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martes, 23 de septiembre de 2014

24 de septiembre de 1810 Revolución libertaria de Santa Cruz

Desde 1809 y en diferentes ciudades del Alto Perú se dio inicio la larga marcha hacia la independencia de estas tierras. El pueblo cruceño no podía ser ajeno a esta lucha y no tardó en adherirse a las corrientes libertarias que se habían propagado por casi todo el continente americano. La población cruceña en todos sus estamentos, acudió presto al llamado de la emancipación y en el Cabildo Abierto del 24 de Septiembre de 1810 los gestores de esta convocatoria el Dr. Antonio Vicente Seoane y el comandante teniente coronel Antonio Suárez y con los enviados de Chuquisaca el Dr. Juan Manuel Lemoine, el capitán Eustaquio Moldes, el capellán de milicias José Andrés Salvatierra y por supuesto apoyados por el pueblo, destituyeron del cargo al Subdelegado español Pedro José Pimentel, la máxima autoridad española en la ciudad de Santa Cruz, se instauró en su lugar una Junta de Gobierno encabezada por el Cnl. Antonio Suárez, el Dr. Antonio Vicente Seoane y el cura José Andrés Salvatierra, Eustaquio Moldes y Manuel Lemoine.

El pueblo de Santa Cruz apenas pudo disfrutar de esta ansiada libertad poco tiempo, ya que los realistas en 1811 retomaron el control de la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra reprimiendo violentamente a la población y a los principales líderes.

BATALLA DE FLORIDA

El Gral. Manuel Belgrano, después de sus victorias en las batallas de Tucumán y Salta, designó Gobernador de Santa Cruz al Cnl. Ignacio Warnes, quien retomó la Plaza de Santa Cruz, nombrando como su principal colaborador al Coronel cruceño José Manuel Mercado “El Colorao”. En tanto el brigadier Joaquín de Pezuela mandó al coronel José Joaquín Blanco a recuperar para la Corona la Plaza de Santa Cruz.

Arenales con la ayuda de Warnes el 25 de Mayo de 1814 enfrentó a las poderosas tropas realistas en el poblado de Florida distan-te a 150 kilómetros al sur de la ciudad de Santa Cruz infringiéndoles una estrepitosa derrota.

Muerto Warnes, en la batalla del Pari, el 14 de febrero de 1825, el Cnl. José Manuel Mer-cado, tomó la plaza de Santa Cruz de la Sie-rra, derrotando al General realista Francisco Xavier de Aguilera. La guerra de la Indepen-dencia que se había iniciado en Santa Cruz de la Sierra el 24 de septiembre de 1810 lle-gaba a su fin. El Alto Perú lograba la ansiada independencia del poder español.

domingo, 21 de septiembre de 2014

El cerco aymara a La Paz

El 21 de mayo de 1781, durante las violentas jornadas del primer cerco indígena a la ciudad de La Paz, montada en briosa mula, apareció la corajuda “Virreyna” , Bartolina Sisa, por la región de Potopoto, hoy barrio de Miraflores. Iba escoltada por una regia guardia india armada de lanzas, escopetas y hondas. Le seguían recuas de acémilas cargadas de alimentos, oro y plata, contenidos en petacas de cuero. Continuaban el cortejo, músicos, danzarines y cantidad de ganado en pie.

La Virreyna de negra cabellera y hermosa vestimenta, aprovechando la ausencia de su esposo, Julian Puma Katari --Tupac Katari-- descendió desde los barrancos de El Alto a la región más o menos plana de Potopoto (Miraflores), deslizándose ruidosamente por las compactas líneas humanas que vigilaban día y noche, a los sitiados.

Sebastián de Segurola, comandante español de la plaza cercada, avisado de aquella pomposa comitiva, planificó capturar a Bartolina Sisa. Alrededor de 400 efectivos entre granaderos con fusiles; vecinos con escopetas; voluntarios de caballería y gente armada con agudas lanzas y tremendas hondas escalaron furtivamente las gruesas paredes de seguridad que rodeaban a la ciudad y excluían, del límite urbano, a la florida región de Potopoto.

Segurola había ordenado capturar a la Virreyna, con el objeto de inducir al temible Tupac Katari, la Sierpe, a una negociación. De inmediato, los alzados cerraron filas en torno a su heroína. “…Los españoles hicieron una gran matanza de indios, pero después acudieron en tal número y con tal denuedo que confundieron a los sitiados, logrando matar entre 25 y 30 personas, entre ellos gente notable que Segurola menciona con nombres y apellidos” (*).

Los defensores de la ciudad, fracasaron en la redada contra Bartolina Sisa, protegida por la multitud indígena que había acudido en su defensa, bajando desde serranías y alturas vecinas de la ciudad. Según cronistas de la época (*), en aquella batalla, los indios capturaron de las fuerzas españolas, sables, fusiles, espadas, pistolas “y la ropa de los muertos a los que les cortaron la cabeza y otras partes ocultas”.

Sirva esta introducción, para tratar el tema: “Ardides y tácticas indígenas de guerra” utilizados por los desplazamientos de la masa india, en el dramático cerco a la ciudad de La Paz, en 1781 y en posteriores escenarios bélicos.

TÁCTICAS DEL CERCO MOVILIDAD

La táctica más aterradora empleada por el líder Katari, en su plan estratégico enfocado a exterminar a las autoridades y fuerzas de la Colonia en el Alto Perú, fue el desplazamiento de grandes masas indígenas por el altiplano paceño. Olas humanas, recorrían la altipampa en cuestión de horas y detenían su esforzada marcha en lo que hoy se conoce como la Ceja de El Alto. Desde aquellas alturas, los sitiadores dominaban el gigantesco escenario. Entonces, Katari movilizaba a sus huestes, hostigando día y noche a Nuestra Señora de La Paz. Desde aquella gigantesca mesa de roca y tierra, los ejércitos tupakataristas bajaban como el viento a las regiones vecinas operando como fuerte tenaza, para tomar la heroica ciudad.

CABEZAS-TROFEO

Pues bien, una de las tácticas psicológicas de fines del Siglo XVIII, empleada por la masa indígena en las cruentas batallas contra el ejército colonial, consistía en cercenar cabezas y “miembros ocultos” de los enemigos muertos en combate, en una especie de mensaje a españoles, criollos, cholos e indios realistas que resistían el asedio.

Luego de la macabra tarea, ya en poder de las cabezas, los rebeldes iniciaban sus danzas y cantos, sin importar la lluvia de balas disparadas contra ellos desde las trincheras. Muy poco valía la vida en esas violentas jornadas.

Cortar una cabeza y mostrarla como trofeo fue costumbre cotidiana en la etapa guerrera del kollado que habitaba en las tierras de la cuenca del lago Titicaca, pero también llevaba el sello de la Colonia. Recordemos a caudillos altoperuanos, ejecutados por el poderío hispano, cuyas testas eran colocadas en lugares más visibles de caminos y poblaciones, como patética advertencia a quienes se alzaban contra el poder colonial.

