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viernes, 6 de enero de 2023

El intento del dominio sobre el territorio - La fundación de ciudades La Plata (hoy Sucre)

Este núcleo urbano recibió el nombre de “Villa de La Plata” debido a la cercanía del mineral que se explotaba entonces en Porco, pues los españoles todavía ignoraban la existencia de la mina de Potosí. El territorio sobre el que se fundó La Plata estaba dentro de la jurisdicción de la provincia inca del señorío yampara. Esta ubicación era ventajosa pues estaba a 25 leguas de la fortaleza incaica de Incallajta que marcaba el límite entre los territorios del Estado inca hacia las tierras bajas; además, se hallaba en el divortio aquarum es decir en la confluencia de las cuencas fluviales amazónica y platense. Desde La Plata empezó a organizarse administrativamente el territorio que formaría la Audiencia de Charcas.

La parte española de la ciudad tenía forma de damero de ocho cuadras de largo por seis de ancho. Junto al núcleo urbano y separado del mismo por un riachuelo se encontraban los barrios indígenas de San Lázaro y San Sebastián. En el primero vivían los indios yampara y los que venían de Pocona, mientras que en el segundo estaban concentrados los indios pacchas y los incas de Huata, así como indios de otras regiones –como del lago Titicaca– que fueron ubicados en la zona como mitimaes de los incas. Schramm (2012) señala que el barrio donde habitaban los trabajadores poconas encargados de la construcción de la ciudad, se llamaba “Poconas”. En el sector limítrofe, a ambos lados de un riachuelo había casas y talleres de artesanos. Se considera que en pleno centro de la ciudad y en contraste con las leyes y ordenanzas emitidas al respecto, el cacique yampara Aymoro ocupó una manzana frente a la plaza principal (Mesa y Gisbert, 1982). Recientemente, Máximo Pacheco (2012) ha refutado esta idea sosteniendo que la residencia del cacique se encontraba en la zona de la Recoleta.

A partir de 1545, el auge de la plata de Potosí estimuló el desarrollo de la ciudad. Mineros españoles enriquecidos y varias órdenes religiosas optaron por residir en esta ciudad cuyo clima alababan, contribuyendo a su desarrollo arquitectónico. En 1555, Carlos V elevó la ciudad a la categoría de “villa”. En 1559, el virrey marqués de Cañete concedió a La Plata los títulos de “ciudad insigne, muy noble y muy leal” y se le otorgó el uso de un escudo de armas en señal de agradecimiento por los servicios que prestó al sofocar los alzamientos de Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal, Sebastián de Castilla y Francisco Hernández Girón.

De la misma manera, el reconocimiento del papel de La Plata en el hallazgo de los minerales de Potosí y Porco se reflejó en el cuartel superior derecho, donde yacía el Cerro Rico y en otro cuartel superior: el cerro de Porco. Un águila imperial con corona recordaba la pertenencia de La Plata al imperio español y un crucifijo añadido posteriormente por Toledo, servía como recuerdo de la defensa de fe por armas reales. La Plata fue la ciudad donde residía el corregidor, cuyo cargo, como afirma Barnadas (1973), había significado mucho más que el de cualquier otro Corregimiento en América, pues se trataba de un poder que extendía sobre toda la zona sur de América. Desde 1552 la Plata fue la sede episcopal, desde 1561 ahí se encontró la sede de la Real Audiencia y desde 1609 también del Arzobispado.

jueves, 5 de enero de 2023

El intento del dominio sobre el territorio - Juan Ortíz de Zárate

“Inicialmente exitoso hombre de armas, la carrera militar de Juan Ortíz de Zarate comenzó a su llegada al Perú, ya que entre 1535 y 1536 participó de la fundación de Lima, en la captura de Manco, el líder de la resistencia inca, y en el sitio del Cusco. Poco más tarde, durante la fase inicial de las disputas internas entre los socios Diego de Almagro y Francisco Pizarro, tomó partido por el primero. Participó en la batalla de Las Salinas en 1538, fue apresado en Cusco y luego liberado para integrar la hueste de Pedro de Candia hacia los chunchos.

