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domingo, 2 de junio de 2013

Juan José Castelli, líder revolucionario



El libro de Fabio Wasserman Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario (Buenos Aires: Edhasa, 2011, 254 págs.) reconstruye en 13 capítulos la vida de Juan José Castelli (1764-1812), uno de los políticos más polémicos de la independencia hispanoamericana en América del Sur, en particular para los países que surgieron de la implosión del Virreinato del Río de la Plata, entre ellos Bolivia. La lectura de este libro toca al público interesado en la independencia de la América Española.

Esta biografía es representativa de una nueva generación de historiadores argentinos que están reevaluando el proceso de independencia. Fabio Wasserman (1968) es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet en el Instituto Emilio Ravignani, una de las instituciones que ha dado prestigio académico a ese país. Su óptica se inscribe dentro de la nueva historia política y cultural hispanoamericana del siglo XIX.

Esta biografía reinterpreta a un personaje histórico complejo, a través de una versión equilibrada sin encumbrar al héroe ni denostar al revolucionario. El mayor logro del autor es calibrar a Castelli en su acción política en tiempos de crisis, sin crear una imagen épica ni una imagen perversa, generando un diálogo permanente con el personaje poniéndose “en sus zapatos”. POLÍTICO. Castelli, el político, es reconstruido a partir de varias facetas, incluyendo la vida personal, a pesar de las pérdidas sucesivas de la documentación particular de Castelli en los años de mayor exposición pública, tras el desastre de Guaqui, y el incendio de la Biblioteca de René-Moreno en Chile.

Castelli es una figura controvertida de la Independencia, principalmente por sus ideas radicales y sus medidas contra los privilegios de una sociedad estamental. Sus contemporáneos ya lo compararon con los líderes de la etapa más radical de la Revolución Francesa. El temor a las posturas radicales durante la guerra de Independencia, y una interpretación histórica radical de ésta, han contribuido a tejer una leyenda negra alrededor de este personaje.

En 1887, el general Mitre lo llamó “segundo Robespierre…, muy imbuido de las máximas de la revolución francesa”, y en 1911, el historiador potosino Luis Subieta Sagárnaga dijo de él que era “el fantasma del terrorismo francés de 1793, empañando con asesinatos políticos la causa de la libertad… aquel nuevo Marat”.

La figura de Castelli ha sido permanentemente reintroducida en el debate sobre la historia de la Independencia. Fue y es un personaje que enciende pasiones. En este libro, el día a día de los pasos del personaje permite esclarecer, momentos y decisiones políticas de Castelli, desde las invasiones inglesas, y la coyuntura que abrió ese doble vacío que significó tanto la acefalía de la monarquía en España como el sentido de la ocupación del Alto Perú por los porteños, en medio del debate entre saavedristas y morenistas. UNIVERSITARIO. Luego de dibujar al niño Castelli y su entorno familiar acomodado, el autor pasa a los años de formación del político. Su paso por las aulas de la Universidad de Chuquisaca (1786), es un momento importante, cuando en la misma época se formaban en la Academia Carolina su primo Manuel Belgrano y otros connotados personajes de la época como Mariano Moreno, José Paso, Bernardo de Monteagudo, y Jaime Zudáñez, entre otros.

Esa estadía es un paso significativo para introducir en la biografía su pregunta fundamental: ¿cómo es que un leal súbdito del rey se convirtió en un líder revolucionario? Aunque aún falta mucho por conocer acerca del papel de la Universidad en la formación de una parte de la élite ilustrada americana, es indudable que Castelli bebió de ese ambiente intelectual y político.

Cuando Castelli regresó graduado a Buenos Aires, en 1788, se esperaba que sacase provecho de sus vínculos sociales y familiares, y de una expectativa grande sobre él. Empero, el ambiente estaba cada vez más saturado de abogados, lo que restringía las expectativas de esa generación. Se casó en 1794 con María Rosa Lynch Galayn, hija de un comerciante irlandés, a lo que siguió el nacimiento de cinco hijos. Compartió una vida familiar en su quinta de San Isidro, siendo vecino de Cornelio Saavedra. Desde su mundo familiar, Fabio Wasserman afirma que Castelli se desenvolvía en el ambiente de las tertulias políticas, formando parte “de un pequeño círculo unido por lazos de amistad y afinidades ideológicas”, en el que el ambiente intelectual común eran las ideas reformistas, ilustradas, la economía política y la modernización de la sociedad, dentro de las lealtades políticas vigentes que incluían el orden social vigente y la religión católica.

