Con motivo de valorar, difundir la importancia de la lectura y promover la identidad cultural, el Gobierno Municipal de Tarija convoca al concurso de teatro escolar, destinado a niño del nivel primario y secundario de la ciudad y provincias de Cercado.
El evento se realizará en tres etapas: La selección en cada unidad educativa, semifinales en las 11 bibliotecas municipales de la ciudad, y la final en el Patio del Cabildo a realizarse el 16 de julio, a partir de las 08:30 horas.
El concurso tiene como propósito mejorar los soportes de desarrollo educativo integral, conocimiento y empoderamiento sobre la historia, e identidad cultural y cívica de los niños y jóvenes estudiantes, dijo la oficial mayor de fomento a la cultura y producción del municipio de Cercado, Cira Flores.
Los alumnos pueden inscribirse en las bibliotecas municipales cercanas a la unidad educativa, con la fotocopia de libreta de notas y certificación de la dirección del establecimiento que acredite que el estudiante pertenece a la entidad escolar que a va a representar, explicó.
Flores indicó que la selección de los ganadores estará a cargo de un selecto jurado calificador, conformado por personalidades del medio y entendidos en la materia de historia.
Se tiene previsto otorgar como premios, una cámara digital para la unidad educativa que logre el primer lugar, además de MP4 a cada uno de los integrantes del elenco ganador, que no deberá ser mayor de cinco niños.
Asimismo, se otorgará un set de juegos didácticos y de MP3 a cada uno de los integrantes; y quienes alcancen el tercer lugar, estuche geométrico y mapamundi para el establecimiento al que representan, y un set de juegos didácticos para cada integrante del grupo ganador. Se incluirá certificados de participación a todas las unidades educativas participantes.
“Lo que se pretende es estimular en los niños y jóvenes estudiantes de nuestras unidades educativas tarijeñas la práctica de la investigación, valoración, reconocimiento y expresión de nuestras raíces cívicas y culturales”, señaló Flores.
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jueves, 5 de junio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
El conflicto boliviano-paraguayo
El 9 de mayo de 1933 comienza otra guerra que deja en dos años más de 100 mil muertos latinoamericanos. Tras el triunfo chileno en la guerra del Pacífico (1879-1883) Bolivia se queda sin salida al mar, llena de resentimiento y muertos. Busca un puerto marino por el río Paraguay, pero para los guaraníes ese brazo fluvial era lo poco que le había dejado la masacre y saqueo de la Triple Infamia (Argentina, Brasil y Uruguay, 1864-1870).
Ambas empobrecidas naciones apuntan entonces a los pantanos del Chaco Boreal. Los del Alto Perú tienen en la zona fortines desde 1922, por lo que Paraguay levanta los suyos. Hasta que un día, la sed impulsa a los bolivianos a ocupar un fortín paraguayo para tomar su pozo de agua.
Así, desde mayo de 1933 a junio de 1935 combaten los dos pueblos. Como en esos páramos de 250 mil kilómetros cuadrados del Chaco Boreal la riqueza subterránea era el petróleo, los intereses de grandes petroleras intervienen en el conflicto. Los soldados pe-lean, casi sin saber, para la estadounidense Standard Oil desde Bolivia o la anglo holandesa Royal Dusch Shell, desde Asunción.
El periodista argentino Rogelio García Lupo, cofundador con Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Jorge Masetti de la Agencia de Noticias Prensa Latina -además de coordinar con Walsh y Horacio Verbitsky el Semanario CGT de los Argentinos-, también investigó una intriga que no trascendió ni se recuerda con la atención merecida. Sucede que el entonces presidente argentino, gene-ral Agustín Pedro Justo, “fue un abierto ope-rador a favor de Paraguay contra Bolivia”.
El apoyo a los guaraníes no surgía de un mea culpa por las masacres cometidas antes durante la guerra de la Triple Infamia. Sucede que tras esa contienda, capitales porte-ños desembarcaron en esas tierras para invertir en la reconstrucción. La reconstrucción paraguaya fue un negocio para intereses porteños. En 1904, ya más de 140 mil kilómetros cuadrados de territorios del oeste guaraní eran vendidos a capitales argentinos, algo como el 93,68 por ciento de las tierras fiscales.
La prensa y los libros de la historia oficial retoman estos hechos. Pero los hombres comprometidos con la palabra y la memoria, como Eduardo Galeano, entre otros, también trabajaron el tema. “Está guerra es entre los dos pueblos más pobres de América del Sur: los que no tienen mar, los más vencidos y despojados, se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa. Escondidas entre los plie-gues de ambas banderas, la Standard Oíl Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del Chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obli-gados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpien-tes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de es-panto. Las mariposas se apiñan, desespe-radas, sobre las pocas gotas de agua. Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados mato-rrales. Aquí mueren de bala, pero más mue-ren de sed”. (Memoria del Fuego 3: El Siglo del Viento).
Desde Bolivia, El Chueco Augusto Cés-pedes Patzi (Cochabamba, 1904-1997), es-critor, periodista y político, relata: “Un pelo-tón de soldados empieza a excavar un pozo, a pico y pala en busca de agua. Ya se ha evaporado lo poco que llovió y no hay nada de agua por donde se mire o se ande. A los doce metros, los perseguidores del agua encuentran barro líquido. Pero después, a los treinta metros, a los cuarenta y cinco, la polea sube baldes de arena cada vez más seca. Los soldados continúan excavando, día tras día, atados al pozo, pozo adentro, boca de arena cada vez más honda, cada vez más muda; y cuando los paraguayos, también acosados por la sed, se lanzan al asalto, los bolivianos mueren defendiendo el pozo, como si tuviera agua”.
