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miércoles, 14 de septiembre de 2022

Las guerras civiles entre los encomenderos y la Corona - Las Leyes Nuevas

En 1542, las guerras en las que intervinieron los encomenderos parecían haber concluido después de la derrota de Almagro en la batalla de Salinas, de su juicio y ejecución (abril de 1538), y con la actuación de su hijo, Almagro el Mozo, que terminó con la muerte de Francisco Pizarro (junio de 1541). Almagro el Mozo fue posesionado como gobernador y más adelante fue vencido por el enviado de la Corona, Vaca de Castro, que se alió con los partidarios de los Pizarro, en la batalla de Chupas. Fue ejecutado en 1542.

La situación de los encomenderos y las encomiendas, los abusos a los indígenas y el interés de la Corona en asumir de manera más directa el control de los territorios y pobladores de América llevaron a que, en noviembre de 1542, se dictaran las ordenanzas de Barcelona o Leyes Nuevas que se presentaron con el nombre de Leyes y Ordenanzas nuevamente hechas por su magestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios. Estas leyes, dictadas por Carlos V, reemplazaban las anteriores disposiciones contenidas en las Leyes de Burgos de 1512, mucho más favorables para los conquistadores y encomenderos.

Las Leyes de 1542 eran consideradas como una especie de Constitución política para los territorios dominados por España en América. Contenían de forma coherente la visión de la Corona sobre cómo debía ser la organización estatal del imperio colonial americano (Bernand y Gruzinski, 1996) y marcaban puntos clave para la presencia de la Corona en estos territorios. Tomando en cuenta los postulados del dominico Bartolomé de Las Casas, las Leyes Nuevas prohibían la esclavitud de los indios y regulaban el trabajo impuesto a los indios en las encomiendas, considerando que muchas de las muertes se producían mayormente por la excesiva presión sobre la mano de obra en las encomiendas. Uno de los principales propósitos de estas leyes fue normalizar el poder que habían ido adquiriendo los encomenderos, declarando abolida la encomienda a perpetuidad y estableciendo su carácter hereditario; a la muerte de los encomenderos, las encomiendas debían quedar bajo la jurisdicción de la Corona y los encomenderos no podrían vivir en lugares alejados de sus encomiendas.

En el momento de la conquista, los intereses del Estado y de los emprendedores particulares habían confluido, llevando con éxito esta empresa y el propósito conjunto de la ocupación del territorio. Más adelante, una vez conseguido el objetivo, las necesidades de ambos se opusieron entre sí ya que los conquistadores convertidos en encomenderos tenían también un poder jurídico y militar sobre la población que le había sido delegada, e interferían en los propósitos de la Corona por sentar los principios de un orden económico, social y político en América.

Los encomenderos intentaron utilizar las estrategias jurídicas expresadas a través de la correspondencia con la Corona y las autoridades reales para legitimar su actuación refiriéndose a lo acordado con la Corona y a los derechos que ganaron como conquistadores y colonos de las tierras peruanas frente a las medidas plasmadas en las Leyes Nuevas y que limitaban el poder encomendero.

La Corona designó a Blasco Núñez de Vela como primer virrey de Perú, sustituyendo al gobernador Vaca de Castro que ocupaba el cargo desde la muerte de Pizarro (1542). Asimismo, fueron nombrados los oidores de la flamante Audiencia que se estableció en la capital del nuevo virreinato del Perú, es decir, Lima. En la primavera de 1544, el virrey Núnez de Vela y los oidores llegaron al Perú para implantar las Leyes Nuevas. El virrey envió las provisiones para la ejecución de las Leyes e invocó su lealtad al rey, pero la mayoría de los encomenderos en el Perú no recibieron bien la noticia y tampoco aceptaron su presencia, puesto que dichas leyes iban a despojar de sus encomiendas a los que participaron en las guerras almagristas y pizarristas. 
Escudo de armas de La Plata.

Escena de la batalla de Chupas.

Los encomenderos de otras regiones se dirigieron a Cusco donde se estaban reuniendo los opositores a Leyes y la región conformada por el Cusco, Arequipa y La Plata se convirtió en “el centro y motor de la resistencia pizarrista” (Barnadas, 1973). El último de los hermanos Pizarro que tenía una gran autoridad entre los encomenderos, Gonzalo, marchó con este propósito desde las minas de Porco que quedaban dentro de su encomienda, en Potosí, hasta Cusco para encabezar la resistencia contra el enviado de la Corona. En Cusco, apoyado por muchos encomenderos, se autoproclamó “Justicia Mayor y Procurador General del Perú” con la intención de oponerse a las ordenanzas ante el virrey y, de ser necesario, ante el emperador Carlos V. El gobernador de La Plata, Luis de Ribera, en reunión con los principales vecinos de la ciudad, declaró su lealtad al rey y exigió juramento de fidelidad al cabildo. Diez vecinos que negaron su apoyo al virrey fueron apresados y condenados a muerte por descabezamiento, la pena prevista para los traidores. Se conoce los nombres de algunos: don Sebastían de Castilla, don García Tello de Vega Maqueda, Salzedo, Albán Pérez, Arévalo, Sepúlveda, Corro, Agasanje.

El cabildo eligió a Diego Centeno y Pedro de Hinojosa para comunicar las decisiones de la villa y presentar sus observaciones en torno a las Leyes Nuevas ante el virrey pero, al pasar por el Cusco, los delegados platenses fueron persuadidos por Gonzalo Pizarro y cambiaron de bando. El cabildo del Cusco y Gonzalo Pizarro escribieron al de La Plata argumentando en contra de las ordenanzas y sugirieron que todos los vecinos trajeran armas y caballos para fortalecer la oposición. Sin embargo, el cabildo de La Plata rechazó la propuesta y revocó los poderes de sus representantes desleales. Mientras tanto, la mayoría de los encomenderos de la región se unió en torno a Gonzalo Pizarro. Finalmente, en septiembre de 1544, 25 vecinos principales de La Plata, encabezados por el gobernador Luis de Ribera, partieron con sus armas y caballos rumbo a Lima a ponerse bajo las órdenes del virrey.

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