UNIFORMES

Práctica diaria fue la confiscación de uniformes militares quitados a las fuerzas coloniales. Soldado realista abatido por balas, piedras o golpes de palo del ejército tupacatarista, era desvestido en el acto. Los uniformes militares, fueron utilizados por los aguerridos indígenas, unas veces como atuendo de guerra. Otras como disfraz en los festejos indios que acompañaban la guerra.

Los diarios de campaña de la época relatan que, por ejemplo, Tupac Katari, bajó de El Alto a los extramuros de La Paz, “vestido a la usanza española, con cabriolé rojo (casaca roja), y sombrero de tres picos”, acompañado por decenas de músicos nativos y por cientos de indios silenciosos que, de improviso, irrumpían en espantosa gritería disparando armas y hondas en dirección a los grupos hispanos.

El uniforme de la tropa española vino a ser para los indígenas, preciado botín y quizá, poseerlo significaba ritual para “apropiarse” de la valentía que demostró en vida, el oficial o soldado muerto. “Se ve a los adversarios (indios), subir con gran frecuencia portando uniformes amarillos, colorados y azules que han quitado a los españoles muertos” (*).

El 27 de abril de 1781, gente de Túpac Katari planificó emboscar a la tropa de Segurola. Para lograrlo, envió un mensajero indio con una carta, supuestamente firmada por refuerzos españoles, que estaban en camino hacia La Paz, provenientes de Charasani. En la carta, la pretendida tropa de auxilio en camino, pedía a los sitiados subir hasta El Alto para aunar fuerzas. Los realistas, desconfiados, intimidaron al correo hasta que confesó el ardid. En El Alto, las fuerzas indias, atacarían a la tropa colonial, mientras un numeroso contingente katarista, concentrado en la región de Potopoto, desde el Sur, tomaría por asalto la ciudad de La Paz. En aquel ardid, los indígenas convertidos en actores, “llegaron hasta simular batallas en El Alto, dividiendo a los indios en dos bandos y vistiendo a uno de ellos con los uniformes españoles muertos y cautivos” (*). La treta no dio resultado, pero mostró el espíritu creativo de los sitiadores.

CONTRAMUROS

La Gran Muralla que en 1871, encerraba la ciudad, además de proteger contra los asaltos indígenas, hacía las veces de parapeto y cobijo de los contingentes sitiados. Cientos de indios fueron alcanzados por las balas españolas disparadas desde esos gruesos muros que impedían la invasión, hasta que, a la indiada se le ocurrió una brillante idea: construir similares paredes en sentido paralelo a la Gran Muralla. Con esfuerzo supremo; en la más absoluta oscuridad y en silencio de muerte, los indios preparaban sin descanso, barro y piedras. En apenas horas, antes de la salida del sol, surgían las moles verticales para asombro de los encerrados. Desde ellas, protegidos y casi en igualdad de condiciones, disparaban sus fusiles y hondas nativas contra las trincheras españolas.

Los muros de contraofensiva, posibilitaron que grupos indígenas de avanzada estacionen en los alrededores de La Paz, sin mayor peligro. Fue una táctica inteligente, desde el punto de vista militar. Debemos añadir, que tras los contramuros indios, aún quedaban en pie casas abandonadas, sin techo. La paja había servido de alimento a las bestias de carga que a duras penas, sobrevivían. Esas casas, sin puertas ni ventanas, fueron habitadas temporalmente por la vanguardia indígena y sirvieron de atalaya y puesto de observación contra el contingente militar citadino.

Los parapetos de barro y piedra permitían en las noches, que los rebeldes, barretas en mano, perforaran los muros españoles, buscando sorprender a soldados, oficiales y pobladores refugiados en aquellas trincheras. Casi siempre y a último momento, los boquetes fueron descubiertos y de inmediato sellados.

FERIAS INDÍGENAS

El terrible cerco a la antigua Chuquiago Marka, La Paz, impidió en interminables meses, que la población tuviera acceso a medicinas y alimentos provenientes del exterior de la ciudad. Poco a poco, el sitio fue estrangulando a seres humanos y animales. “Ya se va notando la acción del hambre, por la referencia continua a la salida de mujeres que van de madrugada a buscar algo de comer a las chacras y son atacadas por indios emboscados en las casas quemadas” (*).“Ya se empieza a sentir el doloroso estrago que hacía el hambre entre los nuestros, murieron muchos cada día, y buscando otros su alimento en los pellejos, suelas, petacas y estiércol por carecer de otros alimentos así de carnes de mulas, perros y gatos de que se servían los más de la plebe…” (**). “En la ciudad se van acabando las mulas y caballos por la necesidad del hambre; ya no existen petacas y menos perros y gatos; cada día hay mucha lástima de necesidad de hambre; los muchachos están buscando lacitos y cueros para asar y comer, van por los cenizales a traficar granos que han botado con la basura y así van muriendo por la necesidad que ya no hay cómo ponderar” (*).

Los tácticos indígenas, que conocían perfectamente el estado de hambre de los cercados, con mucha picardía, instalaron ferias agrícolas y se supone de carne, frente a la Gran Muralla y trincheras que rodeaban a la ciudad. Muy de madrugada, decenas de amas de casa, pese al inminente peligro de muerte, encandiladas por las mercancías, salían de sus casas; subían los muros defensivos y cruzaban las profundas trincheras en dirección a las ferias indígenas, arrastrando a hombres y soldados que iban tras de ellas, para cuidarlas. Jamás volvieron. Lo sorprendente y la única explicación es que el deseo de llevar alimento a sus hijos, era superior al miedo a la muerte.

KATARI Y DIOS

Túpac Katari llevaba en su apellido de guerra, el símbolo de la víbora pues, en idioma aymara, “katari” es víbora, sierpe. Apelativo que en la religión católica define al demonio pero que, en el panteón andino, es el principio de la vida y la muerte; es el infinito.

“La Sierpe” utilizaba la religión como táctica sicológica en su entorno indio. Además de una personalidad fuerte y agresiva, Túpac Katari tenía don histriónico para infundir en las huestes indígenas respeto y pánico a su imagen casi sagrada. Diarios del cerco de 1781 testimonian que aquel líder de multitudes, decía ser tan poderoso que dialogaba con Dios, utilizando un objeto que hacía de contacto sobrenatural con el Supremo. Mientras “hablaba” con Dios, Katari se miraba en un espejo ante los crédulos combatientes indígenas. El ardid impactaba con tal eficacia, que los indios sacrificaban su vida, convencidos de que morir por el rey Katari, era boleto directo a la eternidad, sin que ello quite valor a la sacrificada lucha contra la opresión colonial.