En el libro La Guerra del Chaco: Petróleo, del escritor-periodista brasileño Julio José Chiavenato, se relata: “En el Chaco, diez mil bolivianos mueren de sed en un solo cerco”. Se agrega luego que en 1938 una misión militar norteamericana, sobrevolando la zona de operaciones en el Chaco, hace un maca-bro hallazgo: las osamentas de 10.000 sol-dados bolivianos muertos de sed en el cerco de Picuiba-Irendague.
Viveza criolla
“Todo el trigo, la nafta y el fuel-oil que con-sumió el ejército paraguayo durante los tres años de guerra le fueron facilitados gratuita-mente por el gobierno argentino” (David Zook, The conduct of the Chaco War, New Haven, Bookman Associates, 1960).
García Lupo señala que además de planifi-car necesidades de armas, créditos, trans-portes y alimentos, el gobierno comprometió al Estado Mayor del Ejército Argentino.
En la logística, el coronel Abraham Schweizer, hijo de un estanciero judío de Co-rrientes y con prácticas pro-longadas en el ejército ale-mán, antes del nazismo, fue destinado al Paraguay entre 1931 y 1934, para el espionaje de Bolivia.
También documenta que el entonces mayor Juan Domingo Perón “era desde febrero de 1932 el ayudan-te de campo del Ministro de Guerra, el general Manuel Rodríguez, a su vez perso-na de confianza del presi-dente Justo”.
Esa intervención argenti-na llevó a que Gran Breta-ña y Francia le recrimina-ran al canciller argentino Carlos Saavedra Lamas la violación del embargo de venta de armas a países en guerra.
Luego de tres años de guerra y muertes, en 1935 se logra un acuerdo de paz. Ga-leano retoma ese momento no en despachos ministeriales, sino entre el polvo del espanto: “Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras. Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regi-miento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimien-to Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohíben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Solo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía. Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los boli-vianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente”.
Paraguay se queda con el 75 por ciento de la región y el resto es para Bolivia, ocupando un acceso al río Paraguay y al puerto de Casado. Pero los bolivianos siguen acusando la intervención argentina: “Quien manejara las supuestas condiciones de paz, el argentino Saavedra Lamas, favoreció grandemente a Paraguay. Por las ironías de la vida, este señor argentino luego se hizo acreedor del premio Nobel de la paz”, indica Roberto Querejazu Calvo en Masamaclay (lugar donde se pelearon dos hermanos).
EL ESLABÓN - REDACCIÓN ROSARIO.
ARGENPRESS
Ambas empobrecidas naciones apuntan entonces a los pantanos del Chaco Boreal. Los del Alto Perú tienen en la zona fortines desde 1922, por lo que Paraguay levanta los suyos. Hasta que un día, la sed impulsa a los bolivianos a ocupar un fortín paraguayo para tomar su pozo de agua.
Así, desde mayo de 1933 a junio de 1935 combaten los dos pueblos. Como en esos páramos de 250 mil kilómetros cuadrados del Chaco Boreal la riqueza subterránea era el petróleo, los intereses de grandes petroleras intervienen en el conflicto. Los soldados pe-lean, casi sin saber, para la estadounidense Standard Oil desde Bolivia o la anglo holandesa Royal Dusch Shell, desde Asunción.
El periodista argentino Rogelio García Lupo, cofundador con Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Jorge Masetti de la Agencia de Noticias Prensa Latina -además de coordinar con Walsh y Horacio Verbitsky el Semanario CGT de los Argentinos-, también investigó una intriga que no trascendió ni se recuerda con la atención merecida. Sucede que el entonces presidente argentino, gene-ral Agustín Pedro Justo, “fue un abierto ope-rador a favor de Paraguay contra Bolivia”.
El apoyo a los guaraníes no surgía de un mea culpa por las masacres cometidas antes durante la guerra de la Triple Infamia. Sucede que tras esa contienda, capitales porte-ños desembarcaron en esas tierras para invertir en la reconstrucción. La reconstrucción paraguaya fue un negocio para intereses porteños. En 1904, ya más de 140 mil kilómetros cuadrados de territorios del oeste guaraní eran vendidos a capitales argentinos, algo como el 93,68 por ciento de las tierras fiscales.
La prensa y los libros de la historia oficial retoman estos hechos. Pero los hombres comprometidos con la palabra y la memoria, como Eduardo Galeano, entre otros, también trabajaron el tema. “Está guerra es entre los dos pueblos más pobres de América del Sur: los que no tienen mar, los más vencidos y despojados, se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa. Escondidas entre los plie-gues de ambas banderas, la Standard Oíl Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del Chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obli-gados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpien-tes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de es-panto. Las mariposas se apiñan, desespe-radas, sobre las pocas gotas de agua. Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados mato-rrales. Aquí mueren de bala, pero más mue-ren de sed”. (Memoria del Fuego 3: El Siglo del Viento).
Desde Bolivia, El Chueco Augusto Cés-pedes Patzi (Cochabamba, 1904-1997), es-critor, periodista y político, relata: “Un pelo-tón de soldados empieza a excavar un pozo, a pico y pala en busca de agua. Ya se ha evaporado lo poco que llovió y no hay nada de agua por donde se mire o se ande. A los doce metros, los perseguidores del agua encuentran barro líquido. Pero después, a los treinta metros, a los cuarenta y cinco, la polea sube baldes de arena cada vez más seca. Los soldados continúan excavando, día tras día, atados al pozo, pozo adentro, boca de arena cada vez más honda, cada vez más muda; y cuando los paraguayos, también acosados por la sed, se lanzan al asalto, los bolivianos mueren defendiendo el pozo, como si tuviera agua”.
