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martes, 4 de junio de 2013
Residentes conmemoran los 439 aniversario de Tupiza
El dirigente de los residentes tupiceños, Jorge Flores, informó que hoy, la segunda ciudad más antigua de Bolivia, Tupiza cumple 439 años de fundación para ello se realizará una ofrenda floral a las 10:00 en la Plaza Principal y en horas de la noche una Peña Folklórica en el restaurant “Don Pepe”, donde habrá varios grupos tarijeños y de Tupiza.
“Quiero felicitar a todos los tupizeños que viven en Tarija y a los que viven en Tupiza, esperamos que la pasen bien y que nuestro pueblo continúe creciendo más”, dijo.
Asimismo, hizo conocer que Tupiza, capital de la provincia Sud Chichas del departamento de Potosí, está ubicada al sur del país, y este 4 de junio celebra su 439 aniversario. Está dividida en 25 cantones, 105 comunidades, tiene una población de 50.000 habitantes y presenta un clima promedio de 20 grados centígrados. Llaman la atención de todo turista sus majestuosas montañas, en las que se mezcla el color rojizo, formando contraste con el verde de sus sauces. En todo tiempo se destaca luminosa la figura del chicheño, desde la Independencia hasta la Guerra del Chaco; lleva en sus venas la herencia de sus antepasados, poniendo al servicio de la Patria todo su valor y la vida misma, cuando ella lo requiera.
Tupiza, “Joya bella de Bolivia”, está situada en una cabecera de valle, en un abrigado asiento que tranquiliza el espíritu. La serranía colorada la circunda con hermosas montañas, donde el espíritu de la raza todo lo dio sin pedir algo, y donde guarda el eco de un pasado glorioso. Tupiza está engarzada como una perla entre sus rojas montañas y el verde esmeralda de sus campiñas. El cielo generalmente es de un azul maravilloso.
Las danzas y la música folklórica nos deleitan, siendo estas manifestaciones culturales propias de la región, destacándose el erque y la caja, conjuntamente a las tonadas. Este 4 de junio, la “Joya bella de Bolivia”, Tupiza, conmemora su 438 aniversario de fundación, y desde esta columna queremos llegar a todos los tupiceños del interior del país, para reflexionar con la finalidad de conseguir logros positivos para ese hermoso jirón patrio.
La ‘K’ochala’, la protagonista del ‘abrazo de Charaña’
La mañana del sábado 8 de febrero de 1975, Julia Zegada Soliz trenzó con esmero sus cabellos oscuros, se puso su mejor blusa y su pollera más elegante.
La ocasión no era para menos, los presidentes de facto de Bolivia, Hugo Banzer, y de Chile, Augusto Pinochet, habían acordado verse en su localidad: Charaña.
En el libro Historia de Bolivia, de Carlos Mesa, Teresa Gisbert y José D. Mesa, este encuentro es considerado el acercamiento binacional más importante para que Bolivia retorne al Pacífico con la cesión de una franja marítima, a cambio de un canje territorial. Una cita difícil de reconstruir con las piezas de rompecabezas escondidas en la memoria de los charañeños.
Los pobladores antiguos de aquel terruño olvidaron muchos detalles de lo que sucedió aquel sábado. Algunos confunden a Banzer con Víctor Paz Estenssoro y otros dudan respecto al año de aquel gesto de amistad entre dos militares. Lo que sí rememoran es que la comerciante Julia Zegada se robó la escena. La mujer era conocida como la K’ochala.
Ninguno de los siete entrevistados por Informe La Razón recuerda que aquella mañana una ligera llovizna cayó sobre su pueblo. Después reinó el clima frío y seco, como casi siempre. Los lugareños desconocen que Banzer emprendió, a las 05.30, el viaje en ferrocarril desde Viacha hasta Charaña. Partió junto a un séquito de ministros y de periodistas.
Quien después se coló en la celebración fue la K’ochala. Su carácter fuerte es una de las características que María Virgilia Avilés no olvidará jamás. “Recuerdo bien su cara y su casa, no había nacido aquí, pero era como si lo hubiera hecho, era muy conocida. Ella se hizo famosa porque abrazó a Pinochet y salió con él en las fotografías”.
Un secreto guardado por décadas y que muchos le preguntaron a la K’ochala, es la conversación que ella sostuvo con el Mandatario chileno. Eso no le contó a nadie. Al menos no a sus vecinos.
Ricardo Alanoca ya pasó la barrera de los 70 años y evoca algo: “Banzer llegó en un coche motor plomo. Ingresó a la junta de vecinos y dicen que les dejó dinero. Se fue a la frontera con Visviri”. El hombre subió a su bicicleta y pedaleó detrás del tren. Llegó tarde y no pudo ver casi nada porque periodistas y autoridades no dejaban de apreciar el célebre “abrazo de Charaña”. “¿Qué habrán dicho?”, se pregunta.
Lo que él no se enteró es que los presidentes se saludaron con dos frases cortas y a la altura de sus cargos: El cruceño comentó: “Buenos días general Pinochet. Reciba un saludo boliviano”; y éste le replicó: “Presidente Banzer me alegra verlo de nuevo”. Aquel intercambio de palabras fue a las 11.55. Después fueron a conversar en privado.
Los periódicos de la época capturaron imágenes de las espaldas de los mandatarios sentados en un vagón. Tras la charla, fueron a almorzar en el carruaje reservado boliviano R1. El menú, según los reportes periodísticos, fue pollo deshuesado a la cacerola, chuleta de cerdo, roast beef, con guarniciones y ensaladas. De postre, degustaron tortillas al ron. Para beber tenían a disposición vino blanco Kholberg y vino rosado San Pedro, ambos provenientes de bodegas bolivianas.
Tras la comida y la plática, a las 16.55 ya estaba listo el acuerdo de Charaña y se despidieron. Cada uno se fue por su lado.
Aquel pacto indicaba que ambas naciones iban a trabajar para solucionar el problema de la mediterraneidad de Bolivia. Es más, la reunión en la comunidad fue una propuesta de Pinochet que hizo llegar al Gobierno boliviano vía consulado. Él, además, manifestó que junto a Banzer iba a sellar el acuerdo binacional.
Las crónicas narran que durante todo el encuentro los generales estuvieron de buen humor. Lucieron sonrientes y no tuvieron ningún reparo en ir a hablar con la gente que estaba cerca. Y, rompiendo con el protocolo oficial de aquel día, la K’ochala fue a abrazarlos. Los charañeños no recuerdan si la mujer llegó a “prenderse” de Banzer; lo que sí comentan es que casi se colgó del cuello del militar chileno.
Tras apretujar a los jefes de Estado, volvió feliz a su casa. El periódico El Diario publicó una página gráfica con las imágenes del “abrazo de Charaña” y en dos imágenes se encuentra la chola de trenzas largas. Hoy, sus detractores dicen que era una “barzola”, que hacía y deshacía las cosas a su antojo; incluso que conocía a personas influyentes que le permitieron acercarse a los mandatarios.
Poco antes de irse, Banzer prometió que volvería a Charaña. No lo hizo. Eso sí, cumplió con la construcción de un colegio. Durante aquellos años el poblado tenía varias necesidades; por ejemplo, no había energía eléctrica ni agua potable.
Con el tiempo, los charañeños compraron máquinas para tener electricidad. Cada hogar poseía sus pozos y así pudieron sobrevivir a la necesidad del líquido vital. El paso del tren era una bendición para los comerciantes. A pesar del frío y el olvido, salieron adelante. Quien partió fue la K’ochala, que murió hace años y se llevó a la tumba lo que habló con Pinochet.
Chile y Bolivia, sus acercamientos y sus distanciamientos
En 1879 empieza la Guerra del Pacífico, tras la invasión de las tropas chilenas a territorio boliviano.
El 20 de octubre de 1904 ambos países firman el Tratado de Paz y Amistad. En este documento se reconocen los nuevos límites fronterizos.
En 1920 Bolivia plantea la revisión del Tratado de 1904. El pedido se realiza en el marco de la Liga de las Naciones. La gestión acaba en fracaso.
El historiador Fernando Cajías señala que en 1926, Bolivia y Chile nombraron a Estados Unidos como mediador para solucionar el tema pendiente.
En 1950 Bolivia y Chile intercambian notas para resolver el problema de la mediterraneidad boliviana. Se conversa sobre la creación de un corredor al norte del puerto de Arica.
En 1962 Chile desvía sin consentimiento de Bolivia las aguas del Lauca.
El 8 de febrero de 1975, el Gobierno chileno impulsa un encuentro entre los presidentes de ambas naciones. El “abrazo de Charaña” pretende consolidar una franja marítima para Bolivia a cambio de una concesión territorial.
En 1979, durante la X Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, Bolivia logra aprobar la Resolución 426, que determina que el enclaustramiento es un lío hemisférico.
En 2004, en la Cumbre Hemisférica de Monterrey, el presidente boliviano Carlos Mesa pone sobre el tapete del debate la resolución de la problemática.