Es anecdótica, la captura de sacerdotes de la ciudad de La Paz, para que celebrarán misa en El Alto a favor del caudillo aymara quien, además, había ordenado trasladar las “imágenes de la Parroquia de San Pedro a los santuarios que mantenía en El Alto” (*).

En cambio, no existen documentos ni comentarios favorables a la fundición de campanas de bronce, arrebatadas por los indios a las iglesias de La Paz y de provincias para transformarlas en material bélico. Verdadera herejía en aquellos días.

Sebastián Segurola, “hizo un salida para recuperar las campanas que quedaban en las parroquias de San Pedro y Santa Bárbara (entonces extramuros de la ciudad de La Paz), para evitar que éstas también fueran fundidas por los indios” (*).

La religión católica, enraizada en la masa indígena, tampoco fue obstáculo para que jefes mandones indios, sin que supiera Katari, condenaran a la horca a sacerdotes. . Tal es el caso del padre Barriga, ajusticiado porque “les había dicho misa de Maldición” (*).

INFIDENCIAS

Durante los dos largos asedios --marzo a noviembre de 1781--, el caudillo no desperdició oportunidad para dividir a los pobladores de La Paz, utilizando denuncias escritas, sobre una supuesta infidencia entre las autoridades peninsulares y criollas. Según el contenido de las misivas firmadas por Katari, que llegaban vía Iglesia de San Francisco, hispanos y criollos mantenían correspondencia con su persona. Katari parecía conocer, tal vez por sus espías, las contradicciones entre las principales autoridades nacidas en la vieja España y los españoles nacidos en el Alto Perú y actuaba en ese marco, creando un ambiente de inestabilidad y desconfianza. Sirvan de ejemplo, las constantes disidencias entre el Comandante Sebastián Segurola (hispano) y el Oidor Francisco Tadeo Diez de Medina (criollo).

Varias cartas, dictadas por Katari a su escribano Bonifacio Chuquimamani, llevaban ese propósito: infundir desconfianza, sembrar discordia y desconcierto en los defensores.

Cabe agregar que algunos oficiales realistas utilizaron por vez primera, el calificativo “tupacatarista” de manera despectiva contra criollos sospechosos, nacidos en La Paz.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Fecha cívica: Historia de Santa Cruz



En San­ta Cruz la lu­cha por la in­de­pen­den­cia em­pe­zó el 24 de sep­tiem­bre de 1810 con la pro­cla­ma del pri­mer ca­bil­do. El le­van­ta­mien­to fue li­de­ra­do por el doc­tor An­to­nio Vi­cen­te Seoa­ne, el co­ro­nel An­to­nio Suá­rez, el cu­ra Jo­sé An­drés Sal­va­tie­rra, Juan Ma­nuel Le­moi­ne y el ar­gen­ti­no Eus­ta­quio Mol­des, quien ha­bía lle­ga­do des­de Bue­nos Ai­res pa­ra di­fun­dir las ideas a fa­vor de la pa­tria. Es­tos se­ño­res pro­cla­ma­ron el nue­vo Go­bier­no en el pri­mer Ca­bil­do con­for­man­do la Jun­ta Pro­vi­so­ria, si­guien­do el ejem­plo de la Jun­ta de Bue­nos Ai­res.

El nue­vo Go­bier­no se man­tu­vo has­ta la de­rro­ta pa­trio­ta en Gua­qui, en ju­nio de 1811, por las fuer­zas rea­lis­tas al man­do del ge­ne­ral Jo­sé Ma­nuel Go­ye­ne­che, quien or­de­nó al te­nien­te co­ro­nel Jo­sé Mi­guel Be­ce­rra re­cu­pe­rar San­ta Cruz.

Be­ce­rra, que do­mi­na­ba la zo­na de Cor­di­lle­ra, re­to­mó la pla­za y fue nom­bra­do go­ber­na­dor in­ten­den­te de la pro­vin­cia de San­ta Cruz de la Sie­rra.

La ciu­dad que­dó ba­jo el do­mi­nio rea­lis­ta has­ta el año 1813. En mar­zo de 1813 fue re­cu­pe­ra­da por las fuer­zas pa­trio­tas di­ri­gi­das por el co­ro­nel An­to­nio Suá­rez. Pos­te­rior­men­te Suá­rez fue elec­to re­pre­sen­tan­te al Con­gre­so Cons­ti­tu­yen­te de las Pro­vin­cias Uni­das de Río de la Pla­ta, por lo que el general Bel­gra­no, del se­gun­do ejér­ci­to ar­gen­ti­no, nom­bró al co­ro­nel Ig­na­cio War­nes co­mo nue­vo go­ber­na­dor de San­ta Cruz.

En es­te mo­men­to de la his­to­ria San­ta Cruz de la Sie­rra ha­bía re­cu­pe­ra­do su an­ti­gua si­tua­ción de ca­pi­tal de la Go­ber­na­ción, de­jan­do la de­pen­den­cia de Co­cha­bam­ba.

Batalla de Florida

El en­fren­ta­mien­to más im­por­tan­te fue la Ba­ta­lla de Flo­ri­da, el 25 de ma­yo de 1814, en la que War­nes y el co­ro­nel Ma­nuel Ál­va­rez de Are­na­les ven­cie­ron al rea­lis­ta Joa­quín Blan­co.

War­nes con­ti­nuó la lu­cha con­tra el rea­lis­ta Fran­cis­co Udae­ta, quien ha­bía es­ca­pa­do a Chi­qui­tos. En oc­tu­bre de 1815, en la Ba­ta­lla de San­ta Bár­ba­ra, War­nes ven­ció a Udae­ta y al go­ber­na­dor de Chi­qui­tos, Juan Bau­tis­ta Al­toa­gui­rre, quie­nes con­ta­ban con cer­ca de 5.000 in­dí­ge­nas. Con los rea­lis­tas ven­ci­dos, la pro­vin­cia en­te­ra que­dó en ma­nos pa­trio­tas. War­nes vol­vió a San­ta Cruz y la man­tu­vo in­de­pen­dien­te has­ta 1816.

Durante los tres años que duró el Gobierno de Warnes se enfrentó con las tropas realistas enviadas por Joaquín de la Pezuela, sucesor de Goyeneche.

Batalla del Pari

Los rea­lis­tas en­via­ron a Fran­cis­co Xa­vier Agui­le­ra y dos re­gi­mien­tos es­pa­ño­les, los tal­ve­ri­nos y los fer­nan­di­nos. Agui­le­ra se en­fren­tó con War­nes en la Ba­ta­lla del Pa­ri en las afue­ras de San­ta Cruz (hoy ba­rrio el Pa­ri y pla­zue­la de Fá­ti­ma) el 21 de no­viem­bre de 1816. En el en­fren­ta­mien­to mu­rió War­nes. Su co­la­bo­ra­dor más cer­ca­no, Jo­sé Ma­nuel Mer­ca­do, mar­chó ha­cia Cor­di­lle­ra con las tro­pas pa­trio­tas.