En el libro La Guerra del Chaco: Petróleo, del escritor-periodista brasileño Julio José Chiavenato, se relata: “En el Chaco, diez mil bolivianos mueren de sed en un solo cerco”. Se agrega luego que en 1938 una misión militar norteamericana, sobrevolando la zona de operaciones en el Chaco, hace un maca-bro hallazgo: las osamentas de 10.000 sol-dados bolivianos muertos de sed en el cerco de Picuiba-Irendague.
Viveza criolla
“Todo el trigo, la nafta y el fuel-oil que con-sumió el ejército paraguayo durante los tres años de guerra le fueron facilitados gratuita-mente por el gobierno argentino” (David Zook, The conduct of the Chaco War, New Haven, Bookman Associates, 1960).
García Lupo señala que además de planifi-car necesidades de armas, créditos, trans-portes y alimentos, el gobierno comprometió al Estado Mayor del Ejército Argentino.
En la logística, el coronel Abraham Schweizer, hijo de un estanciero judío de Co-rrientes y con prácticas pro-longadas en el ejército ale-mán, antes del nazismo, fue destinado al Paraguay entre 1931 y 1934, para el espionaje de Bolivia.
También documenta que el entonces mayor Juan Domingo Perón “era desde febrero de 1932 el ayudan-te de campo del Ministro de Guerra, el general Manuel Rodríguez, a su vez perso-na de confianza del presi-dente Justo”.
Esa intervención argenti-na llevó a que Gran Breta-ña y Francia le recrimina-ran al canciller argentino Carlos Saavedra Lamas la violación del embargo de venta de armas a países en guerra.
Luego de tres años de guerra y muertes, en 1935 se logra un acuerdo de paz. Ga-leano retoma ese momento no en despachos ministeriales, sino entre el polvo del espanto: “Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras. Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regi-miento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimien-to Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohíben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Solo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía. Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los boli-vianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente”.
Paraguay se queda con el 75 por ciento de la región y el resto es para Bolivia, ocupando un acceso al río Paraguay y al puerto de Casado. Pero los bolivianos siguen acusando la intervención argentina: “Quien manejara las supuestas condiciones de paz, el argentino Saavedra Lamas, favoreció grandemente a Paraguay. Por las ironías de la vida, este señor argentino luego se hizo acreedor del premio Nobel de la paz”, indica Roberto Querejazu Calvo en Masamaclay (lugar donde se pelearon dos hermanos).
EL ESLABÓN - REDACCIÓN ROSARIO.
ARGENPRESS
El hijo del príncipe africano
Cuentan que el gobernador de Cartagena de Indias, don Jerónimo de Suazo y Casasola, compró un lote de esclavizados entre los que se destacaba un príncipe guineano llamado Benkos Biohó.
Cuando llevaron los africanos a la plantación, la hija del gobernador quedó cautivada por la fuerza y distinguido porte del guerrero bissago.
La mujer se percató que el guineano se bañaba todas las noches en el arroyo para armonizarse con Ochun, Yemayá y Oyá sus Orishas protectores y los ele-mentales del agua llamados nereidas y ondinas por los africanos. La española decidió abordarlo en ese sitio y la noche escogida para buscarlo, dio a su consorte una pócima para dormirlo; cuando cayó rendido, fue al arroyo en pos del príncipe.
Este accedió a “entrar” en la dama a sabiendas que si rehusaba, esta diría que el africano quería violarla y hacerlo acreedor a los crueles castigos que daban a los esclavizados en esas plantaciones.
Respondiendo por obligación y no por amor, el guerrero poseyó a la española esa noche y durante varios meses. La esposa del español dejó de visitar al africano cuando la preñez hizo prominente su vientre. Los mayorales estaban ale-gres por el parto de la dama a la que los esclavizados paseaban en palanquín. El ibérico esposo encargaba a capitanes de bergantines y goletas, dátiles, jamones, turrones, colas de cerdo y arenques de Vigo en barriles para los antojos de la preñez de la dama española.
Cuando empezó el trabajo de parto, buscaron al médico que estaba cerca de la plantación. Este pidió al esposo que esperara en la planta baja mientras atendía el desembarazo con dos matronas.
En las primeras horas de la madrugada parió doña Isabel. El galeno ordenó asear al niño y acunarlo en el regazo sudoroso aun, de la somnolienta primeriza. Pusieron al recién nacido en el seno de su madre para recibir calor y alimento mientras el médico ratificaba la orden que nadie subiera hasta que el decidiera.
Cuando todo estuvo listo, se acercó al padre en la planta baja y al ser inquirido por este acerca del sexo de su primer hijo este contestó: “Es un robusto varón”.
El feliz padre subía raudo al segundo piso para cargar y acunar a su primogénito.
El médico se embarcó en su calesín, azuzó las monturas y como una exhala-ción salió a galope tendido por los polvo-rosos caminos que conducían a Carta-gena de Indias, para alejarse de la plantación donde había nacido el hijo de la española.
El ansioso padre entró a la alcoba don-de su esposa cansada por el desemba-razo, dormía con el bebé en su regazo de madre primípara, era una escena maternal y conmovedora. Recibió el niño de la matrona gritando impaciente: ¡Qui-tadle todo trapío! ¡Quiero verlo como vino al mundo, ver el lunar en su mejilla izquierda!
