miércoles, 16 de agosto de 2017

La heroica defensa de Pisagua

Hace 137 años, el 2 de noviembre de 1879, en el Puerto de Pisagua se libró una de las batallas más importantes de la denominada Guerra del Pacífico, donde tropas y rabonas de nuestro país combatieron y murieron defendiendo el sur del Perú y es la primera muestra de lealtad a la nación aliada.

Tras la captura del monitor ‘Huáscar’ el 8 de octubre de 1879, el desierto de Tarapacá se convirtió en el nuevo teatro de operaciones. En ese sentido, se presentaron frente a la rada de Pisagua, el 2 de noviembre del citado año, 20 naves chilenas que transportaban 10.000 hombres con “caballería, artillería, ambulancias y toda clase de vituallas” 1, en ese momento dicho puerto se hallaba custodiado por los batallones paceños ‘Victoria 1’ (500 plazas entre soldados y oficiales) organizado por el médico edil Daniel Núñez del Prado y compuesto en su totalidad por artesanos y el ‘Independencia 3’ (427 hombres, entre soldados y oficiales) constituido por trabajadores del centro minero de Corocoro, comandados por Juan Granier y el cochabambino Pedro P. Vargas, correspondientemente, ambas unidades militares fueron dirigidas por el benemérito sorateño general de brigada Pedro Villamil, entre los defensores también se encontraba una columna mixta nombrada ‘Nacionales de Pisagua’ (200 hombres) al mando del coronel Isaac Recabarren, apoyadas por dos baterías de cañones “sistema Parrot” 3 separados a más de una milla una de otra.

A las 7 de la mañana los buques chilenos iniciaron las hostilidades con el bombardeó a los cañones de tierra, mientras la embarcación Amazonas lanzaba granadas contra las heroicas tropas que esperaban entre las rocas el desembarco. Consecutivamente, se retiraron de sus posiciones y se distribuyeron de la siguiente manera: “los batallones Independencia y Victoria destacaron dos compañías a la falda del cerro próximo a Pisagua Viejo, otra próxima al cementerio y finalmente otra, en la misma Playa Blanca, quedando como reserva, dos compañías en Alto de Hospicio, una del Victoria y la otra del Independencia”, escribió el historiador militar boliviano Fernando Wilde.

Tras dos horas de un intenso fuego los cañones aliados fueron desmontados y las piezas de artillera chilena cesaron por un espacio de cincuenta minutos, el historiador araucano Benjamín Vicuña Mackenna describió que en este momento el Alto Mando chileno discutió otros puntos de desembarco como Junín, Pisagua Viejo e Ilo.

Por otro lado, el general Villamil solicitó el refuerzo de los “batallones Vengadores y Aroma, que estaban, el primero, en la oficina Germania y el segundo, de guarnición en Mejillones. Estos cuerpos eran los que estaban más cerca. Por la noche llegó Vengado-res a San Roberto, donde se nos incorporó. El Aroma, se reunió al siguiente día 3 en Agua Santa, por no haber recibido con oportunidad la orden de llamamiento”, escribió en sus memorias el general Juan Buendía, Jefe del Ejército del Sur.

Al promediar las 10:30 de la mañana, las tropas chilenas iniciaron el desembarco en 44 lanchas o chalupas apoyados por la artillería pesada. El combate cada vez se hacía más intenso, una y otra partida de botes que alcanzaron la playa se topaba con los bravos infantes bolivianos. Sobre ello Julio Díaz Arguedas, narró: “primeros en arribar a la costa, y los que fueron rechazados por los infantes bolivianos del Victoria que llegaron a lanzarse sobre ellos con el agua hasta la cintura, obligando a los lanchones enemigos a volver a sus buques. Repuesto el enemigo, intento un segundo desembarco y luego un tercero y un cuarto por la parte del norte o Pisagua Viejo, donde fue rechazado también por los soldados del Independencia”.

En represalia el enemigo aturdido lanzó bombas incendiarias contra la población, los depósitos de salitre y carbón de piedra em-pezaron a arder junto con los edificios que eran de madera, las gruesas nubes de humo cubrieron Pisagua en tanto que en ella se combatía encarnizadamente.

Como vemos durante la sobrehumana defensa “el valor superaba al heroísmo, pero tuvo que ceder a la inmensa superioridad del enemigo”, anotó el citado general Buendía. El combate duró siete horas y al terminar ésta, las fuerzas chilenas fusilaron cobardemente a los prisioneros y quemaron el Hospital junto con los enfermos y mataron al personal de la sanidad, incluso al Capellán canónigo Pérez. Por otro lado, el general Villamil fue uno de los últimos en retirarse al recoger a los heridos que pudo y los traslado a pie hasta Cuesta Arena.

Entre los jefes y oficiales heridos podemos citar a: “Cleto Pérez, Ricardo Valle, Emilio Calderón y Samuel Pareja. Llevados a Valparaíso fallecieron allí los tres primeros, habiendo salvado la vida solo el último”8. Cada boliviano había combatido contra diez chilenos apoyados por su armada, sobre ello Vicente Ochoa en su diario mencionó: “el capitán Felipe Barra es uno de los mejores héroes de ese combate de leones. Bajó á la playa, con su compañía de 80 hombres y se retiró con seis” 9, otro protagonista fue el sargento segundo Salomé Pérez, miembro del batallón ‘Victoria’, tras caer prisionero lo llevaron a Copiapó de donde escapó y atravesó caminando el desierto y el altiplano hasta llegar al Cuartel General de La Paz, por su sacrificio fue condecorado con una “medalla de plata que llevará grabado en su anverso el escudo nacional y en reverso el siguiente lema: ‘A la fidelidad y constancia del Sargento 2.° Salomé Peréz-1881”, dispuso el decreto emitido el 27 de julio 1881. Según registros chilenos fueron tomados 44 prisioneros bolivianos (7 oficiales y 37 soldados).

Después del combate sobrevivieron 200 soldados del Batallón ‘Victoria 1’ y 24 del ‘Independencia 3’, los cuales se retiraron “en todo orden a la estación de Jazpampa”.