En 2006, los gobiernos de Evo Morales (Bolivia) y de Michelle Bachelet (Chile) reanudan el diálogo bilateral. Se diseña una agenda de 13 puntos, que incluyen el tema del mar.
El 7 de febrero de 2011 se produce la primera reunión de cancilleres de Bolivia y Chile después de 60 años. La cita se realiza en la ciudad de La Paz.
El 23 de marzo de 2011, el Gobierno boliviano anuncia que enjuiciará a Chile en tribunales internacionales.
El 24 de abril de este año, Bolivia demanda a Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya para que se obligue a Chile a negociar un acuerdo “pronto y efectivo” de salida soberana al océano Pacífico.
Sucre La Ciudad de los Cuatro Nombres
Sucre es la capital oficial del Estado Plrurinacional de Bolivia. Fue fundada por el capitán español Pedro de Anzures (marqués de Campo Redondo) en 1538-40?, en un hermoso y apacible valle situado a 2.865 metros sobre el nivel de mar con el nombre de “Villa de La Plata”. Por entonces el lugar estaba habitado por indígenas llamados Charcas, de ahí que esta ciudad en sus primeros años fue denominada así, Charcas.
Al estallar la Revolución del 25 de mayo de 1809 readoptó su nombre original de Chuquisaca, nombre dado también por los humedales del lugar, y con la que fue conocida durante toda la guerra de la Independencia hasta 1825, año en que se le designó con el nombre de Sucre, en home- naje al gran Mariscal de Ayacucho.
Sucre fue la primera ciudad fundada por los españoles en el Collasuyo y sucesivamente se llamó Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre la ciudad y capital política de Bolivia, razones por el que es conocida como La Ciudad de los Cuatro Nombres.
Durante la época colonial, Chuquisaca, gozaba de gran prestigio como sede de la Audiencia de Charcas, 1558, famosa en los anales de la historia colonial americana.
Se hizo también célebre por ser sede del Arzobispado de La Plata, 1552 y de la famosa Universidad Mayor de San Francisco Xavier creada en 1624, donde numerosos intelectuales de la época fueron educados, y en sus claustros, se gestaron las primeras ideas libertarias. La Universidad continúa con sus actividades académicas al presente y sigue manteniendo su tradición y prestigio.
Desde 1776 perteneció al virreinato de Buenos Aires; posteriormente con los pronunciamientos del 25 de mayo y 16 de julio en La Paz quedó sin sobera-nía que la propia, y a raíz de ellos y de la revolución de Buenos Aires en 1810, el virrey del Perú José Fernando de Abascal, dispuso que el territorio pasara bajo su dependencia. El 6 de agosto de 1825, en Sucre se firmó el Acta de Independencia de la República de Bolivia.
El Mariscal Sucre, dictó el Decreto de 27 de abril de 1825, estableció la Corte Supe-rior de Chuquisaca, en sustitución de la antigua “Audiencia Territorial de los Char-cas” con las mismas atribuciones y jurisdicción.
Es asiento de la Excma. Corte Suprema de Justicia. Debido a las facilidades de comunicación y a su proximidad con el océano Pacífico, la sede del Gobierno fue trasladada a la ciudad de La Paz, a principios del siglo pasado.
La ciudad de Sucre es relativamente pequeña, con calles limpias, empedradas y otras pavimentadas y un clima bastante agradable durante todo el año. Su gente es bastante emprendedora y por demás acogedora.
Sucre también es conocida como la Ciudad Blanca por sus casas cuyas paredes están pintadas de blanco y techos con tejados y ladrillo rojo. Es el mayor centro de tesoros artísticos e históricos de la nación. Posee museos donde se guarda el pasado histórico del país: la célebre Casa de la Li-bertad; iglesias y conventos; plazoletas y puentes; parques y rotondas, centros turísticos y de interés científico como las huellas dejadas por los dinosaurios durante el Jurásico.
El 4 de junio de 1830, día viernes, asesinan Antonio José de Sucre
El 4 de junio de 1830, día viernes, muy temprano por la mañana, Antonio José de Sucre, advertido de los riesgos que corría, toma el camino a Quito en un intento de poner fin a los odios y los intereses de políticos regionales. En el sendero estrecho a Cabuyal, en las montañas de Berruecos, cuatro asesinos contactados por el general José María Obando lo esperan. Ellos son: Apolinar Morillo, José Erazo, Juan Sarría y los hermanos Rodríguez. Cuando pasa la comitiva, una voz grita: “¡Mariscal Sucre!”. El joven militar, de apenas 35 años de edad, voltea y en el acto suenan los disparos. Sólo alcanza a decir: “¡Ay balazo!”. Y cae muerto víctima de una cobarde emboscada. Cumplido el “trabajito” los asesinos se reúnen en la casa de Erazo y se reparten diez pesos a cada uno de los tres contratados que dan cum-plida la misión y desaparecen del lugar.
Bolívar que está enfermo en su hacienda de Cartagena, al conocer el trágico suceso, con profundo pesar, exclama: “¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre del inocente Abel!... La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida”.
Antonio José de Sucre Sucre: político, estadista y brillante militar nace en Cumaná, Venezuela, el 3 de febrero de 1795. Su primera educación es de las mejores, hijo de una acomodada familia de tradición militar, padre, abuelo y bisiabuelos visten el uniforme real. Cuando cumple los quince años ya es alférez de ingenieros en el ejército de Miranda, 1810. Soplan vientos libertarios.
En 1813 bajo las órdenes del general Mariño participa en la campaña de Venezuela tomando Cumaná y organiza el ejército del Oriente, ya es teniente coronel. Como general de brigada se une a Bolívar en Angostura en 1818, se encarga de la provisión de armas a los patriotas.
El año 21 comienza su época gloriosa. Salva a Guayaquil, cuando la traición de un Jefe expone el Departamento a recaer en poder de los españoles. Un año después inicia la campaña de liberación de Ecuador, que tiene su culminación en la batalla de Pichincha, librada el 24 de mayo de 1822. Con esta victoria de Sucre se consolida la independencia de la Gran Colombia.
El 6 de agosto de 1824 participa junto a Bolívar en la batalla de Junín, y el 9 de diciembre del mismo año vence al virrey La Serna en la gloriosa batalla de Ayacucho, Perú, último y poderoso bastión español. Bolívar le premia por esta decisiva acción con el título de Gran Mariscal de Ayacucho y el ascenso a General en Jefe de los Ejércitos Libertarios.
Ingresa al Alto Perú en febrero de 1825, crea la República de Bolivia, 6 de agosto de 1825, siendo su presidente por dos años. A conse-cuencia del motín del 18 de abril de 1828 donde es herido de dos balazos, abandona Bolivia por presiones de los peruanos que se oponen a la independencia boliviana. Se dirige al Ecuador con su esposa Mariana Carcelén y su hija María Teresa.
En una breve y fulminante campaña militar, Sucre derrota a las tropas peruanas que invaden Quito (Ecuador) en la batalla de Portete de Tarqui, 27 de febrero de 1829. En un momento en que la Gran Colombia se encontraba en proceso de desintegración, Sucre es asesinado por los enemigos de Bolívar, del Gran Mariscal y de la unidad de la Gran Colombia.
Bolívar que está enfermo en su hacienda de Cartagena, al conocer el trágico suceso, con profundo pesar, exclama: “¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre del inocente Abel!... La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida”.
Antonio José de Sucre Sucre: político, estadista y brillante militar nace en Cumaná, Venezuela, el 3 de febrero de 1795. Su primera educación es de las mejores, hijo de una acomodada familia de tradición militar, padre, abuelo y bisiabuelos visten el uniforme real. Cuando cumple los quince años ya es alférez de ingenieros en el ejército de Miranda, 1810. Soplan vientos libertarios.
En 1813 bajo las órdenes del general Mariño participa en la campaña de Venezuela tomando Cumaná y organiza el ejército del Oriente, ya es teniente coronel. Como general de brigada se une a Bolívar en Angostura en 1818, se encarga de la provisión de armas a los patriotas.
El año 21 comienza su época gloriosa. Salva a Guayaquil, cuando la traición de un Jefe expone el Departamento a recaer en poder de los españoles. Un año después inicia la campaña de liberación de Ecuador, que tiene su culminación en la batalla de Pichincha, librada el 24 de mayo de 1822. Con esta victoria de Sucre se consolida la independencia de la Gran Colombia.
El 6 de agosto de 1824 participa junto a Bolívar en la batalla de Junín, y el 9 de diciembre del mismo año vence al virrey La Serna en la gloriosa batalla de Ayacucho, Perú, último y poderoso bastión español. Bolívar le premia por esta decisiva acción con el título de Gran Mariscal de Ayacucho y el ascenso a General en Jefe de los Ejércitos Libertarios.
