de la presunta presencia de niñas de Manaos en ese episodio histórico, los soldados bolivianos que vinieron a Xapurí para derramar su sangre cumpliendo su deber en este alejado territorio, desvertebrado y abandonado por la incapacidad y venalidad secular del Estado boliviano y sus políticos sátrapas, merecen una justa reivindicación a su memoria heroica.

Eu, me limito a informar lo que escucho y veo siempre citando fuentes responsables. Cuando vuelva a Xapurí profundizaré más en el tema.

martes, 9 de agosto de 2016

El Conde de Guaqui Premian a Goyeneche por victoria realista

La Paz, 1813.- José Manuel de Goyeneche, emisario de la Junta de Sevilla en Sudamérica, ha acaparado en su persona un nuevo título: el conde de Guaqui.

Según fuentes oficiales, este título se le asignó directamente desde España, tras el éxito obtenido en la batalla librada en el Puerto de Guaqui, a orilla del lago Titicaca, frente a las tropas emancipadoras de Juan José Castelli.

La batalla se desencadenó repentinamente el 20 de junio, rompiendo ambas partes el armisticio de 40 días que se había concertado el 13 de mayo hasta nuevo aviso.

A tres días de vencer el convenio, las tropas de Goyeneche sorprendieron a Castelli y lo derrotaron completamente.

Un vecino del lugar comentó que los jefes y oficiales de Castelli “se dieron a la fuga, come-tiendo mil abusos en su desbande”.

Esta versión coincidiría con otra similar que llegó de La Paz, en la cual se dijo que “el des-prestigio de Castelli se hizo grande entre los católicos del pueblo debido al ingreso del mismo en miércoles santo y que su tropa se dedicó a las diversiónes mundanas en los demás días de duelo cristiano”.

Por su parte, un reputado observador de los sucesos políticos que conmueven a Europa y América comentó que “muchos de los caudillos que lideran los movimientos emancipadores en América no tienen una conciencia clara de los ideales liberales y republicanos con que enarbolan sus banderas, sino que representan, más que nada, la catarsis de una angustia y una represión acumuladas muchos años, que desborda y extralimita sus derechos, haciéndolos cometer algunas injusticias”. Por último, y volviendo al “pomposo Goyeneche, un funcionario público de muchos años en La Paz comentó irónicamente que el “flamante conde de Guaqui” (también presidente del Cusco y de la Audiencia de Charcas) no tendrá tiempo ni paz para disfrutar de sus título en la convulsionada región del Alto Perú”. De “El Chasqui”.