Las mujeres desarroparon al infante quién con una sonrisa cautivadora, ino-cente y tierna, observaba al gigantón que lo cargaba en esos momentos.
Era un niño de color nubio como la noche profunda, de una africanía inne-gable. El ofendido español lanzó un grito indignado, las matronas presurosas le quitaron al bebé evitando que este caye-ra al piso. ¡Maldición!! Gritaba el ofen-dido plantador. ¡Al diablo con África, me importa un rábano el rey del Congo y de Guinea! Gritaba mientras se dirigía a la sala principal donde colgaba un mosque-te.
En la plantación sabían lo que estaba ocurriendo; los capataces esperaban con sus látigos al cinto, la orden para en-trar en acción.
El guineano príncipe y varios guerre-ros, tranquilizaban a sus compañeros de infortunio, el bissago se deslizó furtiva-mente al barracón mientras el español al salir de la casa gritaba indignado: ¡Reu-nid a estos salvajes que voy a matarlos!
Los mayorales sacaron a los africanos de los oscuros barracones para llevarlos ante el ofendido español que estaba de-cidido a asesinarlos.
Al levantar el mosquete con intención de matar a los esclavizados, una saeta de guayacán surca vengadora los aires, clavándose en el pechó del ofendido ibé-rico. Cayó para siempre en esa tierra que conquistaron a sangre y fuego asesinan-do a ancianos, mujeres y niños nativos, de manera infame y sin remordimientos.
Apreció el agonizante asesino penin-sular en la lanza africana que le quitaba la vida, varias ranuras en el mango que tenían como objetivo evitar que se desli-zara de las manos guerreras, el español, pasó su mano agonizante por el tramado de la agarradera de la azagaya justiciera y sin tener tiempo de preguntarse qué había sucedido, una negrura como ja-más en su vida había visto, lo fue envol-viendo mientras sus ojos, ya sin ver, esta-ban fijos en el profundamente azul cielo Caribe.
En el dintel del barracón se erguía el príncipe bissago que parecía un divinidad, ni Zeus, Ares, Tor, Odín o Júpiter podían comparársele, su imagen de Orisha gue-rrero como Elegguá, Ochosi, Oggún, Osaín o Changó, tenía como fondo los soles de esa campiña Caribe de colores que iban desde el rosado sonriente, hasta el esplendoroso plateado de las mañanas cartageneras.
Cuando los mayorales se acercaron pa-ra atacarlo, uno a uno cayeron atrave-sados por las lanzas vengadoras arrojadas por los brazos invictos del magnífico prín-cipe bissago que cobraba venganza por el asesinato de tantos hombres en esas plantaciones de muerte donde se había matado tanto africano esclavizado.
El último mayoral creyendo poder esca-par del brazo vengador del príncipe bissa-go, corrió a refugiarse en la casa huyendo de la furia justiciera del africano que se erguía como un Dios. Cuando creía estar a salvo, el silbido mortal de Ikú, anunciaba la lanza vengadora que se incrustó con fuerza en la espalda española, atravesán-dolo de lado a lado.
El peninsular oriundo de los fértiles viña-les catalanes, cayó en el florido jardín de la entrada de la casona que aromaba el en-torno con su delicado olor floral. Todavía le quedaba un hálito de vida al español, que le alcanzó para percibir el tierno aroma de las begonias y arrepentirse de tantas muertes y daño ocasionado a esos hom-bres a quienes afligía reiteradamente maltratándolos sádicamente.
El inmenso guerrero a quién una coloración dorada envolvía su entorno áurico, reunió a los esclavizados y los invitó a luchar contra el español que los oprimía. Les narró las historias de los africanos de los primeros tiempos que siempre lucharon contra el europeo con denuedo y valor diciendo que prefería morir peleando, a ser esclavizado por los españoles y los dejó escoger la opción que decidieran. Todos lo acompañaron en esta decisión que iba a marcar un hito en la historia de las luchas reivindicativas de los africanos en América.
Las mujeres entraron a la casona y recogieron de los brazos de la parturienta al recién nacido infante para embarcarlo en los carretones que cargaban armas, provisiones alimentos y menajes de toda espe-cie.
Los africanos iban a fundar un poblado para vivir en el, iban a luchar contra los españoles hasta la muerte. Caminaban sonrientes, erguidos y se sentían libres.
Ese día, se inició el más importante movimiento emancipador, reivindicativo y libertario del continente americano.
¡Benkos Biohó el rey de los cimarrones, había iniciado la lucha!
ARGENPRESS CULTURAL
Cuando llevaron los africanos a la plantación, la hija del gobernador quedó cautivada por la fuerza y distinguido porte del guerrero bissago.
La mujer se percató que el guineano se bañaba todas las noches en el arroyo para armonizarse con Ochun, Yemayá y Oyá sus Orishas protectores y los ele-mentales del agua llamados nereidas y ondinas por los africanos. La española decidió abordarlo en ese sitio y la noche escogida para buscarlo, dio a su consorte una pócima para dormirlo; cuando cayó rendido, fue al arroyo en pos del príncipe.
Este accedió a “entrar” en la dama a sabiendas que si rehusaba, esta diría que el africano quería violarla y hacerlo acreedor a los crueles castigos que daban a los esclavizados en esas plantaciones.