Ortíz de Zárate participó en 1539 de la primera entrada descubridora que se realizó a los valles tarijeños de paso hacia el Tucumán junto con los capitanes Pedro de Candia y Diego de Rojas. Durante las guerras civiles apoyó al rey y como recompensa recibió las encomiendas, fue, además, heredero de su hermano Lope de Mendieta y se convirtió en prospero minero y hacendado y uno de los más poderosos vecinos de La Plata. Sin embargo, a causa de los numerosos pleitos y juicios con otros encomenderos, estaba a borde de la bancarrota.

En 1569, Juan Ortiz de Zárate fue nombrado adelantado del Río de La Plata con la idea de refundar el puerto de Buenos Aires y otras ciudades con la promesa de del Marquesado del Río de La Plata. Sin embargo, estos proyectos no culminaron; fueron realizados posteriormente por su pariente Juan de Garay que fundó Buenos Aires en 1580 y su yerno, el licenciado Juan Tórres de Vera y Aragón, que fundó la ciudad de Corrientes en 1588. “La aventura del Plata terminó con la vida del Adelantado y, en pocos meses, con la fortuna amasada en cuarenta años por Juan Ortiz de Zárate y su hermano Lope de Mendieta”.

Fuente: Presta, 2001.

miércoles, 4 de enero de 2023

El intento del dominio sobre el territorio - La fundación de ciudades

La fundación oficial y el surgimiento de centros urbanos se debió, principalmente, a la necesidad de la Corona de contar con núcleos para que se estableciera la población blanca, principalmente los encomenderos y los funcionarios. En algunos casos, como en la región del Cusco, los conquistadores se establecieron en los antiguos asentamientos indígenas, pero muchas otras ciudades fueron creadas con propósitos específicos. A diferencia de las ciudades europeas que nacieron como fruto de un largo proceso histórico de división de trabajo, el surgimiento de las ciudades americanas en la época colonial tuvo otras motivaciones o causas. En el caso de Potosí, aparecieron súbitamente como campamentos mineros adosados a los lugares de explotación.

Otras ciudades, como La Plata y La Paz, nacieron en sitios estratégicos para el control administrativo o comercial. Finalmente, también se establecieron núcleos urbanos como “ciudades de frontera” con los “indios de guerra” y como base para incursiones militares o religiosas y también para servir de nexo entre regiones, como sucedió con Santa Cruz. Inicialmente, ser “vecino” de una ciudad no era sinónimo de “habitante”: era vecino el español, dueño de encomienda, que tuviera “casa poblada” en la ciudad. La ciudad también albergaba a sectores mestizos que se dedicaban al comercio, al arrieraje y a la artesanía así como a quienes servían en casa de españoles, como yanaconas y esclavos negros.

Antes de las ordenanzas de Toledo, Matienzo planteó en El gobierno del Perú (1567) la forma en que debían funcionar las ciudades. Incluso planteó la creación de “ciudades de indios” que debían establecerse cerca de los tambos, con tierras adecuadas y con agua. Las autoridades de estos pueblos debían ser las que existían en la época de los incas. El plano de estos pueblos fue trazado por Matienzo con una plaza central y, alrededor, manzanas de doce varas de lado. En la plaza debía estar la iglesia, la casa del cura, el hospital, el cabildo, y la casa del corregidor de indios. Posteriormente, el virrey Toledo adoptó el sistema propuesto por Matienzo.

Cabe señalar que el concepto actual de ciudad, identificado con un lugar geográficamente determinado, no tiene relación alguna con la idea que se tenía al respecto en época de la fundación de las ciudades coloniales. En ese tiempo, se concebía a la ciudad como un conjunto de personas (vecinos) e instituciones (cabildo, Iglesia y otras) y el lugar donde se asentaba dicho conjunto no eran tan importante. Es probablemente por ello que muchas ciudades tuvieron que trasladarse a lugares diferentes de aquellos donde fueron fundadas. Este fue el caso, por ejemplo, de la ciudad de La Paz, fundada en Laja y trasladada posteriormente al valle de Chuquiago (1548) habitado por antiguos mitimaes incas y de otros grupos étnicos.