Ingresa al Alto Perú en febrero de 1825, crea la República de Bolivia, 6 de agosto de 1825, siendo su presidente por dos años. A conse-cuencia del motín del 18 de abril de 1828 donde es herido de dos balazos, abandona Bolivia por presiones de los peruanos que se oponen a la independencia boliviana. Se dirige al Ecuador con su esposa Mariana Carcelén y su hija María Teresa.
En una breve y fulminante campaña militar, Sucre derrota a las tropas peruanas que invaden Quito (Ecuador) en la batalla de Portete de Tarqui, 27 de febrero de 1829. En un momento en que la Gran Colombia se encontraba en proceso de desintegración, Sucre es asesinado por los enemigos de Bolívar, del Gran Mariscal y de la unidad de la Gran Colombia.
domingo, 2 de junio de 2013
Juan José Castelli, líder revolucionario
El libro de Fabio Wasserman Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario (Buenos Aires: Edhasa, 2011, 254 págs.) reconstruye en 13 capítulos la vida de Juan José Castelli (1764-1812), uno de los políticos más polémicos de la independencia hispanoamericana en América del Sur, en particular para los países que surgieron de la implosión del Virreinato del Río de la Plata, entre ellos Bolivia. La lectura de este libro toca al público interesado en la independencia de la América Española.
Esta biografía es representativa de una nueva generación de historiadores argentinos que están reevaluando el proceso de independencia. Fabio Wasserman (1968) es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet en el Instituto Emilio Ravignani, una de las instituciones que ha dado prestigio académico a ese país. Su óptica se inscribe dentro de la nueva historia política y cultural hispanoamericana del siglo XIX.
Esta biografía reinterpreta a un personaje histórico complejo, a través de una versión equilibrada sin encumbrar al héroe ni denostar al revolucionario. El mayor logro del autor es calibrar a Castelli en su acción política en tiempos de crisis, sin crear una imagen épica ni una imagen perversa, generando un diálogo permanente con el personaje poniéndose “en sus zapatos”. POLÍTICO. Castelli, el político, es reconstruido a partir de varias facetas, incluyendo la vida personal, a pesar de las pérdidas sucesivas de la documentación particular de Castelli en los años de mayor exposición pública, tras el desastre de Guaqui, y el incendio de la Biblioteca de René-Moreno en Chile.
Castelli es una figura controvertida de la Independencia, principalmente por sus ideas radicales y sus medidas contra los privilegios de una sociedad estamental. Sus contemporáneos ya lo compararon con los líderes de la etapa más radical de la Revolución Francesa. El temor a las posturas radicales durante la guerra de Independencia, y una interpretación histórica radical de ésta, han contribuido a tejer una leyenda negra alrededor de este personaje.
En 1887, el general Mitre lo llamó “segundo Robespierre…, muy imbuido de las máximas de la revolución francesa”, y en 1911, el historiador potosino Luis Subieta Sagárnaga dijo de él que era “el fantasma del terrorismo francés de 1793, empañando con asesinatos políticos la causa de la libertad… aquel nuevo Marat”.
La figura de Castelli ha sido permanentemente reintroducida en el debate sobre la historia de la Independencia. Fue y es un personaje que enciende pasiones. En este libro, el día a día de los pasos del personaje permite esclarecer, momentos y decisiones políticas de Castelli, desde las invasiones inglesas, y la coyuntura que abrió ese doble vacío que significó tanto la acefalía de la monarquía en España como el sentido de la ocupación del Alto Perú por los porteños, en medio del debate entre saavedristas y morenistas. UNIVERSITARIO. Luego de dibujar al niño Castelli y su entorno familiar acomodado, el autor pasa a los años de formación del político. Su paso por las aulas de la Universidad de Chuquisaca (1786), es un momento importante, cuando en la misma época se formaban en la Academia Carolina su primo Manuel Belgrano y otros connotados personajes de la época como Mariano Moreno, José Paso, Bernardo de Monteagudo, y Jaime Zudáñez, entre otros.
Esa estadía es un paso significativo para introducir en la biografía su pregunta fundamental: ¿cómo es que un leal súbdito del rey se convirtió en un líder revolucionario? Aunque aún falta mucho por conocer acerca del papel de la Universidad en la formación de una parte de la élite ilustrada americana, es indudable que Castelli bebió de ese ambiente intelectual y político.
Cuando Castelli regresó graduado a Buenos Aires, en 1788, se esperaba que sacase provecho de sus vínculos sociales y familiares, y de una expectativa grande sobre él. Empero, el ambiente estaba cada vez más saturado de abogados, lo que restringía las expectativas de esa generación. Se casó en 1794 con María Rosa Lynch Galayn, hija de un comerciante irlandés, a lo que siguió el nacimiento de cinco hijos. Compartió una vida familiar en su quinta de San Isidro, siendo vecino de Cornelio Saavedra. Desde su mundo familiar, Fabio Wasserman afirma que Castelli se desenvolvía en el ambiente de las tertulias políticas, formando parte “de un pequeño círculo unido por lazos de amistad y afinidades ideológicas”, en el que el ambiente intelectual común eran las ideas reformistas, ilustradas, la economía política y la modernización de la sociedad, dentro de las lealtades políticas vigentes que incluían el orden social vigente y la religión católica.
En estas circunstancias se abrió un nuevo escenario con las guerras napoleónicas en Europa, y el papel de Inglaterra en ellas. Las invasiones inglesas al Río de la Plata acentuaron la crisis política y abrieron un escenario nuevo: “se produjo una situación que en cierto modo puede parecer paradójica: mientras que los criollos mostraron una férrea lealtad hacia España y su monarquía, sus funcionarios no hacían más que desprestigiarse”. De modo que siguiendo con “la pregunta” —¿cómo un personaje como Castelli se convirtió de un abogado con ciertas expectativas laborales y familiares en un revolucionario?—, el autor sostiene que en los sucesos del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires se abrió la coyuntura que lo catapultó entre los principales de la revolución.
En la elección de líderes por el Cabildo para destituir al Virrey Baltasar Cisneros, Castelli fue elegido como el portavoz de los vecinos, entre los que se encontraban funcionarios civiles, eclesiásticos y militares de alto rango. Los rebeldes que estaban apoyados por la fuerza militar, y buscaban la creación de un nuevo gobierno, vieron que “el más indicado para desarrollar una sólida argumentación… parecía ser Castelli, quien conjugaba una notable capacidad retórica y sólidos conocimientos jurídicos.” Desde ese momento, Castelli fue considerado el “orador de la revolución”, o como algunos lo conocían: un “pico de oro”.
El año 1811 se abrió con un cambio fundamental: la ampliación de la Junta Revolucionaria con la incorporación los diputados elegidos por los pueblos que ya se encontraban en Buenos Aires. Contraria a la idea de Moreno de integrar un Congreso (más radical), ganó la opción de Saavedra y se formó la llamada Junta Grande que envió partes al Alto Perú, abierto a Buenos Aires con el triunfo de Suipacha (7 de noviembre de 1810), y poniendo en su lugar gente afecta a la corriente saavedrista, muchos de los cuales eran “enemigos de la causa”.
En Buenos Aires, Saavedra justificó lo ocurrido manifestando que “el sistema Robespierrano que se quería adoptar en ésta, la imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que han desaparecido”. La Junta Grande decidió fortalecerse frente a Castelli que buscaba afianzar su poder y que mandaba un ejército llamando a establecer Juntas Provinciales en cada capital de Intendencia, y Juntas provinciales subordinadas a éstas, en apoyo a la Junta Grande de Buenos Aires. Esto daba paso a la participación de las élites locales en la definición del curso de la revolución. El tratamiento de la presencia de los porteños en el Alto Perú, lleva a otros varios aspectos de Castelli, el político. Por un lado, el proceso, sentencia y ejecución al Gobernador Intendente Francisco de Paula Sanz; al General derrotado en Suipacha, José de Córdova; y al Presidente de la Audiencia de Charcas, Vicente Nieto, el 15 de diciembre de 1810, en la Plaza de Armas de Potosí, le ganó el odio de los realistas y de los adeptos a la autoridad real, que para entonces, eran muchos. Luego, en Chuquisaca, el 25 de diciembre de 1810, se ocupó de desplazar a potenciales enemigos e intervenir en la elección de diputados y representantes, y como era su fuerte, se ocupó de llevar adelante una campaña propagandística grande advirtiendo sobre los peligros de una política moderada. Adoptó medidas a favor de los perseguidos y presos por los movimientos de 1809 suprimiendo confiscaciones y embargos e invirtió muchos esfuerzos por contar con el apoyo del ejército realista. El libro da también una visión de su paso relámpago por Cochabamba, y por la ciudad de La Paz. ALTO PERÚ. Hay un esfuerzo del autor por deslindar la figura de Castelli de los desenfrenos porteños en el Alto Perú pues, como bien señala, quizás por las diferencias regionales, culturales, y sobre todo políticas, la presencia de los porteños en todas las ciudades del Alto Perú fue una fuente de conflictos con la población, tanto por el comportamiento licencioso, irrespetuoso y propenso a las trifulcas de la tropa, como por los desencuentros culturales “y el sentimiento de superioridad de los porteños que no favorecía la concordia”. Esas tensiones estallaron en la derrota de Guaqui y dejaron un sentimiento antiporteño en la región.