Respondiendo por obligación y no por amor, el guerrero poseyó a la española esa noche y durante varios meses. La esposa del español dejó de visitar al africano cuando la preñez hizo prominente su vientre. Los mayorales estaban ale-gres por el parto de la dama a la que los esclavizados paseaban en palanquín. El ibérico esposo encargaba a capitanes de bergantines y goletas, dátiles, jamones, turrones, colas de cerdo y arenques de Vigo en barriles para los antojos de la preñez de la dama española.
Cuando empezó el trabajo de parto, buscaron al médico que estaba cerca de la plantación. Este pidió al esposo que esperara en la planta baja mientras atendía el desembarazo con dos matronas.
En las primeras horas de la madrugada parió doña Isabel. El galeno ordenó asear al niño y acunarlo en el regazo sudoroso aun, de la somnolienta primeriza. Pusieron al recién nacido en el seno de su madre para recibir calor y alimento mientras el médico ratificaba la orden que nadie subiera hasta que el decidiera.
Cuando todo estuvo listo, se acercó al padre en la planta baja y al ser inquirido por este acerca del sexo de su primer hijo este contestó: “Es un robusto varón”.
El feliz padre subía raudo al segundo piso para cargar y acunar a su primogénito.
El médico se embarcó en su calesín, azuzó las monturas y como una exhala-ción salió a galope tendido por los polvo-rosos caminos que conducían a Carta-gena de Indias, para alejarse de la plantación donde había nacido el hijo de la española.
El ansioso padre entró a la alcoba don-de su esposa cansada por el desemba-razo, dormía con el bebé en su regazo de madre primípara, era una escena maternal y conmovedora. Recibió el niño de la matrona gritando impaciente: ¡Qui-tadle todo trapío! ¡Quiero verlo como vino al mundo, ver el lunar en su mejilla izquierda!
Las mujeres desarroparon al infante quién con una sonrisa cautivadora, ino-cente y tierna, observaba al gigantón que lo cargaba en esos momentos.
Era un niño de color nubio como la noche profunda, de una africanía inne-gable. El ofendido español lanzó un grito indignado, las matronas presurosas le quitaron al bebé evitando que este caye-ra al piso. ¡Maldición!! Gritaba el ofen-dido plantador. ¡Al diablo con África, me importa un rábano el rey del Congo y de Guinea! Gritaba mientras se dirigía a la sala principal donde colgaba un mosque-te.
En la plantación sabían lo que estaba ocurriendo; los capataces esperaban con sus látigos al cinto, la orden para en-trar en acción.
El guineano príncipe y varios guerre-ros, tranquilizaban a sus compañeros de infortunio, el bissago se deslizó furtiva-mente al barracón mientras el español al salir de la casa gritaba indignado: ¡Reu-nid a estos salvajes que voy a matarlos!
Los mayorales sacaron a los africanos de los oscuros barracones para llevarlos ante el ofendido español que estaba de-cidido a asesinarlos.
Al levantar el mosquete con intención de matar a los esclavizados, una saeta de guayacán surca vengadora los aires, clavándose en el pechó del ofendido ibé-rico. Cayó para siempre en esa tierra que conquistaron a sangre y fuego asesinan-do a ancianos, mujeres y niños nativos, de manera infame y sin remordimientos.
Apreció el agonizante asesino penin-sular en la lanza africana que le quitaba la vida, varias ranuras en el mango que tenían como objetivo evitar que se desli-zara de las manos guerreras, el español, pasó su mano agonizante por el tramado de la agarradera de la azagaya justiciera y sin tener tiempo de preguntarse qué había sucedido, una negrura como ja-más en su vida había visto, lo fue envol-viendo mientras sus ojos, ya sin ver, esta-ban fijos en el profundamente azul cielo Caribe.
En el dintel del barracón se erguía el príncipe bissago que parecía un divinidad, ni Zeus, Ares, Tor, Odín o Júpiter podían comparársele, su imagen de Orisha gue-rrero como Elegguá, Ochosi, Oggún, Osaín o Changó, tenía como fondo los soles de esa campiña Caribe de colores que iban desde el rosado sonriente, hasta el esplendoroso plateado de las mañanas cartageneras.
Cuando los mayorales se acercaron pa-ra atacarlo, uno a uno cayeron atrave-sados por las lanzas vengadoras arrojadas por los brazos invictos del magnífico prín-cipe bissago que cobraba venganza por el asesinato de tantos hombres en esas plantaciones de muerte donde se había matado tanto africano esclavizado.
El último mayoral creyendo poder esca-par del brazo vengador del príncipe bissa-go, corrió a refugiarse en la casa huyendo de la furia justiciera del africano que se erguía como un Dios. Cuando creía estar a salvo, el silbido mortal de Ikú, anunciaba la lanza vengadora que se incrustó con fuerza en la espalda española, atravesán-dolo de lado a lado.
El peninsular oriundo de los fértiles viña-les catalanes, cayó en el florido jardín de la entrada de la casona que aromaba el en-torno con su delicado olor floral. Todavía le quedaba un hálito de vida al español, que le alcanzó para percibir el tierno aroma de las begonias y arrepentirse de tantas muertes y daño ocasionado a esos hom-bres a quienes afligía reiteradamente maltratándolos sádicamente.
El inmenso guerrero a quién una coloración dorada envolvía su entorno áurico, reunió a los esclavizados y los invitó a luchar contra el español que los oprimía. Les narró las historias de los africanos de los primeros tiempos que siempre lucharon contra el europeo con denuedo y valor diciendo que prefería morir peleando, a ser esclavizado por los españoles y los dejó escoger la opción que decidieran. Todos lo acompañaron en esta decisión que iba a marcar un hito en la historia de las luchas reivindicativas de los africanos en América.