La expulsión de españoles de América: La infame historia que escondió la independencia

La historiografía casi no quiso acordarse de ellos. Tal vez estaba demasiado entretenida con las mentiras de la leyenda negra como para prestar atención al éxodo que protagonizaron miles de españoles expulsados de América conforme se emancipaban territorios españoles en el continente. Fueron los perdedores de una guerra iniciada por los criollos (entre el 10 y el 15% de la población), los acomodados descendientes de españoles –como Simón Bolí-var o José de San Martín– que se revolvieron contra la madre patria y se cobraron lo que ellos pensaban la revancha. Los últimos españoles de América sufrieron toda clase de abusos y desprecios.

LA POBLACIÓN MESTIZA E INDÍGENA LUCHÓ EN AMBOS BANDOS

Lejos de ser una revolución popular y espontánea, los procesos de independencia de principios del siglo XIX corrieron a cargo de criollos dueños de grandes plantaciones e intelectuales enriquecidos, que recibieron el apoyo indirecto de EEUU e Inglaterra, empezando con el comercio de armas y barcos de guerra a los insurgentes. En tanto, la población mestiza e indígena, la mayoritaria, luchó en ambos bandos. Siendo que al final el dominio económico ejercido por España fue, simplemente, sustituido por el de otras potencias mundiales como Gran Bretaña. Cambio de patrones, pero no de estructura.

LOS ESPAÑOLES FUERA DE LA VIDA CIVIL

Los Estados surgidos tras las Guerras de in-dependencia hispanoamericanas del siglo XIX asumieron entre sus primeras decisiones la depuración de la administración y de aquellos individuos peninsulares que habían ocupado cargos de responsabilidad. Si bien fueron miles los españoles que huyeron debido al propio conflicto, el verdadero acoso comenzó con leyes dirigidas a expulsarlos o evitar que pudieran entorpecer la creación de los nuevos estados.

Como suele ser habitual en estos casos de expulsiones masivas –véase la de los judíos en 1492 o la de los moriscos en el siglo XVI– los que se llevaron la peor parte fueron los ciudadanos con pocos recursos que lo perdieron todo.

Los miembros de la aristocracia lograron congraciarse con el nuevo régimen o, simplemente, huyeron sobre puentes de plata. Los españoles que cambiaron su nacionalidad lo hicieron por conservar sus vastas propiedades y a cambio de renunciar a sus títulos nobiliarios. El verdadero drama afectó a miles de familias humildes, que abandonaron a contrarreloj los países don-de vivían y sus propiedades. En muchos casos la expulsión se realizó a través de precarias em-barcaciones, hacinados y obligados por la fuerza. Una vez en puertos de la Península Ibérica tampoco les esperaban vítores precisamente. España vivía uno de sus peores momentos.

En México, el antihispanismo que acompañó a los acontecimiento revolucionarios afectó gravemente a los 15.000 españoles que allí residían. En previsión de un conflicto de puertas para dentro, se le retiraron las armas a todo individuo español y se les expulsó del estado militar. Asimismo, en febrero de 1824, se relegó a los españoles de cualquier cargo público que ocupasen. Se les negaba la posibilidad de retirar capitales, y se les obligaba a abandonar sus lugares de residencia. En este sentido, los líderes más radicales culparon a los españoles de los males del continente y justificaron por ello que ahora se les quitara todo y se les expulsara, por muy ilegal e injusto que fuera esta medida.

Al declararse la independencia, los españoles que quisieran marcharse libremente, incluso con sus caudales, lo pudieron hacer en virtud del artículo 15 de los Tratados de Córdoba. Aquella fue la mejor opción, a tenor de la radicalización que se vivió más adelante y las insistentes vulneraciones del tratado. México promulgó el 10 de mayo de 1827 una ley de empleo por la que ningún español de nacimiento podría ocupar cargo alguno en la administración pública, civil o militar. Los españoles quedaron marginados a nivel social, hasta el punto de que tenían prohibido reunirse o asociarse. Una serie de leyes a nivel local y nacional orquestaron en va-rias oleadas la salida de los españoles de México, con un plazo de 30 días, y la condición de poder sacar del país únicamente la tercera par-te de sus bienes.

Calcula el investigador Harold Sims (autor de “La Descolonización de México”) que, entre los años 1827 y 1829, fueron expulsados de México en razón de su origen español 7.148 personas. En 1830 quedaban ya menos de 2.000 españoles en esa región. Los principales receptores de este éxodo fueron Estados Unidos, Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Europa. No así las islas británicas. Los peninsulares, a pesar de la supuesta amistad con Inglaterra, eran recibidos por las autoridades británicas en el Caribe con desconfianza y controles exhaustivos.

La situación vivida en la Gran Colombia de Simón Bolívar fue todavía más violenta que en México. Sin tiempo que perder, la guerra de Bolívar desembocó en una ley de expulsión de los españoles el 18 de septiembre de 1821. Todos los españoles de origen peninsular que no demostrasen haber formado parte del movimiento independiente serían sacados a la fuerza del país.

El principal lugar al que partieron estos expulsados fueron las islas del Caribe españolas, sobre todo Puerto Rico, donde arribaron 3.555 refugiados.

LOS ÚLTIMOS DE CALLAO

En Argentina y Perú también se aplicaron leyes para apartar inmediatamente a los españoles de la administración. Durante el conflicto fueron habituales las penas de confinamiento, “contribuciones especiales” y expropiaciones contra los españoles peninsulares con el fin de recaudar fondos militares. Los abusos fueron frecuentes. En torno a 1.000 personas de la población de es-pañoles peninsulares sufrieron penas de prisión en Argentina debido a la actividad militar en curso.

En Perú la población española se concentraba principalmente en Lima y, dada la antiguedad de este virreinato, se sentía más protegida que en otros rincones. Su seguridad jurídica, sin embargo, se vino abajo con la llegada de la expedición militar al mando de José de San Martín, quien amparó 4.000 actos de confinamiento en prisiones contra civiles españoles. El acoso contra los españoles se tradujo en un exilio de unos 12.000 españoles en este virreinato.