Sucedió lo mismo con la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, fundada junto a la serranía de San José de Chiquitos –en un lugar conocido actualmente como Santa Cruz la Vieja– y trasladada más adelante a su sitio actual. Estos casos no fueron son los únicos; también hubo traslados en el origen de varias otras ciudades como Buenos Aires, por ejemplo.

La economía minera impulsada por Potosí tuvo un papel preponderante en el proceso de urbanización en la región. La mayoría de las ciudades bolivianas actuales tienen la particularidad de haber sido creadas dentro del espacio económico generado por el mercado potosino y de haber gravitado en la órbita de Potosí.

Poco antes de la década de 1570, marcada por la gestión del virrey Toledo en el Perú, existían pocas ciudades españolas en el territorio de la Audiencia de Charcas: se trataba de Paria, La Plata (hoy Sucre), Potosí, La Paz y Santa Cruz de la Sierra, todavía ubicada en su asentamiento inicial. La población urbana española no llegaba a más de 1.500 personas, de las cuales 800 vivían en Potosí, 200 en La Plata, 200 en La Paz y 200 en Santa Cruz, con algunos españoles dispersos en los valles de Cochabamba y Tarija (Levillier en Arze Quiroga, 1969).

Las ciudades también acogían a una gran cantidad de indios que empezaron a formar los “barrios de los indios”. Su presencia se debía a su participación en la actividad económica de la ciudad, en la que fueron adquiriendo una experiencia urbano-colonial.

viernes, 23 de diciembre de 2022

El intento del dominio sobre el territorio - El empeño por poblar los valles de Tarija

El resultado del avance de los incas hasta el sur de Bolivia fue la construcción de un conjunto de fuertes -ubicados en las cercanías de la ciudad actual de Tarija- que controlaban poblaciones multiétnicas (moyos moyos, carangas, apatamas, juríes, churumatas y chichas) colocadas por Topa Inca Yupanqui en el último cuarto del siglo XV para contener el avance de los grupos chiriguanos. Las primeras incursiones de los españoles al sur de Nueva Toledo comenzaron en 1538 y se intensificaron en 1573, extendiéndose por dos siglos más. En 1539, el capitán Diego de Rojas hizo su entrada a los valles de Tarija y, posteriormente, en 1540, Francisco Pizarro encomendó poblaciones que habitaban los valles orientales de Tarija en beneficio de Francisco de Retamoso y Alonso de Camargo, que ya tenía una encomienda en el valle de Cochabamba.

Cristóbal Vaca de Castro concedió encomiendas en el valle de Tarija a Pedro de Vivanco y Luis Perdomo. Pero, debido a la persistente amenaza de los chiriguanos que, entre 1540 y 1542, atacaron a los indígenas que habitaban el valle, se produjo la exterminación de cerca 300 moyos moyos y la captura de sus caciques. Para conservar a su población indígena encomendada, Luis Perdomo trasladó a algunos indígenas moyos moyos y churumatas a Copavilque, cerca de La Plata, y otros a Totora, cerca de Cochabamba. Otros moyos moyos se dispersaron sin poder volver al pie de monte de Cochabamba, su lugar de origen prehispánico, por estar su territorio ocupado por los chiriguanos. Los carangas y otros grupos también abandonaron la región de Tarija para volver a sus cabeceras étnicas (Oliveto, 2011).

Después del triunfo de Vaca de Castro sobre los almagristas en Chupas (1542), Diego de Rojas, acompañado por Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, intentó realizar una segunda entrada a los “chunchos y chiriguanaes”. El grupo que organizaron atravesó la cordillera por Tupiza y Chicoana y llegaron a Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, La Rioja y San Juan, en el territorio de los indígenas juríes, diaguitas y comechingones. Diego de Rojas murió durante un ataque de los indígenas, pero su lugarteniente Francisco de Mendoza llegó hasta Sancti Spiritus, a orillas del río Paraná, y se acercó de este modo al avance que realizó anteriormente Sebastián de Gaboto (Barragán, 2001).