Las mujeres entraron a la casona y recogieron de los brazos de la parturienta al recién nacido infante para embarcarlo en los carretones que cargaban armas, provisiones alimentos y menajes de toda espe-cie.
Los africanos iban a fundar un poblado para vivir en el, iban a luchar contra los españoles hasta la muerte. Caminaban sonrientes, erguidos y se sentían libres.
Ese día, se inició el más importante movimiento emancipador, reivindicativo y libertario del continente americano.
¡Benkos Biohó el rey de los cimarrones, había iniciado la lucha!
ARGENPRESS CULTURAL
martes, 27 de mayo de 2014
"Temblad rotos que aquí entran los colorados de Bolivia"
La Batalla del Alto de la Alianza, o Batalla de Tacna, fue una acción bélica que se desarrolló el 26 de Mayo de 1880 en Tacna, en el marco de la Guerra del Pacífico, donde la milicia boliviana fue dignamente representada por Los Colorados, quienes dejaron en las páginas de la historia el grito: "Temblad rotos que aquí entran los colorados de Bolivia".
Se enfrentaron los ejércitos aliados del Perú y Bolivia, con 12.000 efectivos dirigidos por el General boliviano Narciso Campero, 6.500 peruanos y 5.500 bolivianos, contra el ejército de Chile de 19.000 hombres, comandado por el General Manuel Baquedano, cuyo principal objetivo era Tacna.
El lugar de la batalla fue la meseta del cerro Inti Orko que en quechua significa Montaña del Sol. Pero antes de la batalla ya se conocía la ubicación del campamento aliado con el nombre de Alto de la Alianza, debido al tratado de alianza defensiva Perú-Bolivia.
Entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde se combatió fieramente, el episodio más destacado fue la intervención heroica de Los Colorados de Bolivia que cargaron para reforzar la debilitada ala izquierda del coronel Camacho.
Se había hablado mucho del famoso Regimiento boliviano de Los Colorados, quienes en esta batalla demostraron que toda su capacidad era verdadera, quienes con gran valentía obligaron a retroceder a los chilenos, fue el último momento en que se pudo pensar en una victoria aliada.
Pero el ataque final de Chile terminó por desmoronar a los aliados, agotados por la fallida incursión de la madrugada anterior, inferior en número, escasa de munición, sedienta y seriamente diezmados, dejando más de 5.000 muertos y heridos con una alta proporción de jefes y oficiales quedaron regados en el campo.
Los destacamentos Murillo y zapadores de Bolivia y Tacna del Perú, fueron la última resistencia, sucumbiendo y dejando que Tacna caiga en manos de los chilenos al final de la tarde.
Esa fue la última batalla de la Guerra del Pacífico en la que participaron las armas bolivianas, pero por su parte Perú sufrió la guerra tres años más, hasta 1883, cuando los chilenos ocuparon Lima y buena parte del territorio peruano por más de un año.
Se enfrentaron los ejércitos aliados del Perú y Bolivia, con 12.000 efectivos dirigidos por el General boliviano Narciso Campero, 6.500 peruanos y 5.500 bolivianos, contra el ejército de Chile de 19.000 hombres, comandado por el General Manuel Baquedano, cuyo principal objetivo era Tacna.
El lugar de la batalla fue la meseta del cerro Inti Orko que en quechua significa Montaña del Sol. Pero antes de la batalla ya se conocía la ubicación del campamento aliado con el nombre de Alto de la Alianza, debido al tratado de alianza defensiva Perú-Bolivia.
Entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde se combatió fieramente, el episodio más destacado fue la intervención heroica de Los Colorados de Bolivia que cargaron para reforzar la debilitada ala izquierda del coronel Camacho.
Se había hablado mucho del famoso Regimiento boliviano de Los Colorados, quienes en esta batalla demostraron que toda su capacidad era verdadera, quienes con gran valentía obligaron a retroceder a los chilenos, fue el último momento en que se pudo pensar en una victoria aliada.
Pero el ataque final de Chile terminó por desmoronar a los aliados, agotados por la fallida incursión de la madrugada anterior, inferior en número, escasa de munición, sedienta y seriamente diezmados, dejando más de 5.000 muertos y heridos con una alta proporción de jefes y oficiales quedaron regados en el campo.
Los destacamentos Murillo y zapadores de Bolivia y Tacna del Perú, fueron la última resistencia, sucumbiendo y dejando que Tacna caiga en manos de los chilenos al final de la tarde.
Esa fue la última batalla de la Guerra del Pacífico en la que participaron las armas bolivianas, pero por su parte Perú sufrió la guerra tres años más, hasta 1883, cuando los chilenos ocuparon Lima y buena parte del territorio peruano por más de un año.
27 de Mayo de 1812 Mujeres valerosas se alzaron ante españoles por defender su hogar
En 1812, un grupo de mujeres valerosas decidió organizarse y armarse para hacer frente a los españoles y así defender a sus hijos y su hogar, escalando la colina de San Sebastián (la Coronilla), trataron de bloquear el ingreso a Cochabamba de las tropas enemigas.
Los españoles aprovecharon que no habían hombres en la ciudad, porque estaban en otras batallas en el país, estas mujeres valerosas pretendieron bloquear el ingreso de las tropas españolas, pero fueron masacradas y tres días después la ciudad estaba ocupada por los españoles.