El epílogo de la guerra tuvo tintes de masacre. Tras la batalla de Ayacucho en 1824, en Lima, cerca de 6.000 civiles españoles se refugiaron en la fortaleza del Callao cuya guarnición resistió hasta el año 1826 al más puro estilo de los Últimos de Filipinas. Aquel lugar fue el último refugio de un territorio que había sido hispánico desde tiempos de Pizarro. La capitulación de la fortaleza terminó con solo 400 soldados supervivientes, de un total de 700 personas vivas.

martes, 8 de agosto de 2017

8 de agosto de 1776 Charcas al Virreinato de Buenos Aires

Concluida la conquista española en Amé-rica, el rey de España se vio precisado a crear organismos que asumieran el poder ejecutivo en estas tierras y se establecieron las Audiencias –trece en total– entre ellas la de Charcas, luego se erigieron los virreinatos y estos fueron cuatro: el de Nueva España (1535), inaugurado por Antonio de Mendoza; el de Perú (1544), atendido primeramente por Blasco Núñez de Vela; el de Nueva Granada (1717, suspendido en 1723 y restablecido en 1739; el de Río de la Plata, cuyo primer titular fue Pedro de Cevallos (1776).

El 8 de agosto de 1776, por cédula real ex-pedida por Carlos III, la Audiencia de Charcas pasó a formar parte del virreinato de Buenos Aires, posteriormente, en 1810 con la revolución de Buenos Aires, Charcas fue anexada nuevamente al virreinato del Perú, hasta la independencia.

La autoridad del rey estuvo representada en América por los virreyes, elegidos entre la alta nobleza española, eran elegidos con carácter vitalicio en los primeros tiempos, luego por tres años y finalmente por cinco años. Gozaban de numerosas atribuciones gubernativas, fiscales, judiciales, militares y aún eclesiásticas.

El hijo de Bolívar

El 2 de octubre de 1895 contrajo matrimonio en Caiza (provincia Linares del departamento de Potosí), el señor José Costas, quien en aquel acto declaró ser hijo del Libertador Simón Bolívar.

Costas a la sazón contaba 69 años de edad, lo que me hace suponer que dicho matrimonio lo contrajo en artículo mortis, como que días después dio “El Tiempo” de Potosí, la noticia de que en el pueblo de Caiza había dejado de existir el señor José Costas, declarando en su último trance ser hijo de Bolívar y de doña María Joaquina Costas.

El Libertador en sus charlas con su edecán Luis Perú de Lacroix, le dijo en 1828 encontrándose en Bucaramanga:

–“El Potosí tiene para mi tres recuerdos: allí me quité el bigote, allí usé vestido de baile y allí tuve un hijo”.

Otro día, al hablar de la numerosa prole de cada uno de los miembros de su familia, dijo:

–“Que él solo no había tenido posteridad, porque su esposa murió muy temprano, y que no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo, porque tiene prueba de lo contrario”. (Diario de Bucaramanga, pág. 21).

Encontrándose en el Perú en 1826 y teniendo conocimiento de que en Potosí le había nacido un hijo demostró el justo deseo de conocerlo, enviando el Libertador en comisión especial a don José Miguel de Velasco para que condujera hasta la quinta de La Magdalena a doña María Joaquina Costas y su hijo. Esta comisión le valió al coronel Velasco su ascenso a General, como muy clara y rotundamente lo dice don Benito Gardaos en su obra “Aventuras curiosas de un desterrado”, publicada en Arequipa en 1840 y citada por Cornelio His-paño en su “Historia se-creta de Bolívar”, pág. 56.

El viaje de doña María Joaquina se realizó con el mayor sigilo, para que no llegara a oídos del general don Hilarión de la Quintana, esposa de tan bella e interesante dama, que a la sazón desempeñaba papel importante en el ejército de Chile. Pero el general no debió ignorar lo ocurrido, porque no volvió más a unirse con su esposa.

Tenía 21 años de edad doña María Joaquina Costas en 1825, y era de un talento y de una hermosura sobresalientes, por lo que las damas de Potosí le dieron la comisión de presidir al grupo de distinguidas señoras que, vestidas de ninfas, debían congratular a Bolívar en su ascensión al Cerro de Potosí, recibiéndolo teatralmente en un templete griego.

Allí fue donde doña María Joaquina llamó la atención del héroe pronunciando una arenga patriótica y diciéndole al oído, al colocar en su sienes una guirnalda de filigrana de oro tachonada de piedras preciosas:

–¡Cuídese! ¡Tratan de asesinarlo!

Intrigado Bolívar con aquella revelación misteriosa y flechado por los dardos de Cupido, solicitó de la hermosa dama una entrevista reservada, que la obtuvo aquella misma noche sin gran dificultad.

Allí supo que un oficial español, León Gandarias, en unión de otros realistas, trataba de asesinarlo.

Al siguiente día, sin ruido ni aparato alguno, salieron de Potosí, con buena escolta y con rumbo a la costa, Gandarias y sus compañeros.

Como fruto de aquella entrevista vino al mundo, al mediar el año 1826, un niño que fue bautizado con el nombre de José.

Su educación fue esmerada, correspondiendo a los antecedentes de su distinguida familia, poniendo doña María Joaquina toda su atención y cuidados en el provenir de su único hijo, quien se instruyó en humanidades en el Colegio Pichincha.

Según cuentan viejos vecinos de esta coronada Villa, la señora María Joaquina Costas tenía una casita, cerca al templo de San Juan de Dios donde pasaba la vida comerciando con disfraces, que a precios módicos facilitaba a los mineros y campesinos para sus festividades religiosas.

Durante el gobierno del general Belzu desempeñó doña María Joaquina la dirección de un internado de niñas en el Colegio de “Santa Rosa”, siendo sus alumnas más distinguidas las entonces señoritas Vicenta Sierra, Virginia Sotomayor, Rosalía Carpio, las hermanas Inés, Julia y Genoveva Vargas, que después llegaron a ser todas ellas notables educacionistas.