Más tarde, La Gasca encomendó indígenas asentados en los valles de Tarija a Juan Sedano que tuvo que reunir a los indígenas dispersos entre las ciudades actuales de Tarija, Cochabamba y Jujuy y la quebrada de Humahuaca. A su vez, en 1548, Juan Ortiz de Zárate también recibió la encomienda de indios carangas de Tarija y Totora (altiplano), la de los chichas, unas quince estancias y un pueblo en Lípez. A consecuencia de los repartos hechos por el virrey conde de Nieva (1561-1564), también recibió a los indios tomatas. En esta época, Ortíz de Zárate, que tenía “4000 cabezas de ganado vacuno, 4000 ovejas, 500 caballos y otras tantas yeguas”, realizó una suerte de emprendimiento empresarial en Tarija: de sus estancias ganaderas, enviaba carne a Potosí donde tenía sus minas (Presta, 2000). Pese a tener estas estancias, no llegó a fundar la ciudad sino dos o tres pueblitos en el valle de Tarija y una pequeña iglesia para el adoctrinamiento de los indios fue edificada cerca de la localidad actual de Tomatas. Aunque su emprendimiento tuvo bastante éxito, los ataques de los chiriguanos se hicieron más frecuentes y tuvo que detener sus actividades.

La tensión en la frontera continuaba de modo que, en 1564, el capitán Ortíz de Zárate solicitó ayuda económica de parte de la audiencia para organizar una campaña militar contra los chiriguanos. Pese a no recibir la ayuda, obtuvo permiso para hacerla. En 1568, Pedro de Zárate también realizó una expedición contra los chiriguanos al norte de Tarija. Ninguna de éstas dio resultado y hasta, la fundación de Tarija en 1574, el lugar quedó fuera del dominio colonial pues los chiriguanos controlaban la región sometiendo a otros grupos étnicos como los chichas, cobrándoles un tributo.
Encomenderos en los valles de Tarija

jueves, 22 de diciembre de 2022

El intento del dominio sobre el territorio - En la búsqueda de El Dorado y del Gran Paitití

Después de la conquista del Collasuyu, prosiguieron las entradas hacia el este y el norte de Charcas, intentando llegar más allá de las fronteras que los incas habían establecido en sus avanzadas hacia las tierras bajas. Uno de los propósitos era unir la zona andina con las tierras amazónicas y las del Río de La Plata. La búsqueda de la mítica tierra de El Dorado y el Gran Paitití también fue un incentivo que llevó a los españoles a realizar peligrosas expediciones debido a la naturaleza de estas regiones y sus pobladores. Según la leyenda, alimentada por los “testimonios, habladurías, hechos reales, hechos imaginarios acerca de Paititi”, en la confluencia de dos grandes ríos que tenían su naciente en los Andes, existía un territorio habitado por un pueblo civilizado enormemente rico.

En 1557, después de la muerte de Irala, Chaves recibió la orden de hacer una entrada a la zona de los Xarayes (conocida hoy como la zona del Pantanal, entre Bolivia, Paraguay y Brasil). Algunos de los acompañantes de Chaves regresaron a Asunción, pero él continuó su marcha fundando la Nueva Asunción llamada también como la primera ciudad de La Barranca (1559) sobre el río Guapay (Arze Quiroga, 1969; Combès, 2010).

Paralelamente, alrededor de 1556, Andrés Manso había recibido la autorización del virrey Hurtado de Mendoza para hacer una entrada por Tomina (hoy Chuquisaca) hacia las llanuras al sudeste de Charcas, en la región de los chiriguanos, entre los ríos Paraguay, Pilcomayo y Bermejo y empezó a poblar “en Quiricota”, es decir en los llanos de Grigotá, por el río Guapay.