Agui­le­ra, pa­ra cas­ti­gar a los pa­trio­tas, des­pués de ma­tar a War­nes man­dó que pon­gan su ca­be­za en una pi­co­ta en la pla­za prin­ci­pal, de es­ta ma­ne­ra to­dos en San­ta Cruz sa­brían que los rea­lis­tas ha­bían ven­ci­do. Ana Bar­ba y su es­po­so, Fran­cis­co Ri­ve­ro, que eran pro­fun­da­men­te pa­trio­tas, ro­ba­ron la ca­be­za de War­nes y le die­ron cris­tia­na se­pul­tu­ra.

Homenaje a guerrilleros bolivianos de Ñancahuasú

La serie documental Semillas del Ñancahuasú de Froilán Gonzales García consta de 21 capítulos entre 12 y 15 minutos de duración cada uno y se enmarca en la competencia de investigación histórica a través de la estructura audiovisual.
El serial fue concebido con el propósito de rescatar y enriquecer la memoria histórica de los veinte guerrilleros bolivianos que murieron heroicamente en la gesta boliviana iniciada por el Comandante Ernesto Che Guevara en noviembre de 1966.
El título debe su nombre al río Ñancahuasú, que se encuentra a unos 100 metros del lugar donde se estableció el primer campamento guerrillero. Ese vocablo se escribe de varias formas: Ñancahuasú y otros que significa entrada o cabeza grande de agua, o sea, un gran manantial.
Allí llegaron los guerrilleros dispuestos a luchar por una Bolivia libre, independiente, justa y no sometida al Imperialismo Norteamericano y que su ejemplo se irradiara por otras tierras de América.
Los documentales están basados en entrevistas inéditas a las que fueron sus esposas, hijos, nietos, hermanos, otros familiares, compañeros de estudios y conocidos en las luchas políticas, laborales y sindicales. A través de ellos tendrán la oportunidad de ver y escuchar los recuerdos de los testimoniantes. Se destacan las valoraciones sobre los principios justos por los cuales lucharon.
Fueron localizados y entrevistados seis esposas, dieciséis hijos, once nietos, veinte hermanos, cinco cuñados, nueve sobrinos, dos tíos, dos primos, seis miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), seis militantes del Partido Comunista y otras dieciséis personas, entre los que se encuentran amigos, escritores, periodistas e investigadores.
De los veintinueve bolivianos seis abandonaron la guerrilla en diferentes momentos de la lucha, tres resultaron prisioneros y veinte murieron heroicamente; de estos últimos, son los documentales. De ellos doce procedían del Partido Comunista de Bolivia, seis del Partido Comunista Marxista Leninista, uno de las filas del Movimiento Nacionalista Revolucionario y otro no integraba ningún partido. Dos practicaban la religión católica.
Un hecho significativo es que de los veinte guerrilleros, diez eran descendientes de padres que habían combatido en la Guerra del Chaco (1932-1935) y dos en misiones de retaguardia. Diez de ellos, participaron activamente en la Revolución del 9 de abril de 1952.
De los veinte combatientes caídos, nueve habían pasado el Servicio Militar y estaban formados en las filas del Ejército Nacional de Bolivia; siete estudiaron en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista en la Unión Soviética o del Komsomol, uno había viajado a la República Popular China y once recibieron entrenamiento militar en Cuba.

martes, 16 de septiembre de 2014

Juan Ondarza Lara Historia de un héroe olvidado

Hay personajes que, por alguna razón, pasan injustamente de puntillas por la historia. Héroes que, sin saber por qué, son misteriosamente olvidados y difuminados por el paso del tiempo. Precisamente uno de ellos es Juan Ondarza Lara, un militar boliviano que combatió contra muchas adversidades y fue un gran ingeniero, geógrafo y pionero de la cartografía boliviana.

Es en ese sentido, que este personaje nació en la ciudad de Sucre el 17 de mayo de 1827, sus padres fueron el Dr. José Santos Ondarza y María Cornelia Lara. Su hermano fue Abdón Ondarza gran personaje fundador de la ciudad costera boliviana de Antofagasta, además último diputado por el Litoral que asistió a la Convención de 1880.

Desde muy joven a la edad de 13 años, Juan Ondarza ingresó al Ejército boliviano en calidad de cadete, consecutivamente combatió en la Batalla de Ingavi, en la que fue condecorado. Luego ingresó y estudió en la “Mesa Topográfica del Ejército”, que se encontraba bajo la dirección del francés Felipe Bertrés. Consecutivamente, estuvo en Chile como Secretario del E. E. y Ministro Plenipotenciario Casimiro Olañeta.

Pero su vida de geógrafo, inició en 1842, según el escritor Mariano Baptista, describe que “pese a las imperfecciones y lagunas del mapa que preparó Bertrés, el gobierno decidió publicarlo en París en 1845 pero también designó a Ondarza y Mujía para que recorriesen el país de un extremo a otro, comprobando in situ cuando hasta entonces se había recogido en diversas publicaciones y revelando en otros casos, datos todavía ignorados en tan basta geografía. La ímproba labor, compartida en algunos tramos también por Lucio Camacho, demandaría nada menos que dieciocho años de trabajo, con pequeñas interrupciones, once de ellos de viajes, recorriendo sucesiva-mente Cochabamba, Oruro, La Paz, parte de Atacama, Tarija, las provincia de Caupolicán, Yuracarés, gran parte de Moxos del Beni y casi todo el departamento de Potosí” 1.

De esta manera, emprendió una “labor inmensa, colosal y sembrada de terribles peligros, teniendo que recorrer el país de un confín a otro, a través de selvas vírgenes, desiertas, vegas profundas y malsanas, cordilleras altas e inaccesibles y frígidas, ríos caudalosos y en fin comprometiendo la vida, aparte de las tribus salvajes que a diario se veían en lucha abierta con ellos” 2. También, es necesario mencionar que al recorrer la frontera compartida con la Argentina, el tirano Juan Manuel de Rosas lo tomó prisionero y lo condenó a muerte, pero fue salvado por el ministro diplomático boliviano residente en esa nación.

Durante el gobierno del Gral. Manuel Isidoro Belzu, Ondarza luchó en Yamparáez y luego fue enviado a Inglaterra, Francia, Países Bajos, volviendo de Europa fue comisionado en 1858 a los Estados Unidos de Norteamérica con la misión de contratar una empresa que publicará el mapa del que era coautor. Entre otras cosas en Filadelfia, fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias, también en Boston y Nueva York. En Inglaterra, fue aceptado como miembro de la Real Sociedad Geográfica. En Francia tuvo la misión de buscar empresas colonizadoras y de navegación, para que estudien los ríos y territorios orientales bolivianos, además fue nombrado miembro de la Aca-demia Geográfica de París y la Sociedad Zoológica de Aclimatación.