Así no es extraño que su hijo, a quien se lo conocía con el nombre de don “Pepe Costas”, haya llegado a sobresalir en la sociedad por su ilustración y talento, cultura exquisita y disposición especial para el arte. Cautivaba a la concurrencia en cualquier reunión familiar con su guitarra y melodiosa voz.

Era, Pues, el tal don Pepe en Potosí, al mediar el siglo XIX, un adorno en los salones, una joya de gran mérito en la culta sociedad y el espejo de la juventud elegante, ilustrada y culta.

La situación económica de doña María Joaquina no debió ser muy desahogada en sus últimos días, cuando, por consejo de algunas amistades, particularmente del muy distinguido y patriota historiógrafo nacional Dr. Samuel Velasco Flor, se presentó ante el gobierno solicitando un montepío en premio a los relevantes méritos e importantes servicios prestados a la causa de la independencia por su esposo el general Dn. Hilarión Quintana; pero el Consejo de Estado en su resolución de 30 de mayo de 1874, rechazó dicha solicitud, fundándose en que el benemérito general Quintana, si bien había sido héroe de la reconquista de Buenos Aires en 1807, uno de los principales promotores de la revolución del 25 de mayo de 1810, jefe distinguido del ejército de San Martín y el verdadero libertador de Chile por su oportuna y decisiva actuación en la batalla de Maipú, en cambio la República de Bolivia –su patria nativa– no le merecía servicio alguno, debiendo en consecuencia la viuda recurrir a los gobiernos de Chile y la Argentina en demanda del montepío que solicitaba.

Refiere un testigo presencial –por demás conocido en el mundo literario con el seudónimo de Brocha Gorda– que doña María Joaquina sintiendo llegada su última hora, se confesó con el cura Ulloa –de gran reputación por sus relevantes méritos de discreción y prudencia– a quien en tan supremo trance le hizo el siguiente encargo:

“Deseo y pido que no sea separado de mi cuerpo en la tumba, este relicario precioso que lleva el busto del Libertador, y que me fue ofrecido por él mismo en prenda de amor y agradecimiento por haberle salvado la vida en la noche de la solemne subida al Cerro de Potosí. Conocía yo la conjuración contra el héroe fraguada por mi tío el teniente Gandarias y no vacilé ni un momento en sacrificar mi honra a mi pasión y a mis deberes de patriota, evitando que fuera aquel grande hombre indignamente asesinado en su lecho.

Pedí luego dinero y salvoconducto para aquellos conjurados y Bolívar fue con ellos grande y generoso como en todo. Dios le haya premiado y me perdone a mí esta única falta grave de mi vida que siempre la consagré al bien de mis semejantes y al recuerdo de Bolívar, mi único amor en el mundo.

Viéndose sólo don Pepe se retiró al campo, eligiendo para su residencia el pueblo de Caiza, donde ha dejado numerosa descendencia.

Esta vida, por modesta y silenciosa que haya sido en el mundo, me ha parecido digna de la exhumación histórica por su romántico origen, por las escenas novelescas que le rodean, y sobre todo, por haber sido don Pepe Costas el único hijo del Libertador.

Muertes trágicas de presidentes de Bolivia

El curso de nuestra historia nos hace conocer que un total de doce presidentes de Bolivia, murieron trágicamente y en diversas circunstancias. Estas muertes fueron provocadas generalmente de forma violenta a tiros de revolver y a estocadas o golpes con puntas de espada. De este total de doce muertes trágicas, ocho corresponden al siglo XIX y cuatro al siglo XX; unos durante el mismo ejercicio de sus altas funciones; y otros, después de haber cesado en ellas.

De los doce mandatarios trágicamente fallecidos, todos fueron militares y con caracteres diferentes, siendo unos, asesinados por venganza; y otros por la ambición de poder.

La secuela de muertes violentas comenzó a poco de haberse fundado la República de Bolivia; diríase con el segundo Presidente que tuvo nuestro país, el Mariscal Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, nacido en Cumaná de Venezuela el 3 de febrero de 1795 y muerto a tiros en la emboscada de Berruecos el 4 de junio de 1830, cuando viajaba de Bogotá a Quito en pleno monte enmarañado cerca de la ciudad de Pasto en Colombia. Su asesinato fue en circunstancias obscuras.

El Mariscal Sucre murió a los 35 años de su gloriosa existencia luego de su renuncia a la presidencia de Bolivia el 18 de abril de 1828 cuando dijo: “Aún pediré otro premio a la nación entera y a sus administradores, el de no destruir la obra de mi creación, de conservar por entre todos los peligros la Independencia de Bolivia y de preferir todas las desgracias y la muerte misma de sus hijos, antes de perder la soberanía de la República”.

El segundo presidente de Bolivia que tuvo una muerte trágica, fue el cochabambino Pedro Blanco Soto, enemigo del Mariscal Sucre y sucesor de éste; habiendo sido coautor intelectual para que estallara el motín de los Granaderos de Colombia en el cuartel de la capital de Bolivia, donde el héroe de la batalla de Ayacucho, salió herido de un balazo.

El Cnl. Pedro Blanco, estuvo en la presidencia de la nación, escasos cinco días, habiendo sido muerto a estocadas en una celda del convento de la Recoleta de la ciudad de Sucre, el primero de enero de 1829, a la edad de 33 años. Su cadáver fue arrojado a un barranco próximo, encontrándoselo entre un enjambre de buitres. Así murió Pedro Blanco Soto, el que no estuvo de acuerdo con la creación de la República de Bolivia, sino el anexarse al Perú, apoyando a las ideas e invasión a territorio nacional por parte del peruano Agustín Gamarra.

El tercer mandatario del país, muerto violentamente, fue el Gral. Eusebio Guilarte Mole, paceño de nacimiento, habiéndose desempeñado como presidente de Bolivia, sólo interinamente por diez días, habiendo sido derrocado por el militar Manuel Isidoro Belzu y muerto a tiros de revólver por sus propios soldados el 11 de junio de 1849.