Por el contrario, una de las contribuciones más importantes de Castelli fueron sus esfuerzos por integrar a los indígenas a la política, con la otorgación del voto para la elección de representantes de los pueblos indios, incorporarlos al ejército, y abolir el tributo indígena, la más pesada carga colonial. Éstos, según el autor, fueron gestos auténticos como también de estrategia política, pues Castelli entendió que la supervivencia de la revolución de Buenos Aires pasaba por el apoyo de la mayoría en el Alto Perú, es decir, de los indígenas.
Este filoindigenismo tuvo su máxima expresión en la ceremonia de Tiwanaku (llamado por los porteños, “Palacio Castillo y jardín de los Incas Monarcas”). El 25 de mayo de 1811, porteños, paceños, cochabambinos, potosinos, orureños, curacas, miles de indios y autoridades de la Intendencia conmemoraron el “segundo año de la libertad de Sur América”. Allí se distribuyó un documento que proclamaba que todos podían gozar de los mismos derechos, declarando la igualdad para acceder a cargos, honores y derechos. El autor considera que este acto fue el punto más alto del contenido político del paso de Castelli en el Alto Perú y de la orientación que le quiso a dar a esa fase de la presencia porteña. Tal llegó a ser la expectativa de los pueblos indios que inmediatamente apareció un mito sobre Castelli. A mediados de 1811 se llegó a creer que estaba por llegar el Inca y que “ese Inca era Castelli o al menos un pariente suyo”, y lo llamaron Rey Castel, en búsqueda de respuestas a la ausencia del Rey. Corrieron diferentes versiones, una de las cuales afirmaba que Fernando VII estaba en Jerusalén y había abdicado a favor del Inca que vendría a coronarse y a devolver sus tierras a los indios.
En otra faceta, se muestra que Castelli tuvo dotes de comunicador, no sólo como orador, sino también como propagandista. Esto tuvo efectos importantes en el debate político, pues dirigió sus escritos a diferentes interlocutores: a las autoridades realistas en Lima y otros pueblos del Virreinato del Perú, a las autoridades del Río de la Plata, a la Iglesia en el Alto Perú, a los vecinos, y a los indios (con traducciones en lenguas indígenas). El tono de estas proclamas, bandos, cartas, etc. llamaba a que los pueblos podían ser libres cuando lo quisieran y que para ello contaban con el auxilio de las armas que él les ofrecía. En un tono de regeneración —que fue característico de la Ilustración— Castelli hablaba de una nueva era para América del Sur y el continente.
Libertad y protección bajo las armas rioplatenses mientras se definía el vínculo entre los pueblos peruanos y el gobierno rioplatense. Todo esto muestra que la retórica revolucionaria de Castelli tuvo amplios efectos al punto de crear nuevos referentes mentales, incluyendo el orden mítico. PROCESO. Después de la derrota de Guaqui en que, según el autor, la tropa tuvo una conducta criminal con la población que sufrió a su paso saqueos y vejámenes, enfrentó el “Proceso al Dr. Juan José Castelli por su conducta pública y militar desde que fue nombrado representante hasta después del Desaguadero (diciembre 1811-octubre 1812)”. Acusado de buscar la independencia y de un comportamiento personal licencioso que no pudo ser comprobado, desde entonces se ha tejido su figura como impío, jacobino y mujeriego.
En suma, este libro es capaz de dar una visión compleja del personaje desde una óptica que traspasa la frontera nacional. Deja claro el estilo político de Castelli que gustaba del contacto directo con la población y sus autoridades. Da muestra fehaciente de las profundas mutaciones políticas que se experimentaron en el Río de la Plata entre 1805 y 1812. Si logra responder a su pregunta, lo dirá el lector. Lo cierto es que, entre 1789 y 1812, Castelli se convirtió en el líder de la revolución de Mayo y su portavoz en el Alto Perú. Sin duda su estadía en el Alto Perú (1810-1811) fueron los años más importantes de su vida política hasta su temprana desaparición en Buenos Aires, víctima de cáncer de lengua.
Un ejemplar del libro —donado por el autor— se encuentra en la biblioteca del Museo Nacional de Etnografía y Folklore.
Avatares del Rey de la cocaína
La vida de Roberto Suárez Gómez, conocido después, en todo el mundo, como el “Rey de la cocaína”, es una mezcla, aunque en dosis desiguales, de realidad y de ficción. Su historia fue reflejada, en parte, por Oliver Stone en el guión de Scarface (Caracortada), del director Brian De Palma. Se dice que el propio Stone se curaba de una adicción a la cocaína mientras perfilaba la personalidad de Tony Montana, interpretado por Al Pacino.
Pero la dimensión de la aventura delictiva de Suárez contrasta con la de los “argumentos” que impulsaban su incursión en el tenebroso mundo del narcotráfico; no se contentó con poco y logró un control monopólico, vertical, del ilegal mercado de la cocaína, aunque en todo momento sostenía que buscaba que un recurso natural como la coca beneficiara al país, según asegura su viuda, Ayda Levy, en el libro El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado.
En efecto, el “Rey de la cocaína”, quien amasó una fortuna derivada de un ingreso que en su momento no se podía calcular –a inicios de los 80, afirman que llegaba a los 400 millones de dólares anuales-, pero que provenía de la venta de una producción diaria mínima de dos toneladas diarias de pasta base o sulfato de cocaína a sus socios del Cartel de Medellín, razona que, en el reparto de los recursos naturales, Dios había sido generoso con Bolivia.
Explicaba, para sustentar sus actividades ilegales, que algunos países tenían inmensas reservas petroleras y auríferas, pero que a los bolivianos les “había tocado la coca en la repartición”. Y que si la coca crecía sólo en los Yungas, en La Paz, y en el Chapare, en Cochabamba, era porque “habíamos sido bendecidos por la gracia de Dios”.
A este “argumento” sumaba otro de carácter nacionalista: los bolivianos hacíamos caso omiso a los milagros divinos y no sabíamos sacar provecho de las pocas oportunidades que se nos presentaban y, para variar, eran los extranjeros los que “siempre terminaban beneficiándose de nuestras materias primas, al darles incluso valor agregado”.
¿No había sucedido eso, a lo largo de la historia del país, con la plata, la quina, la goma y el estaño? Los ingleses, ¿no habían mandado a pique el poderoso imperio de la goma edificado, con grandes esfuerzos, por su abuelo Nicolás Suárez Callaú en la Amazonia boliviana, cuando sacaron de contrabando las semillas del árbol del caucho para después atiborrar de plantines sus colonias asiáticas?
Por ser minero y monoproductor, la caída del precio del estaño, en los 80, había sumido al país en una profunda crisis, ante la cual la coca era el único recurso estratégico renovable que le quedaba al gobierno “para sacarnos del subdesarrollo y saciar el hambre del pueblo”, aseguraba Suárez. En esos años, el gas no valía mucho.
Y menos para alguien que, como “El rey de la cocaína”, quería pagar una deuda externa de unos 3.800 millones de dólares en 36 meses y a quien le parece raro que se niegue “a priori la posibilidad de incursionar en el narcotráfico en aras de nobles ideales, con la motivación del amor a la patria y a la humanidad”.
A gran escala
Con ese arsenal teórico, Suárez Gómez se convierte en el “don” de una actividad que, según los datos del libro, había comenzado a penetrar la estructura del poder dictatorial a mediados de los 70.
En la vida real, Suárez tiene la ventaja de contar con una flotilla de aviones para transportar carne que inmediatamente pone al servicio de su nueva y lucrativa actividad. Además, es un hacendado y terrateniente beniano, descendiente del “Rey de la goma”, que dispone de tierras a las cuales se llega sólo por vía aérea y donde comienzan a funcionar factorías de producción a escala.
Con estas dos cartas en la mano, no le resulta difícil integrar el “negocio” y transformarse en un mayorista que toma el control de la producción y la comercialización de cocaína en el país, al extremo de que logra elevar y mantener el precio del kilo de sulfato base en 9.000 dólares para los ávidos colombianos, que ya entonces nutrían al insaciable mercado estadounidense, con lo cual “el narcotráfico dejaba, por primera vez en la historia, millonarias ganancias a los bolivianos”, explica Ayda Levy.
“Lo extraño de todo esto era que nadie le reprochaba ni criticaba. Al contrario, la admiración, el cariño y el respeto que la gente sentía por él crecían con desmesura y hasta nuestros familiares y amigos lo aplaudían”, agrega.