Sobre la publicación del mapa, describimos que “entre Europa y los EE. UU., se inclinaron por este último país y en Nueva York, Ondarza encargó la obra a Joseph H. Colton por la suma de 25.000 pesos en oro, de los cuales dio un adelanto de 2.000. El resto sería pagado a la entrega de la obra. Colton realizó un trabajo excelente, los mapas fueron grabados en 36 planchas de cobre, y con la supervisación de Ondarza no hubo un solo error” 3.

Posteriormente, los primeros dos mil ejemplares llegaron a La Paz, los cuales fueron vendidos a 12 pesos por ejemplar. Pero “no ha recibido Colton un solo peso más, sin embargo de que en el mes de marzo de 1860 se ha vencido el tiempo en que debería habérsele abonado en integro” 4, exigió Ordanza, entre tanto arribaron en el puerto de Tacna, los ocho mil mapas restantes, pero en agosto de 1868 se produjo un fuerte terremoto en dicho puerto provocando la perdida de todos los mapas.

En 1862, Ondarza fue elegido diputado por Oruro. Partidario del Dr. José María Linares y enemigo del gobierno del Gral. Mariano Melgarejo, combatió contra él en Letanías, como consecuencia fue deporta-do.

Durante la administración del Dr. Tomás Frías, fue nombrado comandante del escua-drón de ametralladoras, posteriormente en el gobierno del Tte. Cnl. Adolfo Ballivián fue destinado al Estado Mayor.

Consecutivamente, Ondarza exploró y navegó el Lago Titicaca, en su famoso vaporsito “Tomasito” y luego trazó el ca-mino del “Lago hacia La Paz y de esta ciudad a los Yungas y Río Abajo” 5.

Finalmente Juan Ondarza Lara, falleció en La Paz, el 7 de enero de 1875.

A modo de conclusión, podemos decir que este héroe olvidado fue un gran inge-niero, geógrafo y pionero de la cartografía boliviana, que contribuyó al desarrollo de la cartografía de Bolivia y América en el siglo XIX.

José E. Pradel B.

Documental en 3D La historia de Santa Cruz en video

Conmemorando los 204 años del grito libertario de Santa Cruz de la Sierra, el Proyecto Cultural Paitití, en homenaje realizará la proyección de un documental en formato 3D, en el que se recrea la antigua ciudad en la época de la revolución del 24 de septiembre de 1810 en la Casa de la Cultura el jueves a partir de las 20:00. Al respecto, el profesor Héctor Molina señaló que el objetivo de dar a conocer esta proyección es que la gente valore los cambios que se han dado, además que es una buena manera de aprender a amar a esta tierra y volver a recordar las costumbres y tradiciones de Santa Cruz.

Una producción llena de cultura Este trabajo tridimensional se realizó doce años atrás, es una animación en base a la recreación de cómo era la ciudad en esa época, por ejemplo se mostrará las 16 cuadras del centro, la plaza principal, los principales edificios que estaban situados en torno a la plaza, las iglesias, además de ello, se mostrará el recorrido de la procesión que partió de la iglesia La Merced hacia la plaza central, que en ese entonces se conocía como la plaza de La Concordia para que se desarrolle la revuelta popular, en todo caso la revolución del 24 de septiembre de 1810.

Show artístico de la época. Para amenizar el acto se escenificarán cuatro tipos de baile de la época, como salón del estilo europeo que eran vals, el camaleón, la cuadrilla de los lanceros, la mariquita y el guachambé, entre otros, estos bailes solo lo realizaban las familias adineradas. "Considero que es una información bastante interesante para que la ciudadanía vea cómo han ido cambiando las formas de vestir y la arquitectura. Este trabajo es un acontecimiento históricos que tienen a otros personajes relevantes de esa época", dijo Molina.

La proyección dura aproximadamente una hora, incluido los bailes que van a ser representados de una manera interactiva con las vestimentas que se utilizaban en esas épocas por el ballet del colegio Amadeo Mozart, Kerembas y Hamacas.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La revolución cochabambina de 1810 grabó en la memoria histórica la ética de Esteban Arze

Todas las crónicas sobre el levantamiento libertario del 14 de septiembre de 1810 coinciden en dar relieve a un suceso histórico correlativo, consecuencia directa de la rebelión de septiembre: la batalla de Aroma, acaecida exactamente dos meses después, el 14 de noviembre de 1810, fecha que marca el hito principal de la revolución cochabambina como aporte la Independencia de Bolivia, con la creación —a partir de esa batalla— del Ejército con el cual se fundaría la República de Bolivia en 1925.

El historiador Gustavo Rodríguez Ostria es claro al señalar que la revuelta del 14 de septiembre no fue necesariamente un hecho independentista sino —como un eco de los levantamientos de Chuquisaca y La Paz en 1909— una adhesión a Junta Tuitiva de Buenos Aires, cuyo Ejército Auxiliar comandado por Manuel Belgrano, como es sabido, intentó derrocar al Virreinato de Lima después de arremeter contra el Virreinato de La Plata al que pertenecía el antiguo Collasuyo.

En el año de 1810, José Gonzales de Prada fue nombrado gobernador de Cochabamba tras fallecer Francisco de Viedma. Prada asumió el cargo persiguiendo a los sospechosos cochabambinos que habían tomado parte en los sucesos revolucionarios del 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca, entre ellos a Francisco Vidal y Manuel Urquidi. También decidió mandar a Oruro a sus entonces correligionarios realistas Francisco del Rivero, Esteban Arze y Melchor Guzmán, “el Quitón”, con la misión de reprimir el levantamiento del indígena Titicocha en Toledo, que se había sublevado a orillas del lago Poopó.

Sin embargo, los cochabambinos, ya en Oruro, evitaron el combate con los indígenas sublevados.

Estando acuartelados en Oruro esos tres comandantes realistas sospechosos de simpatizar con la Junta de Buenos Aires, las autoridades virreinales habían decidido desterrarlos a Tupiza (Potosí), para lo cual se esperaba al coronel español Basagoitia, quien, procedente del Cuzco, debía llegar pronto capitaneando las fuerzas enviadas por el virrey Abascal que marchaban al sur para auxiliar al gobernador virreinal de Potosí Vicente Nieto, quien estaba siendo acosado por las tropas del argentino Castelli. Si los cochabambinos hubieran sido trasladados a Tupiza como planeó Gonzales de Prada, imposibilitados de volver a Cochabamba, jamás se habrían producido los hechos revolucionarios de septiembre, octubre y noviembre de 1810.