Antes de este suceso, el Gral. Guilarte fue exiliado a Chile y, por vengar su derrocamiento, había regresado a Bolivia y astutamente reconciliado con Isidoro Belzu, le preparó su muerte en la hora de su venganza, entonces se alzó en armas y después de cuatro días de relativo éxito, su soldadesca y oficialidad se volcaron contra él, matándolo a tiros en pleno palacio de gobierno.

Otro presidente asesinado fue el Gral. Jorge Córdova, cuando éste sin tener poder de mando, fue apresado violentamente por agentes que encontrábanse a órdenes del despiadado Cnl. Plácido Yáñez, comandante militar de La Paz e irreconciliable enemigo del Gral. Belzu.

Jorge Córdova fue muerto a tiros y estocadas la noche del 23 de octubre de 1861 en interiores del tétrico Loreto de La Paz, edificio donde funcionó la Universidad y en ocasiones Sede del Congreso Nacional. Córdova murió trágicamente junto a otros belcistas que alcanzaban al medio centenar, siendo una verdadera carnicería que registra la historia de Bolivia en el gobierno del Gral. José María de Achá.

Fue en este mismo régimen gubernamental cuando Achá soportó la sublevación de un batallón de ejército de La Paz, apoyado por una muchedumbre de la plebe paceñista que no paró en dar muerte al asesino de octubre Cnl. Plácido Yáñez, cuyo cadáver fue arrastrado por las calles de la ciudad y ser castigado así por la justicia popular que conocía de los crímenes perpetrados por el malvado de Yáñez, conocidos como las “Célebres Matanzas de Yáñez”.

Separadamente, otro presidente boliviano muerto de modo trágico, fue el Gral. Manuel Isidoro Belzu, cuando éste recibió disparos a quema ropa de parte del nefasto Mariano Melgarejo Valencia en interiores del palacio de gobierno el 27 de diciembre de 1864 en la ciudad de La Paz.

Sobre este suceso, hubo una versión dando a saber que un soldado mató a Belzu con un tiro de fusil; sin embargo esta relación ha sido desmentida por el juicio histórico. Versión que fue fraguada, seguramente para descargar a Melgarejo, de la responsabilidad de un crimen inútil. El mismo reconoció que había dado muerte a Isidoro Belzu por su propia mano.

Como se dice: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. Esto es lo que se aplicó precisamente en la persona de Mariano Melgarejo Valencia, quien fue muerto a tiros de revolver en una de las calles de la ciudad peruana de Lima el 23 de noviembre del mismo año 1871. Siendo asesino del Gral. Mariano Melgarejo, su propio cuñado el Cnl. Aureliano Sánchez, hermano de la célebre Juana Sánchez, la concubina del tarateño Melgarejo.

Separadamente, el derrocador del energúmeno de Melgarejo Valencia, el Gral. Agustín Morales Hernández, calificado como otro déspota de los presidentes de Bolivia, fue muerto en interiores del Palacio de gobierno, por su sobrino el Cnl. Federico Lafaye, quien al recibir serie de ultrajes de palabra, arremetió contra Morales, descargando su revolver sobre su agresor en presencia de algunos jefes de Ejército y edecanes de S.E., hecho ocurrido el 27 de noviembre de 1872.

Otro de los presidentes de Bolivia trágicamente muerto, fue Hilarión Daza Grosolei, llamado “El traidor de Bolivia”, asesinado en Uyuni del Departamento de Potosí el 30 de febrero de 1894, cuando había regresado al país, procedente de Francia, para defenderse de la tremenda acusación como “Traidor a la Patria” y su cobarde actuación en “Camarones” de la Guerra del Pacífico.

Según algunos historiadores, se dice que no se ha esclarecido completamente la verdadera causa del asesinato del Gral. Hilarión Daza; sin embargo, es cierto que los autores de dicho crimen, fueron los mismos escoltas de dicho personaje que lo conducían para llegar a la ciudad de Sucre y allí ser juzgado. Por otra parte, el proceso que se organizó contra los autores del hecho de sangre, no dio otro resultado que el de la condena de éstos, sin que se los hubiera recibido declaración alguna.



Siglo XX

En este siglo pasado, otra víctima de sangre fue el Gral. José Manuel Pando Solares, quien sorteó las insurrecciones del Acre en el Noroeste boliviano.

El Gral. José Manuel Pando fue muerto por órdenes de sus enemigos políticos que aún no fueron identificados por la justicia, aunque después de siete años de proceso judicial, llamado también “El Proceso del Siglo”, se fusiló a Alfredo Jáuregui, inocente para mucha gente nacional.

Se dice que los asesinos del que fue presidente de Bolivia Gral. José Manuel Pando, de principio lo aprehendieron cuando hacía un paseo a caballo, lo acorralaron y lo sometieron a un cruel tormento antes de ultimarlo con armas contundentes. Luego el cadáver de Pando fue oculto por varias horas y, después de un día, ser arrojado a un barranco de El Kenko de La Paz. Asesinato que se produjo el 15 de junio de 1917.

Otro de los presidentes de Bolivia, víctima de sangre, fue el Tcnl. Germán Busch Becerra, el cual se suicidó en su domicilio del barrio de Miraflores de la ciudad de La Paz, en la madrugada del 23 de agosto de 1939.

Este dictador cruceño, deseaba que Bolivia sea socialista y él quería ser más que un escritor, tal es así que en cierta ocasión propinó una severa bofetada al escritor Alcides Arguedas, quien completamente ensangrentado, dolorido e indignado, protestó porque un militar de sólo 34 años de edad vejara a un anciano de 64 años de edad.

Otro hecho injustificado del presidente Germán Busch, fue el ordenar la muerte o fusilamiento del sacerdote potosino Severo Catorceno Rocabado, quien siendo inocente de toda culpa, fue sentenciado a muerte sin proceso alguno, sólo por denuncia calumniosa de cierta persona deseosa en obtener algunas prebendas económicas del sacerdote Catorceno.