Una de las características de este proceso fueron las disputas entre los dos capitanes, Andrés Manso y Ñuflo de Chaves por los territorios conquistados. Como consecuencia del el segundo viaje de Chaves a Lima en 1560 éste obtuvo el título de “teniente general de la provincia de Mojos”, siendo el gobernador de facto el hijo del virrey García de Mendoza y Manrique que jamás llegó al lugar. Las disputas entre ambos capitanes fueron finalmente resultas por Juan de Avellanada, enviado del virrey para solucionar este conflicto, quedando bajo la jurisdicción de Chaves la región de la Chiquitanía, Mojos y Mato Grosso, y para Manso la región del Chaco. Esta decisión fue convalidada por la audiencia en 1562. A su vuelta, en 1561, Chaves fundó Santa Cruz de la Sierra mientras que, ese mismo año, Manso fundó Santo Domingo de la Nueva Rioja a orillas del río Parapetí, o Condorillo en la cordillera chiriguana. Poco después, los chiriguanos atacaron la zona, destruyendo la Nueva Rioja y matando a Andrés Manso. Chaves mandó contingentes al lugar para reprimir a los chiriguanos y las tierras de los llanos de Manso quedaron bajo su mando. Asimismo, en 1564 fue destruida la Nueva Asunción y poco después, en 1568, Chaves murió a manos de los itatines (Combès, 2010).

No obstante, tanto Manso como Chaves mantenían relaciones amistosas con los chiriguanos y “contra la voluntad de los gobernantes, primero participó como aliado de los chiriguanos en las expediciones en las tierras bajas, en las que tomaban miles y miles de prisioneros-indígenas de etnias locales” (Schramm, 2012: 264). Algunos historiadores, sostienen que, debido a las alianzas que mantuvieron las corrientes colonizadoras “del Paraguay” con los grupos chiriguanos y guaraníes, éstos no desarrollaron una imagen negativa sobre ellos, como la que generaron en el mundo andino (Oliveto, 2011).

La región amazónica situada al norte también fue explorada en distintas ocasiones, en este periodo. El autor anónimo de la Relación de los descubrimientos pretendidos y realizados al Oriente de la Cordillera de los Andes (1570) señaló que “ocho capitanes intentaron realizar las expediciones a la zona amazónica” (Carvajal, 2009). Pedro de Candia y Peranzures se lanzaron en los años 1538-1539, pero posteriormente, en 1550, las expediciones del descubrimiento y conquista en esta región fueron prohibidas. A pesar de ello, en los años 1560-70, varios aventureros siguieron las huellas de los primeros exploradores. Livi Bassi señala que

…las expediciones cruzaban la Cordillera a treinta leguas al este de Cusco por Opatari (como lo ha hecho Pedro de Candia) y bajaban por el río Manú, o también atravesaban la Cordillera de Carabaya por Sandia y San Juan de Oro (donde se había localizado, por cierto, yacimientos de oro), a treinta leguas al sur de Opatari, siguiendo las valles y afluentes de Madre de Dios, o también más al sur, al este del lago Titicaca por Camata, siguiendo los afluentes del alto curso del Beni. Una vía de acceso a los llanos más meridional se encontraba al sur de Cochabamba, bajando por los valles de los afluentes del alto Mamoré (Livi Bassi, 2012: 66).

Sin embargo, todas estas vías de acceso resultaron dificultosas. Cuando en 1561, Gómez de Tordoya, comisionado por el virrey conde de Nieva, intentó penetrar por el río del Tono con el propósito de implantar una gobernación, se le negó la autorización. Al fin del mismo año, el explorador Juan de Nieto, con autorización del virrey, utilizó el camino de Camata: llegó hasta Apolobamba pero tuvo que volver con pocos resultados al cabo de tres meses. En 1562, Antonio de Gastos llegó al río Mamoré, en los Mojos, entrando por la ciudad de Cochabamba; de igual manera tuvo que volver sin mayor éxito.

Un año después, Diego Alemán partió hacia el norte desde Ayopaya, en Cochabamba, siguiendo el curso del río Cotacajes para explorar la zona de los llamados “chunchos”, hasta llegar a orillas del río Madre de Dios. Su expedición fue aniquilada por los indígenas de la zona. Posteriormente, hubo otras expediciones hacia el norte, una de Luján, en 1565, que, por comisión de la Audiencia de Charcas, salió desde Cochabamba en busca de minas de oro, pero él y otros miembros de su expedición fallecieron a causa de los ataques de los indígenas. Álvarez de Maldonado, en 1567, llegó hasta la zona de los toromonas, en la región del río Madre de Dios, pero tuvo que retroceder hacia la región de Carabaya, en 1569. Otra expedición de Tordoya se dirigió de Cusco a Camata. La zona también fue explorada por el sacerdote Vásquez de Urrea que recorrió la zona (hoy Pando) entre 1560 y 1568 y murió junto a Tordoya cuando su expedición fue atacada por los toromonas. Otra expedición encabezada por Cuéllar y Ortega, en 1569, no pudo arrancar por falta de autorización de las autoridades.