“Apercibido Rivero de esas maquinaciones, merced a doña Lucia Ascui, avisó a sus compañeros y, durante la noche, escalaron las paredes del edificio en el que se encontraban, salieron de Oruro con dirección a Cochabamba. A mediados del mes de agosto los fugitivos de Oruro llegaron a Tarata. Desde allí les fue posible ponerse en relación con muchos cochabambinos, para trabajar a favor de la independencia. Carrasco, Oropeza, Montesinos, Oquendo, Arauco y Ferrufino, hubieron de ser los primeros en acoger esas tan generosas aspiraciones”, escribió Eufronio Viscarra.
¿Qué pasó el 14 de septiembre?

En su memorable “Diario histórico de los sucesos ocurridos en Sicasica y Ayopaya”, el “Tambor” José Santos Vargas testimonió que los 200 soldados realistas de caballería enviados desde Cochabamba por el gobernador Gonzales de Prada “al mando de un don Francisco del Rivero”, llegaron a Oruro “a principios del mes de agosto o por fines del mes de julio. Estarían como un mes y más… De repente desaparecieron de los cuarteles una noche, tal que no quedó uno. Llegado don Francisco Rivero a Cochabamba, se habían sublevado el día 14 de septiembre de dicho año 1810”.

En efecto —según se confirma en la crónica de Eufronio Viscarra— la mañana del 14 de septiembre de 1810, el coronel Francisco del Rivero junto al alférez Melchor Guzmán, a los tenientes Esteban Arze y Bartolomé Guzmán, “aparecieron en Cochabamba a la cabeza de una fuerza de mil hombres y auxiliados por todos los patriotas de la ciudad que, dirigidos por Oquendo, Montecinos, Oropeza y Arauco volaron a su encuentro. Se presentaron a caballo en la puerta del cuartel, apoderándose fácilmente de la tropa y de las armas, merced a la feliz circunstancia de que el regimiento estaba decidido de antemano por la nueva causa y no se derramó ni una gota de sangre”.

Al tomar el cuartel haciendo huir al gobernador Gonzales de Prada, Francisco del Rivero se dirigió a la tropa y con enérgica dulzura dijo a los sorprendidos soldados que se juntaron en el patio: “Hijos míos, os quieren mandar a combatir contra la Patria. No saldréis de aquí sino conmigo y para defenderla con lustras armas. ¡Viva la Patria!” Y el local invadido de soldados y pueblo todos contestaron “¡Viva la Patria!”.

El 19 de septiembre de 1810, Francisco del Rivero fue nombrado Gobernador mediante cabildo abierto y aclamación pública. Pero el verdadero combate armado de su revolución se produciría militarmente dos meses después, en los campos de Aroma.

La presencia inglesa en los ejércitos de Buenos Aires
Recordemos que las revueltas contra el coloniaje español tuvieron el estímulo del ataque inglés a España, entre 1806 y 1809, cuando el duque de Wellington declaró la guerra a los Borbón que habían abdicado en favor de Bonaparte a cambio de una cortesana francesa que le fue entregada a Fernando VII.
Los ingleses aprovecharon el descabezamiento de la Corona española decididos a quedarse con sus colonias en Sudamérica. Apoyaron con armas y dinero la formación de un ejército independentista en Buenos Aires para apoderarse del Virreinato de La Plata y luego avanzar hacia el Virreinato de Lima siguiendo la ruta Chuquisaca, Potosí, Oruro, Cochabamba y La Paz, hasta donde llegaron las tropas anglo-argentinas entre 1810 y 1813 enarbolando su bandera celeste que terminó siendo también el emblema cochabambino (las tropas originarias del valle, asegura Edmundo Arze, hacían flamear una bandera de guerra colorada).
Respecto a la influencia británica en los sofisticados ejércitos libertadores que surgieron simultáneamente en Argentina y Colombia durante las primeras décadas del siglo XIX, Joaquín Aguirre Lavayén reveló un dato extraordinario cuando escribió sobre esos aprestos del Protectorado Inglés: “El promotor de esa invasión inglesa (a Buenos Aires) fue un criollo nacido en Cochabamba, provincia de Charcas, llamado Aniceto Padilla que el año 1806 hizo escapar de la prisión, en el pueblo de Luján, al general William Carr Beresford, jefe de las entonces tropas invasoras inglesas”.
Según la historia oficial argentina, Aniceto Padilla, acompañado por un pariente del carcelero, usó una falsa orden del virrey Santiago de Liniers para trasladar a los ingleses prisioneros Beresford y Denis Pack de la cárcel de Luján a Buenos Aires. “Los prisioneros y sus conductores fueron trasladados al Tigre, y de allí a Maldonado, que estaba en manos inglesas. De allí pasaron a Montevideo, después de la captura de la ciudad por los ingleses, donde Padilla y el porteño Francisco Cabello y Mesa redactaron el periódico bilingüe The Southern Star, con el que los británicos esperaban congraciarse con los ilustrados criollos”, escribió Carlos Roberts en su libro “Las invasiones inglesas”.
Desde Montevideo, Aniceto Padilla pasó a Río de Janeiro, donde se unió a los carlotistas, que esperaban coronar a la princesa Carlota Joaquina de Borbón (consorte del rey de Portugal, apoyada por los ingleses y adversaria de su hermano bonapartista Fernando VII) como reina del Río de la Plata, ya habiendo sido reina del Brasil. Padilla fue enviado a Londres en 1808 para a colaborar en una hipotética tercera invasión. Regresó a Buenos Aires en 1810, muy poco después de la Revolución de Mayo. “Por consejo de Nicolás Rodríguez Peña, la Primera Junta lo envió a entrevistarse con Lord Strangford en Río de Janeiro y a comprar armas a los Estados Unidos. No tuvo éxito en ninguna de sus dos misiones”. (Tras el triunfo de la Independencia, el osado revolucionario cochabambino colaboró con el mariscal Andrés de Santa Cruz para formar la Confederación Perú-Boliviana. Fue funcionario de ésta y editó un periódico en Cochabamba. Murió en esta ciudad hacia el año de 1840).
Así pues, la rebelión del 14 de septiembre de 1810 fue alentada por un Ejército Auxiliar Argentino profundamente influido por el poderío inglés, intentando transformar las republiquetas guerrilleras indígenas en una guerra convencional. El matiz con el ejército libertador colombiano liderado por Bolívar y Sucre que profesaban el parlamentarismo republicano británico, fue que el ejército argentino del libertador San Martín intentaba mantener un régimen monárquico bajo el Protectorado Inglés.

El retorno a Oruro en octubre de 1810
Sello Postal emitido por Correos de Bolivia el 14 de septiembre de 1910, Primer Centenario de la Revolución cochabambina, en homenaje a Esteban Arze.

Sello Postal emitido por Correos de Bolivia el 14 de septiembre de 1910, Centenario de la Revolución cochabambina, en homenaje a Esteban Arze.

Después del golpe del 14 de septiembre del 1810, las tropas libertadoras de Cochabamba, que desconfiaban de los argentinos, tuvieron que retornar pronto a Oruro para salvaguardar unos tesoros virreinales que Goyeneche, desde el Cuzco, había mandado a confiscar desplazando a sus tropas por la ruta del Desaguadero.