En estas circunstancias se abrió un nuevo escenario con las guerras napoleónicas en Europa, y el papel de Inglaterra en ellas. Las invasiones inglesas al Río de la Plata acentuaron la crisis política y abrieron un escenario nuevo: “se produjo una situación que en cierto modo puede parecer paradójica: mientras que los criollos mostraron una férrea lealtad hacia España y su monarquía, sus funcionarios no hacían más que desprestigiarse”. De modo que siguiendo con “la pregunta” —¿cómo un personaje como Castelli se convirtió de un abogado con ciertas expectativas laborales y familiares en un revolucionario?—, el autor sostiene que en los sucesos del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires se abrió la coyuntura que lo catapultó entre los principales de la revolución.

En la elección de líderes por el Cabildo para destituir al Virrey Baltasar Cisneros, Castelli fue elegido como el portavoz de los vecinos, entre los que se encontraban funcionarios civiles, eclesiásticos y militares de alto rango. Los rebeldes que estaban apoyados por la fuerza militar, y buscaban la creación de un nuevo gobierno, vieron que “el más indicado para desarrollar una sólida argumentación… parecía ser Castelli, quien conjugaba una notable capacidad retórica y sólidos conocimientos jurídicos.” Desde ese momento, Castelli fue considerado el “orador de la revolución”, o como algunos lo conocían: un “pico de oro”.

El año 1811 se abrió con un cambio fundamental: la ampliación de la Junta Revolucionaria con la incorporación los diputados elegidos por los pueblos que ya se encontraban en Buenos Aires. Contraria a la idea de Moreno de integrar un Congreso (más radical), ganó la opción de Saavedra y se formó la llamada Junta Grande que envió partes al Alto Perú, abierto a Buenos Aires con el triunfo de Suipacha (7 de noviembre de 1810), y poniendo en su lugar gente afecta a la corriente saavedrista, muchos de los cuales eran “enemigos de la causa”.

En Buenos Aires, Saavedra justificó lo ocurrido manifestando que “el sistema Robespierrano que se quería adoptar en ésta, la imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que han desaparecido”. La Junta Grande decidió fortalecerse frente a Castelli que buscaba afianzar su poder y que mandaba un ejército llamando a establecer Juntas Provinciales en cada capital de Intendencia, y Juntas provinciales subordinadas a éstas, en apoyo a la Junta Grande de Buenos Aires. Esto daba paso a la participación de las élites locales en la definición del curso de la revolución. El tratamiento de la presencia de los porteños en el Alto Perú, lleva a otros varios aspectos de Castelli, el político. Por un lado, el proceso, sentencia y ejecución al Gobernador Intendente Francisco de Paula Sanz; al General derrotado en Suipacha, José de Córdova; y al Presidente de la Audiencia de Charcas, Vicente Nieto, el 15 de diciembre de 1810, en la Plaza de Armas de Potosí, le ganó el odio de los realistas y de los adeptos a la autoridad real, que para entonces, eran muchos. Luego, en Chuquisaca, el 25 de diciembre de 1810, se ocupó de desplazar a potenciales enemigos e intervenir en la elección de diputados y representantes, y como era su fuerte, se ocupó de llevar adelante una campaña propagandística grande advirtiendo sobre los peligros de una política moderada. Adoptó medidas a favor de los perseguidos y presos por los movimientos de 1809 suprimiendo confiscaciones y embargos e invirtió muchos esfuerzos por contar con el apoyo del ejército realista. El libro da también una visión de su paso relámpago por Cochabamba, y por la ciudad de La Paz. ALTO PERÚ. Hay un esfuerzo del autor por deslindar la figura de Castelli de los desenfrenos porteños en el Alto Perú pues, como bien señala, quizás por las diferencias regionales, culturales, y sobre todo políticas, la presencia de los porteños en todas las ciudades del Alto Perú fue una fuente de conflictos con la población, tanto por el comportamiento licencioso, irrespetuoso y propenso a las trifulcas de la tropa, como por los desencuentros culturales “y el sentimiento de superioridad de los porteños que no favorecía la concordia”. Esas tensiones estallaron en la derrota de Guaqui y dejaron un sentimiento antiporteño en la región.

