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jueves, 6 de agosto de 2015

El incorruptible Mariscal Antonio José de Sucre

El Mariscal Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, fue el segundo presidente de la República de Bolivia; originario de la ciudad venezolana de Cumaná, hijo de Vicente Sucre y Urbaneja y de María Manuela de Alcalá, nació el 2 de febrero de 1795.

A sus 15 años se fue a la capital de Venezuela, Caracas, a estudiar ingeniería militar, allí participó en la revolución y estuvo con Bolívar, cuando éste fue a la Nueva Granada, actual Colombia, con la misión libertaria.

Pasó de ser subteniente de infantería en julio de 1810 a general en jefe en febrero de 1825. Sirvió como subteniente del Cuerpo de los Nobles Húsares del rey Fernando VII, en Cumaná.

El 12 de julio de 1810 pasó a las Milicias Regladas de Infantería y un mes después fue nombrado por la Junta Suprema de Caracas subteniente del Cuerpo de Ingenieros. Fue designado comandante del Cuerpo de Ingenieros de Margarita, cargo que dejaría para participar en la campaña de Francisco de Miranda contra los realistas alzados en Valencia.

El 13 de enero de 1813 el general Santiago Mariño invadió el oriente venezolano desde la isla de Chacachacare, por lo que se unió a su ejército y recibió el grado de capitán. Un año más tarde, Mariño le nombró su edecán, hasta que emigró a Cartagena de Indias al perderse la segunda República en 1814. Permaneció en Trinidad unos seis meses, y el 1 de diciembre de 1816 obtuvo el grado de coronel de Infantería. En febrero de 1817, Mariño le nombró comandante general de la provincia de Cumaná. Simón Bolívar le designó gobernador de la Vieja Guayana y comandante general del Bajo Orinoco (19 de septiembre de 1817); y en octubre le mandó reducir al general Mariño, su anterior jefe, a la obediencia al gobierno. Consiguió restablecer la autoridad del Libertador entre los jefes orientales.

Venció en Pichincha, Ecuador y Ayacucho de Perú, batallas importan-tes para la consolidación de las nuevas naciones americanas.

Lo que más destacó a Antonio José de Sucre fue su carácter, pues siempre actuó con fidelidad para los amigos, lo que fue demostrado en su apoyo incondicional a Simón Bolívar, su honestidad en sus acciones y la falta de ambición personal, hecho muy evidente cuando su figura deslumbró en el panorama boliviano y él accedió a la presidencia muy a pesar suyo, pues nunca persiguió el mando político.

Fue un hombre perspicaz que supo percibir el curso de la historia aún antes de que los acontecimientos se desencadenaran, por ello su reticencia a pasar el Desaguadero y sus consultas antes de tomar la determinación de dejar que los altoperuanos definieran por sí mismos su propio destino. Buscó la opinión de quienes consideraba los más informados, aunque no tuviera afinidades con ellos, tal el caso de Casimiro Olañeta, con quien conversaba e intercambiaba opiniones, pese a las grandes diferencias que los separaban.

Fue presidente de Bolivia entre 1826 y 1828.

Para la administración de Bolivia creó dos secretarías de Estado, hoy ministerios, uno de Gobierno y otro de Hacienda.

Fue en su gobierno que se creó el departamento de Oruro, el 1 de septiembre a solicitud de los diputados por Oruro, José María Dalence, Francisco Palazuelos e Hidalgo Moscoso.

Sucre gobernaba por decretos, el 29 de marzo de 1826 promulgó uno con respecto a las organizaciones religiosas que, en el caso de Oruro, resultó un golpe de gracia a su ya disminuida vida eclesiástica.

Se trataba de una forma de racionalización de la vida conventual; de hecho, de supresión de los conventos que funcionaban con número menor a 12 ordenados. Las rentas de los conventos suprimidos debían solventar el funcionamiento de establecimientos públicos de enseñanza. Las imágenes de culto, altares, libros de coro, vasos sagrados, ornamentos y demás utensilios, destinados a las parroquias pobres de cada diócesis, bajo fiscalización de los prefectos.

Para ese tiempo en Oruro había conventos dominicos, franciscanos, mercedarios y agustinos, y el decreto de Sucre disponía sólo el funcionamiento del convento de San Agustín.

Según los historiadores, Sucre fue un hombre incorruptible, fiel a sus ideales; pero hombre de su tiempo al fin, sus actos respondieron a cambios radicales que dejaban de lado las tradiciones y los sistemas establecidos.

Además, él era un venezolano de corazón que no se hizo eco ni del panandinismo de Santa Cruz ni del panamericanismo de Bolívar, manteniéndose, dentro de las circunstancias, alejado del ajetreo político de Bolivia.

Él fue la espada que mantuvo al Perú entre dos fuegos cuando las diferencias entre ese país y Colombia se ahondaron.

Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda fue su esposa, quien le dio una hija.

Finalmente, víctima de una emboscada en Berruecos, cerca de Pasto (Colombia), fue asesinado en circunstancias oscuras, el 4 junio de 1830.

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