Esa capacidad empresarial, que deriva en la constitución de la “Corporación” o la “General Motors del narcotráfico”, es lo que busca un grupo de militares golpistas, encabezado por Luis García Meza y Luis Arce Gómez –primo del “Rey”-, con la mediación del nazi Klaus Barbie, entonces conocido como Klaus Altmann. Pactan con Suárez, a quien le dicen que no debía espantarle la idea de delinquir, porque el objetivo final era promover el desarrollo del país para sacarlo de la extrema pobreza. Es decir, una meta incluida en el ideario del “Rey”.
Con este acuerdo, la “General Motors del narcotráfico” obtiene un paraguas político a cambio de financiar el golpe del 17 de julio de 1980 con cinco millones de dólares. Para consolidar los envíos y las operaciones del “primer narcoestado”, Barbie-Altmann aporta con los “Novios de la Muerte”, entre los cuales figuran los tristemente célebres Stefano Delle Chiae y Joachim Fiebelkorn, entre otros neofascistas. Es inevitable que el narcotráfico sea como un imán para los cultores de la muerte.
el Cartel de Medellín
En Scarface, el general Cocombre es Luis Arce Gómez, que sería conocido como el “Ministro de la cocaína” y que hoy cumple, al igual que el ex dictador Luis García Meza, una condena de 30 años sin derecho a indulto en Chonchocoro.
En junio de 1980, Suárez entabla una relación decisiva con los capos del futuro Cartel de Medellín. En 1981 celebra su cumpleaños con una fiesta de postín en Santa Cruz, a la cual llegan como invitados el “Pelícano” y el “Mexicano”, los colombianos Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, respectivamente, a quienes Suárez llama el Dúo Dinámico.
A Ayda Levy le llama la atención la catadura de los dos sujetos, ambos de mirada torva. En medio de un ambiente surrealista, compartido por la élite y los políticos, Roby, el hijo mayor de Suárez, instruye a los sirvientes que encadenen a un árbol a dos tigres –uno de ellos criado con leche y chocolate- que andaban sueltos por el jardín, para evitar sustos a los invitados; es cuando Pablo Escobar explota de alegría: “¡Ave María, don Roberto! No me voy sin que me regale un par de esos gaticos. Van a ser el adorno de Nápoles”.
A esas alturas, Escobar ya tenía un formidable prontuario como narcotraficante con centenares de asesinatos en su haber y “Nápoles” era la hacienda-fortaleza donde había logrado montar un zoológico con animales africanos de contrabando. Unos cuantos hipopótamos deambulaban hasta hace poco en medio de las haciendas colombianas, luego de que Escobar fuera abatido por las fuerzas del orden en 1993.
El “Pelícano” invita a la esposa de su principal proveedor de sulfato base de cocaína a visitar su casa, en Medellín, pero ella acepta “por pura gentileza, consciente de que jamás él ni ningún otro de su especie tendría tal honor”. Y los critica con saña, porque “los colombianos fueron los primeros en irse después de comer” (“indio comido, indio ido”, afirma), luego de conversar con el hombre fuerte del narcoestado, el coronel Luis Arce Gómez, también conocido como “Malavida” cuando, en los 60, era uno de los fotoperiodistas de diario Presencia.
Pero los colombianos, por muy astrosos que fueran, ya jugaban un papel determinante en la “Corporación” de Suárez, quien se daba modos para negar, en su vida marital, que fuera el mandamás de la droga. Aquel año, asegura Ayda Levy, se separó del “Rey de la cocaína”. Le pidió expresamente que no mezclara el dinero sucio de sus nuevos negocios con los bienes gananciales de 23 años de matrimonio, durante los cuales su marido se había destacado como activo empresario ganadero.
Como en la película
Dos años después, los socios terminan de ver la película Scarface de Brian De Palma, en una casa de Suárez en la localidad colombiana de El Poblado, y se matan de risa.
Festejan las ocurrencias del “Rey de la cocaína”, quien dice que a los gringos les gusta tergiversar las cosas. Y tanto que Tony Montana es cubano –sale de La Habana en el éxodo del puerto Mariel-, cuando, según Suárez, todo el mundo sabe que es “paisa” o de Medellín y que se llama Pablo Escobar; Manny, el lugarteniente de Montana, no es otro que Rodríguez Gacha; el general Cocombre es García Meza (o, si se quiere, Arce Gómez) y el atildado Alejandro Sosa, un narco con modales y ética del lord inglés es, por supuesto, Suárez.
El “Rey”, en esas fechas, ya había remitido su famosa carta al presidente de EEUU, Ronald Reagan, a quien había prometido entregarse si liberaban a su hijo Roby, aprehendido en Suiza y luego extraditado a Florida, y si la Casa Blanca depositaba un cheque en el Banco Central de Bolivia por 3.800 millones de dólares, el monto de la deuda externa del país. Roby salió por falta de pruebas y el país aún paga la deuda externa.
Pero ya Suárez y sus socios jugaban a “dos puntas”.O a más de dos. Porque no sólo traficaron cocaína para el narcoestado de García Meza y Arce Gómez, sino también, como asegura Ayda Levy, para Oliver North de la CIA, que precisaba financiar la operación Irán-Contras.
Además, habían pagado una tasa mensual de un millón de dólares al régimen cubano, según el libro de Ayda Levy, para llegar con mayor facilidad a las costas de Florida, hasta que esa relación entró en una insalvable crisis. Sostenían, mediante North, una estrecha relación con el ex dictador panameño Manuel Antonio Noriega, hoy preso en su país por narcotráfico, interesado en que Suárez y Escobar financiaran la campaña del candidato a la presidencia de Costa Rica, Luis Alberto Monge, en 1981. De ese cruce de intereses resultaba que los narcos complotaban para mantener y defenestrar del poder, simultáneamente, al sandinista Daniel Ortega de Nicaragua. Es decir, jugaban con las camisetas de Dios y del diablo.
No son menos raras las vinculaciones de la alianza de narcos con Roberto Calvi, el presidente del Banco Ambrosiano, o con la familia mafiosa Gambino, en el exterior, y con el ministro de la UDP Rafael Otazo o con los ministros adenistas Alfredo Arce Carpio y Mario Salinas, en el país, lo cual demostraba que los tentáculos de la “Corporación” penetraban en el poder sin que importara si se trataba de gobiernos de facto o democráticos.
El epílogo
Una suma de factores obliga a Suárez, a mediados de 1985, a iniciar su retirada del narcotráfico. Acaso, como expresa Ayda Levy, estaba cansado de llevar una vida a salto de mata, pero también es cierto que surgen otros competidores, pequeños, aunque más agresivos, que entablan también negociaciones con los colombianos, pero que atomizan el “negocio”.
Finalmente, en julio de 1988, Suárez se entrega a cambio de una condena de 15 años en la cárcel de San Pedro de La Paz, pero logra que lo trasladen inicialmente a Cochabamba, en 1992, y después a Trinidad, en enero 1994, donde un mes después obtuvo su libertad. Murió el 20 de julio de 2000 en esa ciudad a causa de un paro respiratorio. En 1993, le había tocado sufrir, en prisión, el que la familia considera asesinato de Roby, en Santa Cruz.
El balance de Ayda Levy es lapidario, porque cree que Suárez no tenía necesidad de convertirse en narcotraficante y “es un precio demasiado caro a pagar”. Tony Montana adopta, para la mansión en que finalmente muere acribillado por los sicarios enviados por Alejandro Sosa, el lema publicitario de la transnacional Goodyear The world is yours (El mundo es tuyo). Algo que al parecer es efímero, como en el caso del “Rey de la cocaína”.
Lo extraño de todo esto era que nadie le reprochaba nada. Al contrario, la admiración que la gente sentía por él crecía con desmesura y hasta nuestros familiares lo aplaudían.
Uiouio uiouio uio uio uio uio uio uio uio uio
Los dos libros del “rey”
Ayda Levy cuenta que las grandes compañías cinematográficas y editoriales rondaban a Roberto Suárez Gómez para comprar la historia de sus años como el “Rey de la cocaína”.
Con el apoyo de sus asesores literarios, Suárez obtuvo una autobiografía de 350 páginas, Siempre Rey, que no menciona una palabra sobre el narcotráfico, y Tesis coca-cocaína, en el cual describe, en 500 páginas, con lujo de detalles sus relaciones con el poder, con los presidentes, los métodos de lavado de dinero sucio en la banca internacional, las relaciones de las agencias antidroga con el hampa y las redes que tejió para monopolizar la producción de cocaína.
El primer texto decepcionó porque no contenía ni una palabra sobre narcotráfico, en tanto que, según su viuda, se llevó el segundo libro a la tumba, acaso porque la publicación removería heridas aún no restañadas.
Pero la dimensión de la aventura delictiva de Suárez contrasta con la de los “argumentos” que impulsaban su incursión en el tenebroso mundo del narcotráfico; no se contentó con poco y logró un control monopólico, vertical, del ilegal mercado de la cocaína, aunque en todo momento sostenía que buscaba que un recurso natural como la coca beneficiara al país, según asegura su viuda, Ayda Levy, en el libro El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado.