Con la llegada del virrey Toledo que “soportaba mal la anarquía de las expediciones”, se calmó el ímpetu de los aventureros y, por otro lado, una real cédula de Felipe II adjudicó a los españoles de Santa Cruz de la Sierra la prerrogativa del descubrimiento de la región de Mojos (Livi Bassi, 2012).


gobernaciones de Andres Manso y Ñuflo de Chavez


miércoles, 21 de diciembre de 2022

El proyecto de la Iglesia - Evangelización y mitos

“Como lo demostró hace tiempo Pierre Duviols, hubo una utilización directa de las tradiciones indígenas en la catequesis. Si Calancha (1639) compara las narraciones Bíblicas del Génesis con el mito cosmogónico de Vichama es para demostrar la deformación indígena de una supuesta tradición cristiana prehispana que hubiera predicado Santo Tomás, de modo que en una perspectiva cristiana y en este caso, los mitos se relacionan directamente con la predicación de la fe, y la reconstrucción de la fuente prehispana resulta por lo tanto mucho más delicada. En el Collao, ya en una fecha tan temprana como 1552, Segovia encontraba en el mito de Viracocha la prueba de la existencia de un héroe civilizador que hubiera venido de otras partes del mundo y esta confusión entre el dios andino y el Apóstol cristiano influenció definitivamente la escritura de los mitos”.

“Efectivamente, para estudiar el mito de Tunupa que pone en escena a Santo Tomás y a San Bartolomé y para el cual poseemos aproximadamente una docena de fuentes coloniales heterogéneas y en su gran mayoría escritas por españoles, consideraremos que no son representaciones contradictorias que nuestras fuentes articulan juntando fragmentos de hagiografía y mito, sino que éstas son el resultado de un verdadero trabajo de mediación entre elementos que de ambos lados corresponden a una parte escogida y fragmentaria de las dos tradiciones…”

Fuente: Bouysse-Cassagne, 1997.

martes, 20 de diciembre de 2022

El proyecto de la Iglesia - Pensamiento, imaginario y arte en una época de transición

En cuanto finalizaron las guerras civiles, las órdenes religiosas se establecieron de manera permanente; se construyeron iglesias en la zona rural y en las ciudades recién fundadas. La divulgación de la doctrina se realizaba a través de la prédica pero también por medio de cartillas o pequeños cuadernos que comprendían un silabario simplificado en los que se podía aprender a leer. Aunque no se conoce con exactitud cuán amplia era la circulación y difusión de las cartillas, Estenssoro (2003) menciona que hubo más de tres mil que se ofrecía en un mercado del Cusco en 1571; sostiene que las cartillas impresas y copias manuscritas ya se vendían en décadas anteriores. El mismo autor propone repensar la alfabetización indígena como un fenómeno mucho más extenso de lo que se cree tradicionalmente, citando, además, al virrey Toledo que en 1572 explicaba que “los Yndios que muchos van ya sabiendo leer”.