Por el contrario, una de las contribuciones más importantes de Castelli fueron sus esfuerzos por integrar a los indígenas a la política, con la otorgación del voto para la elección de representantes de los pueblos indios, incorporarlos al ejército, y abolir el tributo indígena, la más pesada carga colonial. Éstos, según el autor, fueron gestos auténticos como también de estrategia política, pues Castelli entendió que la supervivencia de la revolución de Buenos Aires pasaba por el apoyo de la mayoría en el Alto Perú, es decir, de los indígenas.

Este filoindigenismo tuvo su máxima expresión en la ceremonia de Tiwanaku (llamado por los porteños, “Palacio Castillo y jardín de los Incas Monarcas”). El 25 de mayo de 1811, porteños, paceños, cochabambinos, potosinos, orureños, curacas, miles de indios y autoridades de la Intendencia conmemoraron el “segundo año de la libertad de Sur América”. Allí se distribuyó un documento que proclamaba que todos podían gozar de los mismos derechos, declarando la igualdad para acceder a cargos, honores y derechos. El autor considera que este acto fue el punto más alto del contenido político del paso de Castelli en el Alto Perú y de la orientación que le quiso a dar a esa fase de la presencia porteña. Tal llegó a ser la expectativa de los pueblos indios que inmediatamente apareció un mito sobre Castelli. A mediados de 1811 se llegó a creer que estaba por llegar el Inca y que “ese Inca era Castelli o al menos un pariente suyo”, y lo llamaron Rey Castel, en búsqueda de respuestas a la ausencia del Rey. Corrieron diferentes versiones, una de las cuales afirmaba que Fernando VII estaba en Jerusalén y había abdicado a favor del Inca que vendría a coronarse y a devolver sus tierras a los indios.

En otra faceta, se muestra que Castelli tuvo dotes de comunicador, no sólo como orador, sino también como propagandista. Esto tuvo efectos importantes en el debate político, pues dirigió sus escritos a diferentes interlocutores: a las autoridades realistas en Lima y otros pueblos del Virreinato del Perú, a las autoridades del Río de la Plata, a la Iglesia en el Alto Perú, a los vecinos, y a los indios (con traducciones en lenguas indígenas). El tono de estas proclamas, bandos, cartas, etc. llamaba a que los pueblos podían ser libres cuando lo quisieran y que para ello contaban con el auxilio de las armas que él les ofrecía. En un tono de regeneración —que fue característico de la Ilustración— Castelli hablaba de una nueva era para América del Sur y el continente.

Libertad y protección bajo las armas rioplatenses mientras se definía el vínculo entre los pueblos peruanos y el gobierno rioplatense. Todo esto muestra que la retórica revolucionaria de Castelli tuvo amplios efectos al punto de crear nuevos referentes mentales, incluyendo el orden mítico. PROCESO. Después de la derrota de Guaqui en que, según el autor, la tropa tuvo una conducta criminal con la población que sufrió a su paso saqueos y vejámenes, enfrentó el “Proceso al Dr. Juan José Castelli por su conducta pública y militar desde que fue nombrado representante hasta después del Desaguadero (diciembre 1811-octubre 1812)”. Acusado de buscar la independencia y de un comportamiento personal licencioso que no pudo ser comprobado, desde entonces se ha tejido su figura como impío, jacobino y mujeriego.

En suma, este libro es capaz de dar una visión compleja del personaje desde una óptica que traspasa la frontera nacional. Deja claro el estilo político de Castelli que gustaba del contacto directo con la población y sus autoridades. Da muestra fehaciente de las profundas mutaciones políticas que se experimentaron en el Río de la Plata entre 1805 y 1812. Si logra responder a su pregunta, lo dirá el lector. Lo cierto es que, entre 1789 y 1812, Castelli se convirtió en el líder de la revolución de Mayo y su portavoz en el Alto Perú. Sin duda su estadía en el Alto Perú (1810-1811) fueron los años más importantes de su vida política hasta su temprana desaparición en Buenos Aires, víctima de cáncer de lengua.

Un ejemplar del libro —donado por el autor— se encuentra en la biblioteca del Museo Nacional de Etnografía y Folklore.


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