El dictador Busch Becerra se quitó la vida, después de libar algunas copas con su familia y en su escritorio de trabajo donde prontamente sacó su revólver y exclamó estas palabras: “Aquí se acaba la presidencia..!”, descargándose un tiro en la sien derecha, sin dar tiempo a que nadie impidiese el hecho.

Otra muerte trágica de otro presidente boliviano, fue la del Cnl. Gualberto Villarroel López, quien encontrado por el tumulto enfurecido de la población paceña, en una dependencia administrativa del Palacio de Gobierno de la ciudad de La Paz, recibió culatazos de muerte, para luego ser arrojado desde los balcones del edificio hacia la calle y su cadáver colgado en un farol de la plaza Murillo la tarde del 21 de julio de 1946.

Gualberto Villarroel López, antes de su trágica muerte, se vio solo, abandonado por todos aquellos que en ocasiones anteriores decían: “jamás abandonaremos a nuestro jefe”. Los únicos que inmolaron sus vidas junto a Villarroel, fueron, su edecán Waldo Ballivián; su secretario privado Luis Uría de la Oliva. Y en otro lugar de la ciudad, fueron muertos, el jefe de tránsito Max Toledo y Roberto Hinojosa. Todos ellos fueron arrastrados por el tumulto y colgados en los faroles de la plaza principal de La Paz.

Finalmente, el último presidente boliviano trágicamente fallecido, fue el Gral. René Barrientos Ortuño, quien pereció carbonizado en la tarde del 27 de abril de 1969, al precipitarse el helicóptero en el que viajaba de Arque a otra población cochabambina.

Otras noticias decían que el “General del Pueblo”, como se le llamaba al Presidente Barrientos Ortuño, habría muerto por atentado criminal; sin embargo se determinó que el helicóptero en que se hallaba el Gral. René Barrientos Ortuño, se enganchó en los alambres del telégrafo y se incendió prontamente, pereciendo horriblemente quemados todos sus ocupantes.



*Presidente de la Sociedad Geográfica y de Historia “Potosí”.

lunes, 7 de agosto de 2017

Primeras monedas bolivianas

Luego de firmada el acta de la independencia, el 6 de agosto de 1825, en el campo de la Numismática, la Asamblea General, el 17 de agosto, sancionó una Ley estableciendo las características peso y fino de las monedas del nuevo estado.

Se establecía, que las monedas de plata tendrían la denominación de soles, con las siguientes características: en el anverso, el cerro de Potosí y un sol naciente sobre su cima. En el reverso, en el centro el Árbol de la Libertad y a sus pies dos alpacas sentadas y enfrentadas. Las monedas de oro, tendrían el mismo anverso que las de plata. En el reverso se ubicaría el escudo de armas de la República, con dos banderas a cada flanco y trofeos militares al pie.

La ley anteriormente citada nunca se puso en práctica, por diversos motivos, por ello, luego de interminables y largas discusiones en la Asamblea, finalmente fue modificada por otra Ley del 10 de julio de 1826, que disponía que las monedas de oro y plata lleven respectivamente en su anverso, las imágenes del Libertador y el Gran Mariscal de Ayacucho. Mientras, se continuaba acuñando monedas de plata con el busto de Fernando VII y la fecha de 1825.

Al recibir Sucre este proyecto para su sanción, en carta a Bolívar le expresa que iba a vetarlo, por no estar de acuerdo en que su busto apareciera en las monedas de plata por considerar que era demasiado premio por sus servicios prestados a la patria.

Cumpliendo su promesa, Sucre sugirió a los asambleístas que quitaran su retrato y lo reemplazaran por el del Libertador, como en las monedas de oro. Las discrepancias continuaron en el Congreso hasta noviembre de 1826, sin llegar a un acuerdo.

Ante ese panorama y considerando que las nuevas monedas debían acuñarse a partir de 1º de enero de 1827, Sucre, envió un nuevo proyecto al Congreso, que fue aprobado sin modificaciones el 14 de noviembre y sancionado por el presidente el 20, disponía emitir desde el 1 de enero monedas de oro y plata con el peso, ley y diámetro decretados por Asamblea General del 17 de Agosto de 1825.

En las piezas de plata, en el anverso, luciría el busto del Libertador a la heroica circundado con la leyenda “Libre por la Constitución” y al pie de su busto, “Bolívar”. El reverso, llevaría los mismos emblemas, pero rodeados de la inscripción “República Boliviana”. Las monedas de oro, en el anverso, el retrato del Libertador, y en el reverso, las armas de la República.

Todas las piezas ostentarían en el canto la inscripción “Ayacucho: Sucre: Mil ochocientos veinticuatro”.

Recibida la ley en Potosí el 16 de noviembre, el refecto, León Galindo la envió al contador de la Casa de Moneda. El talla mayor, Pedro Venavides, dedicó todo su esfuerzo para terminar el primer diseño de la moneda independiente, que tuvo observaciones realizadas por el Mariscal Sucre a través del prefecto hasta la aprobación del cuño con el busto del Libertador a la heroica y la inscripción “Bolívar” y embebida en la parte inferior del busto.

Para el 21 de diciembre, ya estaban listos los nuevos troqueles trabajados por Venavides y sus ayudantes.

Las monedas con los nuevos diseños fueron acuñadas y puestas en circulación a partir de febrero de 1827 en una cantidad de 1.599.000 ejemplares, con un peso de 27 gramos. Posteriormente se acuñaron piezas de 4, 2, 1 y ½ soles.

La acuñación de oro se concretó a partir de 1831.

Los ensayadores de las monedas acuñadas en Potosí de acuerdo con Arnaldo Cuñietti - Ferrando en 1825 y 1826 fueron: 1825 JL. Juan Palomo y Luís Aguilar, hasta el 12 de julio; 1825 JL. Juan Palomo y Leandro Ozio hasta el 31 de diciembre; 1825 JL. Juan Palomo y Leandro Ozio hasta marzo de 1826; 1825 J. Juan Palomo; 1825 JM. Juan Palomo y Miguel López, hasta diciembre de 1826 (con fecha 1825). 1826 No hubo acuñaciones con esta fecha.