El guerrillero José Santos Vargas, quien entonces contaba con 14 años de edad, fue testigo de aquella “invasión de cochabambinos a Oruro”, en octubre de 1810, lo cual además obedecía a un clamor de los orureños para bloquear el avance que emprendía Goyeneche en pos de aniquilar a las tropas argentinas de Castelli que se expandían sobre el territorio de la Audiencia de Charcas con el objetivo de llegar a Lima misma. De hecho, Castelli y sus tropas de Buenos Aires —que eran parte del Ejército del Norte creado por Manuel Belgrano con el referido financiamiento inglés—, habían ingresado a Oruro en abril de 1810 y permanecían allí cometiendo abusos que indignaron los cochabambinos, por lo cual la consigna de Esteban Arze era “no depender de España, ni de Lima, ni de Buenos Aires”.

“Ya se oía decir que el señor presidente de la real audiencia del distrito del Cusco, un don José Manuel de Goyeneche, mandaba a algunas compañías a Oruro a castigarlos porque atajaron las arcas reales” —relata el “Tambor” Vargas—. “Informados en Oruro pidieron auxilio de Cochabamba a don Francisco Rivero. El número de tropas que Goyeneche mandaba a Oruro era de 700 hombres bajo las órdenes del comandante general, un tal Piérola”.

Siguiendo el relato de Vargas, “Don Francisco Rivero de Cochabamba mandó 2.000 hombres entre los que fueron 200 de infantería armada, dos piezas de artillería, 500 de caballería y los restantes de cívicos (que decían urbanos) al mando del señor coronel y comandante general don Melchor Guzmán, alias el Quitón”.

Eufronio Viscarra informa sin embargo que el ejército expedicionario que también era comandado por Esteban Arze constaba de mil hombres divididos en 10 compañías; y que “se creó también una tropa auxiliativa de 174 indios, encargada de conducir víveres y pertrechos de guerra y hostilizar al enemigo en caso necesario”.

“El partido que más contribuyó a la formación del ejército fue Tapacarí” —dice Viscarra—. “En la tropa creada en Punata con el nombre de ‘Patricios de Caballería’, llama la atención la circunstancia de que jefes y soldados se alistaron en sus caballos propios, y sin exigir el precio de estos últimos”.

Respecto al armamento, según el biógrafo de Arze, “apenas una tercera parte del ejército contaba con malos fusiles, morteros y arcabuces. Las dos terceras partes restantes estaban armadas solamente de chuzos, garrotes, macanas, cachiporras, barras de hierro y lazos”.
La ética de Esteban Arze
LA MUERTE DE ESTEBAN ARZE Intentando llevar la revoluciòn a Santa Cruz, Esteban Arze fue traicionado por el general argentino Juan Antonio Álvarez de Arenales y desterrado a Santa Ana de Yacuma, donde falleció despojado de sus patrimonios el 24 de febrero de 1815. Fue el costo que pagó por proclamar su ideal autonomista de "una patria sin España, sin Buenos Aires y sin Lima, una patria nueva”.

LA MUERTE DE ESTEBAN ARZE
Intentando llevar la revoluciòn a Santa Cruz, Esteban Arze fue traicionado por el general argentino Juan Antonio Álvarez de Arenales y desterrado por Ignacio Warnes a Santa Ana de Yacuma, donde falleció despojado de sus patrimonios el 24 de febrero de 1815. Fue el costo que pagó por proclamar su ideal autonomista de “una patria sin España, sin Buenos Aires y sin Lima, una patria nueva”. Sus restos fueron trasladados a su ciudad natal en 1947. Hoy, sus cenizas descansan en la Catedral de Cochabamba y en la Iglesia San Pedro de Tarata, capital de la provincia cochabambina que lleva su nombre.

Mientras permaneció en Oruro desde el 20 de octubre para custodiar los caudales reales mientras Goyeneche avanzaba por el Desaguadero, Esteban Arze impuso en esa ciudad una autoridad rigurosamente celosa de la conducta ética en sus propias filas. Al general Arze le interesaba muy poco la corrupción de sus enemigos, ya vencidos. Le preocupaba la de los suyos mismos, sabiendo que nadie es perfectamente inmaculado en estas viñas del señor, más aún detentando un poder nacido de las armas.

Esteban Arze dio una orden expresa para que ningún soldado de su ejército, ningún funcionario bajo su administración libertaria, osase robar un solo alfiler de los realistas derrotados; aún tratándose de los más odiosos sojuzgadores. Tampoco era permitido cometer abusos ni violar a las mujeres e hijas del enemigo. Arze creó un sistema de vigilancia que podría considerarse el primer órgano de inteligencia ética en la historia de la Independencia, y los infractores identificados eran fusilados en el acto, ante la algarabía del pueblo revolucionario.

Pocos días antes de la partida de los cochabambinos hacia La Paz, el 9 de noviembre, en pos de las expediciones enemigas enviadas por Goyeneche, el Ilustre Cabildo de la Real Villa de San Felipe de Austria de Oruro, certificó que Esteban Arze —según Eufornio Viscarra— “logró conquistarse las voluntades todas con el desinterés, talento, sagacidad política y demás virtudes que realzan y caracterizan su persona, consiguiendo por medio de ellas el fin laudable de que su gente no cometiese exceso, extorsiones ni incomodidad alguna en la citada población”.

El fugaz gobierno interventor de Esteban Arze en Oruro, previo a Aroma, fue un modelo de autocontrol administrativo inédito y singular en la historia política de ésta que terminó siendo la República de Bolivia 15 años después. En los siguientes dos siglos, nunca más hubo ejemplo tal hasta nuestros días de esplendorosa corrupción y esmerado mal gobierno.
Aroma: de la Guerra a la Fiesta
La Batalla de Aroma, efecto inmediato de la sublevación del 14 de septiembre de 1810, exactamente dos meses después. Nótese en este óleo conservado en la Pinacoteca Militar, que la bandera de guerra que hacen flamear los combatientes cochabambinos al mando de Estéban Arze y Guzmán Quitón, no es el emblema celeste del Ejército Auxiliar que mandó al Alto Perú la Junta de Buenos Aires. Según narró Eufronio Viscarra, el choque se produjo en las riberas del río Aroma, a pocos kilómetros de Sica Sica, sobre un terreno donde, "numerosos conejos semejantes a la liebre (viscachas) establecen en el suelo sus madrigueras en forma de largas y profundas encrucijadas, que se hunden bajo las plantas, produciendo agujeros donde caen fácilmente hombres y bestias. Los españoles, no acostumbrados a pisar un suelo tan accidentado, daban tumbos a menudo, deteniéndose por tal motivo y facilitando el avance de los cochabambinos que evitaban los peligros con su natural agilidad y por el conocimiento que tenían del lugar".