El 27 de mayo se conmemora en Bolivia el Día de la Madre, en homenaje a las valerosas heroínas de la Coronilla (Cochabamba), quienes sacrificaron sus vidas por combatir a las tropas españolas.
Es una fecha histórica que Bolivia recuerda cómo estas mujeres salieron de sus hogares con palos, piedras para hacer frente a los españoles y proteger la integridad de sus hijos.
En otros países festejan a las madres el día de la Virgen María, mientras que en el país lo hacen el 27 de mayo recordando la valentía que tuvieron las mujeres y por ser una fecha histórica para Bolivia.
HISTORIA
Heroínas de la Coronilla se refiere a un hecho bélico acaecido durante la Guerra de Independencia en el Alto Perú (hoy Bolivia), el 27 de mayo de 1812, en la ciudad de Cochabamba.
El general realista Jerónimo Marrón de Lombera (1760-1814) atacó la ciudad después de vencer en la Batalla de Pocona. En Cochabamba fueron principalmente mujeres las que se atrincheraron en la punta de la colina de San Sebastián, en el lugar conocido como La Coronilla, a unos 1.400 metros del centro de Cochabamba donde los soldados realistas las vencieron.
De éste hecho histórico se destaca la participación femenina en el proceso de la independencia de Bolivia.
Los españoles aprovecharon que no habían hombres en la ciudad, porque estaban en otras batallas en el país, estas mujeres valerosas pretendieron bloquear el ingreso de las tropas españolas, pero fueron masacradas y tres días después la ciudad estaba ocupada por los españoles.
El 27 de mayo se conmemora en Bolivia el Día de la Madre, en homenaje a las valerosas heroínas de la Coronilla (Cochabamba), quienes sacrificaron sus vidas por combatir a las tropas españolas.
Es una fecha histórica que Bolivia recuerda cómo estas mujeres salieron de sus hogares con palos, piedras para hacer frente a los españoles y proteger la integridad de sus hijos.
En otros países festejan a las madres el día de la Virgen María, mientras que en el país lo hacen el 27 de mayo recordando la valentía que tuvieron las mujeres y por ser una fecha histórica para Bolivia.
HISTORIA
Heroínas de la Coronilla se refiere a un hecho bélico acaecido durante la Guerra de Independencia en el Alto Perú (hoy Bolivia), el 27 de mayo de 1812, en la ciudad de Cochabamba.
El general realista Jerónimo Marrón de Lombera (1760-1814) atacó la ciudad después de vencer en la Batalla de Pocona. En Cochabamba fueron principalmente mujeres las que se atrincheraron en la punta de la colina de San Sebastián, en el lugar conocido como La Coronilla, a unos 1.400 metros del centro de Cochabamba donde los soldados realistas las vencieron.
De éste hecho histórico se destaca la participación femenina en el proceso de la independencia de Bolivia.
Chuquisaca : La pujanza traducida en libertad
Chuquisaca es el departamento que impulsó la libertad que gozamos actualmente los bolivianos.
La capital de este departamento es conocida como la ciudad de los cuatro nombres, Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre, su efeméride departamental se recuerda el 25 de mayo en homenaje a la revolución de 1809.
Chuquisaca está dividida en diez provincias, 28 secciones municipales y 121 cantones. En su territorio están distribuidos 600.728 habitantes según el Censo Nacional de Población y Vivienda 2012; el 50,34 por ciento son varones y el 49,66 por ciento mujeres.
Chuquisaca se sitúa en la región occidental del Estado Plurinacional de Bolivia en una superficie 51.524 kilómetros cuadrados, limita al Norte con Cochabamba y Santa Cruz; al Sur, con Tarija; al Este con Santa Cruz y la república del Paraguay y al Oeste con el departamento de Potosí.
Este departamento forma parte de las cuencas del Amazona en su parte Norte y la cuenca del Plata en su parte Central, Sur y Este con la cordillera de Mandinga.
Su economía está basada en la agricultura, la ganadería, la agroindustria y la minería, además de la fabricación de cemento y chocolate, la producción de maíz, maní, trigo, ají, cebolla y durazno.
Dentro el turismo tiene una gran variedad de atractivos, como el palacio de los Condes de la Glorieta; la riqueza arquitectónica de las casas, iglesias y edificios coloniales.
Es rica en el aspecto culinario especialmente en la elaboración del "chorizo chuquisaqueño, el mondongo, la empanada y la fritanga.
La capital de este departamento es conocida como la ciudad de los cuatro nombres, Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre, su efeméride departamental se recuerda el 25 de mayo en homenaje a la revolución de 1809.
Chuquisaca está dividida en diez provincias, 28 secciones municipales y 121 cantones. En su territorio están distribuidos 600.728 habitantes según el Censo Nacional de Población y Vivienda 2012; el 50,34 por ciento son varones y el 49,66 por ciento mujeres.
Chuquisaca se sitúa en la región occidental del Estado Plurinacional de Bolivia en una superficie 51.524 kilómetros cuadrados, limita al Norte con Cochabamba y Santa Cruz; al Sur, con Tarija; al Este con Santa Cruz y la república del Paraguay y al Oeste con el departamento de Potosí.
Este departamento forma parte de las cuencas del Amazona en su parte Norte y la cuenca del Plata en su parte Central, Sur y Este con la cordillera de Mandinga.
Su economía está basada en la agricultura, la ganadería, la agroindustria y la minería, además de la fabricación de cemento y chocolate, la producción de maíz, maní, trigo, ají, cebolla y durazno.