El uso y la divulgación de la doctrina católica fueron relacionados con la necesidad de traducir el catecismo a los idiomas indígenas, labor que realizaron exitosamente distintas órdenes religiosas. Uno de los primeros libros fue la Gramática o arte de la lengua original (Valladolid, 1560), obra en quechua del dominico fray Domingo de Santo Tomás. Sin embargo, tratándose de la mística de una doctrina religiosa, fue muy difícil traducir la palabra Dios y en muchos casos se la reemplazó por otra, más aún cuando las traducciones eran realizadas por auxiliares indígenas de la evangelización. 
tejido de la Isla del Sol

Por ejemplo, los nombres prehispánicos de deidades como Huiracocha, Pachacmac y Tunupa aparecían traducidos como Dios, Cristo o uno de sus apóstoles, reconociendo su jerarquía en el panteón andino, aunque su lugar fuera menor frente al Dios único y se recurrió a sus nombres para asimilarlos a la religión católica. Además, se admitía que las palabras “ángel”, “demonio”, “este mundo”, “cielo”, “infierno”, eran conocidas por los indios. A partir de ello, se introdujo las dicotomías “ángel / diablo” traduciendo este concepto al quechua como mana alii supay (ángel no bueno), puesto que no había el término “malo” en ese idioma. También se aludió al tema de los ancestros y se recurrió al uso de imágenes para penetrar en las creencias, los imaginarios y la cosmovisión de las poblaciones locales. Los evangelizadores se apropiaron de los rituales paganos, haciendo concesiones y tolerando ciertas transgresiones como el uso de máscaras, algunos gestos o movimientos del cuerpo. Estas prácticas se reflejaban en la fiesta del Corpus Christi que se articulaba con el antiguo Inti Raymi, o la fiesta de Navidad que correspondía al festejo de Capac Inti Raymi (Mac Cormack, 1991; Estenssoro, 2003).

El Inti Raymi, la fiesta grande del Sol, era una de las principales festividades del Estado incaico y se festejaba en el mes de junio después del solsticio de invierno, aunque su fecha era movible a semejanza de las festividades cristianas como el Corpus Chisti. En 1559, Polo de Ondegardo señaló la coincidencia de la festividad con la de Corpus Christi con la de inti Raymi:

El séptimo mes que corresponde a junio se llama Cuzqui Inti Raymi... y decían que ésta era la fiesta del Sol. Háse de advertir que esta fiesta cae casi al mismo tiempo que los cristianos hacemos la solemnidad del Corpus Christi y que en algunas cosas tienen alguna apariencia de semejanza (como es el caso de las danzas, representaciones o cantares) y que por esta causa ha habido y hay hoy día entre los indios que parecen celebrar nuestra fiesta del Corpus Christi, mucha superstición de celebrar la suya antigua del la suya antigua del Inti Raymi.

José de Acosta observabó que “los indios usan el Corpus Christi para festejar su Inti Raymi”, mientras que Martín de Múrua señalaban que “los indios mezclan ceremonias y ritos antiguos (Citados en Vega y Palomino, 2006).

Ante las representaciones realizadas en el periodo colonial, en las que intervinieron manos andinas, resulta difícil separar y definir qué de aquello era de origen occidental, europeo y español y qué parte de la obra provenía de una vertiente indígena “pura”. ¿Cuánto hay de indígena y cuánto de europeo en las imágenes coloniales? ¿Qué y cuánto en las formas, cuánto en los contenidos? Y, por otra parte ¿cuán hispanas o europeas fueron las imágenes, el pensamiento y las estructuras mentales que llegaron a América? Las campañas de evangelización estuvieron respaldadas en imágenes que ilustraban la vida, pasión y muerte de Jesucristo, la vida de los santos y de la Virgen María, así como en un importante corpus de sermones y nuevas imágenes con las que se pretendía reemplazar a las antiguas.

De cualquier manera, se siguió produciendo imágenes que expresaban cosmovisiones en constante reelaboración. El mundo luminoso de Alaj (Hanan) Pacha permitió situar junto al Sol, la Luna y las constelaciones andinas a Cristo, a la Virgen y a los santos; y el Paraíso quedó incorporado en el imaginario, aunque con árboles exuberantes y pájaros amazónicos en vez de querubines, como afirma Teresa Gisbert (1999). El Mankha (Ukhu) Pacha o mundo oscuro, subterráneo, cobijó al demonio (Satanás, Lucifer y otros diablos menores) junto a los antepasados, la fertilidad de la tierra, los minerales y los sajras, dioses desplazados (en sentido de movimiento) desde otras esferas hasta este mundo oscuro donde aprendieron a mantenerse clandestinos. En medio de estos dos extremos, en “este mundo”, Aka (Kay) Pacha, se incorporaron soldados, funcionarios, aventureros, sacerdotes, señoras y esclavos y se reestructuró el orden político.