La Batalla de Aroma, efecto inmediato de la revuelta urbana del 14 de septiembre de 1810, exactamente dos meses después. Nótese en este óleo conservado en la Pinacoteca Militar que la bandera de guerra que hacen flamear los combatientes cochabambinos al mando de Estéban Arze, no es el emblema celeste del Ejército Auxiliar que mandó al Alto Perú la Junta de Buenos Aires. El choque se produjo en las riberas del río Aroma, a pocos kilómetros de Sica Sica, sobre un terreno donde, según Eufronio Viscarra, “numerosos conejos semejantes a la liebre (viscachas) establecen en el suelo sus madrigueras en forma de largas y profundas encrucijadas, que se hunden bajo las plantas, produciendo agujeros donde caen fácilmente hombres y bestias. Los españoles, no acostumbrados a pisar un suelo tan accidentado, daban tumbos a menudo, deteniéndose por tal motivo y facilitando el avance de los cochabambinos que evitaban los peligros con su natural agilidad y por el conocimiento que tenían del lugar”.

“Ante vuestras macanas el enemigo tiembla” es la arenga más poética que Cochabamba ofrendó a la memoria revolucionaria de los pueblos del mundo. La profirió Esteban Arze, el general de ese ejército de cochabambinos desarmados e indisciplinados que infringieron una derrota estratégica a los colonialistas españoles en el altiplano aymara de Haru Uma (Aroma, en castellano), el 14 de noviembre de 1810, exactamente dos meses después de la gran revuelta valluna del 14 de septiembre en ese mismo año.

Aquello de las macanas fue real y fantástico. La batalla se produjo cuando el “ejército cochabambino” comandado por Esteban Arze y Melchor Guzmán Quitón se dirigía de Oruro a La Paz para impedir el avance de las tropas realistas desde el Cuzco hacia el sur altoperuano, protegiendo así los territorios liberados por el ejército auxiliar argentino.

El choque se produjo en las riberas del río Aroma, a pocos kilómetros de Sica Sica, sobre un terreno donde, según una descripción de Eufronio Viscarra poco conocida, “numerosos conejos semejantes a la liebre (viscachas, nr) establecen en el suelo sus madrigueras en forma de largas y profundas encrucijadas, que se hunden bajo las plantas, produciendo agujeros donde caen fácilmente hombres y bestias. Los españoles, no acostumbrados a pisar un suelo tan accidentado, daban tumbos a menudo, deteniéndose por tal motivo y facilitando el avance de los cochabambinos que evitaban los peligros con su natural agilidad y por el conocimiento que tenían del lugar”.

Según el relato de Viscarra, “instintivamente y sin previo acuerdo, los patriotas adoptaron una táctica harto singular: aprovechando de las concavidades naturales del terreno, de los pequeños barrancos formados por el río de Aroma en su curso caprichoso y de las tolas (arbustos que en esos parajes alcanzan proporciones considerables), se alebraban en el suelo mientras los enemigos hacían sus disparos, y cuando cesaba el fuego se adelantaban rápidamente para acortar la distancia que había entre los contendientes. A las nuevas descargas del enemigo volvían a agazaparse sin retroceder un solo paso y avanzando siempre, hasta que llegó el momento de lanzarse sobre los realistas”.

Entonces las macanas entraron en acción en un cuerpo a cuerpo indescriptible. “Arrostrando serenos los fuegos de la fusilería, descargaban terribles golpes de macana sobre los realistas y les arrebataban las armas para seguir combatiendo con ellas. Los chuzos y los palos que empuñaban vigorosamente, caían sobre los adversarios haciendo saltar en mil pedazos sus cascos y corazas y convirtiendo en esquirlas sus cráneos”.

En los mil encuentros que se sucedían rápidamente, prevalecía, casi siempre, la fuerza muscular de los cochabambinos, que, acostumbrados como estaban a las rudas faenas del campo, manejaban sus garrotes con admirable desenvoltura y pujanza. “Encontróse en algunos sitios, después del combate, a más de un patriota muerto por la bayoneta de un soldado realista; pero cubriendo con su cuerpo el del enemigo muerto también, lo que manifiesta que el independiente, al sentir el frío de la espada en las entrañas, se daba modos para aplastar con su macana la cabeza del adversario, pereciendo ambos en consecuencia. Desconcertado el enemigo ante la pujanza descomunal de los cochabambinos, cejó de sus posiciones y bien pronto se entregó a la fuga para buscar en ella su salvación”. Y así fue que el enemigo tembló.
La Batalla de la Felicidad
Una de las proclamas revolucionarias de Francisco del Rivero, publicada el 10 de septiembre de 1811 por la "Gazeta de Buenos-Ayres".

Una de las proclamas revolucionarias de Francisco del Rivero, publicada el 10 de septiembre de 1811 por la “Gazeta de Buenos-Ayres”.

Cuando este ejército libertario obtuvo la victoria de Aroma, parecía que la utopía estaba a la vuelta de la esquina, que la felicidad por fin reinaría en estas colonias de tristeza y humillación. Los festejos en Cochabamba duraron oficialmente tres días después del Te Deum de rigor celebrado el 22 de noviembre de 1810.

“Por cuanto la victoria de nuestras armas contra los enemigos de la felicidad común que decretaron la resistencia a los designios de nuestra capital Buenos Aires, obtenida por los campeones de ella en Suipacha y por nuestros esforzados y leales cochabambinos, exige que tributando al Dios de las batallas las más fervorosas gracias por la misericordia con que nos ha protegido, se hagan también demostraciones de nuestro júbilo y complacencia”, reza un bando emitido por el Gobernador de Cochabamba, Francisco del Rivero, el 21 de noviembre de 1810.

Francisco del Rivero había ordenado que “en las noches de este día y las dos siguientes se iluminen los balcones, ventanas, puertas de calle y tiendas, y que en las de mañana y siguientes se procure la diversión pública en celebración de aquellas acciones decisivas de nuestra feliz suerte”.

La crónica de aquel festejo en la narración de Eufronio Viscarra, es efusiva: “Los caminos que conducen a Tarata, Quillacollo y Sacaba estaban atestados de muchedumbres que acudían a la capital para tomar parte en las solemnidades que se verificaban en honor de los vencedores de Aroma, y de jinetes que, en grupos compactos, iban y venían desalados, conduciendo armas y caballos para las nuevas expediciones que se estaban organizando rápidamente, en los momentos mismos en que el delirio de la victoria parecía embargar todos los ánimos”.

Los relatos de la época testimonian que los repiques no cesaron durante 72 horas, y que la campana más grande que existía en la ciudad, la del convento de San Francisco, “tañó de tal suerte que hubo de rajarse, quedando inhábil desde entonces”.

Aroma era una batalla por la felicidad perdida, y la reconquista de esa felicidad en forma de utópica republiqueta fue el mayor logro político y militar de los cochabambinos