Dentro el turismo tiene una gran variedad de atractivos, como el palacio de los Condes de la Glorieta; la riqueza arquitectónica de las casas, iglesias y edificios coloniales.
Es rica en el aspecto culinario especialmente en la elaboración del "chorizo chuquisaqueño, el mondongo, la empanada y la fritanga.
25 de Mayo de 1809 Chuquisaca dio el primer paso para luchar por la independencia
Chuquisaca fue escenario de lo que llegó a denominarse, el primer grito libertario, ocurrido el 25 de Mayo de 1809, que permitió iniciar la lucha por la independencia de Bolivia, liberándose del yugo español.
Esta fecha es reconocida como una de las más importantes por Bolivia y América Latina porque un grupo de patriotas se sublevó para poner fin a la dominación de la colonia española, aunque algunos historiadores discrepan indicando que el primer grito libertario se suscitó en Oruro el 10 de Febrero de 1781.
Para que se dé inicio a la revolución del 25 de Mayo tuvieron que pasar acontecimientos importantes, tanto externos como internos, los cuales influyeron para que patriotas rebeldes desencadenaran esta sublevación.
Entre los acontecimientos externos se menciona que España no pasaba por una buena época, puesto que se encontraba confrontada con países como Francia, esto generó una cierta incertidumbre entre quienes habitaban la entonces Audiencia de Charcas, puesto que eran fieles al rey Fernando VII y no aceptaban otro mandato.
Esta debilidad en España provocó que jóvenes revolucionarios que estudiaban en la Universidad San Francisco Xavier, comiencen a gestar ideas emancipadoras en la población.
Asimismo, otro factor para la revolución fue el carácter de José Manuel de Goyeneche, quien se encargó de someter a los pueblos de Sudamérica, este personaje luego de haber sostenido una reunión con la Junta de Sevilla en España se ofreció a conseguir que las colonias reconozcan la autoridad de Fernando VII.
Goyeneche llegó a la Audiencia de Charcas con el propósito de imponer su voluntad a los entonces doctores y oidores, esto hizo que se alzarán el 25 de Mayo de 1809 y los rebeldes aprovecharon para fortalecer las ideas de emancipación.
El entonces presidente de la audiencia de Charcas, Ramón García Pizarro, se preocupó por los rumores que ya corrían de las ideas conspiradoras y dispuso la aprehensión de dichos oidores y doctores, pero una gran parte estaba avisado y solo lograron aprehender a Jaime Zudáñez, un revolucionario que mientras le llevaban preso, alertó a la población sobre los abusos que se cometían.
Entonces la gente enardecida empezó a pelear y las campanas de la iglesia de San Francisco comenzaron a sonar y se dio inicio a la revolución del 25 de Mayo de 1809 que fue la promotora para que otras regiones también se subleven.
Entre los dirigentes revolucionarios se destacan los doctores: José Mariano Serrano, Jaime Zudáñez, Bernardo Monteagudo, los hermanos Lemoine (Joaquín y Manuel), Mariano Michel, el cura Manuel Mercado, Manuel Pérez de Sandoval, y el argentino Manuel Moreno.
Esta fecha es reconocida como una de las más importantes por Bolivia y América Latina porque un grupo de patriotas se sublevó para poner fin a la dominación de la colonia española, aunque algunos historiadores discrepan indicando que el primer grito libertario se suscitó en Oruro el 10 de Febrero de 1781.
Para que se dé inicio a la revolución del 25 de Mayo tuvieron que pasar acontecimientos importantes, tanto externos como internos, los cuales influyeron para que patriotas rebeldes desencadenaran esta sublevación.
Entre los acontecimientos externos se menciona que España no pasaba por una buena época, puesto que se encontraba confrontada con países como Francia, esto generó una cierta incertidumbre entre quienes habitaban la entonces Audiencia de Charcas, puesto que eran fieles al rey Fernando VII y no aceptaban otro mandato.
Esta debilidad en España provocó que jóvenes revolucionarios que estudiaban en la Universidad San Francisco Xavier, comiencen a gestar ideas emancipadoras en la población.
Asimismo, otro factor para la revolución fue el carácter de José Manuel de Goyeneche, quien se encargó de someter a los pueblos de Sudamérica, este personaje luego de haber sostenido una reunión con la Junta de Sevilla en España se ofreció a conseguir que las colonias reconozcan la autoridad de Fernando VII.
Goyeneche llegó a la Audiencia de Charcas con el propósito de imponer su voluntad a los entonces doctores y oidores, esto hizo que se alzarán el 25 de Mayo de 1809 y los rebeldes aprovecharon para fortalecer las ideas de emancipación.
El entonces presidente de la audiencia de Charcas, Ramón García Pizarro, se preocupó por los rumores que ya corrían de las ideas conspiradoras y dispuso la aprehensión de dichos oidores y doctores, pero una gran parte estaba avisado y solo lograron aprehender a Jaime Zudáñez, un revolucionario que mientras le llevaban preso, alertó a la población sobre los abusos que se cometían.
Entonces la gente enardecida empezó a pelear y las campanas de la iglesia de San Francisco comenzaron a sonar y se dio inicio a la revolución del 25 de Mayo de 1809 que fue la promotora para que otras regiones también se subleven.
Entre los dirigentes revolucionarios se destacan los doctores: José Mariano Serrano, Jaime Zudáñez, Bernardo Monteagudo, los hermanos Lemoine (Joaquín y Manuel), Mariano Michel, el cura Manuel Mercado, Manuel Pérez de Sandoval, y el argentino Manuel Moreno.
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