Los antiguos señores aymaras trataron de mantener sus privilegios y lucharon arduamente para que la Corona reconociera su genealogía pues ésta legitimaba su poder. Sus escudos de armas, presentaron las imágenes que hablaban de su autenticidad como representantes de un grupo y, dentro del mismo, del linaje que lo originó. A través de estos emblemas, podemos ver cómo estos representantes étnicos percibían su propia identidad -tanto individual como grupal. Ante los indios que todavía estaban bajo su mando, pues eran caciques (funcionarios coloniales), estos escudos legitimaban su poder recordando los símbolos significativos de su propio pasado relacionados con su identidad y su auto-percepción. Ante los españoles, autoridades y el aparato burocrático, debían aparecer con sus emblemas de nobleza e hidalguía, reclamando silenciosamente el trato preferencial que esperaban tanto individualmente y como familia, en materia de exención de la mita y del pago de tributos.
Cofre colonial pintado

nku Santo, etapa de transición, siglo XVI.nku Santo, etapa de transición, siglo XVI.


En los escudos de armas coloniales de las noblezas andinas aparecen imágenes que podrían ser catalogadas como “andinas” o “europeas”, indistintamente, dependiendo del punto de vista del que los miraba: ésta familiaridad era engañosa para los funcionarios españoles. En los escudos de los señores andinos se veía flores de kantu (kantuta) o amancayas, azucenas, pájaros kenti, emblemas de los Incas, junto a leones africanos o pumas de piedemonte amazónico, cabezas cortadas sangrantes de enemigos o de sacrificios, lanzas, arcos y flechas, plumas, cóndores, halcones y hasta águilas bicéfalas susceptibles de ser interpretadas como el símbolo de la casa de los Austrias y que, a la vez, podían recordar figuras de textiles prehispánicos (Arze y Medinacelli, 1991; Platt at al, 2006). Sucedía lo mismo con los kerus (vasos ceremoniales incaicos) posteriores a la conquista: arco iris emergiendo de la boca de pumas, incas, dragones y todo tipo de serpientes (amaru, katari, asiru, machakuay), concebidos como intermediarios entre el “mundo de abajo” y “este mundo”, que figuraban también en los mitos recogidos por etnógrafos contemporáneos en diferentes regiones y pisos ecológicos. De esta época de transición datan estilos textiles y kerus de madera polícroma conocidos como “de transición”. Se comenzó a producir textiles que, con técnica de tapiz, presentaban temas donde se unía lo europeo y lo andino, como los textiles litúrgicos con águilas bicéfalas, corazones de Jesús, pájaros, mariposas y otros elementos combinados con tocapos incas, o escenas con diseños semejantes a los de los tapices de la región de Flandes, pero con diseños típicamente incas.

Al igual que otras representaciones prehispánicas, los kerus se mantuvieron en uso durante la época colonial. En la época prehispánica, en zonas con una fuerte influencia de la cultura inca como la Isla del Sol y Escoma, se produjeron hermosos ejemplares de kerus de madera tallada y pintada, con diseños que transitaban de lo abstracto a lo figurativo.

También se pintó representaciones de escudos de armas, armaduras y yelmos mezclados con símbolos de la dinastía inca, como las serpientes en escudos que unen estos símbolos hispanos e incas en sus campos. Es posible que los escudos fueran entregados a los miembros de la nobleza inca ya emparentada con las familias de los conquistadores.

Lockhart describe con detalle cómo los indígenas recibieron y adoptaron las novedades traídas por los españoles, desde palabras, géneros literarios, formas musicales, arquitectónicas, hasta animales y herramientas, integrándolas al su propia sociedad y cultura. Fue gracias a ello que no percibieron el cambio colonial como una ruptura tan radical. En la zona andina continuó la adoración de las momias ancestrales, cuyo culto era tolerado; al mismo tiempo los españoles también olvidaban sus costumbres: se ponían ponchos y mascaban coca (Lockhart, 1982).