En efecto, el “Rey de la cocaína”, quien amasó una fortuna derivada de un ingreso que en su momento no se podía calcular –a inicios de los 80, afirman que llegaba a los 400 millones de dólares anuales-, pero que provenía de la venta de una producción diaria mínima de dos toneladas diarias de pasta base o sulfato de cocaína a sus socios del Cartel de Medellín, razona que, en el reparto de los recursos naturales, Dios había sido generoso con Bolivia.
Explicaba, para sustentar sus actividades ilegales, que algunos países tenían inmensas reservas petroleras y auríferas, pero que a los bolivianos les “había tocado la coca en la repartición”. Y que si la coca crecía sólo en los Yungas, en La Paz, y en el Chapare, en Cochabamba, era porque “habíamos sido bendecidos por la gracia de Dios”.
A este “argumento” sumaba otro de carácter nacionalista: los bolivianos hacíamos caso omiso a los milagros divinos y no sabíamos sacar provecho de las pocas oportunidades que se nos presentaban y, para variar, eran los extranjeros los que “siempre terminaban beneficiándose de nuestras materias primas, al darles incluso valor agregado”.
¿No había sucedido eso, a lo largo de la historia del país, con la plata, la quina, la goma y el estaño? Los ingleses, ¿no habían mandado a pique el poderoso imperio de la goma edificado, con grandes esfuerzos, por su abuelo Nicolás Suárez Callaú en la Amazonia boliviana, cuando sacaron de contrabando las semillas del árbol del caucho para después atiborrar de plantines sus colonias asiáticas?
Por ser minero y monoproductor, la caída del precio del estaño, en los 80, había sumido al país en una profunda crisis, ante la cual la coca era el único recurso estratégico renovable que le quedaba al gobierno “para sacarnos del subdesarrollo y saciar el hambre del pueblo”, aseguraba Suárez. En esos años, el gas no valía mucho.
Y menos para alguien que, como “El rey de la cocaína”, quería pagar una deuda externa de unos 3.800 millones de dólares en 36 meses y a quien le parece raro que se niegue “a priori la posibilidad de incursionar en el narcotráfico en aras de nobles ideales, con la motivación del amor a la patria y a la humanidad”.
A gran escala
Con ese arsenal teórico, Suárez Gómez se convierte en el “don” de una actividad que, según los datos del libro, había comenzado a penetrar la estructura del poder dictatorial a mediados de los 70.
En la vida real, Suárez tiene la ventaja de contar con una flotilla de aviones para transportar carne que inmediatamente pone al servicio de su nueva y lucrativa actividad. Además, es un hacendado y terrateniente beniano, descendiente del “Rey de la goma”, que dispone de tierras a las cuales se llega sólo por vía aérea y donde comienzan a funcionar factorías de producción a escala.
Con estas dos cartas en la mano, no le resulta difícil integrar el “negocio” y transformarse en un mayorista que toma el control de la producción y la comercialización de cocaína en el país, al extremo de que logra elevar y mantener el precio del kilo de sulfato base en 9.000 dólares para los ávidos colombianos, que ya entonces nutrían al insaciable mercado estadounidense, con lo cual “el narcotráfico dejaba, por primera vez en la historia, millonarias ganancias a los bolivianos”, explica Ayda Levy.
“Lo extraño de todo esto era que nadie le reprochaba ni criticaba. Al contrario, la admiración, el cariño y el respeto que la gente sentía por él crecían con desmesura y hasta nuestros familiares y amigos lo aplaudían”, agrega.
Esa capacidad empresarial, que deriva en la constitución de la “Corporación” o la “General Motors del narcotráfico”, es lo que busca un grupo de militares golpistas, encabezado por Luis García Meza y Luis Arce Gómez –primo del “Rey”-, con la mediación del nazi Klaus Barbie, entonces conocido como Klaus Altmann. Pactan con Suárez, a quien le dicen que no debía espantarle la idea de delinquir, porque el objetivo final era promover el desarrollo del país para sacarlo de la extrema pobreza. Es decir, una meta incluida en el ideario del “Rey”.
Con este acuerdo, la “General Motors del narcotráfico” obtiene un paraguas político a cambio de financiar el golpe del 17 de julio de 1980 con cinco millones de dólares. Para consolidar los envíos y las operaciones del “primer narcoestado”, Barbie-Altmann aporta con los “Novios de la Muerte”, entre los cuales figuran los tristemente célebres Stefano Delle Chiae y Joachim Fiebelkorn, entre otros neofascistas. Es inevitable que el narcotráfico sea como un imán para los cultores de la muerte.
el Cartel de Medellín
En Scarface, el general Cocombre es Luis Arce Gómez, que sería conocido como el “Ministro de la cocaína” y que hoy cumple, al igual que el ex dictador Luis García Meza, una condena de 30 años sin derecho a indulto en Chonchocoro.
En junio de 1980, Suárez entabla una relación decisiva con los capos del futuro Cartel de Medellín. En 1981 celebra su cumpleaños con una fiesta de postín en Santa Cruz, a la cual llegan como invitados el “Pelícano” y el “Mexicano”, los colombianos Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, respectivamente, a quienes Suárez llama el Dúo Dinámico.
A Ayda Levy le llama la atención la catadura de los dos sujetos, ambos de mirada torva. En medio de un ambiente surrealista, compartido por la élite y los políticos, Roby, el hijo mayor de Suárez, instruye a los sirvientes que encadenen a un árbol a dos tigres –uno de ellos criado con leche y chocolate- que andaban sueltos por el jardín, para evitar sustos a los invitados; es cuando Pablo Escobar explota de alegría: “¡Ave María, don Roberto! No me voy sin que me regale un par de esos gaticos. Van a ser el adorno de Nápoles”.
A esas alturas, Escobar ya tenía un formidable prontuario como narcotraficante con centenares de asesinatos en su haber y “Nápoles” era la hacienda-fortaleza donde había logrado montar un zoológico con animales africanos de contrabando. Unos cuantos hipopótamos deambulaban hasta hace poco en medio de las haciendas colombianas, luego de que Escobar fuera abatido por las fuerzas del orden en 1993.
El “Pelícano” invita a la esposa de su principal proveedor de sulfato base de cocaína a visitar su casa, en Medellín, pero ella acepta “por pura gentileza, consciente de que jamás él ni ningún otro de su especie tendría tal honor”. Y los critica con saña, porque “los colombianos fueron los primeros en irse después de comer” (“indio comido, indio ido”, afirma), luego de conversar con el hombre fuerte del narcoestado, el coronel Luis Arce Gómez, también conocido como “Malavida” cuando, en los 60, era uno de los fotoperiodistas de diario Presencia.
Pero los colombianos, por muy astrosos que fueran, ya jugaban un papel determinante en la “Corporación” de Suárez, quien se daba modos para negar, en su vida marital, que fuera el mandamás de la droga. Aquel año, asegura Ayda Levy, se separó del “Rey de la cocaína”. Le pidió expresamente que no mezclara el dinero sucio de sus nuevos negocios con los bienes gananciales de 23 años de matrimonio, durante los cuales su marido se había destacado como activo empresario ganadero.
Como en la película
Dos años después, los socios terminan de ver la película Scarface de Brian De Palma, en una casa de Suárez en la localidad colombiana de El Poblado, y se matan de risa.
Festejan las ocurrencias del “Rey de la cocaína”, quien dice que a los gringos les gusta tergiversar las cosas. Y tanto que Tony Montana es cubano –sale de La Habana en el éxodo del puerto Mariel-, cuando, según Suárez, todo el mundo sabe que es “paisa” o de Medellín y que se llama Pablo Escobar; Manny, el lugarteniente de Montana, no es otro que Rodríguez Gacha; el general Cocombre es García Meza (o, si se quiere, Arce Gómez) y el atildado Alejandro Sosa, un narco con modales y ética del lord inglés es, por supuesto, Suárez.
El “Rey”, en esas fechas, ya había remitido su famosa carta al presidente de EEUU, Ronald Reagan, a quien había prometido entregarse si liberaban a su hijo Roby, aprehendido en Suiza y luego extraditado a Florida, y si la Casa Blanca depositaba un cheque en el Banco Central de Bolivia por 3.800 millones de dólares, el monto de la deuda externa del país. Roby salió por falta de pruebas y el país aún paga la deuda externa.
Pero ya Suárez y sus socios jugaban a “dos puntas”.O a más de dos. Porque no sólo traficaron cocaína para el narcoestado de García Meza y Arce Gómez, sino también, como asegura Ayda Levy, para Oliver North de la CIA, que precisaba financiar la operación Irán-Contras.