Los ensayadores de las primeras monedas para Bolivia fueron: 1827 JM. Juan Palomo y Miguel López; y 1828 JM. Juan Palomo y Miguel López.

Finalmente, vale la pena comentar algunos aspectos de Juan Palomo y Sierra, Miguel López y Pedro Venavides.

El español, don Juan Palomo y Sierra, fue uno de los ensayadores más activos y antiguos de la ceca potosina, puesto que se desempeñó en ese oficio desde 1802 hasta diciembre de 1830 en que por su delicado estado de salud, pidió licencia para trasladarse y vivir en tierras más bajas, siendo sustituido “en comisión” por el ensayador segundo, don Luís de Aguilar.

Palomo retornó más tarde a su puesto de trabajo, pero debió nuevamente pedir licencia en octubre de 1831 para ausentarse al campo “afectado de una antigua afección de los pulmones”. No obstante, siguió firme en su puesto trabajando a conciencia hasta que el 16 de octubre de 1832. Falleció en Potosí el 30 de noviembre de ese año.

En cuanto a Miguel López, podemos indicar que en el año 1825, el ensayador Juan Palomo y Sierra, según informa el contador, Eustaquio Eguivar, tenía la vista “cansada para ejercer las delicadas operaciones de primer ensayador y si llega a enfermarse, será todo un afán para la Casa de Moneda ya que ninguna persona puede sustituir su falta”.

De tal manera, en marzo de 1826, las autoridades de la ceca nombraron como ayudante del ensayador a Miguel López, que hasta entonces se había desempeñado como teniente balanzario, señalando Eguivar “que este individuo ha sido colocado recientemente por resolución de 9 del corriente del Gran Mariscal de Ayacucho, en razón de ser el único inteligente y capaz de desempeñar el ensaye a falta de D. Juan Palomo, y que entre toda la lista de individuos que desean optar destinos, no hay uno que tenga ni la más leve idea de este arte, por lo que se hace preciso su conservación”.

Es así que a partir de enero de 1827, López pasó a sustituir a Luís de Aguilar como ensayador segundo, apareciendo su inicial en las primeras monedas independientes de Bolivia las iniciales JL.

Venavides nació en Chuquisaca el 22 de febrero de 1772, ingresó en 1789 como aprendiz en la oficina de talla de la Casa de Moneda de Potosí, bajo la dirección del talla mayor, Nicolás Moncayo, el joven aprendió rápidamente el oficio demostrando un gran talento para el grabado. En 1813, cuando el Ejército Auxiliar Argentino ingreso en Potosí, ya era oficial segundo, tenía 41 años. Y ante la ausencia de su jefe fue ascendido a talla mayor por autoridades argentinas y tuvo a su cargo la realización de las matrices de los cuños, para las monedas para las Provincias Unidas del Río de La Plata.

Como se comentó anteriormente, Venavides confeccionó los cuños de las primeras monedas bolivianas, murió en Potosí rodeado de sus familiares, el 11 de agosto de 1837, a sus 65 años.

De esa manera, en la recordación del 192 aniversario de Bolivia damos a conocer algunos aspectos invalorables del aporte de Potosí y de la Casa de Moneda en la consolidación de la República de Bolivia en el campo de la economía y la numismática.


6 de Agosto: Sesiones reservadas e identidad boliviana



Cuando hoy se recuerda el 192 aniversario de la independencia de Bolivia, dos historiadores, Joaquín Loayza y Norberto Benjamín Torres, ambos integrantes de la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre, destacan, cada uno por su lado, detalles poco conocidos de la creación de la nueva república.

Torres menciona que las sesiones de la Asamblea Constituyente previas a la del 6 de Agosto de 1825 eran reuniones secretas y se asentaban en actas. Tenían el propósito de definir los elementos que luego serían firmados y acordados para el nuevo país.

Loayza, por su parte, reflexiona acerca de la identidad boliviana, indicando que el ser nacional comenzó a gestarse en la antigua Real Audiencia de Charcas (VER RECUADRO APARTE).

Las sesiones reservadas

En el proceso de discusión y debate previo al 6 de Agosto, el abogado José Mariano Serrano cumplió un rol fundamental, como letrado y académico entendido en leyes, para la redacción del Acta de Independencia.

En agosto de aquel año, según la investigación de Torres, se realizaron cinco sesiones secretas: el lunes 1, viernes 5, lunes 15, sábado 20 y el sábado 27. El historiador extractó del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB) algunos apuntes de las actas de las dos primeras sesiones que aquí comparte con ECOS.

1 de agosto de 1825

“Se puso al conocimiento de la Asamblea compuesta de los señores Diputados del margen, el oficio que al Señor Presidente de este Departamento remitió el del Departamento de Santa Cruz, significando, que el Presbítero Cortés, electo Diputado por Mojos carecía de suficiencia, representación y moralidad para el desempeño de tan alto cargo, y que su nombramiento fue efecto de la colusión, como lo eran todos los actos populares de aquel Departamento, en que no se conoce el espíritu público: que por estos motivos creía anular aquella elección, para lo que solo esperaba que se le conteste” (sic), dice el acta, de aquel día, que lleva las firmas de José Mariano Serrano, como Presidente, y de José Ignacio San Ginés, como Diputado Secretario.

Luego, según el mismo documento, se produce una discusión del punto. Por ejemplo, “el Señor Olañeta tomó la voz, y dijo, que si en verdad el presbítero Cortes era del carácter que se había insinuado sería indecoroso admitirlo en el seno de la Asamblea” (sic).

5 de agosto de 1825

En esta oportunidad, se pusieron a consideración de la sala un total de seis proposiciones. La primera, “si la declaración de independencia se comunicará a su excelencia el Gran Mariscal de Ayacucho para que la transmita al conocimiento de su excelencia el Libertador. Segunda: si se dictará un decreto de premios a los señores Libertadores y Ejército Unido Libertador (…)”.

