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lunes, 2 de febrero de 2015

El mariscal Santa Cruz en un gallinero

Creo que vale la pena como exordio a este artículo ofrecer una breve semblanza sobre Andrés de Santa Cruz, nacido en La Paz (1792-1865) y distinguido con la amistad de Bolívar (quien en una de sus cartas con un toque de humor que no solía emplear, le dijo que si Bolivia era su hija predilecta, él era su nieto), quien ejerció la Presidencia de Bolivia por un decenio, de mayo de 1829 a febrero de 1839. Durante su prolongado gobierno se sentaron las bases administrativas y jurídicas del nuevo país y se fundaron las universidades de La Paz y Cochabamba. Los códigos Civil y Penal que ha tenido la República hasta nuestros días, también corresponden a la gestión crucista.

A pedido del presidente peruano Orbegoso, Santa Cruz llevó un ejército al Perú y derrotó a Gamarra en Yanacocha. El Congreso de Sicuani proclamó la Confederación Perú-Boliviana, y una Asamblea de Representantes de los tres Estados reunida en Tapacarí, nombró al General Santa Cruz protector de la Confederación. Bajo la tesis de que la prosperidad de los vecinos les resultaba dañina, Chile y Argentina se movilizaron para destruir a la nueva unidad política. Chile envió un ejército al Perú bajo órdenes del almirante Blanco Encalada, quien fue derrotado por Santa Cruz en Paucarpata y al que el vencedor le permitió volver a su país con su tropa, arma y bagajes, error que le costaría muy caro. La Argentina, gobernada por Rosas, desplazó otro ejército a Bolivia, que fue finalmente derrotado por el Mariscal Felipe Otto Braun. Un segundo ejército chileno colaborado por Gamarra, derrotó finalmente a Santa Cruz en Yungay, cerca de Trujillo (Perú), destruyendo así la Confederación.

Santa Cruz se refugió en Quito y al tratar de internarse en territorio peruano fue trasladado a Tacna. Perú, Bolivia y Chile acordaron la prisión de Santa Cruz en territorio chileno. Gracias a la intervención de las potencias europeas quedó en libertad dos años después y fue exiliado a Europa, donde murió en Versalles en 1865.

Cien años después, sus restos fueron repatriados solemnemente a Bolivia y depositados en un mausoleo de mármol a un costado de la Catedral, junto al Palacio de Gobierno. Él había sido bautizado en ese sitio en 1792, como hijo del maestre de campo, don Josep Santa Cruz y de la cacica india doña Juana Basilia Calahumana. Presidente del Perú por decisión de Bolívar, Presidente de Bolivia y protector de la Confederación Perú-Boliviana, es considerado el personaje más importante de la historia republicana en el siglo XIX. Fuera de su obra administrativa, combatió en Zepita, Guaqui, Hamiraya, Ayouma, Cinti, Tarija, Cerro de Pasco, Loja (Ecuador), Cuenca y Junín. Sus ejércitos durante la Confederación triunfaron en Yanacocha, Socabaya, Iruya y Montenegro, éstos dos últimos, en la frontera argentina.

Parricidio como práctica política

Sus enemigos políticos y sus aliados de ayer fueron implacables al verlo caído. “Monstruo” fue uno de los epítetos que le indilgaron e “indigno de llevar el nombre de boliviano”. El presidente Velasco felicitó a Chile por su victoria en Yungay. Con los años y el apaciguamiento de las pasiones, Santa Cruz recuperó en la opinión general el lugar que le correspondía y su retrato aparece en la Casa de la Libertad, como uno de los creadores de la República. Incluso en el Perú, los historiadores reivindican su afán de integración y la importancia que habría tenido la Confederación de los dos países en el equilibrio continental.

Pero en los últimos años, ha sucedido algo predecible y sin duda lamentable. Factores como la suprema ignorancia de los jóvenes de hoy acerca de la historia patria, los cantos de sirena de la globalización, el dominio que ejercen las estrellas de la música popular o el deporte en el imaginario colectivo han dejado a los héroes de ayer convertidos en figuras de cartón, piedra o de hojalata. O quizá, se trata también del odio al padre en clave freudiana. Hay subyacente en todo esto un gigantesco parricida por el que se niega todo lo que dejó la colonia y la República de la que somos herederos directos, tratando de hacer un salto con garrocha a las utopías arcaicas precolombinas. Nada de lo que vino después parece importar un ápice.

En ese turbión iconoclasta se vio envuelta la enorme cabeza de Santa Cruz, esculpida con gran esfuerzo y casi la pérdida de una mano del escultor Ted Carrasco Núñez del Prado, que antes formaba parte de un grupo escultórico en la explanada de San Francisco. Allí cerca se construyó el mercado más feo del país ahora utilizado, si acaso en un 20% de su capacidad. ¿Dónde fue a dar la cabeza del patricio paceño? Yo suelo caminar al borde del río en unas simpáticas jardineras que ha hecho el municipio en la zona Sur, entre la plaza Humboldt y Aranjuez, muy cerca del parque Bartolina Sisa. En un recodo del camino a nivel del suelo, los técnicos municipales que no sabían qué hacer con el enorme monumento lo depositaron allí, en forma anónima, pues no hay ningún letrero en bronce que lo identifique, y lo más grave, es que con la buena intención de que no sufra afrentas de los grafiteros, le han puesto una malla de gallinero de dos metros del mismo tamaño de la mole esculpida de piedra.

No interesa aquí quién ordenó el malhadado traslado y su confinamiento a un rincón de un camino del sur. En esa cabeza bellamente esculpida, La Paz tiene un tesoro artístico e histórico y lo que propongo ahora, a las autoridades del municipio, es que recuperen la escultura, la doten de una base de piedra de comanche de dos metros y la instalen en un lugar digno de la memoria de Santa Cruz: en uno de los primeros espacios de la autopista de El Alto, de espaldas a la ciudad, pero frente a los miles de viajeros que la podrían contemplar de subida y de bajada, diariamente, por supuesto, con una leyenda legible en bronce que destaque el hecho insólito, de que ese hombre fue Presidente del Perú y de Bolivia y protector de la confederación de los dos países. A un costo mínimo, pues la misma grúa que llevó la cabeza al sur puede devolverla a un lugar de altísimo tránsito entre La Paz y El Alto.

Sería una digna reivindicación de la memoria de este ciudadano ilustre y un aporte magnífico al título de La Paz, como ciudad maravillosa.

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