Además, habían pagado una tasa mensual de un millón de dólares al régimen cubano, según el libro de Ayda Levy, para llegar con mayor facilidad a las costas de Florida, hasta que esa relación entró en una insalvable crisis. Sostenían, mediante North, una estrecha relación con el ex dictador panameño Manuel Antonio Noriega, hoy preso en su país por narcotráfico, interesado en que Suárez y Escobar financiaran la campaña del candidato a la presidencia de Costa Rica, Luis Alberto Monge, en 1981. De ese cruce de intereses resultaba que los narcos complotaban para mantener y defenestrar del poder, simultáneamente, al sandinista Daniel Ortega de Nicaragua. Es decir, jugaban con las camisetas de Dios y del diablo.
No son menos raras las vinculaciones de la alianza de narcos con Roberto Calvi, el presidente del Banco Ambrosiano, o con la familia mafiosa Gambino, en el exterior, y con el ministro de la UDP Rafael Otazo o con los ministros adenistas Alfredo Arce Carpio y Mario Salinas, en el país, lo cual demostraba que los tentáculos de la “Corporación” penetraban en el poder sin que importara si se trataba de gobiernos de facto o democráticos.
El epílogo
Una suma de factores obliga a Suárez, a mediados de 1985, a iniciar su retirada del narcotráfico. Acaso, como expresa Ayda Levy, estaba cansado de llevar una vida a salto de mata, pero también es cierto que surgen otros competidores, pequeños, aunque más agresivos, que entablan también negociaciones con los colombianos, pero que atomizan el “negocio”.
Finalmente, en julio de 1988, Suárez se entrega a cambio de una condena de 15 años en la cárcel de San Pedro de La Paz, pero logra que lo trasladen inicialmente a Cochabamba, en 1992, y después a Trinidad, en enero 1994, donde un mes después obtuvo su libertad. Murió el 20 de julio de 2000 en esa ciudad a causa de un paro respiratorio. En 1993, le había tocado sufrir, en prisión, el que la familia considera asesinato de Roby, en Santa Cruz.
El balance de Ayda Levy es lapidario, porque cree que Suárez no tenía necesidad de convertirse en narcotraficante y “es un precio demasiado caro a pagar”. Tony Montana adopta, para la mansión en que finalmente muere acribillado por los sicarios enviados por Alejandro Sosa, el lema publicitario de la transnacional Goodyear The world is yours (El mundo es tuyo). Algo que al parecer es efímero, como en el caso del “Rey de la cocaína”.
Lo extraño de todo esto era que nadie le reprochaba nada. Al contrario, la admiración que la gente sentía por él crecía con desmesura y hasta nuestros familiares lo aplaudían.
Uiouio uiouio uio uio uio uio uio uio uio uio
Los dos libros del “rey”
Ayda Levy cuenta que las grandes compañías cinematográficas y editoriales rondaban a Roberto Suárez Gómez para comprar la historia de sus años como el “Rey de la cocaína”.
Con el apoyo de sus asesores literarios, Suárez obtuvo una autobiografía de 350 páginas, Siempre Rey, que no menciona una palabra sobre el narcotráfico, y Tesis coca-cocaína, en el cual describe, en 500 páginas, con lujo de detalles sus relaciones con el poder, con los presidentes, los métodos de lavado de dinero sucio en la banca internacional, las relaciones de las agencias antidroga con el hampa y las redes que tejió para monopolizar la producción de cocaína.
El primer texto decepcionó porque no contenía ni una palabra sobre narcotráfico, en tanto que, según su viuda, se llevó el segundo libro a la tumba, acaso porque la publicación removería heridas aún no restañadas.
El estratega de Charcas
Uno de los mayores problemas de las repúblicas iberoamericanas es tratar de enterrar su pasado, para entrar en procesos de “descolonización” que pretenden borrar 300 años de historia colonial y así comenzar el recuento de los hechos históricos a partir de principios del siglo XIX, cuando logran su independencia de España.
Al proceder de esta manera, se dejan de lado las contribuciones de brillantes estadistas, quienes, por la profundidad de su pensamiento, han dejado huellas indelebles.
Tal es el caso de la figura señera del licenciado Juan de Matienzo de Peralta, el estratega de Charcas, quien incursionó en campos tan variados como la geopolítica, la administración pública, la economía y las relaciones internacionales, para trazar un perfil de la Audiencia de Charcas, hoy Bolivia.
El oidor
Juan de Matienzo de Peralta nace en Valladolid el 22 de febrero de 1520, en una familia de clase media. Su padre, cristiano viejo, originario de Santander, era funcionario real: había trabajado 20 años como empleado subalterno de la Cancillería de Valladolid. Estudia leyes en la universidad de su ciudad y después de 10 años de escolaridad obligatoria obtiene el título de licenciado en Derecho.
Trabaja durante 17 años – de 1542 a 1559 – en la Cancillería de Valladolid, en la cual es nombrado relator y adquiere una buena reputación como jurisconsulto.
El 2 de julio de 1557 los Consejeros de Indias proponen al Rey que Matienzo sea nombrado oidor de la recientemente creada Audiencia de Charcas, en reconocimiento a su capacidad profesional. El 7 de septiembre de 1558 es nombrado oidor con una remuneración anual de 4.000 pesos de oro. Asimismo, es designado Decano de los Oidores.
El 25 de noviembre de 1559 se le otorga el paso a Indias acompañado de una numerosa corte de criados. Se le autoriza a embarcar, libres de impuestos, a cuatro esclavos negros, las armas que considere necesarias y joyas y muebles por un valor de hasta 500 ducados. El 25 de enero de 1560 parte de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, juntamente con el nuevo Virrey del Perú, el Conde de Nieva y los oidores de la Audiencia de Lima Ponce de León y Salazar de Villasante, y de un futuro colega de la Audiencia de Charcas, López de Haro.
El 4 de abril de 1561 jura como oidor de la Audiencia de Charcas, al mismo tiempo que sus colegas López de Haro y Pérez de Recalde y es nombrado Presidente; es el cuarto en ocupar ese cargo. Llega a la sede de sus funciones en septiembre de 1561 con el Sello Real.
Su obra
Entre sus realizaciones más importantes como oidor, se pueden citar las siguientes:
1) La fundación de la Casa de Moneda en Potosí (1565). En el Capítulo X de la Segunda Parte de su obra, el Govierno de el Perú, explica detalladamente las razones que sustentan la fundación de una Casa de Moneda en los dominios de la Audiencia de Charcas.
2) El inicio de la explotación de las minas de azogue de Huancavelica, Perú (1566).
3) La colaboración para que se haga realidad el II Concilio Limense (1567).
4) La creación de la Sala del Crimen en la Real Audiencia de Lima (1568).
Matienzo era un apasionado por los viajes. Puesto que a su llegada a Charcas todavía no estaban dadas las condiciones físicas necesarias para la instalación de la Audiencia, comienza a viajar por su territorio para conocer, de primera mano, las características tanto culturales como antropológicas y geográficas del territorio sobre el que luego tendrá jurisdicción.
Como resultado de estos viajes y observaciones in situ publica en 1567 su obra geopolítica y administrativa más importante, Govierno de el Perú, en la cual, aparte de dar una descripción del territorio, sus habitantes y sus costumbres, hace una serie de indicaciones acerca de cómo debería organizarse el virreinato y cuáles son las proyecciones geopolíticas que debería tener la Audiencia de Charcas, para mejor servicio del Rey de España.
Su pensamiento geopolítico puede esbozarse de la siguiente manera:
La Audiencia de Charcas debe gravitar sobre el Océano Atlántico a través del puerto de Buenos Aires y sobre el Pacífico a través del puerto de Arica, que es su puerto natural.
La apertura del puerto de Buenos Aires, además de permitir la natural gravitación de la Audiencia sobre el Atlántico, permitirá reducir el tiempo y los costos de viaje desde España hasta América, evitando que los navíos deban dar la vuelta al Cabo de Hornos para llegar al puerto del Callao.
El hecho de habilitar el puerto de Buenos Aires como puerto natural de la Audiencia sirve también para poblar las tierras que actualmente corresponden al noreste argentino y de esa forma frenar los avances de los chiriguanos.
Existe la necesidad de “abrir puertas a la tierra”, es decir, abrir Buenos Aires al comercio y a las comunicaciones con España, para romper el camino obligado de las flotas Caribe – Panamá – Pacífico - Lima – Alto Perú – Potosí – Río de la Plata.
La idea recurrente es volcar Charcas hacia la Cuenca del Plata, para hacerla un pasadizo para la comunicación de Lima y Chile con España.
Dentro de su concepción geopolítica, América del Sur es un todo indivisible, con un punto de articulación: Gaboto (Santa Fe, Argentina).
Las rutas comerciales
Las posibles rutas comerciales planteadas por Matienzo fueron las siguientes:
* La Plata – La Barranca – Santa Cruz – La Serrezuela – Asunción – Buenos Aires.
* La Plata – Jujuy – Rio Pilcomayo – Asunción – Buenos Aires.
* La Plata – Jujuy – Salta – Río Bermejo.
* La Plata – Talina – Casabindo – Calchaquí – Córdoba – Cañete – Santiago del Estero – Gaboto – Kurunera – Buenos Aires.