Se votó aprobando las seis propuestas y más tarde, según la investigación de Torres, se leyeron proyectos de ley presentados. “Uno de ellos contenía la propuesta de un escudo nacional para la futura república de Bolívar, con la siguiente descripción heráldica: Las armas de la república constarán de un escudo dividido en cuatro cuarteles, y un óvalo en medio, en este irá el sol en campo celeste, a la derecha del cuartel superior cinco estrellas en campo rojo, que denoten las cinco provincias y a la izquierda, el cerro de Potosí, en campo blanco. A la derecha del cuartel inferior el árbol ananás, en campo pajizo, y a la izquierda dos chinchillas en campo verde. El escudo tendrá a la cabeza por timbre la gorra de la libertad”.

Otro proyecto describía la moneda nacional: “la ley de la moneda, será la misma que hasta aquí más para distinguirla, se pondrá en el anverso el cerro de Potosí con el sol encima, y en la circunferencia estas palabras: República de Bolívar, con más el lugar donde se acuña, y las iniciales de los ensayadores. En el reverso, se presentará el árbol de la libertad coronado de cinco estrellas y dos chinchillas al pie, y en la circunferencia estas palabras: con unión, firmeza, orden y ley. La moneda de oro llevará además en el reverso, trofeos militares” (sic).

Un tercer proyecto de ley proponía el pabellón y la bandera, para que sirvieran de divisa a la República: “El pabellón y bandera de la república de Bolívar se compondrán de cinco estrellas verdes en campo rojo, llevando las mayores las armas designadas. La escarapela, será de color rojo y verde interpolado”.

6 de Agosto de 1825

El sábado 6 fue el día dedicado a la sesión pública, apunta Torres. En esa ocasión “votaron por las opciones: anexar estas provincias al Perú, anexarse a Argentina o crear un nuevo Estado, soberano e independiente”. El doctor Serrano, presidente de la Asamblea, redactó el acta fundacional de la nueva República.

Muy pocos diputados asistieron a todas las sesiones (ordinarias y secretas). El historiador los menciona a continuación: Martín Cardón (La Paz) y Manuel José Calderón (Potosí). “Sin embargo, ninguno de los dos participaron en los debates, Manuel Anselmo Tapia (Potosí) asistió a todas las sesiones ordinarias y a cuatro de las sesiones secretas”.

El diputado que asistió a menos sesiones fue el cochabambino Manuel Mariano Centeno, con 14 sesiones ordinarias y cuatro secretas. Los cruceños Vicente Caballero y Antonio Vicente Seoane asistieron 19 y 16 veces a las ordinarias, 3 y 2 a las sesiones secretas, respectivamente.

“Es interesante tomar nota que ninguna sesión secreta tuvo asistencia completa. La única sesión que contó con la asistencia de cuarenta y ocho diputados, fue la número 19 del viernes 19 de agosto”, concluye Torres. •

Joaquín Loayza: De charqueños a bolivianos

“Desde la época precolombina se suscitaron hechos muy importantes en lo que hoy es Bolivia, como la guerra entre los incas y los chiriguanos y posteriormente la conflagración entre los españoles y chiriguanos, que posibilitó el establecimiento de una frontera no sólo militar, sino también económica y sobre todo cultural, desatándose una serie de fenómenos culturales y sociopolíticos que luego formaron parte del sentimiento de identidad, del ser boliviano a partir del 6 de agosto”, sostiene el ex director del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia Joaquín Loayza.

Él enfatiza que cuando el actual territorio boliviano se llamaba Real Audiencia de Charcas ya existían hombres y mujeres con valores y principios de autoidentificación, con una prehistoria e historia establecidas, con una geografía y sociedad establecidas, un proceso de desarrollo económico concreto y con hechos históricos y geopolíticos muy precisos.

Uno de ellos es el descubrimiento del Cerro Rico de Potosí. A partir de la explotación de la plata se estableció un sistema económico en diversas regiones (de lo que hoy es Bolivia), donde incluso había sectores que hoy no pertenecen al país, como el sur y el norte peruano y el norte argentino.

El sistema económico se especializó en diferentes producciones; por ejemplo: agrícolas, ganaderas, vitivinícolas, industriales y artesanales. Todos constituían un mercado interno que hizo posible la existencia de Potosí.

“Otro acontecimiento fundamental fue la creación primero del Obispado y luego del Arzobispado de La Plata, que generaron un sentimiento de identidad con instituciones como su capilla de música, donde se reunieron maestros de Charcas y músicos que llegaron de Europa y de otros lugares de América”, dice el investigador a ECOS.

Menciona que la creación de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca tuvo un papel muy influyente en la creación del sentimiento de identidad nacional, lo mismo que las Misiones en Chiquitos fueron esenciales para entender lo que significa ser “charqueño” y, ahora, boliviano.

Es decir, de acuerdo con este estudioso, Bolivia no existe por casualidad. “Antes de la Guerra de la Independencia, en las insurrecciones ya existía un principio y sentimiento de identidad nacional, cultural, política e ideológica que era diferente a la identidad del peruano, brasileño, chileno o argentino. No fue el obsequio de una persona: este país se fue haciendo desde antes de la conquista”, puntualiza Loayza.

Así, la geografía, la cultura, la economía, la política y los hechos históricos se trasuntaron después en valores culturales como la cueca, el bailecito, el huayño, las comidas picantes con ají, maní y papa.

Incluso en la forma de hablar del boliviano, “que muchas veces mezcla el español charqueño boliviano con el quechua, dando lugar al ‘quechuañol’, que conjuga verbos en quechua con el castellano, resultando palabras como ‘chachear’, ‘capujar’, ‘ch’aquí’; o el uso de adjetivos o sustantivos en quechua que se vuelven como verbos en español, por ejemplo de ‘silpar’ (adelgazar) deriva el silpancho”.

En suma, resume Loayza, “la república boliviana nace porque existían charqueños que decidieron ser bolivianos”.