En su concepción, el movimiento debía realizarse de la siguiente manera:
Las mercaderías que llegan al Río de la Plata:
Desembarcan en la isla de San Gabriel (o donde había estado la primera Buenos Aires). En cualquiera de esos puntos, los bienes podrían transbordarse a bergantines de poco calado que los llevasen río arriba hasta la fortaleza de Gaboto.
Una vez allí se cargarían en carretas que los trasladarían a la ciudad de Esteco en la región del Tucumán. De ahí pasarían a lomos de mulas, caballos o camélidos (que los españoles llamaban “carneros de la tierra”) para dirigirse a Jujuy y luego al puerto de Atacama junto al océano Pacífico, por entonces denominado “Mar del Sur”.
Desde allí, por barco, podía abastecerse a Chile al sur y, al norte, a Arequipa, Lima, Trujillo y Quito. Desde Arequipa se podía servir a Cusco e incluso a Potosí “a donde envían sus carneros con coca y suelen volver vacíos” por no tener carga que traer de vuelta.
Las ideas de Matienzo influyeron poderosamente en la reubicación de la ciudad de Buenos Aires y en la fundación de ciudades en el noreste argentino, como lo expresa el historiador argentino Raúl Bazán: “Matienzo fue un verdadero estadista por la claridad de sus ideas y su profética visión”.
Sin embargo, como parece ser el sino de los hombres visionarios de todas las épocas, “[Matienzo] murió sufriendo de gota, megalomanía, prostatitis y jactancia. Como no había efectivo en su casa en el momento de su muerte, hubo que vender algunos objetos de plata para sufragar los gastos del entierro”.
El 2 de julio de 1557 los Consejeros de Indias proponen al Rey que Matienzo sea nombrado oidor de la recientemente creada Audiencia de Charcas, por su capacidad profesional
Al proceder de esta manera, se dejan de lado las contribuciones de brillantes estadistas, quienes, por la profundidad de su pensamiento, han dejado huellas indelebles.
Tal es el caso de la figura señera del licenciado Juan de Matienzo de Peralta, el estratega de Charcas, quien incursionó en campos tan variados como la geopolítica, la administración pública, la economía y las relaciones internacionales, para trazar un perfil de la Audiencia de Charcas, hoy Bolivia.
El oidor
Juan de Matienzo de Peralta nace en Valladolid el 22 de febrero de 1520, en una familia de clase media. Su padre, cristiano viejo, originario de Santander, era funcionario real: había trabajado 20 años como empleado subalterno de la Cancillería de Valladolid. Estudia leyes en la universidad de su ciudad y después de 10 años de escolaridad obligatoria obtiene el título de licenciado en Derecho.
Trabaja durante 17 años – de 1542 a 1559 – en la Cancillería de Valladolid, en la cual es nombrado relator y adquiere una buena reputación como jurisconsulto.
El 2 de julio de 1557 los Consejeros de Indias proponen al Rey que Matienzo sea nombrado oidor de la recientemente creada Audiencia de Charcas, en reconocimiento a su capacidad profesional. El 7 de septiembre de 1558 es nombrado oidor con una remuneración anual de 4.000 pesos de oro. Asimismo, es designado Decano de los Oidores.
El 25 de noviembre de 1559 se le otorga el paso a Indias acompañado de una numerosa corte de criados. Se le autoriza a embarcar, libres de impuestos, a cuatro esclavos negros, las armas que considere necesarias y joyas y muebles por un valor de hasta 500 ducados. El 25 de enero de 1560 parte de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, juntamente con el nuevo Virrey del Perú, el Conde de Nieva y los oidores de la Audiencia de Lima Ponce de León y Salazar de Villasante, y de un futuro colega de la Audiencia de Charcas, López de Haro.
El 4 de abril de 1561 jura como oidor de la Audiencia de Charcas, al mismo tiempo que sus colegas López de Haro y Pérez de Recalde y es nombrado Presidente; es el cuarto en ocupar ese cargo. Llega a la sede de sus funciones en septiembre de 1561 con el Sello Real.
Su obra
Entre sus realizaciones más importantes como oidor, se pueden citar las siguientes:
1) La fundación de la Casa de Moneda en Potosí (1565). En el Capítulo X de la Segunda Parte de su obra, el Govierno de el Perú, explica detalladamente las razones que sustentan la fundación de una Casa de Moneda en los dominios de la Audiencia de Charcas.
2) El inicio de la explotación de las minas de azogue de Huancavelica, Perú (1566).
3) La colaboración para que se haga realidad el II Concilio Limense (1567).
4) La creación de la Sala del Crimen en la Real Audiencia de Lima (1568).
Matienzo era un apasionado por los viajes. Puesto que a su llegada a Charcas todavía no estaban dadas las condiciones físicas necesarias para la instalación de la Audiencia, comienza a viajar por su territorio para conocer, de primera mano, las características tanto culturales como antropológicas y geográficas del territorio sobre el que luego tendrá jurisdicción.
Como resultado de estos viajes y observaciones in situ publica en 1567 su obra geopolítica y administrativa más importante, Govierno de el Perú, en la cual, aparte de dar una descripción del territorio, sus habitantes y sus costumbres, hace una serie de indicaciones acerca de cómo debería organizarse el virreinato y cuáles son las proyecciones geopolíticas que debería tener la Audiencia de Charcas, para mejor servicio del Rey de España.
Su pensamiento geopolítico puede esbozarse de la siguiente manera:
La Audiencia de Charcas debe gravitar sobre el Océano Atlántico a través del puerto de Buenos Aires y sobre el Pacífico a través del puerto de Arica, que es su puerto natural.
La apertura del puerto de Buenos Aires, además de permitir la natural gravitación de la Audiencia sobre el Atlántico, permitirá reducir el tiempo y los costos de viaje desde España hasta América, evitando que los navíos deban dar la vuelta al Cabo de Hornos para llegar al puerto del Callao.
El hecho de habilitar el puerto de Buenos Aires como puerto natural de la Audiencia sirve también para poblar las tierras que actualmente corresponden al noreste argentino y de esa forma frenar los avances de los chiriguanos.
Existe la necesidad de “abrir puertas a la tierra”, es decir, abrir Buenos Aires al comercio y a las comunicaciones con España, para romper el camino obligado de las flotas Caribe – Panamá – Pacífico - Lima – Alto Perú – Potosí – Río de la Plata.
La idea recurrente es volcar Charcas hacia la Cuenca del Plata, para hacerla un pasadizo para la comunicación de Lima y Chile con España.
Dentro de su concepción geopolítica, América del Sur es un todo indivisible, con un punto de articulación: Gaboto (Santa Fe, Argentina).
Las rutas comerciales
Las posibles rutas comerciales planteadas por Matienzo fueron las siguientes:
* La Plata – La Barranca – Santa Cruz – La Serrezuela – Asunción – Buenos Aires.
* La Plata – Jujuy – Rio Pilcomayo – Asunción – Buenos Aires.
* La Plata – Jujuy – Salta – Río Bermejo.
* La Plata – Talina – Casabindo – Calchaquí – Córdoba – Cañete – Santiago del Estero – Gaboto – Kurunera – Buenos Aires.
En su concepción, el movimiento debía realizarse de la siguiente manera:
Las mercaderías que llegan al Río de la Plata:
Desembarcan en la isla de San Gabriel (o donde había estado la primera Buenos Aires). En cualquiera de esos puntos, los bienes podrían transbordarse a bergantines de poco calado que los llevasen río arriba hasta la fortaleza de Gaboto.
Una vez allí se cargarían en carretas que los trasladarían a la ciudad de Esteco en la región del Tucumán. De ahí pasarían a lomos de mulas, caballos o camélidos (que los españoles llamaban “carneros de la tierra”) para dirigirse a Jujuy y luego al puerto de Atacama junto al océano Pacífico, por entonces denominado “Mar del Sur”.
Desde allí, por barco, podía abastecerse a Chile al sur y, al norte, a Arequipa, Lima, Trujillo y Quito. Desde Arequipa se podía servir a Cusco e incluso a Potosí “a donde envían sus carneros con coca y suelen volver vacíos” por no tener carga que traer de vuelta.
Las ideas de Matienzo influyeron poderosamente en la reubicación de la ciudad de Buenos Aires y en la fundación de ciudades en el noreste argentino, como lo expresa el historiador argentino Raúl Bazán: “Matienzo fue un verdadero estadista por la claridad de sus ideas y su profética visión”.
Sin embargo, como parece ser el sino de los hombres visionarios de todas las épocas, “[Matienzo] murió sufriendo de gota, megalomanía, prostatitis y jactancia. Como no había efectivo en su casa en el momento de su muerte, hubo que vender algunos objetos de plata para sufragar los gastos del entierro”.
El 2 de julio de 1557 los Consejeros de Indias proponen al Rey que Matienzo sea nombrado oidor de la recientemente creada Audiencia de Charcas, por su capacidad profesional
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